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Animus fellationis

Animus fellationis

Escrito por: John Falstaff16 abril, 2016
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A mí la enigmática Violante no me ha mandado hacer ningún soneto, lo cual está bastante puesto en razón toda vez que no me llamo Lope de Vega, y eso que salen ustedes ganando. Pero sí me ha situado en similar aprieto al ordenarme pergeñar un artículo con título tan resbaladizo como el que encabeza estas líneas, y no me pregunten sobre el porqué de hallarme en tan comprometida situación. (Abro un paréntesis para aclarar que el término correcto sería animus fellandi, pero nos quedaremos con el antedicho, más descriptivo y, por ello, más útil a nuestros fines.) El caso es que me propongo hilar algunas ideas fecundadas por el tal latinajo, o que al menos quepa tener por hijas putativas suyas y que, aun así, sean merecedoras del nihil obstat de Roma. Pretendo hacerlo, además, sin darme la costalada que sin duda me estará acechando en cada recodo de tan peligroso camino. Como ven, lo que me falta de juicio me sobra de arrojo. Así pues, me encomiendo al Padre Suances y, sin más profilaxis que la suave y dulce inconsciencia proporcionada por el single malt que me acompaña, me meto en faena. Ustedes juzgarán.

No se puede comenzar este tractatus brevis animi fellationis sin invocar el preceptivo argumento de autoridad. Y qué mayor autoridad en esta grave materia que la de ese filósofo culé llamado Maradona. Fue don Diego Armando quien, haciendo honor una vez más a su segundo nombre, dio carta de naturaleza en el mundo del fútbol a los ejercicios que nos ocupan y que, habida cuenta de que acaso no quepa denominar ignacianos o espirituales, me permitiré bautizar como epicúreos. Como el lector recordará, con la selección argentina que él dirigía recién clasificada para el mundial de Sudáfrica, el Pelusa, en una improvisada pero sentida declaración de amor dirigida a los periodistas críticos con su labor, recitó estos versos en rueda de prensa: "Que la chupen, que la chupen y que la sigan chupando". Más allá de la evidente poesía que encierran tales octosílabos, a mí siempre me ha subyugado su musicalidad, su ritmo inefable. Cuando pronuncio la frase en voz alta, me ocurre lo que le sucedía a Wagner al escuchar la Séptima Sinfonía de Beethoven: que no puedo dejar de acompañar el compás con los pies. Hay un inequívoco rasgo de genio en esas palabras que desprenden el aroma de la poesía eterna, la delicada gracia con la que la Condesa de Almaviva se duele de las penas del amor en las mozartianas Bodas de Fígaro. Porgi, fellatio, qualche ristoro...

bodas de fígaro

Pero descendamos ahora de las alturas y olvidémonos por un momento de la ubérrima mente que guió la mano de Dios (y que, como se ha visto, pretendió hacer lo mismo con la boca de los periodistas). Y fijemos la vista en suelo patrio, donde encontramos un nuevo hito en la historia del animus fellationis trasladado al fútbol. Ya no se trata de las declaraciones de un seleccionador en el siempre traicionero campo de minas en que consiste una rueda de prensa, sino que hemos de viajar a un coqueto hotel de Madrid en una fría noche del invierno de 2012. Allí, en ese improvisado nido de amor, el inmarcesible presidente de la Real Federación Española de Fútbol, don Ángel (¡la Virgen!) María Villar, y el presidente del FC Barcelona, Sandro Rosell, comparten con arrobo momentos de felicidad al calor de la hoguera incombustible de los intereses comunes y tan inconfesables como la propia cita. El uno, a pesar de las maneras algo toscas con las que se desenvuelve (recordemos que es de Bilbao), se esmera en satisfacer los deseos de su partenaire, pero a éste, que inicialmente parecía complacido, se le yergue insaciable el orgullo catalán y acaba por dejar escapar un mohín de insatisfacción mientras pide más a su pareja, que exhausta de amor no puede ya sino replicar, dejando entrever un poso de amargura y una aflicción desvalida: "qué más quieres que te dé, Sandro, no puedo darte ya nada más". El amor, Ángel, es bonito, pero también exigente. El amor deja seco y yermo como el páramo castellano. El amor chupa la sangre (por supuesto que la sangre, ¿qué creían?). Sobre todo cuando es la esquinita el objeto de sus efusiones. Porque todos somos contingentes pero la esquinita es necesaria.

