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Cristiano, el diablo

Cristiano, el diablo

Escrito por: Mario De Las Heras22 abril, 2016
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Me fui a dormir pensando en qué hubiera pasado si, por ejemplo, Lucas Quinto siente un pinchazo en el muslo y se marcha del campo sin encomendarse a nadie, y concluí que no se le hubiese ocurrido jamás.

Yo no sé cómo es el ambiente que se vive dentro del vestuario del Real Madrid. No conozco su idiosincrasia, sus relaciones personales, el trato que se dan unos a otros. Sólo puedo ver y conocer, relativamente, lo que trasciende. Hay personas que lo saben todo y eso que no están allí viéndose el culo cada día en Valdebebas.

El miércoles Cristiano Ronaldo sintió un pinchazo en el muslo, tomó el olivo y nadie volvió a saber nada. Lo hizo con pausa, sumido en un análisis interno de daños, muy lejos del mundanal ruido. Se marchó atravesando las tablas mientras Zidane le observaba cariacontecido.

El rostro de Zizú nunca se descompone, lo cual suele significar que por dentro pueden darse de igual manera la guerra y la paz, la batalla de Borodino y las tribulaciones románticas de Natasha Rostova.

salida del campo Cristiano Villarreal

Yo estaba tentado de opinar sobre este suceso pero voy a resistir la tentación, adelantándome quizá a la batería de informaciones, naturalmente fidedignas, que certifiquen la soberbia, como mínimo, del mejor jugador de fútbol del mundo, título que uno concede con todos los honores pero con el necesario y respetuoso permiso de Luka Modric.

Yo no voy a opinar sino directamente a alinearme junto a Cristiano, que demuestra su audacia enfilando el túnel en soledad, la soledad de las alturas. Lo que yo hubiera dado por ver la cara de pánico de, por ejemplo, Maldini, el de la tele, es lo mismo que lo que él no hubiera dado por ver mi sonrisa demoníaca.

Yo lo veo allí en la cabina haciéndose cruces como un benedictino después de ver a un hermano boca abajo y despatarrado en la tinaja del vino. Es el diablo. Cristiano no hace nada para calmar a los supersticiosos que recurren a la Inquisición para calmar sus miedos.

Así que, para alejarme de ellos, me voy detrás de él hacia los vestuarios, igual que un esbirro. Yo me voy a juntar a Cristiano, el mejor, a ver si saco algo. Lo mío es puro interés. Yo soy como un político ambicioso que merodea las farolas del poder.

Lo de Cristiano, su salida del campo, es un nuevo quite futbolístico, una página del mito, como cuando Luis Miguel se subió a picar un toro. Un desplante sin capa, un mohín de estrella, un no llevar dinero encima a pesar de tenerlo todo. Lo importante (no sólo para él sino para el Madrid) era salir de la yerba, no cómo.

Yo hace mucho tiempo que decidí no quererle sino orbitar a su alrededor como sus compañeros. Los jugadores del Madrid siguen dos tipos de órbitas: una espacial alrededor de Cristiano y otra terrenal alrededor de Luka, a quien sí hay que querer.

Porque la ascendencia de Ronaldo es metafísica, construida sin embargo a base de golpazos de cincel como su cuerpo. Si Cristiano decide irse en el último minuto sin consultar habrá que contarlo en su biografía, o en su Cantar para ubicarlo correctamente después en su preciso lugar en los cielos.

El sitio al que quiere ir sin la necesidad de que le quieran. Siendo un intachable profesional que no oculta un divismo sobrevenido, escandalosamente connatural, que epata a los benedictinos, probando una y otra vez su influjo como un dios caprichoso del Olimpo, incluso frente al divino Zidane, en cuyo interior se aman María y Nikolai, se ven las caras Napoleón y Kutuzov y el honrado Bolkonski ajusta cuentas con el innoble Kuraguin.

¿Quién más puede presumir de esto?

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.