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La Galerna de los Faerna
Algunos hombres buenos

Algunos hombres buenos

Escrito por: Nacho Faerna24 septiembre, 2015

El domingo pasado, mis hermanos y yo nos reunimos en mi casa para ver la final del Eurobasket. El jueves había visto la semifinal contra Francia solo, con el volumen de la tele al mínimo y sin poder berrear como acostumbro porque mi pareja tenía que madrugar mucho al día siguiente y se había ido pronto a la cama. La final contra Lituania careció –afortunadamente– de historia, pero la semifinal fue un partido de baloncesto inolvidable, uno de los más emocionantes que yo haya podido presenciar. Empezó mal, y no me refiero al arranque poderoso de Diaw y los suyos, que las metían todas y desde cualquier sitio, como si aquello fuera el anuncio de plátanos de Canarias. No, empezó con veintitantos mil gabachos cantando a voz en grito eso de le jour de gloire est arrivé. En esa misma estrofa de La Marsellesa nos preguntaban que si oíamos el bramido de los feroces soldados. Vaya si lo oíamos. Y lo único que teníamos para responderles era nuestro lalalá acompañando las notas de la Marcha de Granaderos. Dirán ustedes lo que quieran, pero un país cuyo Himno Nacional comparte “letra” con su mayor éxito en Eurovisión no puede pretender impresionar a ningún adversario. Creo que hasta el más patriota de los españoles estará conmigo en que en ese apartado nuestros vecinos transpirenaicos juegan siempre con ventaja. Luego, ya les dimos lo suyo.

De patriotismo quería yo hablar, precisamente, a sabiendas de que me meto en un charco del que inevitablemente saldré escaldado, porque la cosa está que arde. Pero me defenderé a mí mismo, como Vin Diesel a las órdenes de Sidney Lumet. Y comenzaré recordando a los miembros del jurado que acabo de reconocer que viví intensamente, al borde de las lágrimas aunque en forzado silencio, la clasificación de España para la final del Eurobasket. Conste en acta también –como Número Uno y Número Dos podrán atestiguar– que en aquel impetuoso y homérico 12 a 1 contra Malta mi yo de diecisiete años acabó convulsionando en el suelo del cuarto de estar como la dulce Regan hisopeada por el padre Karras. Solicito asimismo permiso al tribunal para que acepte como prueba la siguiente confesión: me siento absurdamente orgulloso de haber nacido en las mismas coordenadas geográfico-temporales que Rafa Nadal. Y sí, qué demonios, me alegro de que Carolina Marín esté dando a las chinas sopas con hondas y tallarines en ese civilizadísimo juego que es el bádminton, que durante un tiempo intenté practicar sin éxito porque mis tobillos de cristal se empeñaban en luxarse cada dos por tres.

Ahora es el turno del ministerio fiscal. Su Señoría le cede la palabra.

¿No es cierto que el acusado hizo todo lo posible por librarse de la mili y que además lo consiguió? ¿Niega que, a pesar de no seguir especialmente el campeonato de Moto GP, celebra cada victoria de Valentino Rossi sobre cualquiera de los laureados pilotos españoles? ¿Acaso no sonríe cuando se entera en el telediario de cada nuevo contratiempo que sufre Fernando Alonso? ¿Dónde estaba el día que La Roja tomó Madrid para celebrar el Mundial de Sudáfrica?

Con la venia, Señoría… Seré breve. Es cierto, no he jurado bandera porque me las arreglé para disfrutar de un excedente de cupo que no me correspondía, no puedo negar mi debilidad por Il Dottore, es verdad que Alonso me cae gordísimo, y el día del desfile triunfal de La Roja por las calles de la capital estuve desafiando a las vuvuzelas en un concierto de la fabulosa Melody Gardot en los Jardines de Sabatini.

¿Cómo se declara entonces el acusado?

Not guilty, Su Señoría.

¡Explíquese!

Con mucho gusto… Ahora que tanto se habla de él, yo reclamo mi derecho a decidir en qué circunstancias y al lado de qué personajes sentirme patriota. Toc-toc, ¿quién es? Gasol. ¡Abre la muralla! Toc-toc, ¿quién es? ¿Alonso? Cierra la muralla… ¡¿Pepe Reina con un micrófono?! Cierra la muralla, quita la pasarela y que se lo merienden los cocodrilos del foso.

¿Dónde dice que uno tenga la obligación de disfrutar de los éxitos de todos aquellos con los que comparte pasaporte? ¿Y dónde dice que no pueda disfrutar de los éxitos de algunos por el mero hecho de compartir con ellos pasaporte?

