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Casemiro, el héroe improbable

Casemiro, el héroe improbable

Escrito por: John Falstaff14 junio, 2017
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Casemiro vino al mundo un ocho de abril de 2014 en el Wesfalenstadion de la Renania del Norte, lo que no deja de ser sorprendente en un brasileño. Era una noche de pesadilla, o más bien de película de terror de serie B, en la que los jugadores blancos corrían despavoridos huyendo del enjambre de abejas con el escudo del Borussia de Dortmund que les perseguían y que amenazaban con matar a aguijonazos la renta de tres goles que el Real Madrid traía del partido de ida. En realidad no todos corrían: había un joven jugador, de cuyo nombre no consigo olvidarme, que optó por esconderse debajo de la cama y taparse los ojos, tal vez con la esperanza de que así se volvería invisible. Fue a este jugador a quien Ancelotti decidió sustituir en la segunda parte, no por un veterano curtido en mil batallas sino por otro jovenzuelo que, además, apenas había jugado con el primer equipo hasta entonces, y que respondía al extraño nombre -incluso para un brasileño nacido en Alemania- de Casemiro. Nada más personarse en el terreno de juego, Casemiro desnudó las diferencias entre un hombre y un niño. En lugar de evitar recibir el balón y con él la pesada responsabilidad de jugarlo, Casemiro no dejó de pedirlo, se hizo omnipresente y aportó al equipo el equilibrio que tanto necesitaba. No es gratuito afirmar que gracias a nuestro protagonista el Madrid consiguió parar la hemorragia que amenazaba con desangrarlo, convirtiéndose así en actor fundamental para que su equipo alcanzara las semifinales de una Copa de Europa que acabaría conquistando ante la desesperación de los intensos fanboys de colchones de postguerra.

Es verdad (o eso dice la wikipedia, que para el caso es lo mismo) que Casemiro también había nacido veintidós años antes en la localidad brasileña de São José dos Campos, que se levanta en el interior del estado de São Paulo, a unos 90 kilómetros de la monstruosa metrópoli, con la que está comunicada por una autopista que cada pocos kilómetros cuenta con un paso de peatones que invita a los habitantes de las favelas que la jalonan a jugarse la vida intentando atravesarla. Se trata de una ciudad próspera, conocida por ser sede de un buen número de empresas tecnológicas, aunque nuestro hombre nació en uno de los barrios pobres y completó una de esas historias tópicas pero reales del futbolista brasileño que sale de la pobreza gracias a su habilidad con el balón. Así que del equipo de su ciudad pasó al São Paulo y de éste a la selección brasileña Sub-20, donde comenzó a destacar y a hacerse famoso.

Casemiro comenzó a destacar en la selección brasileña Sub-20

Comenzó ahí una época gris y confusa de su existencia (recordemos que aún era un nasciturus) pero también venturosa, porque tras dejarse deslumbrar por las luces de la fama fue a dar con sus huesos en el Castilla, que no es mal lugar para sanar heridas y terminar el periodo de incubación. Y así, tras un paso por el Oporto como cedido, volvió al Real Madrid para quedarse y ver la primera luz, como se ha dicho, en aquella noche alemana que iba camino de convertirse en la de los cristales rotos del madridismo. Hoy, dos años después, Casemiro no es sólo titular indiscutible de uno de los mejores Real Madrid de la historia, sino pieza fundamental de su engranaje.

No es propósito de estas líneas dibujar un retrato de Casemiro como futbolista (hay plumas mucho más cualificadas que ésta para tal cometido), sino celebrar su condición de madridista innato (vale, para esto también hay plumas mucho más cualificadas, pero apuesto a que usted, querido lector, es calvo o delgado o incluso simpático y yo nunca me atrevería a afeárselo). Porque si algo caracteriza a Casemiro, más allá de sus espléndidas condiciones para jugar de medio defensivo con una muy notable capacidad para dar salida al balón con criterio y sin complicaciones, es su voluntad férrea de triunfo, su confianza ciega en sí mismo, su determinación a prueba de dificultades.

Es conocida la frase, allá por 2013, con la que dejó estupefacto al cuerpo técnico del Real Madrid: "dadme cinco partidos y demostraré que puedo ser titular". Qué insolencia, qué altanería, qué arrogancia, dirían muchos. Qué madridismo, digo yo. Porque Casemiro no afirmó eso a humo de pajas, sino a sabiendas de que Napoleón tenía razón cuando aseveró (un poco campanudamente, admitámoslo) aquello de que quien antes de la batalla contempla la posibilidad de la derrota puede darla por segura. ¿Acaso no constitutye esa actitud una auténtica declaración de fe madridista? En realidad, ya se ha dicho, a Casemiro no le hicieron falta cinco partidos, sino apenas veinte minutos en el infierno para demostrar que en su juego, pero sobre todo en su espíritu, había madridismo de muchos quilates.

La final de Cardiff no fue sino el compendio de las virtudes de Casemiro. Si bien es verdad que comenzó un poco nervioso y dubitativo -a fin de cuentas es humano, y recordemos que tan sólo cuenta con tres años de edad-, en seguida se rehizo y completó un partido redondo. Apareció en todo momento cortando el juego de la Juventus ("me siento feliz robando un balón, me da placer", declaró al diario El País poco antes de la final); cometió falta cuando fue necesario (¡nunca me cansaré de subrayar el profundo madridismo que encierra el concepto de meter la pierna!); aportó equilibrio al equipo y seguridad a la defensa apostada a su espalda; y, en fin, jugó el balón con criterio y con algo más que mero aseo. Un auténtico titán con las dosis justas de mala leche, que lo mismo abroncaba enternecedoramente a los jugadores juventinos que les robaba la cartera delante de sus narices.

Todas esas virtudes aparecieron depuradas y destiladas en el gol que marcó, el que desniveló definitivamente la contienda. Casemiro se encontró un balón rebotado y perdido en las desvencijadas calles de su favela en São José dos Campos y lo golpeó con la misma fuerza, con la misma determinación y con el mismo desprecio a la razón que cuando, siendo un crío, anunció que iba a ser un ídolo del fútbol que triunfaría en Europa. Habrá quien diga que la circunstancia de que el balón fuese desviado por la bota de Khedira, haciendo inútil la estirada de Buffon, resta mérito a la acción de Casemiro. Nada más lejos de la realidad. El mérito del gol de Casemiro, el que encauzó la Duodécima, no descansa ni en la precisión ni en la fuerza del golpeo, sino en la decisión insensata y grandiosa de un hombre a quien el destino parecía reservar un papel gris y secundario pero que no vaciló en derribar las puertas de la gloria con un disparo imposible.

Por tanto, yo celebro que la final de Cardiff, sobre otros muchos motivos de júbilo, nos haya dejado el ejemplo de este héroe improbable que pasó su infancia preparando la cena a sus hermanos y buscando después un tejado bajo el que pasar la noche, pero sin olvidar jamás que tenía una cita inexcusable con la gloria. Si eso no es madridismo, amigos míos, yo ya no sé.