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Bien está lo que bien parece

Bien está lo que bien parece

Escrito por: Mariano Galindo30 marzo, 2017
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“Es uno de los mayores talentos que han venido de Estados Unidos a jugar a Europa. Un jugador grande que es capaz de hacer muchísimas cosas: rebotear, pasar, atacar, defender... un todoterreno y que estéticamente es espectacular”. Palabras de Alberto Herreros al ABC el pasado otoño, donde valoraba al flamante fichaje del Real Madrid, Anthony Randolph.

Medio año después de aquellas declaraciones, la renovación de Anthony Randolph, desvelada esta semana por Marca, pero que se habría firmado ya a finales de febrero, vuelve a poner de manifiesto que la directiva del Real Madrid de baloncesto sabe a lo que juega desde hace muchos, muchos cursos. No hay palos de ciego en la sección dirigida por Juan Carlos Sánchez, excelentemente respaldado por un director técnico, Herreros, que ha sabido trasladar paulatinamente toda la inteligencia que tenía en la pista, a los despachos.

Cada vez se va quedando más vieja, más antigua, aquella denominación del baloncesto merengue como “la sección pobre del Real Madrid”. Y esta realidad, este cambio de concepto, no se debe tanto a la inversión económica impulsada tras  la vuelta de Florentino Pérez a la presidencia, que también, sino al hecho de que el Madrid de baloncesto ha dejado de dar lástima, ha dejado de ser ese objeto viejo que no sabías dónde colocar en casa pero que te daba pena tirar. No, desde hace mucho tiempo, el Madrid ya no es eso.

Lo más importante de todo ello fue el cambio de timón que se dio a finales de la década pasada. Tras salpicarse la sección con algunos títulos, como el doblete de 2007 (Liga y Copa ULEB), ya con Herreros en los despachos, el acelerón final llegó en 2009. Antes, Calderón se preocupó por la sección y le dotó de un cierto empaque para llegar a los éxitos de la 2006/07, Plaza al mando. Pero desde 2009, coincidiendo con el regreso de Florentino, se trabajó a destajo para que el Madrid no sólo fuera rey de Europa y de España en los registros históricos. Había que cambiar la dinámica, había que acudir al pasado glorioso para refrendarlo con un presente triunfal. Sí, el Madrid seguía siendo el que más títulos de todos los colores tenía, pero sus prestaciones durante gran parte del siglo XXI no decían eso. No es que se tratara de un club mediocre, pero sí muy por debajo de lo que su legado exigía.

Las cosas desde 2009 a 2011 no salieron bien. Ya saben, Messina no dio con la tecla, quizá porque se enfrentó a algo que nunca había tenido delante: una máquina apisonadora como el Madrid. La presión, la necesidad de la sección de conseguir réditos con el entonces mejor entrenador del Viejo Continente, acabaron con el transalpino. Incluso así, llegó a dos finales de Copa del Rey seguidas y cuando dimitió, el equipo tenía a la vuelta de la esquina, y con factor cancha a favor, el duelo de cuartos de final de la Euroliga. En ese 2011, el Madrid llegó a la Final Four después de 15 años de ausencia. Un trauma menos, un éxito que se vivió como se debía vivir entonces, casi como un título, porque el Madrid venía de donde venía. Tres lustros eran mucho para el coleccionista de trofeos continentales; ese día de abril, en la Caja Mágica, con Juan Carlos Sánchez ya a los mandos desde el verano anterior, se empezó a cimentar parte de lo que es hoy el Real Madrid.

La llegada de Laso terminó de cimentar las bases. Sólo faltaba desarrollar el proyecto. Figuras como Carroll o como Sergio Rodríguez, firmado en ese 2010, se hicieron emblemas del Madrid. Reyes ya lo era, Llull cada vez era más Llull y Rudy, tras su estancia breve por el cierre patronal de la NBA, sabía que su lugar era la capital.

Han pasado años de la primera campaña de Laso. Y siempre ha habido algún gran título oficial desde entonces. Para entender por qué triunfa un equipo hay que mirar al banquillo, a la pista y a los despachos. La conjunción entre estos tres protagonistas ha sido enorme durante las casi seis campañas que lleva Laso al frente.

La difícil tarea de plantar cara a la NBA

Otro de los puntos a resaltar en el trabajo liderado por Sánchez es la feroz labor llevada a cabo para ahuyentar, en la medida en que ha sido posible, los cantos de sirena de la NBA. Un hecho cada vez más complicado, toda vez que si en el mercado estival de 2016 había un extra de cientos de millones de dólares para gastar por parte de las franquicias, esa cantidad todavía aumentará más este verano. Y el número de jugadores por equipo, también. Más dinero, más huecos en la plantilla y Europa consciente de que sólo con el talonario en la mano no hay nada que hacer.

Por eso, el Madrid ha buscado vías para convencer a sus estrellas. Sí, con buenos contratos, pero no sólo así. De otra manera, no habrían podido detener la marcha de Llull a la NBA, con unos Rockets ansiosos de llevársel  o cada año. Y cuesta creer que el recién renovado Randolph no fuera a tener ofertas al otro lado del Atlántico dentro de unos meses. Pero ni ha esperado al término de la temporada para seguir. Renovado desde febrero, otro acierto desde arriba, con un Madrid que se anticipa a lo que pueda venir.

Cuesta creer que Randolph no fuera a tener ofertas al otro lado del Atlántico

Sí, se han ido Sergio Rodríguez o Mirotic, pero el primero responde más a una espina clavada, a un legítimo asunto pendiente por resolver con la NBA, que al hecho de que no fuera feliz en el Madrid. Quedó patente cuando el canario pasó de un día para otro de quedarse en casa a volar a Filadelfia. Su deseo era seguir en el Madrid, en primera instancia. Ganaba títulos, era respetado y se sentía bien. Y sin embargo, algo le quedaba por hacer en la NBA. Ni un pero a él ni a la directiva.

Solventado el asunto Randolph, que corría el riesgo de convertirse en algo parecido al de Sergio Rodríguez, en tanto en cuanto el alero estadounidense también tenía cuentas pendientes en la NBA, y presumiblemente sujetado Sergio Llull de cara al futuro, a Juan Carlos Sánchez y compañía les queda un reto mayúsculo, donde deberán volver a poner en funcionamiento su capacidad de anticipación. El asunto, sospecharán, es Luka Doncic, que puede saltar a la NBA en 2018. La labor de las altas esferas madridistas es atrasar lo inevitable una o dos temporadas más. Por eso trabajan en la renovación del esloveno. Cualquier cosa que suponga tenerle en la plantilla blanca a partir de la temporada 2018/19 puede ser considerado un éxito de los rectores del basket blanco. Y no duden, los hechos les avalan, que tienen margen para salirse con la suya. Otra vez. Por ellos no va a quedar.