Banderas

A mí el destino de los combinados nacionales (no puedo evitar pensar en un carajillo siempre que oigo esa estúpida expresión a un periodista deportivo) suelen importarme más o menos en función del número de madridistas que formen en sus filas. Mi verdadera patria delimita al norte con la calle Rafael Salgado, al sur con Concha Espina, al este con Padre Damián y al oeste con la Castellana. Tiene algo más de 7.000 metros cuadrados de superficie y es tan verde como lo fuera el valle del pequeño Huw Morgan. Un ejército de 23 soldados basta para defenderla de sus innumerables enemigos.

A veces, porque a mí me da la gana y sin necesitar justificarlo, mi corazón late más deprisa cuando determinados jugadores que no tienen la suerte de lucir la blanca y radiante defienden los colores de la selección, sea la de fútbol, la de baloncesto o la de natación sincronizada. Gasol es uno de los nuestros, aunque sea culé, ya lo ha dicho en estas páginas Mario De Las Heras. ¿Por qué? Porque el derecho a decidir nos asiste.

Este fin de semana entregaron al director, guionista y productor de cine Fernando Trueba el Premio Nacional de Cinematografía. En su discurso de aceptación, Trueba dijo, con evidente afán provocador, que no se había sentido español ni cinco minutos en toda su vida, que era una pena que ganáramos la Guerra de Independencia a los franceses y que siempre iba con el contrario cuando La Roja jugaba unos Mundiales. Le han llovido piedras, que diría su colega Ken Loach. Y, cómo no, muchos le han pedido que devuelva el premio, que está dotado con 30.000 €, y ya de paso todas las subvenciones que han recibido sus películas. El Óscar no, ése creo que lo puede conservar.

Independientemente de cómo les caiga el personaje, compartan o no con él sus opiniones e ideas, el Premio Nacional de Cinematografía se le concede por su contribución a la susodicha y no recuerdo que nadie protestara cuando se comunicó la noticia. Tanto para ameritar el premio como para recibir subvenciones, uno de los requisitos es ser español, pero no creo que en ninguna parte ponga que además de serlo haya que sentirse español. Ya que hablamos de subvenciones, la industria automovilística recibe cuantiosas ayudas gubernamentales y que se sepa no se le pide a Peugeot ni a Ford ninguna acreditación sentimental al respecto. Lo que tienen que hacer, espero, es pagar sus impuestos aquí, como también espero, hacen el señor Trueba y su productora.

Los sentimientos de la gente son cosa suya (de la gente, no de usted). Las japonesas que se van a vivir al Sacromonte o a Triana y dedican su vida a bailar flamenco seguro que se sienten sacromonteñas y trianeras como la que más. No por eso les vamos a dar el pasaporte, claro. Son japonesas, pero lo que se sientan es cosa suya. Yo acabo de decir que mi única patria es el Bernabéu, y no es cierto. No es la única. Tengo en mi casa una bandera, y no es la del Real Madrid. Tampoco la rojigualda. Es la de Mompracem. No sólo ondea en mi despacho, además la he bordado en la bolsa que llevo todos los días al trabajo. El tigre de la Malasia también es uno de los nuestros. De los míos, al menos. ¿Por qué? Porque, ya lo dijo el poeta, la patria es la infancia, y la mía transcurrió entre patios de colegio, plazoletas de tierra y libros de Salgari.

Lo verdaderamente preocupante es que algunos se empeñen en mezclar sentimientos, esencias, felicidad y gobiernos. Lo triste es que nos tiremos los diccionarios a la cabeza. Lo absurdo es que haya quien pretenda legislar los sentimientos. Yo soy español, pero no me considero mejor ni peor que nadie por el hecho de serlo. Hay españoles que me gustan y españoles que detesto. Pues claro. Faltaría más.

En la Guerra de Secesión americana, los regimientos del Norte reclutaban voluntarios con carteles solicitando a few good men para engrosar sus filas. También les ofrecían 500 dólares de recompensa. En ninguna parte mencionaban que debieran sentirse de ninguna manera especial. Sólo que fueran eso, buenos. Porque los nuestros son siempre los buenos.

Número Tres

Nacho Faerna, el tercero de los Faerna, es guionista y novelista. O sea, que le pagan por mentir, pero tuitea gratis en @nachofaerna y @galernafaerna. Se toma muy en serio sus placeres. El Madrid es uno de ellos.

7 comentarios en: Algunos hombres buenos

  1. Estoy muy de acuerdo con casi todo lo que dices, salvo en lo de Trueba. Es cierto q no nos obligan a sentirnos españoles para causar los derechos q se deriven de ello. Pero tampoco nos obligan a confesarlo y sin embargo el tío nos contó algo q a nadie le importaba ni le preocupaba lo más mínimo.
    Yo que soy muy mal pensado tengo claro que buscaba algo con esa confesión y no precisamente que los españolitos de a pie supiéramos la losa tan pesada que lleva este pobre hombre porque su madre tuvo a bien o a mal parir aquí.
    Saludos