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Carta a Aitor Karanka #LeyendasEnCasa

Carta a Aitor Karanka #LeyendasEnCasa

Escrito por: Eloy Lecina24 abril, 2020
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Nueve días, Aitor. Desde el 14 hasta el 23 de abril nadie te ha querido tanto y tan bien como yo. Sé que el amor no es una carrera ni una competición, pero durante más de una semana —junto a la foto que escogiste para la subasta de tu camiseta— leía en tono verdoso un “vas ganando”. Dime, Aitor, ¿a quién no le gusta ganar? Qué te voy a contar a ti que no sepas o que Mou no te dijera. Pues eso, que iba ganando, como vosotros dos cuando estuvisteis aquí. Nunca dejasteis de hacerlo. Al menos para mí.

Con tu permiso, iré por partes y no con demasiada prisa. Dile a tu mujer y a tus hijos, si estás con ellos, que ahora vas, que serán solo unos minutos o 11 párrafos, lo que prefieras. Soy ‘de’ Barcelona y tanto mi padre como mi hermano —mayor que yo— son ‘del’ Barcelona. Hasta ahí todo bien. Bueno, mejor dicho… hasta ahí todo o eso, de bien nada.

30 de mayo de 2002 y —con 6 añitos— creo que por entonces seguía siendo un poquitín del Barça. Mi padre, Aitor, mi padre. ¿Quién no quiere celebrar con su hijo los mismos goles? ¿Quién no quiere ser feliz? Pues eso, que durante un tiempo lo estuvo intentando el buen hombre; demasiado insistente para mi gusto. Camisetas, entradas para el Camp Nou y mil batallitas, cómo no. No sé qué de un Bakero en Kaiserslautern, que por el nombre estaba convencido de que era una película de Disney que ya había visto y no me gustó nada; no sé qué de una falta de Ronald Koeman ante la Sampdoria en Wembley. “¿Donald? ¿Como el pato?”, le decía yo.

Por lo que fuera eso no caló en mí y ahí estaba él Aitor, al acecho. Digo ‘él’ como si ya le conocieras. Te explico, hablo de mi abuelo Eugenio, padre de mi madre, es decir, suegro al que yerno respeta porque sí, porque en su día le pidió la mano de su hija y asintió convencido de que era lo mejor para ella; porque si estaban en deuda por ese ‘sí’, era mi papá al que le tocaba pagar. Y vaya si afrontó la deuda, Aitor, ¡vaya si lo hizo! Ese mismo 30 de mayo de 2002, a un solo día de cumplir yo los 7, suegro levanta el teléfono, teclea el número del yerno y le dice: “Cómprale al chico la equipación del Real Madrid de este año, con Raúl y el 7 a la espalda, que ese será mi regalo de cumpleaños. No te preocupes que te lo pago mañana”.

Pues, ¡oye!, qué poco egoísta fue mi padre (demasiado respetuoso, esta vez, para su gusto) y —¡maldita sea!— ese color blanco me quedaba de cine. Dando vueltas delante del espejo como una peonza estaba yo, Aitor. Qué guapo estaba, ¡joder! ¿Y sabes por qué creo que me veía tan resultón? Porque normalmente las madres evitan que un mico de tan temprana edad, con tantas ganas de rebozarse en cualquier terreno —si ensucia y salpica, mejor—, vista con un color tan delicado. Pero aquel día me dejó Aitor y por eso hoy te estoy escribiendo esto.

«Fuisteis vosotros, Aitor. Si no hubierais asfaltado el camino, estoy convencido de que los que vinieron después hubieran mordido el polvo sobre el que vosotros tuvisteis que construir»

Pero claro, con verme guapo no era suficiente. Ser del Madrid o de cualquier otro equipo implica cierta creencia en algo, fe. Así que para asegurar el tiro, Aitor, mi abuelo comenzó a explicarme por qué los que vestían como yo, de blanco, eran los mejores. Su relato (perdón, papá) era mejor que cualquier otro. Muchos trofeos con orejas puestos detrás de un cristal sin poder tocarlos, héroes con barro en las camisetas, el Madrid Ye-Yé (¿hay un nombre más molón para que un renacuajo lo grite por casa?) y Europa, eso no falla.

Sin embargo, a medida que fui cumpliendo años, yo perdía un poco esa fe de la que hablaba unas líneas para arriba. El Madrid ganaba alguna Liga, sí, fui al Bernabéu y se convirtió en mi parque de atracciones favorito, sí, pero en Europa… No sé, ¿me estaba engañando mi abuelo, Aitor? ¿Por qué me decía que Europa era nuestro territorio y luego nuestros superhéroes nunca llevaban capa? ¿Qué leches pasaba?

Pues por suerte, antes de volverme ateo de lo mío, llegaste tú con Mourinho para ayudar a mi abuelo a responder todas esas preguntas. Yo entendía que, para ganar, primero había que estar cerca, como cuando llegas a uno de esos aeropuertos modernísimos y te piden que pongas los piececitos en un par de huellas gigantes que te analizan de arriba abajo y así poder —después— pasar al otro lado. Para ser nosotros de arriba abajo y que yo pudiera ver por primera vez cómo el Madrid comenzaba a estar cerca de pasar a ese otro lado —de aspirante a campeón— alguien tenía que llevarnos hasta esas huellas.

Fuisteis vosotros, Aitor. Si no hubierais asfaltado el camino, estoy convencido de que los que vinieron después hubieran mordido el polvo sobre el que vosotros tuvisteis que construir. Si no os inventáis ese Modric, si no reconvertís a Ramos en central, si no empujáis a Cristiano de la banda al área pequeña, si no rescatáis a Casemiro de Sao Paulo, si no agitáis y sacudís emocionalmente a una afición e institución que habían perdido el norte por la hambruna, si no, si no y si no. Por eso, después de cada ‘Orejona’, siempre he pensado en esas huellas donde nos dejasteis. De hecho, me quedaría a vivir allí toda mi vida. Porque para aprender a bailar, primero, hay que levantarse. Y fueron vuestras manos Aitor, fueron vuestras manos a las que nos agarramos en la cuneta para resucitar de nuevo.Quería tu camiseta, pero si no la tengo es porque alguien te ha querido más y mejor. No solo a ti, sino a todos los que necesitan recursos en estos tiempos tan complicados y a los que la Fundación Real Madrid quiere ayudar. Tenía ya escrito un mensaje en el que te pedía que, además de mi nombre, pusieras en la camiseta “por aquella época de madridismo salvaje” que gritó Arbeloa y “por aquellos tiempos de puro Rock and Roll” a los que aludió Xabi Alonso. Ese mensaje, al igual que esta carta, me la guardo para mí. Si alguien vuelve a preguntarme algún día por qué soy Mourinhista —y Karankista— les compartiré esta carta.

Gracias por hacerme sentir tan pequeño y frágil escribiendo esto. Gracias por dibujar las huellas sobre las que hemos taconeado -orgullosos- justo antes de recoger cada una de esas cuatro Copas de Europa logradas en apenas cinco años. Gracias por brindarle a mi abuelo argumentos para responder las preguntas de un nieto ansioso que perdía la fe. Gracias por equivocaros tanto y ser tan imperfectos. Uno se enamora de quien le hace feliz y mi corazón, mi parte irracional, hace tiempo que os pertenece. Haced con ella lo que os dé la real gana.

 

Mensaje de Aitor Karanka

Puja por la camiseta de Karanka

 

Al ser el Madrid algo preciosista, ya se vista de letras, palabras o imágenes; decidí amortizar mi pasión en sus infinitas formas. Por esa razón junto letras por estos lares, parloteo en varios micrófonos radiofónicos e incluso asomo la cabeza por los modernos rincones de YouTube. Todo, por el Madrid, merece la pena.

5 comentarios en: Carta a Aitor Karanka #LeyendasEnCasa

  1. Este último mes y debido a la pandemia he leído bastante. He de decir, que estas frases me han gustado sobremanera porque mientras escribo esto, tengo lágrimas en los ojos. Conseguir hacer reír o hacer llorar implica cambios de humor y cierto es que lo has conseguido en mí. Gracias por estas palabras.

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