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Carta abierta a José Antonio Abellán (sobre KANG)

Carta abierta a José Antonio Abellán (sobre KANG)

Escrito por: Jesús Bengoechea23 mayo, 2017
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Estimado José Antonio:

mientras Mecano se decide a lanzar el nuevo disco y gira que anunciaste en primicia en 2011, y por aquello de que no todo debe esperar al cumplimiento de tu anuncio -que fue lo contrario a una profecía autocumplida-, yo me he decidido a escribirte esta carta animado por tus palabras sobre Keylor Navas no sé en qué emisora, la verdad. Te perdí la pista después de Tocata, donde ojalá hubiéramos podido mantenerte para siempre. La música invita a más sosegadas polémicas que el fútbol, y solo la ingratitud de los hermanos Cano y Ana Torroja, arruinando aquella primicia desconsideradamente, te han deparado en ese campo verdaderos malos ratos.

Yo no tengo más remedio que intentar depararte un mal rato ahora a resultas del fútbol y de tus palabras sobre Keylor, que no me han gustado nada. Has dicho que Keylor es un “paleto” porque se arrodilla para rezar antes de cada partido. Has añadido que eso es una falta de respeto, y te has preguntando “qué idea” de Dios tiene el portero del Madrid. Has finalizado tu diatriba radiofónica descalificando a Keylor por haberse rapado el pelo en gesto de solidaridad con los niños enfermos de cáncer, cosa que al parecer desapruebas muy severamente.

Te voy a responder en desorden porque la indignación es lo que tiene: atropella las ideas, aunque no por ello les resta razón, que es lo que me parece que a mí me sobra en este momento. Es posible que tú pienses que es a ti a quien sobra la razón. También es posible que rectifiques, lo cual estaría mucho mejor.

Lo primero que se me ocurre es que Keylor está legitimado para tener la “idea de Dios” que le salga de los cojones, no sé si me explico. Te confesaré que a mí, pese a mi educación católica o quizá por ella, pese a mi posterior partida de la ortodoxia de la Iglesia (o quizá por ella), también me choca un poco verle rezar rodilla en tierra antes de cada partido. La pregunta inmediata es: ¿qué importa lo que a ti y a mí nos parezca, y si nos gusta o no? Él vive de ese modo su religiosidad y esto es algo que ningún antimadridismo (por furibundo que sea, y es posible que el tuyo responda a ese perfil) debe conducir a censurar y mucho menos a descalificar con el término “paleto”. A mí me puede gustar más o menos la imagen de Keylor arrodillado entre los palos antes del pitido inicial de cada choque del Madrid, pero pagaré el precio que sea (y no por madridismo, aunque soy madridista) para que pueda seguir haciéndolo como y cuando quiera sin que tipos como tú vengan a insultarle por ello.

El propio portero tico, en una entrevista radiofónica también, detalló en cierta ocasión que España es el único lugar del mundo en el cual ha recibido insultos por orar de ese modo y como prólogo al ejercicio de su profesión. Qué español eres, José Antonio. Enhorabuena. Enhorabuena por abrazar la grosería de quienes insultan a Keylor cuando reza, apostados en el anonimato de la grada. Enhorabuena por darles argumentos para seguir haciéndolo.

En un artículo publicado hace tiempo en La Galerna escribí lo siguiente. Quiero hacerte partícipe de esto, y me gustaría que te sintieras aludido, porque participas de lo que yo denuncié en este párrafo.

“Abuchear, mofarse, insultar a un hombre que está arrodillado rezando se me antoja un acto de una vileza similar al de golpear a un hombre atado de pies y manos. (…) Un tipo que insulta a otro cuando reza no respeta nada (...). Un país que insulta a un hombre que está arrodillado rezando, o que abuchea himnos y banderas, es un país que ha extraviado la nobleza o la ha confinado en unos pocos corazones irreductibles. Es un país grosero, torvo, indecente y hortera carente de principios y de líneas rojas, pura y simplemente. Un país que se cree muy listo porque en los últimos lustros ha incorporado a su proverbial cainismo y ordinariez ese viejo escepticismo europeo que tanto viste, y del que solo podrá redimirlo, con suerte, un latido de ingenuidad americana. La ingenuidad chocante, admirable, discutible y prodigiosa de un hombre arrodillado debajo de un larguero ante sesenta mil almas. Yo, que nunca haría eso de rezar ahí, arrodillado –porque me resultaría aparatoso, forzado, artificial, sensacionalista y (sobre todo) innecesario, aunque también porque a estas alturas albergo serias dudas sobre la eficacia de cualquier oración-, admiro sin embargo la audacia del gesto en estos tiempos, y creo que hay una perspectiva completamente laica que no puede sino celebrarlo. Hay una maravillosa subversión en esa imagen extravagante”.

Se ve que no estás de acuerdo conmigo, pero no por ello deberías insultar a Keylor. “Eso de rezar para ganar un partido…”, mascullabas en antena, tan contrariado. ¿Y tú qué sabes cuál es el contenido de su plegaria? ¿Tú por qué crees saber que él reza PARA ganar? Los hombres píos, entre los que por desgracia no me cuento, depositan sus plegarias en manos de Dios para que Él les dé el uso que estime oportuno. Keylor no reza para ganar. Reza para que todo vaya bien, en el entendido de que ese “bien” será el que Dios disponga.

Por lo demás, no te gusta que se haya rapado el pelo en solidaridad o como guiño para con los niños enfermos. ¿Quién eres tú exactamente para pontificar acerca de cómo hay que mostrar compasión y ayudar a los niños con cáncer? ¿Quién eres tú para erigirte en juez de gestos cuya idoneidad estética puede cuestionarse, claro, pero nunca su inmejorable intención? Haz el favor de tener un poco del respeto que, asombrosamente, reclamas a un hombre cuyo único delito es tener una fe de hierro y (claro) jugar en el Real Madrid.

Ya ves, estimado José Antonio. Tu amado Atleti cambia de estadio y Mecano sigue sin sacar nuevo disco y salir de gira. Los lustros transcurren, imponentes estructuras de hormigón son demolidas y Mecano te sigue siendo ingrato. Entretanto, comprendo que tienes que pasar el rato llenando minutos de radio. Si me permites una sugerencia, para hacerlo no es necesario que recurras al atropello verbal y al desdén por las creencias de un hombre bueno.