Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
El camino de baldosas amarillas

El camino de baldosas amarillas

Escrito por: Emil Sorel18 marzo, 2016
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

En el Madrid todo es decisivo: cada jugada, cada regate, cada pase mal (o bien) dado... Todas y cada una de las declaraciones, gestos en partidos o entrenamientos y fotos subidas a Instagram... El juicio sumarísimo se ejecuta sin misericordia y se sacan todo tipo de conclusiones extremas cada 10 minutos de partido. Es una realidad neronizada (como bien explicó mi compañero y, sin embargo amigo Pepe Kollins en su reciente artículo El coloso en llamas) en la cual parece difícil resistirse a la turba pirómana que tiene ganas de quemarlo todo.

En pleno proceso de incendio mundial madridista, llegó Zinedine Zidane. El tipo, callado y parco en palabras, se armó de su sonrisa y calva reluciente y, utilizando las palabras de Marcus Brody en Indiana Jones y la ultima cruzada nos dijo: “Seguidme chicos, conozco el camino”. Durante un breve lapso de tiempo, pareció como si ese sendero de baldosas amarillas fuera real. Nos olvidamos de lo que es el Real Madrid en el siglo XXI. Esta institución representa como nadie la teoría de la relatividad: tres meses en el Madrid equivalen a tres años en otro lugar. Hagan la prueba y vean fotos de Mourinho del primer al último día de su estancia en la capital: para él fueron veinte años, no tres.

La vida, claro, se cruzó por medio. El Madrid de Zidane era un equipo de septiembre que tenía que competir con otros equipos que ya estaban en sus febrero y marzo particulares. Cuando nos quisimos dar cuenta, un par de empates inoportunos nos habían apartado de la lucha por la vida. La Copa, conviene recordarlo, no estaba disponible por una serie de errores en cadena que incumbieron al delegado, al técnico anterior y a los servicios jurídicos del club. El francés tuvo que ordenar sus prioridades: el cuerpo le pedía construir a su ritmo un equipo que girara en torno a sus principios de posesión radical. Pero pensó el marsellés que quizá no diera tiempo a acabar el edificio para llegar a luchar por la Copa de Europa, santo, seña y obsesión -un poco malsana, todo hay que decirlo- que tiene el Madrid.

El partido contra el Atlético de Madrid confirmó sus sospechas: todavía no estábamos listos para el zidanismo. Llegó el volantazo y, con él, el primer arqueo de cejas ancelottiano en los aficionados: en el Madrid no se permite dudar. Si alguien ve que no lo tienes claro, estás muerto. ¿Pero y si Zizou no está dudando? Lo que parece evidente es que, más allá de la idea táctica, su primera necesidad es recuperar al equipo, que le dejen de temblar las piernas. Para ello, ha introducido a Casemiro y Pepe, futbolistas de juego fuerte que se pueden equivocar, pero no dudan. A ellos se ha sumado Lucas Vázquez, que está dignificando como pocos la profesión de jugador del Real Madrid. Él trabaja, lucha y calla. Cuando sale lo hace bien: sabe que está ante la oportunidad de su vida y por él no va a quedar la cosa.

camino baldosas amarillas

El técnico ha percibido que para nadar a mariposa primero hay que saber mantenerse a flote y, entre que acaban de llegar los lesionados (Bale sólo jugó 60 minutos contra la Roma) y mejora la condición física y anímica del equipo -no ha sido un año fácil-, hay que sobrevivir. Como los aficionados somos impacientes, queremos la grandeza de forma inmediata y a toda costa. A veces es mejor vivir humildemente medio agachado que morir de pie.

La historia del Real Madrid así nos lo indica: no siempre fuimos favoritos, muchas veces parecimos sumergidos en crisis gigantes que nos alejaban de los títulos. Más de una vez, en esas situaciones, nos llevamos a casa una Champions. No me acuerdo muy bien qué tal jugaba el Madrid de la Octava, pero sí recuerdo los punterazos de Karembeu, la resurrección fugaz maravillosa de Anelka y aquella carrera eterna (hubo gente que se sacó un máster mientras tanto) de Raúl contra la portería del Valencia en el fondo del estadio de Sant Denis de París.

En tiempos convulsos, cuando resulta complicado resistirse a la tentación de arramplar con todo una y otra vez, conviene hacer caso a aquellos que parecen tenerlo más claro, que no dudan. En los últimos meses, sólo hay una luz que no ha titubeado: Zinedine Zidane. Hagámosle caso, fiémonos de él. Por una vez, aceptemos que no hay mejor camino de baldosas amarillas que seguir. Sí, tomará decisiones que desde fuera pareceran extrañas. A veces le recriminaremos no ser más valiente (como si esa fuera la única vara de medir para un entrenador) pero total, ¿qué tenemos que perder?

Comprender que la derrota es consustancial al deporte y que no todo siempre es la gloria o el fracaso absoluto puede ayudar a desterrar esta incómoda sensación de temporalidad que nos trae por la calle de la amargura. Si esta temporada no ganamos nada pero se refuerza la sensación de haber emprendido un camino, bien invertido estará el año.