Buenos días, galernautas.
Viernes Santo, corazón de la Semana Santa. También es víspera de una nueva jornada de la Mugrienta Liga Negreira (copyright Jesús Alcaide). El único acicate que encontramos es que termina el parón-bajón de selecciones y vuelve el Real Madrid, que no es poco.
En la jornada de ayer, el Real Madrid femenino volvió a ser avasallado por la versión femenil del equipo cliente de Negreira. ¿Es pertinente preguntarse para qué tiene el Real Madrid tal sección? ¿Realmente aporta algún beneficio, ya sea económico, deportivo, social o reputacional? ¿Ha aparecido el Real Madrid femenino en algún titular por un motivo distinto a las, lamentablemente, acostumbradas goleadas a manos del Barcelona?
Como comprenderéis, las portadas cataculés se solazan en la paliza. Podríamos afirmar que hasta se refocilan en ella. El diario del Conde de Godó, Grande de España, califica el triunfo de estratosférico, mientras muestra una fotografía de una jugadora barcelonista manteada por sus compañeras. Sport, más allá de su titular, destaca por la tipografía empleada para el mismo. Se trata de una mezcla entre escritura infantil y espagueti demasiado cocido, dándose la pícara casualidad de que es la misma empleada por el club cliente de Negreira en su serigrafía. Los modales y usos del club se trasladan también a su estética. Podríamos hacernos los sorprendidos, pero nadie nos creería. No sin razón.
El marcador global de los recientes tres enfrentamientos entre los equipos femeninos de Madrid y Barcelona es de 15-2. Urge un análisis sereno pero decidido de la situación de la sección femenina. La única forma de ser madridista y que no te avergüence es haber abrazado al respecto el sombrío alivio de la indiferencia. La sección se creó para cubrir una demanda social. Una vez satisfecha, y ya han pasado seis años, corresponde responder a una demanda deportiva, que en estos casos se cifra simplemente en no abochornar a sus aficionados/as. La paciencia no puede identificarse con resignación ante lo humillante. O se adecenta la sección, o se abandona la idea. Medias tintas no caben.
As lleva a su portada a Julián Álvarez y atribuye al segundo club de Madrid que más finales de Champions ha jugado la condición de juez de la liga. El excelente delantero argentino, en cambio, parece preferir centrarse en otras disciplinas deportivas, concretamente el lanzamiento de jabalina. Comprensible, pues debe ser durísimo que te guste el fútbol y militar en el Atlético de Madrid.
En todo caso, si el Atleti va a ser juez de una liga que potencialmente pueda ganar su odiadísimo rival capitalino, podemos hacernos una idea de su veredicto: 0-6.
Pasemos al diario marcaico de Gallardo. Su argumento principal es Endrick en imagen con su selección. Nos dicen que resurge, cuando lo que parece hacer es rugir. Qué ganas tenemos de volver a verle vestido de blanco. Tan grande es ese anhelo como las dudas sobre la posición que ocuparía, pues somos conscientes de la sobrepoblación de talento en la línea ofensiva del Real Madrid. El pellizco de monja habitual va a la parte superior, donde se glosa la nueva goleada de las féminas culés a las madridistas. Estilos.
Pasad un excelente Viernes Santo y, por favor os imploramos, la pasta siempre al dente, no como en Sport.
Hay abrazos que duran apenas unos segundos y, sin embargo, contienen años enteros. Abrazos que no necesitan palabras porque todo está dicho desde hace mucho tiempo, abrazos en donde la memoria ya se encargó de construir un idioma propio entre dos futbolistas que compartieron el corazón del mejor equipo del mundo. El de Luka Modric y Casemiro, en la previa de ese Brasil contra Croacia, fue uno de esos abrazos. Breve, sincero, natural. Un gesto que, para cualquiera, podría parecer simplemente el saludo entre dos viejos compañeros, pero que para el madridismo fue un golpe directo a la nostalgia, un recordatorio de una era irrepetible, de una sociedad que dominó Europa con una naturalidad que hoy parece casi imposible.
Verlos frente a frente, con camisetas distintas, con años a la espalda, pero con la misma mirada cómplice de siempre, fue como abrir un álbum de recuerdos que parecía guardado en lo más profundo del Bernabéu. Porque Luka Modric y Casemiro no fueron simplemente dos grandes futbolistas del Real Madrid, fueron parte de un engranaje perfecto, de una armonía futbolística que se sostuvo durante años y que permitió al club conquistar Europa una y otra vez con una mezcla de talento, carácter y liderazgo difícil de igualar. Entre ambos suman once Copas de Europa. Once. Una cifra inalcanzable para el 95% de los mortales, pero que define mejor que cualquier adjetivo la magnitud de lo que representaron.
Luka Modric siempre fue la elegancia del fútbol. Un jugador capaz de transformar cualquier partido con un gesto técnico, con un giro suave, con un pase que parecía desafiar a la lógica. Su exterior se convirtió en una firma, en una obra de arte repetida con naturalidad. Ese golpeo con el empeine exterior, aparentemente improvisado, era en realidad una herramienta quirúrgica para romper defensas y encontrar huecos donde nadie más los veía. Luka Modric era un perfil de jugador que sobre el césped no corría, flotaba. No aceleraba, deslizaba el tiempo a su ritmo. Y, cuando el partido pedía calma, aparecía él, pidiendo el balón con esa serenidad que transmitía confianza al resto del equipo. Era el futbolista que transformaba el caos en orden, y que convertía los momentos difíciles en oportunidades.
Casemiro, en cambio, representaba la contundencia, el equilibrio, el músculo invisible que sostenía el espectáculo. Fue durante años el mejor del mundo en lo suyo, el mejor yendo al suelo, el mejor interpretando cuándo frenar una contra, cuándo meter el pie, cuándo hacer esa falta táctica que salvaba al equipo de una situación comprometida. Casemiro no necesitaba adornos. Su fútbol era directo, eficaz e imprescindible. Protegía a sus compañeros con una determinación casi paternal, siempre dispuesto a dar un paso adelante, a asumir la bronca y a encender la chispa competitiva cuando el equipo lo necesitaba. Era un liderazgo silencioso, pero también voz firme cuando hacía falta. Un escudo que permitía que los demás pudieran jugar con libertad. Entre ambos, la conexión era perfecta. Se entendían sin mirarse. Sabían exactamente dónde estaba el otro, qué iba a hacer, cuándo había que acelerar y cuándo frenar. Modric encontraba en Casemiro la seguridad para arriesgar; Casemiro encontraba en Modric la salida limpia para dar sentido al juego.
Era una relación de equilibrio absoluto con roles perfectamente definidos. Cada uno sabía qué debía hacer y cuándo hacerlo. No había dudas, no había solapamientos, no había egos. Solo fútbol. Mientras tanto, Toni Kroos, ese tercer vértice que completaba la obra maestra, era el hilo conductor de todo. El alemán, ya retirado, era la pausa, la precisión milimétrica, el jugador que cosía cada línea del equipo. Pero aquel abrazo en la previa del Brasil-Croacia no lo incluía, y quizás por eso mismo resultó aún más especial. Porque ese reencuentro entre Modric y Casemiro evocaba también la ausencia de Kroos, como si el madridismo completara mentalmente la imagen, imaginando al alemán sumándose a ese gesto. Habría sido, sin duda, el abrazo perfecto.
Ese abrazo, en la previa de un Brasil contra Croacia, fue la confirmación de que algunos vínculos no se rompen nunca. Fue un abrazo cargado de sinceridad y memoria
Pero incluso sin él, la escena tiene un valor incalculable. Porque aquellos tres futbolistas formaron uno de los centros del campo más dominantes de la historia del fútbol. Y lo hicieron con una regularidad que hoy parece impensable. Partidos cada tres días, temporadas interminables, exigencia máxima... y ellos siempre estaban. Sin prácticamente lesiones, rendimiento constante y con una profesionalidad absoluta. Durante años, el madridismo supo que, mientras ese centro del campo estuviera en el terreno de juego, el equipo tendría el control. Era una sensación de seguridad difícil de describir, una confianza que se construía partido a partido, título a título. Sabías que a la hora de la verdad no iban a fallarte.
Modric, con su visión y su capacidad para acelerar o frenar el juego. Casemiro, con su lectura defensiva y su contundencia. Kroos, con su precisión e inteligencia táctica. Tres perfiles distintos, tres personalidades diferentes, pero con un mismo objetivo. Y el resultado fue una época dorada que marcó para siempre la historia del club blanco. Por eso ese abrazo en la previa del Brasil contra Croacia disputado el otro día fue mucho más que un gesto, fue una puerta abierta al pasado, a aquellas noches europeas inolvidables, a las remontadas imposibles y a finales dominadas con una autoridad que parecía instintiva.
Fue recordar a Modric girando sobre sí mismo en el centro del campo mientras el rival perseguía sombras. Ver a Casemiro lanzándose al suelo para cortar una contra que parecía peligrosa. Escuchar las broncas, las órdenes, los gestos de complicidad. Un abrazo para revivir la conexión perfecta entre dos futbolistas que entendieron el fútbol de la misma manera. Entendieron, que no ejecutaron. Y también fue, inevitablemente, echar de menos. Porque el fútbol, como la vida, avanza sin detenerse. Los años pasan, los equipos cambian, las generaciones se renuevan, pero hay recuerdos que permanecen intactos. Y ese abrazo, breve pero sincero, fue uno de ellos.
Ese abrazo, en la previa de un Brasil contra Croacia, fue la confirmación de que algunos vínculos no se rompen nunca. Fue un abrazo cargado de sinceridad y memoria. Intercambiaron camisetas, sonrieron, y recordaron todo lo que un día hicieron defendiendo el mismo escudo. Durante unos segundos, el tiempo pareció detenerse. El madridismo, al verlo, seguro que no pudo evitar mirar atrás, agradecer, y sonreír con nostalgia. Porque hay abrazos que valen más que mil palabras. Y el de Luka Modric y Casemiro fue, sin duda, un abrazo de un valor incalculable.
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Buenos días. Ayer quedó clara la postura de La Galerna respecto a cualquier manifestación de odio o animadversión por causa de raza o religión. La palabra más importante en la frase anterior es precisamente “cualquier”. Modestamente, pensamos que estamos donde hay que estar, es decir, en el desprecio a cualquier actitud racista, xenófoba o de ataque a las creencias íntimas de las personas, sean cuales sean esas personas.
La prensa deportiva que padecemos no parece tener clara la importancia de ese determinante (“cualquier”), dado que para ellos existen víctimas de primera y de segunda. Las portadas de hoy, todas ellas, hacen piña en torno a la misma idea de apoyo cerrado a Lamine Yamal a cuenta de los insultos de la grada de Cornellà (“musulmán el que no bote”). El consenso es total, como pocas veces se ha visto en la prensa deportiva patria.
Nos sumamos a ese apoyo a Lamine, futbolista y ser humano que se ha visto ofendido en sus creencias más profundas. Como comienza diciendo en su comunicado, Lamine profesa la fe musulmana, confesión digna de respeto en su versión no extremista ni violenta. Los insultos de la grada iban dirigidos a la selección egipcia, pero Lamine se sintió vilipendiado en su condición islámica.
Nos sumamos, como decimos, a ese apoyo a Lamine, si bien nos llama poderosamente la atención la doble vara de medir de nuestra clase periodística. Es imposible no advertir el agravio comparativo con Vinícius. El brasileño ha cosechado insultos racistas que la prensa deportiva patria ha condenado siempre con la boca pequeña, agregando siempre un pero a su condena. “Es condenable PERO algo hará Vinícius cuando solo él recibe esos insultos”. “Está feo, PERO Vinícius lo facilita con su conducta”. “Estoy contra el racismo, PERO Vinícius debería reflexionar”.
Mientras Vini solo activa este antirracismo adversativo, de salón, Lamine concita un antirracismo incondicional, que es como deberían ser todos los antirracismos si no se jerarquizara el respeto que nos merecen las víctimas en función de qué tal nos caen.
Nadie escribe ni dice hoy “Es condenable, pero algo hará la selección egipcia (y/o Lamine) cuando solo ellos reciben estos insultos”, ni “Está feo, pero los egipcios lo facilitan con su conducta” ni “Estoy contra el racismo, pero los egipcios deberían reflexionar”.
Por denunciar el racismo que sufría, y por si no tenía suficiente con esos ataques, se criticó duramente a Vini. Aunque parezca inconcebible, se criticó a la víctima.
Se le espetó que tachaba a todo un país de racista (cosa que nunca hizo), y fue acusado de torpedear la designación de España como sede de un próximo Mundial por parte de los mismos que hoy se arriesgan a torpedearla con tal de defender a Lamine (y a los egipcios, suponemos). La diferente asignación de prioridades y las disímiles aproximaciones a esta lacra social, en un caso y otro, indignarán y escandalizarán a cualquier espíritu racional dotado de una mínima humanidad.
En lo más alto del acoso mediático y sociológico a Vini, teñido siempre de un componente asquerosamente racista, Marca, convirtiendo en reo a la víctima de la xenofobia, enfangó el planeta con esta portada legendariamente oprobiosa.
Ojalá pueda ahora entenderse que esa portada era entonces tan improcedente como hoy lo habría sido titular “La selección egipcia, en el foco”. La lucha contra el racismo no admite peros, ni escrutar a la víctima en busca de comportamientos que expliquen y/o presuntamente justifiquen el acoso que sufre. Se está contra el racismo siempre y siempre con la misma intensidad (cien sobre cien), con independencia de los sentimientos que nos suscite la víctima.
No entender esto es no entender nada.
Pasad un buen día.
A pesar de que estos días vivimos unos días de exaltación de la fe cristiana, es innegable que la sociedad está cada vez más secularizada. Sobre todo, en occidente. Sin embargo, porque la naturaleza humana es así, la gente sigue necesitando creer en algo. Unos creyeron que el wokismo les iba a salvar la vida, otros pusieron todas las esperanzas de su día a día en las frases de Mr. Wonderful y otros, muchísimos, se limitan a creer en el Real Madrid.
A mí, en cierto modo, también me pasa. Lo reconozco. Fui el último en bajarme del barco de Xabi Alonso. Incluso una derrota frente al Barça me pareció que podía tener una lectura esperanzadora. Hasta llegué a confiar en los proyectos de Benitez y Lopetegui. Ahora, con la aparición de unos chavales, porque no dejan de ser eso, vuelvo a pensar que el Madrid es favorito a todo y que los traspiés anteriores se debían únicamente a que faltaba “un Thiago Pitarch” que corriera y presionara. Así somos. Con los años aprendimos a dejar de creer en los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez, pero somos incapaces de hacerlo con el Real Madrid.
si sigo dejando los zapatos cada noche del 5 de enero delante del belén, ¿cómo no voy a pensar que este año, como poco, va a llegar “La Dieciséis”?
En cierto modo es comprensible. Algún día compruebas que los regalos dejan de aparecer milagrosamente, pero con el Madrid es diferente. No deja de darnos motivos para creer. Cuando todo apunta al desastre, aparece un gol en el 93 o un Karim Benzema de turno diciendo que el Madrid va a hacer algo mágico (que es ganar)… y sucede.
No es culpa nuestra. Como decía Sabina: “Nos sobran los motivos”. La verdad es que con los años uno aprende que la felicidad es solo cuestión de expectativas. El problema con el Real Madrid es que genera muchas y muy elevadas. Y algo inherente a las expectativas es la decepción. El Real Madrid sólo ha ganado quince de las sesenta y nueve ediciones de Copa de Europa Disputadas. Aunque dicho así es una barbaridad, las matemáticas no mienten y confirman que las decepciones históricamente han superado en número a las alegrías. Aun así, hay aficionados que cada vez que el Madrid no gana algo consideran el hecho como algo inaceptable, procediendo de inmediato a tratar de reinventar el club. Tiene sentido, todos alguna vez hemos jugado a ser Florentino Pérez.
Se vienen fechas clave para el Real Madrid. El equipo apunta hacia la mejoría, pero, pensándolo fríamente, las posibilidades de que al final no se gane son altas. Y eso implica enfrentarse a millones de decepcionados de entre los que se encuentran algunos organismos parasitarios (internos y externos) que ven en la derrota blanca una oportunidad inmejorable para ganar y rentabilizar una efímera notoriedad con los que no quedará otra que seguir bregando. O quizá no, porque, si sigo dejando los zapatos cada noche del 5 de enero delante del belén, ¿cómo no voy a pensar que este año, como poco, va a llegar “La Dieciséis”?
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El bulo de los más de 70 años de presidentes del CTA con vínculo madridista no ha sido el único que se ha propagado desde el barcelonismo tras el estallido del caso Negreira. Otra noticia falsa objeto de polémica y, sobre todo, mucha desinformación, ha sido la de los sistemas de designación por José Plaza en sus dos etapas como presidente del Colegio Nacional de Árbitros.
