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Contra la meritocracia

Contra la meritocracia

Escrito por: José María Faerna10 octubre, 2016

Como le tengo ley a las palabras, las hay que me resultan sospechosas. No tanto por sí mismas como por el uso torticero que a veces se hace de ellas; pero como resulta que el significado de las palabras no es constante sino que tienden a cargarse según las empleamos, cuando su uso torcido se hace habitual acaba por dejar algunas inservibles. Desconfío, por ejemplo, de los que dicen que sus ideas y acciones solo persiguen la excelencia. Como esta, según dice algo artificiosamente el DRAE, no es sino la “superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo”, cabe pensar que todo el mundo la persigue cuando emprende o propone algo, así que si uno defiende su propuesta frente a la de otro con ese argumento en realidad no está diciendo nada. O peor aún, atribuye perversas intenciones a quien proponga otra cosa, que no podría ser sino la ruina, el descalabro y el menosprecio. Parece claro que quien se escuda tras la excelencia queda obligado a explicar en qué cifra él para el caso esa “superior calidad o bondad” o a callarse, pues en realidad no está proponiendo nada sino descalificando a su antagonista de forma engañosa, es decir, encubriendo un vergonzoso e ilegítimo juicio de intenciones.

Meritocracia es otro de esos animalitos tramposos. Tengo la impresión de que el término es de acuñación relativamente reciente; por eso –y por su etimología un poco averiada, tosco burdégano de latín y griego– pensé que la Academia no habría hecho mucho caso, pero lo recoge con neta precisión: “sistema de gobierno en que los puestos de responsabilidad se adjudican en función de los méritos personales”. Nada que objetar, siempre y cuando los méritos en cuestión guarden cierta relación con los que adjudiquen los ciudadanos en el ejercicio del sufragio universal, porque entonces estaríamos hablando de otra cosa. La incorporación del término al léxico futbolístico es una aportación reciente del debate madridista, y ahí es donde quería yo llegar. Aunque se supone que sus defensores serán partidarios de sus virtudes deportivas tout court, llama la atención este asentamiento en el contexto merengue, porque yo no he visto al animalito correr por más campos semánticos que los de Chamartín y Valdebebas.

Si nos atenemos al significado preciso del término, habría que pensar que quienes reclaman que el Madrid se rija por criterios meritocráticos hacen referencia al gobierno del club. Una vez más, nada habría que discutir siempre y cuando la capacidad de evaluar tales méritos corresponda a los socios. Sin embargo, la meritocracia madridista es un extraño jarabe que sus defensores querrían ver administrado en las alineaciones. Parece que el específico se echaba en falta antes de la llegada de Mourinho, que habría hecho bandera de él aunque no recuerdo yo haberle oído reclamar expresamente el término en ninguna de sus muy facundas ruedas de prensa. Ahora se alaba mucho su prescripción por parte de Zidane, al que tampoco he oído nunca utilizar el palabro. Y esa ausencia habla bien, en principio, del rigor de ambos al menos desde el punto de vista de la sintaxis, que es la madre de todos los rigores. Si hablamos de meritocracia es porque nos referimos a puestos de gobierno o de poder, y porque proponemos que estos sean asignados a quienes acrediten ciertos méritos tasados que podrían evaluarse en términos objetivos. En tal caso, las elecciones democráticas y esas zarandajas estarían de más: bastaría un concurso-oposición bien diseñado.

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Ya oigo ­–¡No es eso! ¡No es eso!– agitarse orteguianamente a un cierto porcentaje de los lectores que hayan tenido la gentileza de llegar hasta aquí. Pues si no es eso el término de marras está de más, porque ser gobernado por personas honradas y capaces es una aspiración tan común como preferir la salud a la enfermedad o la excelencia a la mediocridad. Para más inri, casi siempre se incurre en la palabreja en contextos que nada tienen que ver con el gobierno o el poder, sea el caso de proveer una plaza de investigador o docente, una promoción interna en una empresa o un puesto de titular en una alineación. Es muy razonable que tales cosas no dependan de las relaciones de parentesco de los candidatos o de su destreza y disponibilidad para el sexo oral, y sí más bien de cualidades relativas a su capacidad profesional, su experiencia o su adecuación al perfil requerido. Todo ello tiene que ver mucho con los méritos pero nada con la meritocracia, así que traerla a colación en estos casos es mera redundancia; o sea, no decir nada.

