Las mejores firmas madridistas del planeta

Amor

Escrito por: Jesús Bengoechea7 abril, 2016
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Me siento a escribir estas líneas desde la discrepancia con la crónica de mi amigo y colaborador de La Galerna Quillo Barrios, quien en su relato del partido contra el Wolfsburgo ha facturado un respetable pero a mi juicio errado retrato de la actitud de los jugadores del Madrid en el encuentro. Quillo y yo estamos de acuerdo en que el equipo jugó mal o incluso muy mal. Hasta ahí llega el acuerdo entre ambos, porque no podemos diferir más en las razones que explican eso, o más exactamente en el peso que cada uno otorga a las diferentes razones.

En los últimos cinco días, el madridismo ha comprendido hasta qué punto expresiones futboleras como “el árbitro se inventó un penalti” o “el árbitro anuló el gol porque le dio la gana” se utilizan habitualmente a la ligera, y lo ha comprendido porque ha sufrido en sus carnes un penalti literalmente inventado por el árbitro y un gol anulado en obediencia al estricto y libre albedrío testicular del colegiado. Esto (lo de Casemiro) sí que es inventarse un penalti, pero de verdad. Esto (lo de Bale) sí que es no dar validez a un gol porque no me da la gana. Soy muy poco amante de los números como explicación de posibles confabulaciones arbitrales: si la cifra de penaltis pitados a favor del Barça duplica o triplica la de penaltis pitados a favor del Madrid, la cifra me escama, pero una actitud científica me obliga a reconocer de inmediato que es físicamente posible que de hecho al Barça le hayan hecho muchos más penaltis que al Madrid, lo que convertiría en justo el desequilibrio. No voy por lo cuantitativo sino por lo cualitativo. No me dice nada (o, mejor dicho, me dice poco) el número de rivales expulsados contra el Barça en sus partidos europeos, pero me dice mucho (muchísimo) saber que frente a ellos fue expulsado un jugador (Van Persie) por chutar a puerta cuando el árbitro ya había pitado un fuera de juego. Me llama la atención porque es algo que no había visto antes, y algo que no he vuelto a ver desde entonces. También me llama la atención que de cinco penaltis claros un árbitro (Obrevo) no vea ninguno, porque (otra vez) es algo que ni había visto con anterioridad ni volví a presenciar después. Reconozco que en este último ejemplo se mezclan lo cualitativo y lo cuantitativo.

A mí, en definitiva, lo que me llama la atención son las cosas raras, y para cosas raras, pero raras tipo Poltergeist, las que en el apartado arbitral ha padecido el Real Madrid en los últimos cinco días, o en los últimos dos partidos. En uno de ellos, el equipo superó admirablemente la adversidad, que es el eufemismo más socorrido que se me ocurre. En el otro, quizá físicamente afectado por el esfuerzo requerido en la gesta anterior, lo intentó pero no fue capaz de hacerlo. Cada cual es libre de verlo como quiera, y de ponderar en mayor o menor medida ese factor. Yo lo pondero mucho, y me gustaría que se me respetase por ello como respeto a quienes prefieren pasar de puntillas porque “el Madrid debe sobreponerse a esas cosas”. Somos la única afición del mundo que dice cosas así ante flagrantes intentos de humillación arbitral o institucional. Pero respeto a quien considera que nuestra épica o nuestra calidad técnica deben bastarse y sobrarse siempre para compensar un factor como el arbitral, por adverso que este sea. Quizá no esté de más recordar que no hay gol en la historia del fútbol mundial, desde los alevines a la Copa del Mundo, que haya subido al marcador sin el visto bueno de un árbitro, como no ha habido patada en el área que se haya traducido en penalti sin que un árbitro lo haya decidido así.

Así las cosas, considero complicado asimilar (máxime en un ambiente infernal como el alemán) que te anulen un gol legal en el minuto 2, que te escamoteen un penalti de libro sobre Bale en el 5 y sobre todo lo que decíamos: la cosa rara, la zancadilla fabulada, el penalti quimérico. Yo creo que todo eso y tan desde el principio, tan atropelladamente, constituye un shock que resulta difícil de superar. Más aún lo es cuando a renglón seguido fallamos dos ocasiones claras y nos marcan un segundo gol, en medio del desconcierto. ¿Debería el equipo haber sido capaz de sobreponerse a todo esto? Sí. La razón por la cual no se sobrepuso, ¿fue la desgana, como parece casi obligado opinar? Yo creo que no. Creo que se intentó superar y no se pudo. Casi nunca coinciden dos Días Internacionales de la Hazaña en la misma semana. ¿Debería el equipo haber mostrado una fortaleza anímica que no exhibió? Sí, y me preocupa que mostrara tan escasa capacidad de reacción y sucumbiera al descontrol y la falta de concentración, porque esa endeblez anímica no es propia del Real Madrid. ¿Pienso ensañarme contra ellos por no haber podido rehacerse ante el golpe? No. Primero, porque soy del Real Madrid (todos lo somos, ya lo sé, sólo digo que a mí esta circunstancia me conduce a la solidaridad con los jugadores antes que a la diatriba, aunque respete a quienes optan por ésta). Segundo, no me ensaño porque hacerlo con quien ha sido víctima de una injusticia me resulta cruel (no digo que sea cruel quien lo haga, digo que a mí me lo resulta: no soy de quienes ante la vejación sufrida por el prójimo escudriña para averiguar si el prójimo se ha resistido lo suficiente, lo siento, no es mi naturaleza).

Creo que a veces deberíamos recordarnos a nosotros mismos por qué estamos en esto del madridismo. Sólo hay una respuesta posible, la que ha inspirado a los poetas y desencadenado las carcajadas impías de los escépticos. Estamos en esto por amor. Precisa y exactamente, por el que acaso sea el único amor verdaderamente platónico que hay en este mundo: el amor por un equipo de fútbol, equipo que sólo puede ser el Real Madrid. “Ama y haz lo que quieras”, reza la célebre cita de San Agustín. En lo que al Madrid respecta, y con todo el respeto por quienes lo ven de otra forma, yo tengo muy claro qué es lo primero en la ejecución de la segunda parte del mandato.

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