Se ha construido un falso relato entre los títulos del Real Madrid y el poder del presidente arbitral designando en solitario (13 temporadas y 11 títulos) y cuando lo hizo en una comisión tripartita (5 ligas y 0 títulos). De igual manera que la realidad documentada demostró que el bulo de los presidentes del CTA no solo era falso, sino que, precisamente, al contrario, hace más de 70 años que ningún presidente del CTA tiene pasado madridista, a continuación, explicamos y documentamos que este relato en torno a las designaciones de Plaza también es falso, incorrecto e incierto.
Como guía orientativa previa a este estudio, nos sirve este resumen de los distintos sistemas de designación que habían sido utilizados desde el final de la Guerra Civil, que expuso, en la Asamblea de la Real Federación Española de Fútbol del 15 de julio de 1971, Antonio Calderón, gerente del Real Madrid:
El 19 de julio de 1967, a las ocho y media de la noche, en los locales de la Federación Española de Fútbol, José Plaza Pedraz tomó posesión del cargo de presidente del Colegio Nacional de Árbitros, en sustitución de Manuel Asensi.
La designación será hecha por el Comité Nacional de Árbitros y será controlada por la Federación Española.
Los clubes de Primera División redactarán su lista, consignando los árbitros por orden de preferencia, eliminando los del Colegio de su regional y hasta un veinte por ciento de los restantes. La designación deberá recaer en el árbitro cuyo nombre coincida preferentemente en las listas de los dos clubes.
Dentro de los cuatro días siguientes en el que se juegue un partido, los clubes están obligados a informar a la Federación Española sobre la actuación del árbitro y los jueces de línea, utilizando los impresos oficiales en el que dicha calificación será cifrada en los signos 2, 1, 0 que significan bueno, regular y malo. Esas calificaciones serán remitidas a la Federación en sobres lacrados, y así permanecerán en la Federación hasta el fin de temporada, en que serán abiertos para proceder a la calificación general de los colegiados por su campaña a lo largo de la temporada.
El 22 de julio de 1970, José Plaza dimitió como presidente del Colegio Nacional de Árbitros. Aunque no sea explicar este asunto el objetivo del presente artículo, al contrario de lo que siempre se ha afirmado, Plaza no dimite por el hecho de que se sancione al colegiado Guruceta, tras un error grotesco al pitar un penalti a favor del Real Madrid en un partido de Copa frente al F.C. Barcelona. A Guruceta se le sanciona seis meses, como responsable de los desórdenes públicos ocurridos en dicho partido. Este hecho, que un árbitro sea considerado responsable de lo que ocurra fuera del terreno de juego, solivianta al colectivo arbitral y termina motivando la dimisión de su presidente. Junto a él, dimitieron numerosos presidentes regionales y la totalidad de los árbitros castellanos y guipuzcoanos.
En palabras del propio Plaza, en su carta de despedida al colectivo arbitral: “Quiero que quede constancia de una cosa: no me voy por Guruceta, por ‘el caso Guruceta’. Soy presidente de una organización y no de una sola persona. Dimití porque la autoridad arbitral ha sufrido un golpe duro, irreversible casi, y yo no sabría desenvolverme en ese clima. Me faltaría la seguridad que he tenido hasta ahora: que los árbitros respondían a actos de conciencia, de estimación inmediata, y no al temor ‘a lo que pueda pasar fuera’”.
La primera temporada se sorteó cada tres jornadas. El resto de las temporadas se probó distintas modalidades de sorteo.
Los clubes tendrán 8 días después de cada partido para informar a la Federación sobre la labor del árbitro. El cero ya no implicará recusación del árbitro, pero los clubes siguen teniendo la posibilidad de recursar a principio de temporada, con las listas.
El 11 de julio de 1975, en la reunión de la Junta Directiva de la RFEF, José Plaza vuelve a ser nombrado presidente del Comité Nacional de Árbitros, con Pablo Porta como presidente de la RFEF.
Las designaciones para cada partido se harán con una antelación de ocho fechas a cada encuentro y los clubes siguen teniendo la posibilidad de recusar árbitros.
El 6 de mayo de 1990, José Plaza Pedraz deja la presidencia del Comité Nacional de Árbitros al pactarlo así con el presidente de la Real Federación Española de Fútbol Ángel María Villar. Un mes después, y tras recibir telegramas de apoyo del colectivo arbitral, quiso presentarse a la reelección, pero la Junta electoral no se lo permitió y Pedro Sánchez Sanz fue elegido su sucesor el 9 de julio de 1990.
Un trabajo de Alejandro Colorado y Alberto Cosín
Continuación de la primera parte de la pieza dedicada a Carniglia.
Tras finalizar la campaña 1957-58, la plantilla se marchó de vacaciones y quedó citada para volver a los entrenamientos el 1 de agosto. En la secretaría técnica causó baja Ipiña y entró el húngaro Osterreicher, mientras que en la plantilla había colgado las botas el capitán Miguel Muñoz y se incorporaron, entre otros, Chus Herrera, Miche, el uruguayo Héctor Ramos y Ferenc Puskas, una estrella mundial cuyo rendimiento era una incógnita después de un año parado por una sanción de la FIFA tras exiliarse de su país. El fichaje del magiar no gustó demasiado a Carniglia por su estado físico al estar pasado de peso. Cuando Antonio Calderón, el gerente, se lo comunicó, le respondió: “¿Ah, sí? ¿Y qué hacemos con su barriga? Calderón replicó firme: “La barriga se la quita usted, ese es su trabajo”.
La pretemporada comenzó con cuatro partidos en Sudamérica donde se incorporaron Domínguez, Santamaría, Rial y Di Stéfano, que se perdieron los primeros entrenamientos. Un partido se disputó en Brasil, otro en Uruguay y dos en Buenos Aires. En el segundo en la capital argentina, ante River, el técnico alineó a una delantera mítica formada por Kopa, Puskas, Di Stéfano, Rial y Gento. Durante la campaña, y por distintos motivos, no sería el ataque más utilizado, y aparecerían juntos en el once mucho menos de lo esperado.
Carniglia volvió de la gira “orgulloso por ser preparador del Madrid, y después de sus actuaciones, todavía más”, y su trabajo físico con Puskas empezaba a dar sus frutos. En el choque ante San Lorenzo, marcó sus primeros tantos y en el Trofeo Carranza mostró una buena versión anotando cuatro goles al Wiener SK austriaco en semifinales. La Liga era un objetivo importante del club porque nunca en la historia se había ganado por tercera vez seguida, pero aquel año el equipo pinchó. No así en la competición que empezaba a ser fetiche: la Copa de Europa.
En la competición doméstica, los madridistas vivieron momentos de buen fútbol, en algunos casos espectacular, con otros mucho más discretos que costaron puntos. La línea no fue regular ni constante, y eso impidió el título ante un Barça de Helenio Herrera que falló menos que los blancos. El Real Madrid consumó grandes goleadas en casa al Gijón y el Atleti con cinco goles, seis a la Real Sociedad, ocho al Osasuna y Sevilla o diez a la UD Las Palmas. Sin embargo, las derrotas fuera contra el Barça por goleada, Atlético de Madrid y Atlético de Bilbao fueron una losa importante. Tampoco se consiguió ganar en Atocha y Mestalla, y por cuatro puntos de diferencia se dijo adiós a la Liga.
Carniglia, durante más de mes y medio entre febrero y abril de 1959, tuvo que dejar la disciplina diaria del equipo por culpa de un cólico nefrítico. Primero se hizo cargo de la situación en los entrenamientos su segundo José Moleiro y más tarde, de forma interina, el entrenador fue Miguel Muñoz. El día 24 de febrero el argentino fue operado en el sanatorio de Nuestra Señora del Rosario por el doctor Hidalgo, que le extirpó un cálculo de un riñón. En total estuvo ausente nueve partidos entre la Liga y la Copa de Europa.
El argentino había estado presente en la primera eliminatoria europea ante el Besiktas, que fue muy dura. En el choque en el Bernabéu hubo expulsiones por cada bando, mucha intensidad y se pudo ver en acción a la delantera mítica blanca para ganar por 2-0. En la vuelta, el empate a uno en Estambul dio el pase a los merengues. La siguiente ronda, contra el Wiener SC, seguía de baja por la operación y se encargó de la preparación Muñoz. El Real Madrid se trajo un empate del Prater, a Puskas expulsado y a Muñoz protagonista en una tangana. Dos semanas más tarde el Real Madrid apabulló a los austriacos con siete goles en el coliseo blanco.
