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After eight

After eight

Escrito por: Jesús Bengoechea15 agosto, 2020
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Tomo prestado el título de este artículo del tuitero @peakyjulito, y lo hago con un prurito de pudor ante el uso del enésimo juego de palabras con el número ocho, pero me parece que este en concreto refleja mejor que ninguno la crueldad del momento para el Barça. Porque la humillación ha sido inenarrable, pero eso no implica que haya alivio una vez que pasa. Ha pasado ya, estamos en el after eight y, aunque la pesadilla culé de ver el balón horadar las mallas de Ter Stegen una y otra vez es ya cosa del pasado, ahora es cuando comienza el verdadero suplicio. Pocas veces la pregunta “¿y ahora qué?” habrá resonado con un eco más apremiante en las mentes de los partidarios de cualquier causa, en este caso de la causa blaugrana. What now, my love?, que cantaba Sinatra. 

Watching my dreams

turned into ashes,

and all of my hopes 

turned into bits of clay.

after eight

Yo siento un ligero rubor que me impide deslizarme sin remilgos por la pendiente de la chanza, partirme el esternón en risotadas groseras, abrazar la burla sin temor al arrepentimiento. Vi el partido rodeado de culés a los que aprecio, y ahora no soy capaz de sacudirme el comedimiento que me autoimpuse para no herirles en un trago tan amargo. Sentí su vergüenza tan de cerca que todavía me acompaña, y sigo sin atreverme a celebrar sin ambages. Además, está la innegable mediocridad del disfrute con el dolor ajeno, tanto mayor cuanto más ostentoso sea el gozo. 

Mi alegría se siente pues cohibida, pero lo peor, lo que me convierte en una persona mucho más despreciable de lo que habré aparentado hasta ahora, es que no me alegro de mi propia discreción. La lamento, de hecho.

Porque en el fondo de mi corazón sé que el club que durante años y años ha pretendido portar en exclusividad la bandera del fútbol se merece esta cura de humildad, como se mereció la de Liverpool o la de Roma, y que yo debería festejarla sin tapujos. Porque en lo más profundo de mi ser sé que el (excelente) equipo que durante lustros se ha beneficiado de un sistema visiblemente corrupto como el villarato merece tres Romas, siete Liverpools y veinte o treinta Lisboas. Porque de sobra soy consciente, si lo pienso, de que hablamos del equipo del teatro como forma de vida, de la botella de agua como bomba de racimo, de la violencia impune de Suárez, de los penaltis sistemáticamente ignorados de Mascherano. Hablamos de la escuadra que juega por y para una causa política cuya propaganda es a día de hoy su razón de ser, el club cuyo entorno mediático reclamaba el título de Liga cuando quedaban once jornadas por jugar y la gente se moría a chorros en los pasillos de los hospitales. Me lo tengo que recordar para eximirme de culpa en la dicha, para autorizarme a gozar. Sin resolver, al menos por un tiempo, queda la incógnita de cómo pueden ser de ese equipo las estupendas personas con las que vi el partido y que no se merecen pasar por un rato de mierda como el que pasaron. 

Y lo que les queda a los pobres. Les queda el after eight. Les queda el seguir bebiendo los vientos por una entidad sin dinero en las arcas, sin respeto por sus seguidores que no abrazan su credo político aldeano, sin plan de futuro en lo deportivo. Lo siento tanto por ellos que, de rato en rato, tengo que darme dos toquecitos en el hombro para no olvidar cuánto me alegro. 

Editor de La Galerna (@lagalerna_). @jesusbengoechea