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La caja de los truenos

La caja de los truenos

Escrito por: Manuel Matamoros4 julio, 2016
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«El wagnerianismo me molesta. Wagner no se lo merece como persona y como músico no le hace falta.» Daniel Barenboim.

1.- Los Faerna

Conocer a los Faerna es una de las gracias que debo a Jesús Bengoechea. Son tres hermanos brillantes. Su sección se cuenta entre lo mejorcito de esta comunidad de expresión de ideas que es La Galerna. Coincido generacionalmente con el mayor, José María. Una casualidad que da pretexto a la burla de Nacho, que nos identifica con los Statler y Waldorf,  de los Muppets, gruñendo en su palco del teatro. Generalmente, sin embargo, me siento más próximo a las opiniones del último de la fila. Simpatizo, sobre todo, con esa actitud de los Faerna de no imponerse hipotecas a la hora de expresar sus ideas. Expresado de la forma más directa: No son «bienquedas».

Me asquea la miseria camaleónica, tan extendida en Twitter para solaz de los matones de la red. Las personas con criterio tienen la responsabilidad de defender su opinión, aún a sabiendas de que no va a satisfacer las expectativas de su entorno o de su audiencia. Las sociedades construyen su pensamiento colectivo gracias a la independencia de criterio de los individuos. De otra forma, no es posible avanzar. La imposición desde el poder —ya sea el poder de las bandas— del pensamiento colectivo es totalitarismo: Por cierto, lo impulsan todos los fascistas en Twitter. Una vez, cuando todavía no había concebido La Galerna, Jesús Bengoechea nos regaló  un ejemplo paradigmático de esa misma actitud que pondero en los Faerna. Un ejemplo para no olvidar jamás, en el que reconozco el sustrato vital de esta publicación.

Estas palabras de discrepancia con las ideas expresadas por Nacho Faerna en un artículo que he leído esta misma mañana —«El buen pastor»—, están escritas, pues, no desde el respeto, que se presume, sino desde el cariño y la admiración.

2.- Barenboim

He peregrinado a Berlín para ver a Barenboim, al frente de la Statskapelle, dirigir un Tristán, un Parsifal y un Anillo. Así que, si ustedes quieren, soy wagneriano. Yo me tengo simplemente por aficionado a la ópera, y más en general a la música. A principios de 2013, en la primera Asamblea de Primavera Blanca, referí ante sesenta o setenta personas la cita sobre los wagnerianos que encabeza este artículo. La anécdota completa no tiene desperdicio. Ocurrió en Santa Cruz de Tenerife en 2003. Con motivo del Festival de Música, la Asociación Wagneriana de Canarias invitó a Barenboim a un almuerzo homenaje.  A la hora de dirigir unas palabras a quienes le agasajaban, el músico, sobrado de criterio y falto de tacto, espetó a sus anfitriones: «El wagnerianismo me molesta. Que haya asociaciones wagnerianas me parece malsano, porque una asociación wagneriana es como una especie de club que excluye otras cosas. Wagner no se lo merece como persona, y como músico no lo necesita.»

No me consta si el director argentino (y español, israelí y palestino) destapó la caja de los truenos que, según intuyo, el artículo de Nacho debe haber destapado en La Galerna, como las declaraciones de Del Bosque la han destapado en la prensa deportiva. Pero habría dado un ojo por haber visto con el otro las caras de su aduladora audiencia.

Cuando utilicé esa anécdota, los madridistas estábamos inmersos en el punto álgido del conflicto desatado por la suplencia de Casillas en el Madrid. Aunque nos habíamos conocido en Twitter, los promotores de la iniciativa, por experiencia vital y capacidad de pensamiento abstracto, éramos bien conscientes de que la realidad social no se integra de hastags y trending topics de hora y media. Nuestro fin común era defender, frente a la presión mediática, la independencia del Real Madrid: La independencia de los socios para elegir el presidente; la del presidente para designar el entrenador; la del entrenador para hacer la alineación.

Como no cuesta imaginar, en ese caldo de cultivo había una amplia representación de mourinhistas. La mayoría, afortunadamente, de los que Nacho identifica como su «versión más sensata». También de esos que fundaron una nueva religión monoteísta, en la que en una sola persona coinciden las figuras del dios y del profeta. Cuando se hicieron del Chelsea, les denominé «morriñistas», ganándome su odio eterno. De todo lo que me dijeron, con esos deditos sucios sobre el teclado pringoso, lo que menos merecía era el apelativo de «traidor»: Jamás había sido de los suyos. Al contrario. Ya en la primera hora, frente a los que querían que nuestra asociación se caracterizara como mourinhista, me había servido de esa opinión sobre los wagnerianos, expresada por uno de los directores de orquesta que mejor consigue recrear Wagner, para oponerme a su adoctrinamiento sectario.

  1. Mourinho

Maticé la aplicación de las palabras de Barenboim al caso de nuestro entrenador: Como persona merecía todo nuestro apoyo, sólo a causa del indecente acoso a que estaba siendo sometido por el periodismo deportivo. Una falta de respeto obscena y sistemática a la dignidad de la persona, nunca antes vista, que excedía ampliamente la crítica a su trabajo como técnico, por muy feroz que hubiera podido ser ésta.mou angry

Pero pensaba —ahora veo que erróneamente— que como técnico le sobraba nuestro apoyo. Su capacidad para construir equipos campeones estaba acreditada en su biografía anterior al Madrid. La magnitud e importancia de su acción sobre el Real Madrid era patente. Lo que teníamos que defender no eran sus dotes personales, sino, precisamente, su estatuto. El mismo que para cualquier otro entrenador del Real Madrid. Lo contrario significaba desorientar gravemente la finalidad de asociarnos. Visto el artículo de Nacho Faerna, admito me equivocaba. Hay un sector del madridismo no abducido por la prensa patriótica que no reconoce mérito alguno al de Setúbal.