Yiyo retornó para la igualada eliminatoria de semifinales contra el Atlético de Madrid. En cada feudo ganó el equipo local y se tuvo que recurrir a un desempate en La Romareda. Un partido que decidió Puskas marcando el 2-1 antes del descanso, y también Domínguez con sus intervenciones evitando en los últimos minutos otra prórroga. Tras el partido, Carniglia declaró que “para el Madrid siempre suponen todos estos partidos una final. El Atlético luchó mucho, pero terminó defendiéndose. Merecimos un tercer gol, y ha sido una pena no haberlo logrado”.
La final celebrada en Stuttgart iba a tener un viejo conocido como adversario: el Stade de Reims. Los franceses, con el mítico Albert Batteux en el banquillo, ya no tenían a Kopa, que estaba en el cuadro blanco, pero tras su salida se había erigido como en gran estrella del equipo el atacante Just Fontaine. El partido tuvo una ausencia inesperada en la figura de Puskas por una decisión del entrenador Carniglia que Bernabéu aceptó, pero no olvidó. El argentino era de la opinión de que la presencia de Puskas podría predisponer a los aficionados alemanes en contra del Madrid, ya que la familia del magiar había renunciado a su origen germano. Además, el delantero estaba recién recuperado de una lesión, llegaba muy justo al encuentro y el entrenador temía que se pudiese resentir durante el juego y dejar al equipo con diez.
En la previa sobre el choque, Yiyo manifestó que “no será un partido fácil, ya que el Stade de Reims atraviesa un momento espléndido de juego, moral y preparación”. Los franceses, con muchos internacionales en sus filas, buscaron una revancha que no llegó. No fue el encuentro más brillante de los madridistas con un Kopa cojo a los quince minutos, pero que se acabó haciendo con la victoria por 2-0. Mateos hizo el primer gol y buscó el segundo en un penalti que erró. Luego, Di Stéfano, que no fallaba marcando en finales, logró el tanto de la tranquilidad. El Real Madrid era campeón de Europa por cuarta vez y Carniglia afirmó a los medios que “la lesión de Kopa trastocó el juego, pero en la segunda mitad el equipo ha mandado en el terreno. Estoy muy satisfecho del triunfo, hemos superado con amplitud a los franceses”.
En la última competición del año, la Copa, en esta ocasión el techo fueron las semifinales. En primera ronda doblegaron con facilidad al Extremadura. En octavos, se repitió la final del año anterior, pero esta vez los blancos fueron muy superiores al Atlético de Bilbao, venciendo en la ida y la vuelta. En cuartos, el triunfo en casa contra el Sevilla fue suficiente para pasar a unas semifinales en las que el Barça demostró estar de dulce, ganando en Chamartín y también en el Camp Nou.
Antes de terminar la temporada se produjo un acontecimiento especial con el homenaje a Miguel Muñoz. Fue en un Bernabéu repleto y con un invitado de categoría: el Santos de Pelé. Un choque que atrajo mucha atracción y congregó a periodistas de muchos lugares del mundo. El célebre capitán no jugó, pero sí se invitó a estrellas de otros equipos como Del Sol del Real Betis o Gaínza del Atlético de Bilbao. El partido fue atractivo y con muchos goles, se resolvió con 5-3 para los blancos.
Una semana después del homenaje a Muñoz, el técnico argentino dejó la entidad madridista. El diario Marca publicó el 24 de junio que el conjunto blanco le propuso la prórroga de su contrato por una temporada más y el argentino pidió unos días para pensarlo. La oferta era generosa, puesto que se le ofrecía, al parecer, doblarle las condiciones vigentes. Carniglia estaba en Roma y allí también negociaba con un equipo italiano. Finalmente, el argentino decidió aceptar la oferta muy jugosa de este conjunto, que era la Fiorentina, y en una reunión con la directiva madridista en la noche del 25 de junio se despidió de la junta agradeciendo el comportamiento que habían tenido con él. Carniglia expuso que prefería la oferta viola porque su creencia era que el entrenador no debe ni puede desgastarse con su permanencia durante muchos años en una sociedad. Después, también se despidió de los jugadores, a los que dio un discurso muy emocionado exaltando las virtudes y camaradería de la plantilla que había tenido a sus órdenes.
Yiyo prosiguió su carrera como entrenador durante casi dos décadas, entrenando sobre todo en el calcio. Allí dirigió a la Fiorentina, Bari, Roma, AC Milan, Bolonia y Juventus. También tendría un breve paso por el Deportivo de la Coruña, San Lorenzo en su país o el Girondins de Burdeos. Su mayor conquista fue la Copa de Ferias con el cuadro giallorossi en 1961.
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
Capítulos anteriores:
1.- Entrenadores del Real Madrid: Mr. Firth
2.- Entrenadores del Real Madrid (II): Kinké
3.- Entrenadores del Real Madrid (III): Berraondo
4.- Entrenadores del Real Madrid (IV): Quincoces
5.- Entrenadores del Real Madrid (V): Quirante
6.- Entrenadores del Real Madrid (VI): Albéniz
7.- Entrenadores del Real Madrid (VII): Fernández
8.- Entrenadores del Real Madrid (VIII): Cárcer
9.- Entrenadores del Real Madrid (IX): Fleitas Solich
10.- Entrenadores del Real Madrid (X): Ipiña
11.- Entrenadores del Real Madrid (XI): Encinas
12.- Entrenadores del Real Madrid (XII): Scarone
13.- Entrenadores del Real Madrid (XIII): Villalonga
14.- Entrenadores del Real Madrid (XIV): Mr. Keeping
15.- Entrenadores del Real Madrid (XV): Hertzka
16.- Entrenadores del Real Madrid (XVI): Carniglia (I)
En los años ochenta, si existía un epítome del héroe, ese era Harrison Ford. Su participación en las sagas de Star Wars e Indiana Jones lo convirtió en una deidad. Rápidamente pasó de ser un actor anónimo a una figura de culto para el imaginario colectivo. Tanto es así que, actualmente, Harrison Ford pertenece a la memoria sentimental de millones de espectadores que se emocionaron con sus interpretaciones. No obstante, el actor natural de Chicago parece que siempre ha rechazado la mesianidad que la fama le pudo brindar en su momento y, por el contrario, se ha esforzado en declarar que para él la actuación es solamente su trabajo y el cine, su medio de vida.
Si algo caracteriza a Harrison Ford es ese aire despreocupado del que dota a su interpretación. La mayor parte de su carrera, Ford ha encarnado a héroes insolentes que encaran un reto con suficiencia. Cuentan que el actor es así. El propio Ford no se ha tomado nunca demasiado en serio su papel como estrella del cine ni tampoco se ha echado laureles. Y, personalmente, se lo agradezco. Agradezco que haya actores que no adopten una pose afectada de creadores torturados o artistas dotados de un gran mundo interior que cultivan para seducir a la audiencia. Dicho de otro modo, prefiero actores como Ford capaces de admitir su papel de ventrículo a afectados intelectuales como Joaquin Phoenix.
Un ejemplo de esto lo encontramos recientemente. Harrison Ford se ha unido al Universo Cinematográfico de Marvel para coprotagonizar la nueva película del Capitán América. En ella da vida a Thaddeus “Thunderbolt” Ross, a la sazón Red Hulk. Para ello, entre otras movidas, se ha requerido la tecnología de captura de movimiento. Preguntado por la experiencia: "¿Qué hizo falta? Hizo falta que no me importara. Hizo falta ser un idiota por dinero, algo que ya he hecho antes", respondió el actor de Chicago.
Es cierto que asociamos rápidamente a Ford con Steven Spielberg y George Lucas, los dos directores que le convirtieron en un icono, pero qué duda cabe que podríamos nombrar de memoria fácilmente sus trabajos más celebrados, como Apocalypse Now, La conversación, Presunto inocente, Armas de mujer, Air Force One, La costa de los mosquitos, El fugitivo o Único testigo, película que supuso su única nominación al Oscar. Como vemos, ha trabajado con otros grandes directores como Francis Ford Coppola, Alan J. Pakula, Mike Nichols o Peter Weir.
