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A vueltas con Gareth Bale

A vueltas con Gareth Bale

Escrito por: Federico Garcia "Lurker"23 marzo, 2019
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Un asunto recurrente en foros y mentideros es el “caso Bale”. “Lo de Bale” es materia que se ha usado y se usa, casi nunca inocentemente, para embestir contra el Real Madrid por uno u otro flanco, y que ingieren con agrado tanto los acosadores del exterior como los incautos del interior. Desde su legendaria hernia hasta su desconocimiento del español, de su indolencia a su propensión a las lesiones, todo se ha repetido tantas veces que acaba dando igual que sea cierto o falso: ya apenas se cuestiona.

En esta galerna no faltan colaboradores que han empeñado su talento y su esfuerzo en la ingrata tarea de contrarrestar la insistente propaganda enemiga. Así, sin pensar mucho (ni poco) me vienen a la cabeza algunos artículos de John Falstaff, de Fred Gwynne y de Julia Pagano; recientemente, el propio Jesús Bengoechea le dedicó un vídeo. Entre todos ellos destaca, a mi juicio, José Luis S. Ortiz, que ha aportado al debate incontables cifras, sólidos argumentos, lúcidas comparaciones, y ha defendido la causa de Bale (que es la del Real Madrid) con un tesón comparable al de Guzmán el Bueno en el sitio de Tarifa.

Desconozco si con éxito o sin él. Las razones que aduce son tan claras y están expuestas con tal nitidez que cuesta pensar que no consigan convertir a miles de infieles, pero tanto si lo logran como si no, lo esencial es que una causa noble merece ser defendida con ahínco, y con tanto más coraje cuanto más lejano se vea el triunfo de la empresa.

Hoy acudo yo al relevo en la batalla, si no con tantos recursos, sí al menos con tanta convicción como él.

Dos motivos de peso me empujan a ocupar este puesto en la trinchera. El primero es la fe que tengo en lo que mis ojos han visto, que no es diferente de lo que han percibido millones de ojos en millones de otras caras, que en algunos casos usan gafas de graduaciones dudosas. El segundo motivo es conyugal: mi mujer es devota de Gareth, con una pasión digna de una procesión de Semana Santa. A ella no le gusta el fútbol, ni entiende la regla del fuera de juego, ni falta que le hace, en lo que acaso muestra su superior inteligencia; pero de ninguna manera consiente que se cuestione a Bale; Bale no se toca.

Así que aquí estoy. Decidido a defender esta posición sin esperanza ni miedo, con la confianza serena que da el saberse en el lado de los buenos.

Comparto con Falstaff el gusto por las piernas de Irina y los buenos güisquis, la preferencia por las personas antipáticas frente a los de sociabilidad fácil, y la ignorancia en asuntos de fútbol, que tanto redunda en el goce infantil y puro del espectáculo, ajeno a discursos tácticos y estratégicos, estadísticas, porcentajes y ecuaciones. Por eso, no tengo ni idea de si la incidencia de Bale en el juego del equipo es un 13’7% superior a la media geométrica de la que tienen los delanteros en general o un 7’8% inferior a su media armónica, ni si su ocupación de los espacios (que no se qué cosa sea, pero suena convincentemente a Física o a Cosmología) está gravitacionalmente descompensada hacia una zona del campo o hacia otra. Pero sí sé lo que  he visto con estos ojos que se comerá la tierra: unas carreras vertiginosas (la que envenena las pesadillas de Bartra es tan célebre que corremos el riesgo de olvidar que hay otras), centros con tiralíneas (lástima que Karius parase el remate posterior de Benzema, por poner uno), latigazos que rompen puertas y cierran bocas (¿hace falta señalar alguno?), y unos goles tan bellos como importantes: en Lisboa y en Kiev, al Manchester City o al sursum corda.

Mi alergia a los datos porcentuales me inhabilita para un estudio cuantitativo comparado del tiempo que pasa lesionado Bale con el que pierden otros jugadores por la misma causa. Pero no me impide ver que la mayoría de esas lesiones no han sido provocadas por una debilidad estructural del galés, sino por unas patadas tremebundas, no siempre sancionadas como merecen. Acusar a Bale de propensión a las lesiones es como criticar a Ortega Lara por no estar bronceado el 2 de julio del 97.

No consta que hable español. De ello se quejan conspicuos periodistas que más valdría que no hablaran en ninguna lengua. Yo no sé si Gareth conoce o no la lengua española, si su inglés es correcto o defectuoso, ni si cuenta chistes verdes con chispa o sin ella. Para lo que yo lo quiero, tan bien me vale locuaz como mudo, y aun mejor si no abre la boca. Tanto más cuanto que quizá sea piadoso no hacer comentarios de la oratoria de Messi, Cristiano, Neymar o Ramos (por citar cuatro ejemplos destacados de futbolistas).