Y es precisamente en la esquinita, tierra de esbeltos campanarios y hermosas butifarras que afirman sabrosísimas, donde el animus fellationis ha echado raíces profundas. Es el Barcelona, que nunca pierde ocasión de mostrar su independentismo enhiesto y viril, imperial en su grandeza, y sus valors en perenne posición de "presenten armas", el que despierta las pulsiones más vehementes, los ardores más arrebatados, las pasiones más libidinosas entre las más variadas gentes. Es el Barcelona, mástil erecto a la mayor gloria de la estelada, palo mayor que presta empuje al navío de los països catalans, el que inspira los ejercicios bucales más frenéticos y lubricados por parte de periodistas ansiosos de sentir el fuego fecundo en sus entrañas, o de árbitros que sostienen en su boca sin pudor alguno una miniatura que no es pito, sino fagot entero, o cornucopia. Es el Barcelona, tronco tieso y firme sobre el que se sostiene el universo catalanista, el que provoca espasmos de excitación entre los culés que acompañan a Messi al juzgado a declarar por presunta estafa a Hacienda (o sea, a ellos), y exhalan alaridos de placer cuando ven aparecer ante sus ojos al tótem barcelonista, capullito de alhelí por el que suspiran madres, hijas, abades y aficionados. Fellandus est FC Barcelona, y a tan alta tarea parecen dedicarse con incansable entusiasmo y abnegación admirable todos los poderes fácticos del fútbol patrio. Ya se sabe que buen gallo a cien gallinas contenta.

gallo

¿Y en Madrid? ¿Qué fortuna ha tenido en la capital de España el animus fellationis? Pues aquí, como suele ocurrir en todos los lugares excepto en la arcadia feliz barcelonista, la risa va por barrios. En el barrio colchonero, a la vera de este singular club que rinde culto fervoroso a la derrota y la convierte en motivo de orgullo, se ha implantado con fuerza el animus fellationis de un tiempo a esta parte. Debe de ser que el estilo porteño y áspero del Cholo, así como el fútbol intenso y pétreo del equipo, poseen una dureza de sorprendente capacidad contagiosa. Aquí a muchos periodistas también se les hace la boca pepsi-cola al hablar del Cholo y del Atleti, y se derriten segregando saliva cuando el Pupas elimina al todopoderoso PSV sin haber marcado un solo gol en doscientos diez minutos.

En el Real Madrid, sin embargo, la cosa es diferente. Para empezar, Zidane no tiene la acreditada capacidad para la lírica que caracteriza a Maradona, ni la labia empalagosamente hipocritona de Guardiola (otro fellandus est de manual). Zidane es hombre de silencios y pocas palabras, y se limita a exponer con laconismo matemático la fórmula que explica las leyes de la naturaleza. El fútbol no precisa de poetas ni de rapsodas, sino de sabios. Pero estos no levantan pasiones. Por lo que hace al entorno del club, es un hecho incontestable que el madridismo parece estar saliendo de una larga fase en que estaba mustio como un poeta del romanticismo antes de arrojarse al Sena (iba a escribir el Manzanares, pero ligar poesía y Manzanares es un oxímoron tan violento que la frase se me descoyunta), y está claro que la flacidez y el abatimiento difícilmente pueden despertar un animus fellationis digno de tal nombre. El madridismo, que ahora parece recobrar tímidamente un optimismo vacilante, lleva mucho tiempo en un estado de continua epilepsia que, más que con arrebatos lúbricos, cursa con accesos de rabia acompañada de espumarajos tuiteros, de tal manera que se diría que la obligación de todo madridista que se precie en estos días es la de estar permanentemente cabreado, y ya se sabe que cuando el enfado entra por la puerta, las ganas de retozar saltan por la ventana.

frustración sexual

La ira, efectivamente, se ha impuesto como nota distintiva del madridismo comme il faut (el francés le viene al pelo a este artículo) y ello me lleva a un penúltimo apunte sobre el animus fellationis. Es tal el estado de excitación colérica que impera en el madridismo que, como señalaba José María Faerna en estas páginas, hemos llegado a la divertida situación en que a uno lo llaman happy con la indisimulada intención de que el destinatario del calificativo se considere insultado. La lógica de los que así actúan viene a ser la siguiente: el Real Madrid es una ruina deportiva y va camino de disolverse en la más absoluta de las irrelevancias, así que si usted, que se declara madridista, no ruge ferozmente con los ojos inyectados en sangre, es porque es tonto (monguer o merma, dicen ellos haciendo uso de ese s