Si tuviera que elegir dos películas de entre toda su filmografía, sin duda escogería Blade Runner y A propósito de Henry. Sé que son dos películas muy diferentes, pero creo que retratan bien al actor. En la distopía de Ridley Scott, encontramos a un actor sobrio que reinterpreta el arquetipo de agente en una película noir. Su Rick Deckard en ese enjambre multicultural de Los Ángeles es tan turbio como fascinante. Sin este thriller negro de ciencia ficción, el género se hubiera perdido una obra maestra. En el film de Mike Nichols, Ford da vida a Henry Turner, un abogado exitoso y despiadado de un gran bufete. Retrata al tiburón de la época que por mantener su estatus es capaz de cualquier cosa. Durante un atraco en un supermercado es tiroteado y sufre graves daños cerebrales. Es emocionante cómo vuelve a la vida teniendo que aprender de nuevo a hablar, leer o caminar. Tal vez sea su papel más emotivo.
Es en la jeta donde lleva el madridismo marcado el señor Ford. ¿Qué es, si no, el madridismo sino mantener la mirada firme y la sonrisa de superviviente solvente ante los mayores desafíos?
A veces no entendemos bien cómo alguien que se dedica al cine manifiesta cierta indiferencia respecto a su papel de estrella. Ese desapego puede ser visto como un desaire al mismo cine. Por mi parte, creo que el malentendido viene al confundir cualquier producto audiovisual con arte. En el fútbol tenemos varios ejemplos de grandísimos futbolistas que quitan importancia a su labor dentro de la industria. Es más, existen muchos jugadores que han llegado a confesar que para ellos el fútbol no es lo más importante en sus vidas y que apenas consumen partidos por televisión. Esto no resta para que sean auténticos profesionales y jugadores de altísimo nivel.
En el Madrid hemos tenido el caso de Gareth Bale o el de Ronaldo Nazario. Para Bale, había cosas más enriquecedoras en su vida, como la práctica del golf, y eso no suponía ningún tipo de problema para que el galés fuera un grandísimo futbolista. Es sabida la anécdota del bueno de Ronaldo Nazario al llegar en autobús al estadio en el que tenía que jugar una tarde y, tras despertarse de la siesta, preguntar al compañero de al lado contra quién jugaban en un rato. De hecho, O fenômeno ha manifestado recientemente que en la actualidad ama más al tenis que al fútbol y que ver partidos enteros le resulta aburrido.
Por ello, es importante que aún existan entre nuestras filas sabios como Florentino Pérez. Nuestro amado presidente todavía encuentra dicha en trabajar por el Real Madrid. Florentino bien podría ocuparse de sus quehaceres, retirarse a la vida contemplativa. Sin embargo, lejos de la jubilación, Florentino sigue comandando el Real Madrid. Siempre se necesita alguien cerebral que con amor sepa administrar un legado. ¿Qué será del club tras el mandato de Florentino Pérez? Esta incógnita espero que tardemos en resolverla.
Y por lo que respecta a nuestro protagonista de hoy, estoy convencido de que la estrella de Harrison Ford no se apagará. Esa sonrisa perenne de héroe licencioso, de aparente galán despreocupado, esa luz interior que marca el carácter e ilumina a los demás, eso jamás se pierde. Es en la jeta donde lleva el madridismo marcado el señor Ford. ¿Qué es, si no, el madridismo sino mantener la mirada firme y la sonrisa de superviviente solvente ante los mayores desafíos?
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Hemos asistido recientemente, sobre todo tras las dolorosas derrotas ante Osasuna en El Sadar y ante el Getafe de Bordalás, a varios días que yo calificaría de penosos y muy lamentables dentro del madridismo. Gracias a Dios, tuve la suerte de abandonar las redes sociales —hablo de X, ese estercolero infame repleto de odio y de toda clase de frustraciones freudianas— hace más de un año, pero al final el hediondo olor que expelen numerosos tuiteros, y también no pocos de supuestos youtubers madridistas, también acaba por llegar a todas las pituitarias que siguen la actualidad del club merengue.
Desde este modesto atril, avalado por casi 55 años de pasión madridista dentro y fuera de nuestro estadio —amén de mi correspondiente condición de socio—, he de confesar que me he sentido más que nunca abochornado por abrazar los mismos colores futbolísticos que cientos, quizás miles, de cenutrios que se han expresado como verdaderos cabestros descerebrados. El colmo fue asistir al infame espectáculo de ver a decenas o cientos de espectadores en el Santiago Bernabéu nada menos que dirigirse al palco con ominosos gritos de “¡Florentino, dimisión!” tras la derrota por 0-1 ante el Getafe.
Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”. No sé si se trataba de aficionados de nuevo cuño, de espectadores jóvenes o no tan jóvenes, de personas manipuladas por algún interés oscuro. Escuchar dichos alaridos me dieron ganas de no volver a pisar un estadio al que habré acudido más de mil veces en mi vida.
No está de más recordar a todos esos energúmenos que el Real Madrid, mejor club del siglo XX según la FIFA y bien encaminado —nadie le hace la mínima sombra por ahora— para ser también el mejor club del siglo XXI, tuvo que atravesar un desierto de 32 años que transcurrió entre la Sexta y la Séptima Copa de Europa. 32 años es una barbaridad de tiempo. Para que se hagan una idea, los Juegos Olímpicos de Barcelona, olvidados ya casi por la mayoría, acabaron hace 34 años. 32 años es lo que tarda cualquier ser humano desde que nace hasta que más o menos se consolida en la vida como adulto responsable. Una eternidad.
Dándole la vuelta al célebre dicho “De bien nacidos es ser agradecidos”, alzo la voz y digo a los cuatro vientos: “De muy malnacidos es ser tan desagradecidos”
Yo viví cada uno de esos 32 años, y los recuerdo muy bien, ya que soy asiduo a Chamartín desde finales de la década de los 60. No hubo consecución de trofeo de Copa de Europa, lo más cerca que estuvimos fue haber llegado a la final de 1981 o lograr alcanzar varias semifinales (1973, 1976, 1980, 1987, 1988 y 1989) en una época en la que tan solo el campeón de cada liga nacional tenía opción de competir por el máximo trofeo europeo.
Y sí, hubo muchas frustraciones, con derrotas tristes —y algunas lamentables— ante Ajax, Bayern, Hamburgo, Liverpool, AC Milán. Pero no recuerdo nunca haber asistido a un aquelarre absurdo, ignominioso e injusto como la escena de hace unos días. Ni con Bernabéu de presidente, ni con Luis de Carlos, ni con Ramón Mendoza.
¿Quizás porque en aquellos años nos conformábamos con menos? Pero también quizás gozábamos más, con victorias en eliminatorias, con las inolvidables noches del Derby County, del Oporto —jamás hubo más espectadores en Chamartín que aquel día, con el inolvidable gol de cabeza de Goyo Benito—, del Celtic, del Bayern.
Hoy habría cumplido 78 años Goyo Benito, un trozo del escudo del @realmadrid.
Siempre en nuestro recuerdo. pic.twitter.com/Bjrk9wClMp
— La Galerna (@lagalerna_) October 21, 2024
Aquellos años 70, ganando 3 de cada 5 ligas, con Amancio, con Pirri, con Velázquez, con Santillana. Aquella Quinta del Buitre, que primero nos regaló un campeonato de liga de 2ª división con el Castilla —que llenaba casi más el estadio que el primer equipo— y que luego logró 5 títulos de carrerilla con un fútbol inolvidable.
Chamartín se llenaba y la afición gozaba, me atrevo a decir muchísimo más que ahora. Claro que tuvimos épocas de vacas flacas y apenas un par de consuelos europeos en forma de Copas de la UEFA —competición en su momento que le daba mil vueltas a la Europa League actual—, que, para ser sinceros, se saborearon muchísimo en 1985 y en 1986, tras aquellas noches locas ante los Anderlecht, Borussia, Inter o Colonia.
No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural
Y ahora, ¿qué? Tras romper el maleficio de los 32 años en Amsterdam, volvieron los nuestros al pedestal más alto del continente. Y, tras dos aldabonazos más en 2000 y en 2002, volvimos al desierto otros 12 años. Entre otras cosas, con 6 caídas consecutivas en octavos de final de la Copa de Europa. Con alguna que otra alegría en forma de liga del clavo ardiendo o la Copa de Valencia ante el equipo que muchos creían que iba a dar la vuelta al contador de la Champions League.
Pero no fue así. Y resulta que, tras la Décima de Lisboa, este bendito club, dirigido por un genio, un —gracias, Butragueño— ser superior e irrepetible, nos ha regalado en una década tantas copas de Europa como en los mejores años de aquellos titanes irrepetibles capitaneados por Di Stéfano y por Gento.
Las nuevas generaciones, aquellos aficionados de menos de 25 años, han vivido ya 7 u 8 máximos galardones europeos. Y me temo que han visto estas conquistas como algo sencillo y, sobre todo, rutinario. No hay nada menos rutinario que ganar una Copa de Europa, cada año van a por ella decenas y decenas de clubs, algunos de ellos dopados hasta el infinito por los millones procedentes del petróleo o del gas natural.