Cuando pasamos al terreno futbolístico la inanidad del concepto se redobla. Se dice que Zidane ha establecido una meritocracia en el vestuario porque no se casa con nadie. Cabe suponer entonces que alinea a los que están mejor cada semana, sin dejarse llevar por prejuicios. Se aduce, por ejemplo, que el año pasado relegó a James a la suplencia sin tener en cuenta un supuesto interés del club por justificar con minutos la inversión realizada en su fichaje. O que en los primeros partidos de temporada se saltó la jerarquía prefiriendo a Asensio sobre el mismo James o Isco. Sin embargo, hablamos del mismo Zidane que en varias ocasiones ha dicho expresamente que la BBC es indiscutible si los tres están sanos, el mismo que sigue alineando a un Ramos manifiestamente irregular en lo que va de temporada, el que le ha devuelto la portería a Keylor sin pestañear pese a las buenas prestaciones de Casilla cuando jugó. Hacer cábalas sobre los motivos de alguien para tomar una decisión es siempre arriesgado, así que si hay que diferenciar el criterio de Zidane del de sus predecesores inmediatos a la hora de hacer el equipo basándonos en los hechos desnudos todo lo que podemos decir es que produce alineaciones más variadas que ellos. Que hay más rotación, vaya.

¿Así que Zidane no tiene en cuenta los méritos de sus jugadores para ponerlos o quitarlos? Pues, la verdad, no tengo ni idea. En realidad, difícilmente podría saberlo, tanto de Zidane como de cualquier otro entrenador. Ni yo ni usted ni la prensa, que apenas contamos con más información fidedigna para hacernos idea de tales méritos que lo que vemos en los partidos. No es poco, pero desde luego no es suficiente. La cuestión, en todo caso, no es esa. Si tuviéramos la misma información que Zidane estaríamos en las mismas condiciones que él para evaluar esos méritos, pero eso no garantizaría que tomáramos las mismas decisiones. Los méritos son datos, pero la cuestión es qué hace uno con los datos, cuál se pone por delante y cuál por detrás. ¿Un veterano de calidad archicomprobada en baja forma no se merece los minutos necesarios para probar su capacidad de recobrarla? ¿Y un novato esforzado que apunta maneras no merece los que le hacen falta para demostrarla? ¿Qué hacer cuando uno y otro compiten por el mismo puesto en la alineación? La historia demuestra que a veces la baja forma de un veterano legendario es solo el inicio de una decadencia inexorable, pero también está llena de novatos prometedores que se quedan en medianías. Kiko Casilla ha demostrado que puede defender la portería del Madrid con garantías, ¿pero acaso Keylor no se ha ganado un plus de crédito con su enorme temporada pasada en circunstancias extraordinarias?

Reconocer los méritos está al alcance de cualquiera, pero a Zidane y a cualquier entrenador no le pagan por ponerle notas a la clase, sino por tomar decisiones que beneficien al equipo, esto es, por hacer apuestas asumiendo el riesgo consiguiente. Y eso no solo supone tener que elegir a menudo entre recompensar méritos equivalentes que se excluyen entre sí. A veces, alinear a un jugador más vago o menos esforzado que te ofrece cualidades determinadas que no puedes esperar de otro mucho más aplicado puede ser la clave de una victoria. Si el entrenador está convencido, está perfectamente legitimado para ello, por encima de cualquier alquimia de méritos.

Así que Zidane sabrá lo que hace con los méritos de unos y otros. De momento, haciendo rotaciones ha demostrado algo mucho más importante: independencia de criterio. Ya tengo dicho aquí que de los entrenadores yo no espero recetas ni protagonismo. Tampoco meritocracias redundantes. Basta con que las alineaciones no se las hagan los presidentes, desde luego, pero tampoco la prensa. Ni siquiera la afición. Cuando uno demuestra eso se gana algo más que la confianza. Se gana el derecho soberano a equivocarse. A mí me parece que Zidane está hoy exactamente en ese punto.

 

Número Uno

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

4 comentarios en: Contra la meritocracia

  1. Buenos días.

    Las cualidades y calidades que poseé cada persona, es un asunto en el que por lo general solemos estar equivocados. No sólo cuando nos las atribuimos nosotros mismos, sino sobre todo cuando lo hacen los demás.

    Si es algo positivo, aunque no esté de acuerdo, es mejor que nos lo digan los demás, uno no puede decir, por ejemplo, "yo soy modesto o humilde" porque en ese caso las palabras pierden todo su valor.

    Cuando son los demás los que nos atribuyen algo que nos parece positivo, también erramos, porque uno puede tener un comportamiento honesto en una determinada situación, tal vez o sin tal vez, en otra no se comportaría con esa misma honestidad, ello, conciencia aparte, no es málo ni bueno simplemente es humano.

    En el caso de nuestro entrenador, yo espero y deseo, que sea meritocrático, cuando deba serlo justo o injusto, si con ello favorece a nuestro equipo, simpático o antipático con quien corresponda, incluso que me/nos mienta, si con ello va a llevar un nuevo título a las vitrinas del Real Madrid.

    Con ésto no quiero decir, que se comporte como un delincuente, algo que por otra parte, en otro lado no tienen tantos escrúpulos.

    Agradezco éste artículo del sr. Faerna number one, y disfruto con él 1º porque estoy casi en total acuerdo , 2º porque me parece amena su escritura, pero sobre todo porque aprendo.

    HALA MADRID Y NADA MAS.

    Pd. Estoy deseando que escriba algo que no me guste para rebatirle,