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Ciao, Ennio

Ciao, Ennio

Escrito por: Athos Dumas6 julio, 2020
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Hace un par de meses, cuando publiqué un texto sobre el compositor John Williams, mi gran amigo Luis Miguel Beneyto, exjugador y ex directivo del Real Madrid bajo la presidencia de Luis de Carlos, me comentó que cuándo me iba a animar a escribir sobre el indudable madridismo del maestro Ennio Morricone. Le prometí hacerlo pronto, de hecho iba a esperar a que terminase la liga de este año, pero esta mañana de 6 de julio hemos conocido la infausta noticia del óbito de Morricone, tras un accidente casero que no pudo superar, pese a que los que le vimos actuar hace unos meses en el Wizink Center de Madrid le encontramos en plena forma a sus 90 años de edad.

Don Ennio, como Mister Williams - iban a compartir próximamente premio Princesa de Asturias por sus dilatadas y espléndidas carreras musicales -, era el verdadero “capocannoniere” de la música de películas, con una producción abundantísima - más de 400 partituras de films y series de TV - y de exquisita calidad, por su originalidad y por no seguir una escuela predefinida de crear música. Un heterodoxo con gran formación - nada menos que en la Accademia Nazionale di Santa Cecilia de Roma - que era capaz de componer una ópera-ballet en las escenas finales del cementerio de Sad Hill en “El bueno, el feo y el malo” y de hacer llorar de emoción a toda la audiencia en “Cinema Paradiso”.

Versátil como nuestro Real Madrid de Zidane, que hizo el mejor fútbol del siglo presente en 2017, con exhibición apoteósica en Cardiff y que en 2020 hace gala de un férreo “capellismo” eficaz en cada partido, Morricone, que empezó su carrera en el cine encasillado en películas del oeste - prodigioso su trabajo en “Hasta que llegó su hora” - abrió su excepcional mente musical para culminar partituras inolvidables en otros muchos géneros, como el de gángsters (“Érase una vez en América”, testamento cinematográfico de su amigo de infancia y del alma Sergio Leone, “Los intocables” o “El clan de los irlandeses”), aventuras épicas (“La misión”, que es posiblemente su banda sonora más completa y redonda, de una perfección absoluta en cada pieza, o “La ciudad de la alegría”), dramas históricos (“Novecento”), comedias (“La jaula de las locas”), clásicos indiscutibles (“Hamlet”), thrillers (“En la línea de fuego”), terror (“Lobo”), además de ser el compositor “titular” de Tarantino desde que colaboraron juntos en “Kill Bill”, pasando luego por “Django”, “Malditos bastardos”, o “Los odiosos ocho.

Participó en muchas de las películas de directores tan distantes y distintos como Pier Paolo Pasolini, Sergio Leone y en numerosos Tarantino del siglo XXI. Amigo de todos ellos, enseguida comprendieron todos ellos que Morricone pondría un toque especial de distinción a sus películas. También en el Madrid triunfaron, a pesar de ser bien diferentes en todo - en la táctica, en carisma o en personalidad -, técnicos como Leo Beenhacker, José Mourinho o Zinedine Zidane. El club siempre entendió que hay muchos caminos para conseguir la gloria. Don Ennio daba a cada película ese salto de calidad, de originalidad, que daba un plus a todas las obras en las que engarzaba escenas por medio de su batuta mágica.

Ennio Morricone y Sergio Leone en Primaria con 9 años

Esos tres directores tenían algunas características en común: eran diferentes, transgresores de su tiempo, rebeldes. Eran los Juanito de su época, los Manolo Velázquez, los Uli Stielike, a veces incomprendidos, o adelantados a su tiempo, rebeldes y diferentes, pero amantes siempre de la música bella que ennoblece el espíritu del madridismo.

Capaz de componer incluso bandas sonoras prodigiosas para películas decepcionantes, como sus trabajos en “Corazones de hierro” de Brian de Palma, recordando a ciertas genialidades de un Michael Laudrup en el nefasto Madrid de 1996. Lo mismo podríamos decir de su excelente composición en “Bugsy”, película olvidable a todos los efectos excepto en el gusto musical. Fue en 1991, primer año tras el quinquenio glorioso de la Quinta, que abría una era tenebrosa para el Madrid.

Las películas podían fracasar o, peor aún, caer en el olvido, pero no recuerdo ninguna partitura mediocre de Morricone, cuya profesionalidad y gusto siempre mejoraban una obra cinematográfica, como el Zidane jugador de 2006, con el Madrid galáctico en plena descomposición, y que resultaba ser el único aliciente que teníamos los madridistas aquel año de su retirada para ir cada quince días al coliseo de la Castellana.

Ya no compondrá más Don Ennio, pero nos deja de regalo y para siempre una prodigiosa obra que es de las más valiosas de los últimos 60 años del arte de la musa de la música, Euterpe, hija de Mnemósine y de Zeus, y que sin duda le transmitió un don divino y prodigioso al maestro romano.

Les dejo para escuchar atentamente la banda de “La Misión”, cuya mítica “el Oboe de Gabriel” es tan emocionante y profundo para este escribidor como los goles más decisivos y esperados de Mijatovic en Amsterdam o el de Ramos en Lisboa. Y perdóneme, Don Ennio, por no haberle hecho este modesto homenaje algunos días antes, cuando estaba en plena vida.