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Portanálisis: "Una mirada irónica sobre la prensa deportiva diaria"

40

Escrito por: La Galerna13 enero, 2017
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Buenos días, amigo. ¿Has reparado en la graciosa cadencia del gorjeo de los pajarillos que esta mañana engalanan tu cornisa? No dejes que escapen a tu consideración estos pequeños milagros de belleza cotidiana. Abre la persiana y deja que la luz del sol colme tu pieza, esa luz imbuida de un fulgor tan lleno de cotidianidad como de asombro. Con el alma henchida de una confianza que empieza a ser consuetudinaria, entra en el baño y ufanamente emprende tus tareas de aseo matutino canturreando esta canción. Has debido de soñar con ella y tu subconsiente parece dulcemente atrapado entre sus acordes, sin que su título (40) tenga nada que ver con esta simpática fijación.

How long to sing this song...

How long to sing this song...

¿Cuántas veces más la cantarás, querido amigo? El mismísimo Nacho Faerna te sugería el otro día la atractiva hipótesis según la cual no es descartable que no cesemos jamás de entonarla, aunque cada vez haya que cambiarle el título. 41, 42... ¿Qué importa el título si puedes soñar con seguir ensayando su melodía inagotable? ¿Qué importa el título (¿43?, ¿44?) cuando el agua caliente de la ducha ya tonifica un cuerpo en cuyo contorno aún destaca, como señuelo del sueño más apacible, una muy considerable erección? "40 centímetros", musitas antes de prorrumpir en una carcajada feliz ante su propia ingenuidad. Los que haga falta. Soy del Madrid.

Mientras te enjabonas las axilas, empero, sientes una punzada de lástima ante el recuerdo de tantos buenos amigos antimadridistas para quienes un amanecer tan pleno resultará hoy una utopía. Llegaron a acariciar, durante el segundo tiempo, con el 3-1, la idea de una remontada sevillista. Te lo repites, al tiempo que te enjabonas el pie derecho, como para paladearlo.

-Llegaron a acariciar, con el 3-1, la idea de...

No logras acabar la frase. Un nuevo acceso de risa floja (en crudo contraste con la reciedumbre de tu miembro) te lo impide. Prefieres pensar en el más modesto objetivo que sin duda se marcaron con el 3-2 de Ramos ("pasarán, pero perderán el récord") y en la visita a Canaletas o Neptuno que ya preparaban a cuenta de tan pírrica victoria. Ni por esas. Después de que Sergio se marcase un Panenka para humillar a los Biris, vino lo de Marcelo y Karim, con sendos y sucesivos taconazos de sus piernas malas para que el francés cortocircuitara las ilusiones de toda esa pobre gente con un prodigio.

-Pensaban que perdíamos el récord- te repites en voz alta, para enseguida añadir: -Y eso les hacía felices. Con eso se conformaban, las criaturas.

Ahora ya sí que el descojone te paraliza, dejándote con la espalda desnuda contra los azulejos de la ducha y las lágrimas de risa mezclándose con las gotas de agua hirviendo.

-Ay, madre, que no puedo...

Recomponte. Debes salir de la ducha, vestirte y acudir al trabajo. Recupera la compostura. A duras penas logras tragarte tus propios golpes de risa mientras, ya en el ascensor, desciendes hacia la calle para tomar rumbo a la oficina. De algún modo, sin embargo, debes borrar de tu rostro ese rictus de inmarcesible cachondeo. La gente es muy suya y puede sentarles mal. He aquí una idea: acude al quiosco, compra Sport y Mundo Deportivo y léelos en el metro. Tal vez de este modo logres aplacar la hilaridad que te ha hecho suyo.

Verdaderamente, la prensa catalana habla de asuntos de mucha más enjundia y seriedad que en efecto, como estaba previsto, reponen tu saber estar. Messi ha superado a Koeman como hacedor de goles de falta en la historia del Barça y el holandés le felicita. Vas en el metro leyendo las portadas del rinconcito y te lo repites, mascullando entre dientes:

-Messi ha superado a Koeman como hacedor de goles de falta en la historia del Barça y el holandés le felicita.

-No sabes cuánto me alegro.

Por un momento, creías que te habías respondido a ti mismo. Comprendes ahora tu error, provocado por la somnolencia mañanera. No eras tú contestándote a ti mismo, sino un cincuentón entrado en kilos que habla por el móvil en el asiento de al lado. Te parece una maravillosa coincidencia y otra vez, muy contra tu voluntad, rompes a reír de nuevo. Lloras de risa y tu cuerpo se agita, tratando de disimular el templeque propio del deshueve. La gente te mira pero qué le vas a hacer.

Cuando el metro llega a la estación de tu oficina, te pones de pie para abandonar el vagón. Menos mal que puedes desplegar tu ejemplar del diario de Godó, GRANDE de España, para bajar los brazos y con él tapar el bulto que todavía, a estas horas, amenaza con hacer estallar la cremallera de tu pantalón. Hay mañanas que no deberían finalizar jamás. Hay rachas que pueden (quién sabe, Nacho) no finalizar nunca. Y hay leyendas que se agigantan por minutos.

Morning glory.