No es cierto que no haya mérito en ganarla, que “solo son un puñado de partidos”. Que se lo digan al Chelsea, que tiene 2 en toda su historia, al Manchester City, que tiene 1, o al PSG, que recién se estrenó el año pasado, y que cada año han tirado la casa por la ventana como si no hubiera un mañana para lograr lo que el Madrid ha conquistado ya 15 veces.
Da bastante tristeza que la memoria de muchos de los supuestos aficionados merengues sea tan corta y estrecha. Apenas 4 meses después de lograr la 15ª, ya había caras largas en el estadio, y qué decir de las odiosas redes sociales. Había que cerrar el club y derribar todas las instalaciones deportivas, gasearlas y bombardearlas sin piedad. Esa prisa, esa falta de paciencia que se detecta cada día más entre gran parte de la afición es, sencillamente, inadmisible.
No es fácil pasar de tener en un equipo a 7, 8, 9 de los mejores del planeta al mismo tiempo (Ramos, Varane, Marcelo, Modric, Casemiro, Kroos, Cristiano, Bale, Benzema), perderlos a todos ellos, la mayoría por razones de edad, y esperar que los que se incorporan vayan a hacer exactamente lo mismo que los anteriores en un tiempo récord. Aun así, cayeron la 14ª y la 15ª sin muchos de los nombrados. Y con un mérito increíble ambas veces.
Aceptemos la impaciencia. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud es pedir la dimisión de Florentino
Una cosa es ser exigentes —todos los madridistas lo somos— y otra cosa es querer milagros cada año. Los momentos de transición parece que ya no existen y que cualquier nueva incorporación que se vista con nuestra zamarra tiene que ser inmediatamente tan buena como la leyenda que se acaba de retirar.
Aceptemos la impaciencia, por lo tanto, tampoco hay que pedir a los nuevos madridistas que sufran un calvario de 32 años como los de mi generación. Seguro que no lo aceptarían y abandonarían al club transcurrida la mitad del tiempo. Pero en ningún caso tenemos que aceptar la ingratitud. E ingratitud —y otros sustantivos peores— es pedir la dimisión a un presidente que nos salvó literalmente de la ruina en el año 2000, que volvió a poner en el mapa a nuestro club, que se gana día a día el respeto de organismos tan ególatras como la UEFA y la FIFA, que ha alzado un estadio que es buque insignia mundial en este planeta, y que le saca una diferencia de 8 Copas de Europa al segundo más laureado (Milán), y 9 a los terceros (Bayern y Liverpool).
Yo no quiero estar al lado de ese tipo de supuestos madridistas, ya que provengo de una sequía que me pareció eterna, pero con la cual muchos convivíamos y lográbamos ser felices. En estos tiempos, menos de 2 años ya les parece a muchos una espera inaguantable. Para inaguantables, que se miren ellos mismos al espejo.
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Buenos días. Ayer, durante «el parón del fútbol» —Fred Gwynne dixit— se disputaron varios encuentros de selecciones, para gozo de aquellos que se excitan con este tipo de enfrentamientos.
El choque más reseñable fue el que enfrentaba a Bosnia e Italia. La azzurra sucumbió en los penaltis y se perderá su tercer Mundial consecutivo. Lo destaca Marca.
El diario de PRISA elige para su portada la «Vergüenza mundial» que suponen los cánticos ofensivos —por discriminación religiosa— producidos en el RCD Stadium: «Musulmán el que no bote».
En La Galerna condenamos cualquier acto de racismo, xenofobia, discriminación por motivos de religión, sexo, orientación sexual, identidad de género, origen, nacionalidad o cualquier otra condición personal o social.
Pero hay un problema, fuera de La Galerna, en los grandes medios, no es así. En ellos se produce una jerarquización de la ofensa y una respuesta variable según quién o quiénes sean las víctimas. Veamos el siguiente vídeo.
💥 De los discursos más duros de Dani Garrido en Carrusel sin ningún tapujo: “España tiene un problema con el racismo” pic.twitter.com/hKUQnf2lTN
— Diario AS (@diarioas) March 31, 2026
En Carrusel Deportivo se han dado mucha prisa en reaccionar. Primero resaltan que se pitó de forma mayoritaria el himno de Egipto. Durante los últimos lustros ha sido habitual que a la final de la Copa del Rey llegaran equipos catalanes y/o vascos y se pitase el himno español. No recordamos ningún reproche en los medios por ello.
Después, destacan que se coreó «Pedro Sánchez, hijo…». Intolerable, sin duda. Igual de intolerable que los continuos gritos en casi todos los campos de España de «Asencio, muérete».
Desde el punto de vista constitucional, ambos cánticos son igualmente censurables: lesionan la dignidad (art. 10), el honor (art. 18) y quedan fuera de la libertad de expresión (art. 20). La Constitución no establece categorías de víctimas ni gradúa la ofensa según el destinatario (art. 14). Otra cosa es que el «muérete» añada un plus de hostilidad, pero eso no convierte el insulto en admisible. La vara de medir debe ser la misma.
Sobre los deplorables cánticos de «Musulmán el que no bote», Garrido dice: «yo creo que no advierte ningún tipo de interpretación». Juanma Castaño afirma que durante los improperios «la imagen de Lamine es desoladora (…). Ha acabado hecho polvo. ¿Cómo va a dar la vuelta de honor saludando al público? Sería un hipócrita si lo hiciera. ¿Cómo va a saludar mientras haya solo uno de los que ha hecho eso en la grada? Este partido de la selección es un borrón increíble para la afición al fútbol en España, para la selección y para la organización del Mundial».
— RealMadridCampeóndeEuropa (@RealCampeonde) April 1, 2026
Sin embargo, la reacción de los medios no es igual cuando el agredido es Vinícius y los improperios son: «Puto mono», «Vinícius, eres un mono», «Vinícius, chimpancé», «Vinícius, muérete».
Ayer, la defensa a Lamine fue inmediata, unánime y sin matices. Como debe ser. Con Vinícius, ni es inmediata ni unánime ni sin matices.
Con Vini, la condena nunca viene sola, siempre llega acompañada con un «pero». Se desliza la idea —o directamente se berrea, incluso entre algunos madridistas— de que algo habrá hecho, que provoca, que celebra los goles. Es decir, se traslada a la víctima parte de la responsabilidad del acoso que sufre.
La ley no distingue entre odio por religión o por raza. El Código Penal castiga ambas conductas con la misma severidad. La Constitución los protege por igual. Por tanto, podemos colegir que si la reacción pública no es la misma, el problema no está en la gravedad del hecho, sino en quien lo sufre.
¿Por qué?
Porque existe un odio visceral contra el Real Madrid.
Durante años, cuando a Vinícius lo vilipendiaban en cada campo de la liga, la respuesta mediática era, o bien obviar los hechos, o bien minimizarlos. Siempre eran casos aislados, no había un problema de racismo en España, se exageraba por parte de quienes querían que el Mundial no se celebrara en España.
Ahora, España sí tiene un problema de racismo. Y, ojo, que puede peligrar el Mundial. Sacad vuestras propias conclusiones.
En La Galerna llevamos años denunciando los comportamientos execrables vengan de donde vengan y ataquen a quien ataquen. Exigimos la misma coherencia.
La prensa cataculé se centra en el debut de Joan García. Luis de la Fuente ya le hizo el favor al Barça de aplazar su convocatoria para esquilmarle 5 millones al Espanyol. Ayer decidió hacerlo debutar en su antiguo estadio con el inevitable escarnio sufrido por su anterior afición. Cuando se le preguntaron los motivos, no contestó. No esperábamos otra cosa de alguien que se dejó las manos aplaudiendo a Rubiales.
Pasad un buen día.
El Real Madrid en 1957 era sin discusión el mejor equipo de Europa y probablemente del mundo. Los blancos acababan de conquistar la segunda Copa de Europa en el Santiago Bernabéu contra la Fiorentina con José Villalonga en el cargo de entrenador. Sin embargo, el cordobés terminaba contrato, la directiva quiso acotar sus funciones y el técnico acabó dejando el club. Bernabéu, tras sondear a Di Stéfano, eligió al argentino Luis Carniglia, al que se conocía bien por un enfrentamiento reciente en competición europea.
