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Adiós a las armas

Adiós a las armas

Escrito por: Antonio Valderrama27 noviembre, 2015
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El 0-4 del pasado Clásico arroja una certeza dolorosa: el Madrid no está a la altura. Quizá es hora de replantearse algo. El fútbol, a pesar de todo, es de una sencillez extraordinaria: casi siempre gana el mejor. Y ser el mejor en el campo no siempre es una cuestión de ordenamiento estructural. De tener los mejores directores deportivos, la mejor política de fichajes, o de saber gestionar muy bien la lista de bajas. Pero otras veces, sí. En este caso, en concreto, ocurre exactamente esto.

Desde el derrumbe del equipo que ganó la Liga número 31, con Schuster, el Madrid lleva buscando la pócima de Fierabrás que le permita de una vez por todas aherrojar al demonio azulgrana y descabezarlo para siempre. Sólo ha conseguido algunas victorias parciales. Dos finales de Copa, intensísimas en lo emocional, pero secundarias en el relato de la Historia; una Liga incontestable y una Copa de Europa. En ese período, la Némesis barcelonista ha ganado tres Copas de Europa; cinco Ligas y tres Copas del Rey. Sin contar las victorias y las derrotas en los enfrentamientos directos entre ambos equipos, el balance es devastador: cuatro trofeos madridistas frente a once del contrario.

Abundando en la lógica que apuntaba un artículo publicado en Politikon, justo tras el partido, esta situación deportiva es producto de una paradoja institucional. El Madrid y el Barcelona, en términos organizativos, son incomparables. Al menos, en la actualidad. Los últimos dos presidentes del club catalán están envueltos en procesos judiciales abiertos; las cuentas de la entidad se han movido en procelosas aguas oscuras durante los últimos tiempos. Ha habido crisis, sólo cosida momentáneamente por el indiscutible éxito deportivo. En el Madrid ocurre lo contrario.

El club goza de una lozana salud financiera. Corporativamente, es un modelo: sigue generando ingresos a punta de pala, y sigue avanzando por la senda de la expansión comercial y mercadotécnica alrededor del mundo. Su supervivencia y, más que eso, su competitividad económica a medio plazo, en un mar donde nadan tiburones dubaitíes, marrajos qataríes y orcas rusas, está garantizada. Sin embargo, el equipo está lejos de ocupar el primer puesto de la élite futbolística internacional.

Quizá la posición de liderazgo indiscutible de que goza Florentino en el Madrid le ha llevado a intervenir directamente en el proceso de decisión deportiva; quizá la inestabilidad institucional barcelonista ha propiciado un status quo deportivo en el que hombres fuertes de la parcela deciden con mucha más independencia respecto de sus jerarcas directivos. Esto, no obstante, influye poco en otra de las claves del asunto: la competitividad de la plantilla. Hay ejemplos sobrados, a lo largo de estos últimos años, de la ciclotímica naturaleza de unos jugadores cuyo talento es inagotable pero, a la vez, cautivo de una inteligencia competitiva comparativamente menor que la de sus rivales.

La trayectoria vital del grupo que llegó en 2009 está agotada. Las revoluciones son fútiles, tan espectaculares como inútiles. Sin embargo, el grueso del vestuario actual del Real Madrid muestra síntomas evidentes de desgaste. Individualmente, se impone el análisis: qué piezas pueden seguir siendo válidas, y cuáles, por su carácter simbólico, han de ser cambiadas irremediablemente. Los vicios adquiridos durante todo un lustro por Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Marcelo, Karim Benzema o Pepe, por citar a los más veteranos, no tienen un arreglo sencillo. No han aprendido de las debacles: han estado en dos ocasiones (2012 y 2014) en situaciones de privilegio. Tras la Liga de Mourinho y el doblete con Ancelotti, el vestuario del Madrid tuvo absolutamente todos los elementos a favor para iniciar una dinastía hegemónica. No lo hicieron. Cayeron en la molicie. En ese tiempo, han sido entrenados por 3 de los 5 entrenadores más exitosos de la última década en europa. Ninguno de ellos ha conseguido implementar una ética de trabajo, de esfuerzo continuado, y de triunfos prolongados a lo largo del tiempo. Los problemas estructurales antes enunciados, a la hora de tomar las decisiones, no han hecho sino agravar el problema de fondo: el vestuario no está a la altura, ni volverá a estarlo si sus caudillos siguen siendo los mismos que llevan perdiendo toda una vida.

hemingway

Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio