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Comer pipas

Comer pipas

Escrito por: Antonio Valderrama19 febrero, 2018
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A Dani Ceballos, su antigua afición bética lo mandó a comer pipas en su primera visita como madridista al estadio Villamarín. También lo llamó pesetero. Muchos aficionados del Betis hicieron mofa de su condición de suplente, de que juegue poco en el Madrid de Zidane. Hasta hace menos de un año Ceballos era la joya de la cantera bética. Un muchacho con unas condiciones extraordinarias que hacía sentirse orgullosa a mucha gente allí de lo que era la juventud bética, el talento de la escuela sevillana. Un chico de Utrera, apenas veinteañero, por el que llegaron a pujar, al mismo tiempo, el Barcelona, la Juventus y el Real. Poca broma: los dos primeros equipos de España y el primero de Italia. Pero en España, para que hablen bien de ti en tu terruño, hay que respetar una regla fundamental y es no fichar por el Madrid.

Le pasó hace unos meses a Lucas Vázquez en La Coruña. De repente al muchacho, que es gallego desde que nació, empezaron a decirle de todo por llegar a Riazor vestido de blanco y encima marcar. No sé si antes era motivo de orgullo que la gente de la tierra marchase al Madrid a probar suerte: cada vez quedan menos a mi alrededor a quienes pueda preguntar. Pero desde que existen autonomías y en cada región hay un culto exagerado por el folk y lo de allí, el Madrid se ha ido convirtiendo, sin que nos demos cuenta, en la sucursal de Babilonia, y no se puede ser madridista sin estar abducido por la prensa capitalina ni ser un mercenario ávido de dólares y placeres, o un descastado, o un cateto.

en españa, para que hablen bien de ti en tu tierra, hay que respetar una regla fundamental: no fichar por el madrid

No ya irse a jugar al Madrid. ¡Pesetero! Como si en el Betis a Ceballos le pagaran el sueldo con puñados de sal. Pero este es un lugar común entre el fubolero: hacer cosas por dinero está muy mal visto en España, al menos en público, y aunque en el día a día de la vida se acepta con sonrisilla sarcástica la pequeña trampa o la corruptelilla (tonto eres si no lo haces, hombre, si aquí el que no corre vuela, etc), el futbolista debe ser un modelo de virtudes a ojos de Dios y de los hombres. Un ejemplo de ética espartana. A lo mejor todo el que llamó pesetero a Ceballos el otro día se comporta en la vida como Robert De Niro en Una historia del Bronx cuando le decía a su hijo eso de que el tipo duro era él, que se levantaba todos los días a las siete de la mañana para coger un autobús.

Esto de ensañarse con chavales a los que se les presenta una oportunidad única en sus vidas es muy español y ocurre casi siempre sólo con el Madrid. A Julen Guerrero poco menos que le retiraron la vasquidad por pretender fichar por el Real. A Kepa casi le pasa lo mismo ahora. La presión ambiental debe ser para verla. Fichar por el Madrid es traicionar a la tierra, traicionar el vínculo sagrado entre el hombre y la cuna. O algo así. Es todo como una revisión kitsch de la literatura romántica. Puro pastiche. A Mendieta le jodieron la carrera en Valencia por querer venirse al Madrid el mismo verano que Zidane y tuvo que aceptar al final una oferta de la Lazio para pudrirse allí en una Serie A que empezaba a languidecer. Hay que ser valiente para dar el paso.

Con el Madrid todo adquiere naturaleza política y de conflicto territorial aunque el Madrid no tenga territorio alguno y, al contrario que Athletic, Sevilla, Betis, Deportivo o Celta, sea un club apátrida no obstante representar lo mejor de España. Pero hasta de esa España E pluribus unum lo echaron el día que la Selección ganó el Mundial, culminando un proceso que empezó en 1978, más o menos. A Sergio Ramos se le desea la muerte en la casa que lo vio formarse y crecer como futbolista, una casa que ha visto morir a otro de sus cachorros. Todo por aceptar una oferta del Madrid que mejoraba sus condiciones de vida, su sueldo y, sobre todo, que le abría un horizonte personal y profesional ilimitado que jamás podría encontrar ni parecido siquiera en el Sevilla. Estas cosas han pasado y pasan en España y se ve como lo más normal del mundo.

También es verdad que el fenómeno pasa en miniatura y quizá tenga que ver con lo español, o abriendo más el foco, con lo humano. Un chico destaca en algo, da igual el deporte, y viene un club de otra ciudad a por él y entonces deja de ser bueno: entonces el resto de padres y madres y el resto de compañeros dejan de mirarlo como a un camarada para observarlo con ojos de adversario, casi de enemigo. La historia del niño que quiere triunfar y que a lo mejor no triunfa. Nada regocija más la fétida vanidad de gente así que ver volver al chaval derrotado o frustrado en su empeño de llegar a ser mejor, aunque casi nunca sea así porque él siempre podrá decir que fue y lo intentó, y estuvo allí. Ceballos ha ido al Madrid a triunfar y a lo mejor no lo logra y se la pasa comiendo pipas, pero más de uno y más de dos de los que se reían de él el domingo en el Villamarín hubieran vendido a su madre por oler siquiera el túnel de vestuarios del Bernabéu cinco minutos antes de saltar al campo a jugar contra el PSG. Aunque esto es una suposición personal y siempre habrá quien salga y me desmienta diciéndome que como en su casa y en lo suyo, en ninguna parte.

Y se lo creerá, que es lo peor.