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La noche de la úlcera

La noche de la úlcera

Escrito por: Jesús Bengoechea4 junio, 2020
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Hoy se cumplen 40 años de la histórica final de la Copa del Rey entre el Real Madrid y su filial el Castilla. Como bien sentencia en estas mismas páginas Luis Miguel Beneyto, directivo del club en aquel momento, el que un mismo club y su filial disputen la final de Copa de fútbol de cualquier país de la élite mundial del fútbol es algo inaudito, una hazaña que no se ha visto ni antes ni después, y que probablemente no vuelva a repetirse.

Echando la vista atrás, con la ayuda de la nunca bien ponderada hemeroteca virtual de los medios de comunicación conocidos, topamos con curiosos ejemplos de personas que, en aquel momento, manifestaron ciertas reticencias a reconocer la grandeza que para un club supone el logro de ese cuasi-imposible.

Pocos días después de la final, concretamente el día 7 de junio de 1980, Juan Cruz publicó en El País un artículo que el madridismo debería festejar casi tanto como el día mismo de la final. Juan Cruz es un reconocido barcelonista. Ser barcelonista no debería conducir necesariamente a escribir cosas como las que el paciente lector tendrá el asombro de leer ahora. Pero sucede que Juan Cruz las escribió. Sus palabras, resonando con un tañir lapidario cuarenta años después, son de tal forma la quintaesencia de la bilis que emite el antimadridismo ante las gestas blancas que propongo que dentro de tres días nos reunamos otra vez aquí para celebrar. El disgusto del rival ante el triunfo propio es tanto más celebrable cuanto más agónico sea, y no hay nada que no sea ético en solazarnos en ello cuando con toda seguridad, cuarenta años después, Juan Cruz ya se habrá recuperado de la úlcera que le produjo aquella final de Copa entre el Real Madrid y ni más ni menos que su filial.

Lean y gocen. Yo desapareceré durante unos minutos.

“Hipocresía nacional”

JUAN CRUZ

7 de junio de 1980

El partido Real Madrid-Castilla, en el que el primero de los dos equipos obtuvo la preciada Copa del Rey, fue un mal ejemplo para el país. Fue una batalla entre hermanos, en la cual los hermanos parecían padres e hijos sin problemas de generaciones: eran parientes que se amaban.

España no está acostumbrada a este tipo de espectáculos y la aparición de los mismos en la pequeña pantalla -los que van al césped se ahorran la aventura de ver el fútbol en la pequeña pantalla- crea traumas muy graves, de los que la comunidad nacional tarda mucho tiempo en recuperarse.

No es común, y eso deben saberlo los futbolistas antes de salir al campo, que los enemigos se saluden mientras se hallan en batalla. Cualquier amor no bendecido por la solidaridad en el objetivo es malo para el espectador, que ve en esos escarceos sentimentales la amenaza o la evidencia del tongo.

En el partido comentado hubo el propósito final de la victoria por parte de ambos conjuntos, pero se demostró demasiado que ambos estaban de acuerdo en que el éxito del contrario era un éxito propio.

Ver a Juanito, futbolista que se caracteriza por despreciar al contrincante, sobre todo cuando éste le supera, saludar con un aplauso al portero del Castilla, porque éste le ha vencido en la lucha librada por el delantero contra el guardameta, es un mal ejemplo para el espectador nacional.

El español no debe aplaudir en el terreno de juego, porque nunca lo hizo; los únicos parlamentarios de este país que se han congratulado mutuamente acerca de sus capacidades para usar la tribuna han sido Adolfo Suárez y Felipe González, pero eso ocurre porque ambos son los últimos ejemplares fósiles del consenso.

Juanito llegó tarde al ruedo de la política del fútbol nacional y cambió, sin quererlo, el drama del enfrentamiento fraterno por la bobalicona actitud del que aplaude al portero contrario cuando éste le vence. Este es un país de gente que llega tarde a los sitios. Juanito ha hecho lo que ve a su alrededor, lo cual es francamente plausible, porque para él, como para cualquier deportista que dependa de la afición y de la ficha, el medio es su mensaje.