Luis Antonio Carniglia nació el 4 de octubre de 1917 en Olivos (Argentina) y antes de ser entrenador fue un destacado futbolista. Interior (entreala) derecho, el relator deportivo Fioravanti lo definió así: “Veloz, escurridizo, magistral en la gambeta, excelente constructor y altruista para cederle la pelota al compañero que estaba en mejores condiciones de anotar”. Yiyo, como era conocido cariñosamente, jugó en tres Ligas diferentes: Argentina, Francia y México. En su país, se formó en la institución de Olivos Sport Club, luego fichó por Tigre en 1933 y después pasó a Boca Juniors, donde jugó a muy buen nivel antes de sufrir una gravísima lesión con siete fracturas (doble de tibia, simple de peroné, el hueso incrustado 12 centímetros y fragmentaciones intermedias) que le apartó año y medio de los terrenos de juego. Después, estuvo medio curso en Chacarita Juniors hasta que emprendió una aventura en Atlas de Guadalajara de tres temporadas.
Más tarde, volvió a Tigre y, recién comenzada la década de los 50, hizo las maletas para Francia tras la huelga en Argentina. En el país galo jugó en dos etapas en el Niza y también una campaña en el Toulon. Formado en la prestigiosa Escuela Gimnástica Aix-le-Provence, su paso a los banquillos se produjo nada más colgar las botas, aunque ya tenía una breve experiencia habiendo dirigido en tres encuentros a Tigre en 1949. El argentino, tras retirarse en el Niza, fue confirmado como técnico de Las Águilas y en su primera temporada conquistó la Ligue 1. El cuadro era un equipo compacto en el que sobresalían el arquero Colonna, los argentinos Pancho González y Rubén Bravo o el killer luxemburgués Victor Nurenberg. La temporada siguiente de 1956-57 disputaron la Copa de Europa y en cuartos se midieron al Real Madrid. Los blancos pasaron con un parcial de 6-2, pero en Chamartín gustaron las prestaciones y la preparación del equipo francés por parte de Carniglia, que buscó una estrategia sorpresa de secar a Di Stéfano con el puntero Foix.
En verano de 1957, el equipo estaba sin entrenador tras la marcha de Villalonga y comenzaron a sonar algunos técnicos como Helenio Herrera, Otto Gloria, o que Miguel Muñoz se retirase y tomara las riendas con Ipiña, decidiendo en muchos aspectos. Finalmente, Bernabéu eligió a Carniglia, cuyo nombre empezó a salir en la prensa nacional a finales de julio. Di Stéfano, en su biografía ‘Gracias, vieja’, apuntó que el presidente blanco le preguntó por el entrenador, ya que habían coincidido durante la huelga de futbolistas argentinos en 1948.
El técnico recordaba así aquellos momentos en una entrevista en El Gráfico: “Una tarde recibo una llamada telefónica desde Madrid. Era Raimundo Saporta, la mano derecha de Santiago Bernabéu: “Escuche, Carniglia, me dijo, ¿qué prefiere, hablar francés o español?” No lo podía creer. Días después fue Alfredo di Stéfano el que llamó: “Vente para acá que te quieren mucho”. Carniglia no fue a Madrid, sino que Saporta viajó a Niza. Allí se reunieron en el hotel Negresco y “una botella de champagne fue suficiente para sellar el acuerdo”. El Real le compró una casa, la amuebló y a partir de agosto de 1957 se puso a trabajar para el club blanco con un contrato de dos temporadas.
Bajo la supervisión del secretario técnico Ipiña, el argentino tendría el control de la parcela técnica y también de la física. En los primeros meses, como Carniglia no tenía el título revalidado en España, tuvo que asumir las funciones de asesor técnico e Ipiña ponía el carnet. Desde Niza realizó las primeras declaraciones cuando se sabía que iba a entrenar a los blancos: “Soy profesional y no podía rechazar el ofrecimiento del Real Madrid. Los 25 jugadores que tendré a mi cargo son muy buenos”. Además, avisaba que “el triple éxito del equipo no es fácil de repetir”. Una vez llegado a la capital a mediados de agosto tuvo una entrevista en el diario Pueblo: “Sé del campeón de Europa que sus hombres hacen un fútbol veloz, brillante y efectivo. Para mí es motivo de orgullo que el Club de Chamartín se haya fijado en mi persona y haré todo lo que pueda. Mi experiencia y mis mejores deseos están a su servicio”. También habló para el Boletín Oficial del Real Madrid del mes de septiembre, en la que se declaró como “un hombre que ama el fútbol y que siempre lo tomó con seriedad. Siempre tuve una ilusión, aprender, porque en esto del fútbol jamás se acaba de hacerlo, y no hay partido que no deje una enseñanza”. Por último, auguraba “lograr un buen conjunto, máxime cuando la calidad de nuestros jugadores no permitirá que, salvo muy señaladas excepciones, nadie pueda considerarse titular obligado. Vamos a tratar de hacer un juego práctico, porque el resultado es lo primero; pero al mismo tiempo yo creo que no tardaremos en ver cómo el equipo va logrando esa homogeneidad, ese juego de ‘todos para todos’ al que aspiramos”.
El Real Madrid incorporó de cara a la siguiente campaña varios fichajes de renombre. El primero, el defensa Santamaría, que se había incorporado en primavera, pero al que solo le dio tiempo a jugar partidos amistosos. Otro fue el guardameta argentino Rogelio Domínguez, que le competiría el puesto a Juanito Alonso. Además, llegaron dos jóvenes promesas: Chus Pereda del Indauchu y Brunet del Tarrassa.
El equipo comenzó los entrenamientos el día 12 de agosto y los primeros encuentros de pretemporada fueron a finales del mes en Campo de Criptana y en Madrid, uno de ellos, el partido de la Amistad ante el Barça. La metodología de entrenamiento del nuevo técnico la desgranó David Mata en Ecos del Balón. El argentino planificó la temporada y la parcela física en un curso extenuante con tantos partidos para los blancos que sumaba un gran número de amistosos por campaña.
Carniglia tenía por costumbre “ponerse al frente del pelotón corriendo a la par que los jugadores. Además, la convivencia con los futbolistas, siendo uno más en el gimnasio, en la cancha y en las concentraciones, le parecía esencial”. Sus entrenamientos base estaban organizados en “cuatro versiones (souplesse, sostenida, alargando progresivamente y sprint) con el objetivo de trabajar los tres aspectos fundamentales: pique (cambio de ritmo), velocidad y resistencia. Su escolarización francesa le había convencido de que el fútbol era un juego basado en aspectos atléticos sobre la carrera, es decir no se puede jugar parado”. El argentino concedía a la técnica una parte importante del juego y se desmarcaba del modelo argentino, lo que él llamaba “paseítos intrascendentes que algunos quieren confundir, alegando que es técnica”. Según testimonios de jugadores Yiyo siempre les insistía en que la intensidad era fundamental y no podía bajar.
En cuanto al estilo de juego, en Pueblo confirmaba que “por sistema no se puede ser rígido. Depende de los contrarios, de muchas cosas. Conviene a veces abrir la mano, consentir en su capricho al jugador; otras veces no. En el fútbol no deben imperar los absolutismos, ni por parte del entrenador ni del lado del jugador”. Tácticamente el equipo presentó pocas lagunas y logró conjuntar un conjunto muy compacto con Di Stéfano siendo la referencia absoluta y gozando de libertad por todo el campo. Domínguez y Santamaría entraron directamente en el once. Marquitos volvió a su puesto en la defensa y compitió con Atienza. En el medio, el joven Santisteban hizo pareja con Zárraga.
Uno de los problemas que encaró Carniglia fue Miguel Muñoz. El medio era ya muy veterano y físicamente tenía problemas. El juego con él era lento y la circulación de pases se apagaba. Incluso a comienzos de temporada se seguía hablando de la posibilidad de fichar en esa posición a Pipo Rossi. En ataque también tuvo que modificar algunos aspectos del juego de Kopa, al que le seguía costando aceptar jugar de extremo derecho y retrasaba más de lo debido su posición para apoyar a los medios. El resto del ataque lo formaron habitualmente Marsal, que tuvo un rendimiento muy alto; Di Stéfano; Rial, que se recuperó de una lesión y demostró ser insustituible; y en el extremo izquierdo Gento.
