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Un brindis por la Trigésima

Un brindis por la Trigésima

Escrito por: Antonio Valderrama6 julio, 2017
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Con el frenesí del doblete y de la final de Cardiff ha quedado opacado que, en el mes de junio pasado, se cumplieron diez años de la Trigésima. Así se llamó a aquella Liga ganada por Capello y su grupo salvaje en la primavera de 2007. Se pareció al final de una etapa de montaña del Tour, a una subida agónica al Alpe D´Huez entre tres escaladores locos perdidos, escapados muy al final, sin resuello, sin agua, lloviendo y entre nubes cargadas de humedad. Ganó el que más la quiso y el que más disparates estaba dispuesto a hacer por ella. Es decir, la ganó el Madrid del Beckham rubio platino, como bautizó Hughes a aquel equipo, salido de un guión de Tarantino. E irrepetible. Genuino e irrepetible.

“La Trigésima" fue un nombre que salió de Fans del Madrid, el mítico blog de El Socio. Se le puso y se le llamó así a aquella Liga, pero entre unos pocos; no tengo conciencia de que fuera de aquel ambiente outsider (aunque luego no tanto, de allí saldría casi toda la intelligentsia madridista tuitera posterior) se usara el apelativo. La verdad es que “Trigésima” sugería, por emulación nostálgica -o mejor, anhelante- a “Décima”, que era la aspiración frenética ya por entonces. Algo de eso hubo, seguro, pero el nombre cuajó y tuvo cierto eco. Además, había que ponerle un nombre a aquello tan grande que ocurrió entre marzo y junio, de forma por completo inesperada. Entre la eliminación en octavos de final de la Copa de Europa, en Munich, con el gol de Makaay a los 7 segundos, el fallo de Roberto Carlos y el gol legal anulado a Ramos, y el 3 a 3 del Camp Nou: una semana que lo transformó todo.

A partir de aquel empate de Messi a última hora, que moralmente aniquilaba al Madrid y dejaba la Liga en un mano a mano entre el Barcelona y el Sevilla de Juande, el Madrid empezó a ganar partidos como si le pagaran a jornal. Mourinho será recordado por convertir a Ramos en central, pero antes lo había puesto allí Capello. Aquel año, Ramos fue central, lateral derecho, mediocentro defensivo y hasta lateral izquierdo. Su deambular táctico y posicional fue el reflejo de un entrenador desquiciado durante las dos terceras partes de la temporada. En la frontera desde noviembre, ajusticiado por Relaño en la portada del AS, y con sustituto desde febrero (el Schuster subcampeón de Copa con el Getafe), se llegó hasta a sugerir que chocheaba. Se vendió a Ronaldo como si fuera chatarra y se apartó a Beckham y a Helguera, por no querer renovar; Franco Baldini, que era un italiano slim fit que cerraba los tratos por Mijatovic, se fue al Cono Sur a traer a Gago, Higuaín y a Marcelo, y al final del invierno volvieron Beckham y Helguera en plan superhéroes redentores. Todo eso con Cassano comiendo bollos en un hotel y con filtraciones continuas a la prensa, de que olía a ginebra en el vestuario.

Pero Cassano se hizo dos tatuajes que le olbligaron a jugar un partido en el Calderón con los brazos cubiertos de gasa blanca, al estilo de los escoltas de la NBA, y aquella noche le metió un pase a Higuaín entre cuatro atléticos con que el equipo salvó otro match-ball. Fue su cameo estelar en una Liga que se ganó gracias a goles así, que ayudaron a empatar el puntaje final con el Barcelona y a superarlo por el goal average. Capello, condeado y apestado, bajó las persianas de Valdevebas y dio con el clic. Emerson y Diarra rehabilitaron el doble pivote de cemento y plomo; Robinho, Beckham y Raúl conformaron una línea de tres surrealista que flotaba entre el pivote y la delantera, en la que Van Nistelrooy jugaba con la capa y el antifaz del Zorro. Todo salió bien, como pudo haber salido mal. Se ganó al Valencia con un gol de Ramos, que vino del futuro para anunciar la gloria a cabezazos, y después 1-4 en San Mamés. Reyes, Guti e Higuaín asumieron el veintiminutismo y lo hicieron estilo de vida. Las remontadas dadaístas al Sevilla, Español, Recreativo y Zaragoza se sucedieron mientras la afición empezó a acudir a los partidos con los ojos febriles y devotos del que va a La Meca a darle vueltas a una piedra.

Sergio Ramos vino del futuro para anunciar la gloria a cabezazos

La Trigésima tuvo también un valor social. En cierta forma, anunció el movimiento popular que vino con Twitter, que organizó a la gente hasta entonces apartada del círculo de influencia mediática alrededor del club. Hubo manifiestos, salidos de los comentarios del propio blog Fans del Madrid, traducidos hasta al polaco y entregados en las oficinas del Club, para que no se largara a Capello. Naturlamente, aquello tuvo mucho de naíf y no sirvió para nada, pero preparaban la llegada de blogs, podcasts y asociaciones: todo ese torrente de madridismo desenfrenado, muchas veces faltón, pero alocado, intenso y profundamente renovador, por refrescante, que poco a poco se ha ido filtrando en el club. Se nota en las estrategias de comunicación, en los comunicados, y hasta en las palabras de Florentino cuando va a entrevistarse con los viejos líderes de opinión. La conciencia del desprestigio sistemático de las cabeceras tradicionales, de los autores intelectuales y dueños convencionales del relato madridista, empezó a calar aquella temporada. También en el otro campo: casi todo lo que se le dijo luego a Mourinho en programas de radio, en prensa escrita y en platós de televisión, en Twitter y en secciones no deportivas de periódicos generalistas, se le dijo antes a Capello. Casi con las mismas palabras. La Trigésima fue una conquista extraordinaria de un equipo únic, nacido por casualidad en unas condiciones ambientales extremas, difícilmente repetibles. Un baño de gloria tras cuatro años de sequía, e incluso un precedente fascinante de la condición irreductible del Madrid que vendría después, enfrentado a retos deportivos, institucionales y sociales aún más notables.