La noche del pasado miércoles fue una desgracia nacional: al debate parlamentario que la semana anterior vieron los españoles le han puesto tirabuzones; el partido de fútbol final de la Copa del Rey, que debió haber sido un enfrentamiento entre el porvenir y el pasado, entre la veteranía y lo radical, se quedó en agua de borrajas, en una exhibición en la que el corte de mangas fue sustituido por el ditirambo. El centro -y en el fútbol no hay centro democrático, porque los que juegan en el centro del terreno son la verdadera izquierda del fútbol; la delantera es la derecha- ha dado un ejemplo de hipocresía nacional. Los equipos del centro han ofrecido un espectáculo de unanimidad que habrá epatado a las regiones restantes. Han asistido a una fiesta entre hermanos cuando en este país todos esperaban un enfrentamiento, cuando menos, entre primos hermanos.

Ha sido una jornada aciaga, como todas aquellas jornadas en las que Poldark perdía ante Warleggan, tan cómica y tan dramática como aquellas escenas en las que el flaco, que había hecho tan excepcional dribling a su onerosa fortuna, perdía tontamente ante la voluminosa y rotunda lógica despreciable del gordo. Stan Laurel vestía de azul y era el Castilla. El Madrid, como siempre, iba de blanco y gordo y se llevó la banca. El póquer no se hizo para los pequeños, Bogey”.

Qué les parece, queridos amigos. Diríase que en la utilización del título “Hipocresía nacional” se trasluce ya un cierto sentimiento de contrariedad que parece asentarse, sin que queramos pensar mal, en aseveraciones como que la final fue “un mal ejemplo para el país”. La sensación de desagrado se confirma con el uso del sintagma “desgracia nacional” para hacer alusión al partido. Si entendemos bien las razones por las que Cruz tiene en tan baja estima lo sucedido el 4 de junio de 1980, estas se cifran en el hecho de que por ejemplo Pineda no partiese una pierna a Juanito y sobre todo (esto parece obsesionar al periodista canario) en el hecho de que el propio Juanito —por quien Cruz no parece profesar gran estima, aunque fueran tocayos, pero no me hagan caso— aplaudiera en un buen lance al portero del Castilla.

Cruz parece culpar a ese aplauso de cosas muy serias. Ese aplauso no le parece edificante a Cruz, quien en hermosa hipérbole atribuye a ese gesto y otros la posibilidad de provocar “traumas muy graves, de los que la comunidad nacional tarda mucho tiempo en recuperarse”. Se cree el traumado que todos son de su condición es nuevo refrán que no rima, pero que se ajusta como anillo al dedo a esta improvisada exégesis de tan bello texto biliar (el subgénero biliar asciende a género cuando el Real Madrid anda por medio).

En los saludos entre jugadores de uno y otro equipo (pero del mismo club) ve Cruz “escarceos sentimentales” ante los que el espectador (o sea, el propio Cruz) intuye “la amenaza o la evidencia del tongo”. Bien es verdad que a renglón seguido aclara que hubo “por parte de los dos equipos el propósito final de la victoria”, pero de momento ya está puesta en circulación la palabra “tongo”, que el lector no podrá ya borrar de su ser como se hace en las películas con los testimonios de los juicios. Qué culé es esto de arrojar la piedra y esconder la mano, pero si ello va acompañado de la acusación de “hipocresía” para otros entonces ya la cosa es de matrícula de culerío, una matrícula que a buen seguro Juan Cruz aceptará orgulloso incluso hoy, cuarenta años después.

Alguien se preguntará qué sentido tiene sacar esto ahora, cuatro décadas, ocho lustros más tarde, cuando quizá el propio Cruz decida que este no es definitivamente su mejor artículo y hasta él se avergüence un poco de este ataque de hooliganismo feroz pero inofensivo. El interés de este ejercicio es puramente histórico, pero no desdeñable: se trata de constatar hasta qué punto viene de lejos no ya el antimadridismo (que se remonta a mucho más allá de cuatro décadas) sino ese afán por revestir dicho antimadridismo con capas y capas de esa ética de todo a cien que ya en el inicio del ochentismo hacía furor en la piel de toro a la par con Íñigo, Maritrini y Pino D’Angio.

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