El equipo entró lanzado en la competición liguera, sumando seis victorias y dos empates a domicilio en las primeras ocho jornadas de Liga. Uno de esos triunfos fue en la jornada 3 ante el Atlético de Bilbao, con el famoso ‘gol del minuto largo’ de Marsal, y otro el de la jornada 5 ante el Barça de Domingo Balmanya en el Santiago Bernabéu por 3-0. Un encuentro de los blancos que Marca tituló como “memorable” y en el que el marcador no había expresado las incontables ocasiones que creó la delantera madridista. Tras un tropiezo duro en Gijón, los blancos volvieron a la senda de la victoria con otros tres partidos ganados que lo consolidaron en la primera plaza de la clasificación. Además, entre octubre y noviembre iniciaron su participación en la Copa de Europa. El primer rival fue el Royal Antwerp belga, al que despacharon con un global de 8-1 ganando ambos partidos.
Fue en diciembre cuando el Real Madrid pasó una crisis de resultados al no conocer el triunfo en todo el mes. Se empató en casa contra el Atleti y se perdió en tres salidas a domicilio: Vigo, Zaragoza y Pamplona. Con el nuevo año, los merengues golearon al Granada, pero una semana después perdieron con el Sevilla. Se habló de una vida dispersa de los jugadores, de problemas en el vestuario con Carniglia y del cansancio de tantos viajes. También la labor de Ipiña estaba siendo muy criticada, recibía pitos y gritos en el coliseo blanco y llegó a poner su cargo a disposición del club. Aquella derrota en Nervión escoció mucho porque, además, cuatro días después estaba programada la ida de cuartos de final de la Copa de Europa, precisamente contra los andaluces. Ambos equipos viajaron a Madrid en el mismo tren y hubo piques entre los jugadores. El resultado fue uno de los encuentros más redondos de la historia de la Copa de Europa para los blancos. Un 8-0 a favor del Real Madrid que retiró al portero Busto, quien no volvió a ponerse los guantes. Di Stéfano, que recibió antes del pitido inicial el Balón de Oro, marcó cuatro goles; Kopa, dos; y Marsal y Gento, uno cada uno.
La mala racha liguera había costado el liderato que ostentaba el Atlético de Madrid con cuatro puntos de ventaja. Sin embargo, tras aquel triunfo contra el Sevilla despertó la bestia. El cuadro madridista no volvió a cosechar ninguna derrota en la competición doméstica. Vencieron en complicadas salidas como el Camp Nou, San Mamés y Sarriá, y en Madrid doblegaron a todos los conjuntos que visitaron Chamartín. En la penúltima jornada visitaron el Metropolitano con la posibilidad del alirón. La contienda fue muy cerrada, con las defensas imponiéndose a las delanteras y con un resultado de empate a uno con tantos de Hollaus y Rial. El punto valía al Real Madrid y se proclamó campeón de liga por sexta vez.
Carniglia, con una sonrisa con acento platense, declaró en Marca tras “el justo empate” la “alegría por ser campeones” y también se mostró contento porque los subcampeones fuesen los colchoneros. Los blancos demostraron ser con diferencia el mejor conjunto de la Liga y pusieron de manifiesto un buen juego, firmeza y sobriedad. Di Stéfano se erigió como el mejor jugador y también fue el máximo goleador con 19 goles, empatado con Badenes, del Valladolid, y Ricardo, del Valencia.
En la Copa de Europa, después de empatar en Sevilla con un doblete de Pereda, pasaron a semifinales. El rival fue un Vasas húngaro, al que se tenía respeto por su estilo muy centroeuropeo y por la calidad técnica de buena parte de sus hombres. En Madrid, con un césped pesado y encharcado, pareció quedar resuelta la eliminatoria con 4-0 a favor, pero en la vuelta sufrieron en Budapest.
Al poco de comenzar la segunda mitad, los magiares ganaban por 2-0 y el partido estaba muy abierto. Carniglia, entonces, realizó varios cambios tácticos que mejoraron al equipo retrasando a los dos interiores y, con Di Stéfano entre los dos medios, consiguió bloquear el juego del cuadro húngaro. El Real Madrid se encerró atrás, fue práctico y dejó de pasar tantos apuros, con lo que el resultado no se movió más. En la otra semifinal, el AC Milan eliminó a un Manchester United afligido y consternado todavía por el accidente de avión de la plantilla en Múnich, y tan diezmado que tuvo que utilizar a jugadores juveniles.
La final tuvo lugar el 28 de mayo en el estadio de Heysel en Bruselas. El equipo viajó unos días antes a la capital belga y le dio tiempo a hacer turismo, visitar la célebre Exposición y almorzar en el Atómium. Carniglia tenía la duda de Atienza o Marquitos en la zaga, con más opciones para el primero, mientras que el resto del equipo estaba decidido. El Madrid era muy favorito y los italianos llegaban con un perfil bajo, afirmando que sería un milagro ganar a los blancos. Sin embargo, el equipo dirigido por Viani era un conjunto fuerte, fiable y con varios jugadores de talla mundial como Schiaffino, Liedholm, Maldini o Grillo. Yiyo antes del choque se mostraba precavido, afirmaba que “iba a ser muy difícil y los chicos están nerviosos, deseando saltar al terreno de juego”.
El cuadro blanco se hizo con la ‘Tercera’ Copa de Europa consecutiva, pero no lo tuvieron fácil para lograrlo. En una final de la que se “guardará memoria” según publicó el diario Marca, los madridistas necesitaron de la prórroga y de remontar a los milaneses. El choque fue “excelente por ambos bandos” con una “primera parte técnica, y una segunda que sumó a la técnica el nervio, la velocidad y la emoción” en palabras de Antonio Valencia en su crónica de Marca. Primero marcó Schiaffino; quince minutos después igualó Di Stéfano; a falta de doce minutos anotó Grillo para el AC Milan y solo unos segundos después firmó las tablas Rial, cuando al Real Madrid se le complicaba de nuevo el choque.
Pasados los noventa minutos continuó el empate, y en la prórroga apareció Gento con un zurdazo cuando el resto de sus compañeros tenían claros síntomas de agotamiento. El técnico argentino habló nada más concluir el choque: “¡Ha sido fantástico, formidable, extraordinario…! El Real Madrid ha demostrado encontrarse en una forma excelente, a pesar de la dureza de la prolongada temporada”. También explicó su planteamiento: “Usted se percataría de que los italianos utilizaban el 3-3-4, es decir, retrasaron a Liedholm esperando que nosotros abriéramos la defensa para utilizar el contraataque. Por ello el Madrid jugó defensivamente con precauciones permitiendo a los milaneses que se adueñaran del centro del terreno, en el que la maestría de Liedholm se erigió en la verdadera placa giratoria de todo el cuadro. En el segundo tiempo encomendé a Santisteban el marcaje del notable jugador milanés, misión que en la prórroga completó Joseíto, cumpliéndola ambos a la perfección”. Por último, elogió el carácter de sus hombres porque “lo más difícil ha sido anular por dos veces consecutivas la ventaja del Milan. El Madrid ha ganado a un gran equipo y ha medido tan bien su rendimiento como para poder lanzarse al ataque en cuanto las circunstancias lo exigieron”.
Para coronar la temporada con un triplete restaba la Copa. Los blancos ya habían eliminado al Atlético de Madrid unas semanas antes y nada más comenzar junio hicieron lo propio con el Real Valladolid. A mediados de mes, en semifinales, doblegaron a la Real Sociedad, con un gran partido en el Santiago Bernabéu, y accedieron a la final ante el Athletic Club. Los vascos, equipo copero por excelencia, dieron la sorpresa con el famoso equipo de los ‘Once aldeanos’ y derrotaron a los blancos en Madrid por 2-0. El Athletic, dirigido por el exmadridista Baltasar Albéniz, superó a un equipo merengue cansado, lento y sin nervio tras una temporada extenuante. Carniglia ya había avisado que “las ausencias de Marsal, Kopa y Gento suponen un serio hándicap para nosotros”.
Continuará...
Fotografías: archivo de Alberto Cosín
Capítulos anteriores:
1.- Entrenadores del Real Madrid: Mr. Firth
2.- Entrenadores del Real Madrid (II): Kinké
3.- Entrenadores del Real Madrid (III): Berraondo
4.- Entrenadores del Real Madrid (IV): Quincoces
5.- Entrenadores del Real Madrid (V): Quirante
6.- Entrenadores del Real Madrid (VI): Albéniz
7.- Entrenadores del Real Madrid (VII): Fernández
8.- Entrenadores del Real Madrid (VIII): Cárcer
9.- Entrenadores del Real Madrid (IX): Fleitas Solich
10.- Entrenadores del Real Madrid (X): Ipiña
11.- Entrenadores del Real Madrid (XI): Encinas
12.- Entrenadores del Real Madrid (XII): Scarone
13.- Entrenadores del Real Madrid (XIII): Villalonga