Como a Nacho, me molestan los partidarios de este o aquel jugador o entrenador que ponen su filia —«estos ismos heréticos»— por encima de su madridismo. Como a Nacho, me molesta la continua referencia a Mourinho como si no hubiera un antes y un después. Pero, en su artículo, Nacho incurre abiertamente en el vicio que critica. Echo en falta la búsqueda de un sano equilibrio en el juicio sobre la aportación de Mourinho al Real Madrid. Le molesta tanto el mourinhismo que pone su fobia por encima de la intención de hacer un juicio justo del trabajo de Mourinho. —«¿Cuántas copas de Europa le debemos?»— Yo respondo: Ninguna. Tampoco le debemos, directamente, ninguna Copa de Europa a Fabio Capello. ¿Alguien se atreverá a negar que sin la labor del italiano nunca habríamos ganado la Séptima? Igual de errados están los que niegan cualquier mérito a Mourinho en la Décima como los que pretenden atribuirle una Copa de Europa que él perdió entrenando al Chelsea y ganó Ancelotti entrenando al Madrid.

Seguro que es sincero Nacho Faerna al rebatir lo que, según dice, le suelen contestar los partidarios de Mourinho cuando les pide la cuenta de su agradecimiento. Sólo tengo que objetar que debemos aburrirle tanto que ha escuchado a pocos. Otros destacamos de Mourinho que supiera construir un equipo solvente y devolverle la ambición; que invirtió la dinámica perdedora —seis años seguidos sin ganar una eliminatoria de Copa de Europa— que el Madrid arrastraba en los torneos por eliminatorias. Y como consecuencia, además del juego más bonito de ver que ha hecho el Madrid en muchos años, le agradecemos la parte de responsabilidad que no se le puede lícitamente negar en la conquista de la Décima. Tiene que ver con el conocimiento y su aplicación mediante el trabajo riguroso. Tiene que ver con la exigencia y la profesionalidad. Por supuesto que Mourinho no tiene nada que ver con mi orgullo de ser madridista. Pero el equipo al que llegó Mourinho no me dejaba estar muy orgulloso de él. Mourinho es una gestión deportiva, con sus luces y con sus sombras, de la que el Madrid salió mucho mejor que entró.

4.- La extraña pareja

El artículo de Nacho Faerna viene provocado por las opiniones vertidas en otros artículos de La Galerna sobre la ruptura de ese matrimonio de conveniencia que durante los últimos tiempos ha unido el rencor. No voy regatear ni medio gramo del agradecimiento que los madridistas debemos a ambos cónyuges por el hecho de que su trayectoria más reciente haya estado fuera del curso del respeto mínimo exigible para el Real Madrid. Sus méritos deportivos pasados, que son de los que resulta el agradecimiento, ahí están y sobra enunciarlos.

En cuanto a sus conductas ajenas a su desempeño deportivo, no me interesa si Casillas gestiona mejor o peor el final de su carrera. Me rebela que en su resistencia a admitir la consecuencia natural de su ocaso deportivo haya abusado de su posición y de sus influencias tomando al Real Madrid como rehén. Y que la enfermedad sea epidemia —cosa que inmediatamente se me opondrá— no creo que haga al enfermo contagioso menos digno de prevención, aunque me enfada con el Madrid, como institución incapaz de prevenir esos finales tóxicos. Hace casi un año, Casillas dejó de ser un problema para el Madrid, y para mí dejó de existir como problema.

Con el criterio que sobre el otro cónyuge me ha proporcionado su propia conducta durante el último lustro, hoy paso del debate sobre si Del Bosque salió mejor o peor del Madrid. En su día me ofendió tanto el aparente desprecio en la forma de su despido que hice casus belli de la cuestión. No del despido, por supuesto, si no de la forma de ejecutarlo. Hoy no reconozco a la persona por la que sentía empatía y que probablemente sólo existía sólo en mi imaginación.

Todas las técnicas y tácticas que Casillas utilizó para tratar de imponer su voluntad al criterio de Mourinho y de Ancelotti, y su propio interés al interés del Real Madrid, las puso a punto muchos años antes contra el criterio de Del Bosque. Sospecho, así, que en ese ayuntamiento nunca hubo amor, a pesar de las declaraciones de estos últimos años. De su agria ruptura pública, Mourinho ni es parte, ni interesa. Mourinho tenía razón por el simple hecho de que era una facultad de su cargo elegir el portero al hacer la alineación.

De las declaraciones de Del Bosque nos importa que retratan ante el gran público a los tres: Al declarante, al declarado y, sobre todo, a esa prensa que, sabiendo lo que había y con la cooperación necesaria de los ahora divorciados, impostó un modelo moral que contraponer al Real Madrid. En otro caso, ni me hubieran interesado. ¿Estaba en su derecho al hacerlas? Por supuesto. El reproche por haberlas hecho no creo que le venga de nosotros. Se lo hace alguno de sus amigos de circunstancias —Relaño— de la prensa deportiva, que a su vez se retrata al reclamarle algo parecido a la Omertá. Ellos sabrán por qué.

Yo, como Xavi Hernández, deseo a los enemistados que se reconcilien pronto, si es necesario con la oportuna mediación del de Terrassa. Ahora, que no esperen que esa misma prensa vuelva a usar como un «kleenex» el premio Príncipe (ahora Princesa) de Asturias en su guerra de intereses, para elevarles a los altares el día de las lágrimas. O quizá deberían esperarlo. Tratándose de periodismo deportivo, que es el objeto de mi a