Es casi unánime la recomendación: vender, aunque el club pierda dinero en la operación (no olvidemos que costó un pastizal inmoral, como fue denunciado por cientos de almas pías, escandalizadas por ese derroche contrario a la ética; la hemeroteca no me deja mentir). Deshacerse de Bale como se desprende uno de las acciones de una compañía en quiebra. Avalan esa decisión genios de las finanzas y del deporte apellidados Carreño, Lama, Castaño, Brotons y otros. Amantes del Real Madrid, preocupados por la gestión de su patrimonio. Ante eso, no puedo menos que recordar al perro del Nilo, que se obstinaba en no seguir el consejo del cocodrilo.

Parece ser que unas semanas atrás cometió una falta imperdonable: le hizo un corte de mangas a la afición colchonera, que le vitoreaba, rendida a la belleza de su juego y a la precisión del remate que cerró el marcador. No alcanzo a imaginar nada más abyecto. Alguien que tose en pleno concierto en el Musikverein de Viena, un rufián que planta un pino en el centro de un salón de Versalles, un hermano lego que suelta un cuesco en el claustro de un monasterio cisterciense durante el rezo de laudes, un teléfono móvil que suena en el aula magna durante la ceremonia de nombramiento de un doctor honoris causa, un visitante que eructa en un monasterio taoísta, donde se puede oír el sonido de los pétalos de los cerezos al caer; todas esas imágenes acuden a mí, pero no llegan a describir la ignominia del gesto del galés. Suerte que ya no se asienta el estadio atlético junto al río Manzanares, al que bien pudieron (¿debieron?) arrojar al forajido Gareth Bale. Más le valdría tomar ejemplo de Suárez, Piqué o Messi, cuyo comportamiento nunca ha merecido reproche alguno. Como es sabido, el señor Tebas reclama una sanción para el jugador del Real Madrid, pero no se sabe que haya hecho otro tanto contra los anteriormente citados ni contra otros que podríamos citar. ¿Doblevarismo? ¡No, hombre, no! Cómo va a ser eso, si el propio presidente de la liga se confiesa madridista.

Podría seguir disparando ráfagas desde la trinchera contra la insidia, la perfidia y la falsidia del mundo que ya denunciara el gran Muñoz Seca, pero han tocado fajina y me voy a cenar, que luego tengo imaginaria. Aquí dejo el mauser, por si alguien le quiere dar gusto al gatillo.

Iba a cerrar la parrafada cuando he caído en la cuenta de que todo lo escrito es elogioso para Gareth Bale, contra mi intención inicial, que comprendía una cierta crítica, que resumo a continuación. Yo le reprocho al jugador galés su aguante; en su lugar, yo habría liado el petate hace tiempo, le habría hecho un corte de mangas a toda la colección de semovientes que viven alrededor del fútbol, y me habría vuelto a Gales, a reírme del mundo (dicho lo cual, no saben cuánto le agradezco a Bale que no piense como yo).

Al señor Ortiz, que se ha molestado en recoger datos minuciosamente, compararlos con tino, catalogarlos con rigor y exponerlos con brillantez, a fin de que no quede un resquicio por el que pudiera atacar la parte contraria, que demuestra ser un madridista, es decir, un luchador bravo que abraza la causa de la verdad y no ceja aunque tenga que embestir contra gigantes o contra molinos, tengo que afearle un error de principiante. Y es que me temo que en este caso, la clave no reside en lo sólido de las razones de la defensa, sino en la ceguera y la estupidez de los miembros del jurado. Lo cual no tiene remedio; contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano, ya lo dijo Schiller (o quienquiera que lo dijera, no me irán ahora a cotejar la cita). Así que no se desgaste en balde, admirado señor Ortiz, que lo suyo (lo de ellos) no tiene cura.

Una vez acabado este alegato y releído, sentí que le faltaba contundencia, que la mera exposición de mis argumentos no bastaba para descalificar a los que se niegan a aceptar la evidencia de que Bale es un jugadorazo, pese a que lo tienen delante de sus narices y a que el señor Ortiz lo señala con toda precisión. Busqué un argumento de autoridad, alguien con más categoría que yo que dejara en evidencia su contumacia, y lo encontré, ¡vaya si lo encontré! Nada menos que Dios (un madridista no se conforma con un testigo de menos enjundia) denuncia su pertinacia, y lo hace por boca de uno de sus portavoces más prestigiosos: Jeremías. ¿No me creen? Lean, lean:

“Pueblo necio y sin juicio, que tiene ojos y no ve, tiene oídos y no oye” (Jr. 8, 21)

Palabra de Dios.

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