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"¡Caray!"

"¡Caray!"

Escrito por: Antonio Valderrama10 marzo, 2020
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Cuando se hacen partidos tan malos como el del Madrid el domingo en el Benito Villamarín uno se ruboriza hablando de los árbitros. Pero como pasa con tantas otras cosas, yo no puedo dejar de hacer lo que se tiene que hacer. Como decía Burke, lo único que el mal necesita para triunfar es que los buenos no hagan nada. El Madrid no puede permitirse no hacer nada porque en esta edición del Campeonato Nacional de Liga se está manifestando, con una claridad cegadora, una realidad: cuando Barcelona y Real Madrid hacen la misma mierda de partido, al Barcelona siempre lo empuja hacia adelante la mano invisible que no es la del mercado liberal, sino la del arbitraje. Esta realidad se constata de un modo grotesco en el Camp Nou. Si uno compara los puntos que el Madrid se ha dejado en el Bernabéu a lo largo de esta Liga y los que se ha dejado el Barcelona, en casa, le dan ganas de tomar por asalto el Comité de Coordinación entre la Federación y la Liga que designa los árbitros de los partidos de cada jornada.

El nuevo criterio con respecto a lo que es penalti si el balón da en la mano o en el hombro de un defensa dentro del área es tan confuso y voluble que lo único que he sacado en claro, hasta ahora, es que sólo es penalti si no le ocurre a un equipo que juegue contra el Madrid. Lo mismo me pasa con los plantillazos y las entradas duras, fortuitas o no: en la primera jornada, en Vigo, echaron a Modric de manera fulminante y a mí me dio la impresión de que en el gremio arbitral había la consigna de castigar al Madrid como ejemplo para todos los demás. Desde entonces he visto cada cosa en esos campos de España que me han llevado a la conclusión de que al Madrid lo han cogido como al tonto del pueblo. Una vez más.

Este tipo de situaciones no son nuevas. Lo que es nuevo, por lo menos con respecto a los dos últimos años, es la posibilidad de que el Madrid acabe ganando la Liga. Y esta Liga se la están disputando los dos peores Madrid y Barcelona de los últimos diez años, dos equipos vulnerables, inestables, defensivamente muy frágiles, gastados unos e inmaduros otros, por lo que las pequeñas diferencias determinarán el resultado final. Esas pequeñas diferencias están dando un margen asombroso al Barcelona, quien es capaz de recuperar un resuello a todas luces perdido gracias a la trágica asimetría de la plantilla madridista, a sus errores y a la certeza psicológica de contar con un Deus ex machina en cada partido difícil como le ocurrió el sábado pasado contra la Real Sociedad: un despeje con el hombro de un defensor vasco, calcado a otro de Arturo Vidal en el Wanda Metropolitano terminó, naturalmente, de manera muy distinta, con penalti señalado a favor del atacante, en este caso, por supuesto, el Barcelona.

La certeza de que existen dos interpretaciones del reglamento, dos jurisprudencias, una que afecta al Barcelona y otra para todos los demás, propicia la inevitable sensación de desamparo, desmoralización y la absurda sensación de que salir a disputar cada partido es una tomadura de pelo.

¿Y el Madrid, dice algo? De momento, lo más agresivo que ha salido por la boca de la institución fue el ya memorable ¡caray! de Butragueño al término del mayor acto de latrocinio cometido en un Madrid-Barcelona desde las semifinales de la Copa de Europa del año 2011. Aquellos dos penaltis a Varane, tan de seguido, tan clamorosos, que el videoarbitraje se negó siquiera a revisar, ubicaron la cuestión en una dimensión nueva y distinta: es evidente que no les importó cometerlo en el partido más seguido y visto del mundo, por lo que hasta dónde puede llegar todo este asunto ya es cosa sujeta a los límites de la imaginación. Todo se quedó en ese cándido y pudoroso caray de Butragueño, quien desde luego da el pego de un Felipe IV, pero aquí se necesita un Conde-Duque de Olivares. Un Richelieu, algo de maquiavelismo endulzado por el cuento del señorío, por supuesto, para que no se pierdan las formas.

El Madrid no puede, digo, permitir toda esta impunidad por dos cuestiones. Una, porque hay una Liga en juego, una Liga que, a pesar de todos los disgustos como el del domingo con el Betis, cuenta con el excitante añadido de arrebatársela del botín a una institución, el Barcelona, y a un ente regulador, ese comité híbrido donde Rubiales y Tebas dirimen sus guerritas personales, que se comportan como verdaderos piratas etruscos. La segunda cuestión es de índole moral y afecta a la reputación del club más importante del mundo. Sin embargo, ésta es una cuestión antigua, manida, aunque no por ella menos urgente. El Madrid no sólo tiene el altavoz más potente del deporte mundial sino que, en España, la influencia de su voz es comparable a la de la jefatura del Estado. Ni que decir tiene que cualquier comunicado del Madrid tiene más impacto en la opinión pública que lo que publique cualquier ministerio, pero esta grandiosa maquinaria comunicativa está infrautilizada como generadora de relato propio o mecanismo de presión y ayuda a los intereses del equipo.

El Madrid ha renunciado a su derecho de legítima defensa, como si a un boxeador le diese por no protegerse en un combate. Lo peor es que ha convertido esta renuncia en una tradición, en una interpretación del señorío. No puede ser que la queja sea cosa de un entrenador, de un capitán y qué decir de un tío escribiendo artículos o de un tuitero. Casi todos los clubes de Primera, no digamos ya los de la Premier o la Bundesliga, utilizan sus cuentas en Twitter, sobre todo, como plataformas dinámicas, casi como portavocías. En el mundo memecrático, el Madrid ha hecho del Comunicado oficial prácticamente un signo de distinción, ¡pero si fuera una política de estilo buscada! Incluso, en ese caso, tendría su pase, más aún, su gracia, como una manifestación orgullosa, patricia por decirlo así, de contracultura. Pero la realidad es que en el Madrid tuvo que ser Mourinho el que introdujera la queja y la protesta pública, la agitación mediática, sacando sus propias listas de errores de tal o cual árbitro y poniendo sobre la mesa temas no menores como el de los horarios: el otro día, por ejemplo, la mano invisible que mece la cuna, ¡la mano negra!, quiso que la Real Sociedad visitara el Camp Nou el sábado por la tarde, habiendo jugado el partido más importante de su temporada el miércoles por la noche y descansando los locales desde el domingo. Es una gota malaya que sólo parece importar a un puñado de tuiteros, que se ocupan de recopilar en vídeos que luego se viralizan las situaciones de manifiesto agravio comparativo en las que el perjudicado siempre es el Madrid.

¿Quiere el Madrid ganar la Liga? Antes que lanzar a sus perros de la guerra de los periódicos (y de los shows televisivos) a desacreditar a Zidane y a los futbolistas por tirar por la borda en partidos como el del domingo lo conseguido en días como los del Atlético o el Barcelona, los responsables de la zona noble debieran preguntarse si la honra del club, en el año 2020, merece ser defendida de forma churchilliana: en los tweets, en los posts de Instagram, en las zonas mixtas, en las salas de prensa, delante de todo el mundo y bajo el foco diáfano de la mirada de sus aficionados. Un tipo, en su casa, con el Movie Maker, pierde dos horas de su tiempo y sostiene toda la labor de agitprop del madridismo. Esto no puede ser, es como pedirle a Courtois que meta los goles que los delanteros del equipo no saben o no pueden meter. A veces es necesario pegarle una patada al avispero para que los de en frente te tengan en cuenta. Para ganar esta Liga, parece cosa clara que todo, hasta la tontería más grande, va a contar.