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1-3: Baile y a comisaría

1-3: Baile y a comisaría

Escrito por: Quillo Barrios14 agosto, 2017
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Tenía previsto empezar la crónica con la encerrona de Adidas en su empeño por hacernos jugar de azul turquesa en el estadio en el que mejor luce el blanco -con permiso del Bernabéu-, pero es imposible no enfocar este texto en la histórica -sí, histórica- labor arbitral de De Burgos Bengoetxea en el Camp Nou. Hemos asistido a uno de los mayores atracos de los últimos años. Penalti inventado sobre Luis Suárez, que debió ver dos amarillas en la segunda parte, y expulsión a Cristiano Ronaldo por una acción en la que sólo el colegiado vislumbró un piscinazo. En un área, pena máxima, en la contraria, camino de vestuarios. Precisamente cuando era todo al revés.

Ya se notó, al filo de la primera media hora, que el Clásico le quedaba grande al colegiado. Empezó a mostrar amarillas como si le dieran comisión por ello. Cada roce, cada suspiro, era castigado con tarjeta. Especialmente molesto fue ver cómo protegía a Messi ante cada envite. Soplar al argentino es sinónimo de falta. Y si acompañas el gesto con contacto, amarilla. Es intocable, no así Busquets, cuya libertad para cometer infracciones roza lo surrealista. En el Camp Nou había dos equipos con reglas diferentes pese a estar practicando el mismo deporte. Lo mejor, lo que no esperaba Bengoetxea, es que el Real Madrid se sobrepuso y bailó, incluso con diez, a su eterno rival antes de ir a comisaría.

Isco y Kovacic intuyeron la grandeza de la noche en los espacios que dejaba el Barcelona entre sus líneas. El croata se doctoró con un partido apoteósico. "Nos ha dado la vida", resumió Sergio Ramos cuando le preguntaron por su compañero. No sólo secó a Messi, sino que, con el balón en los pies, demostró una personalidad arrolladora. Ya no es el heredero de Luka Modric. Tampoco estamos diciendo que sea mejor que su compatriota. Kovacic es, simplemente, una incontestable realidad. Como Isco, al que algunos querían etiquetar como revulsivo cuando ya es uno de los cinco mejores jugadores del mundo. El recital de regates, pases, controles y acciones que dejó en el Camp Nou será difícil de olvidar.

Se adelantó el Real Madrid con un gol en propia puerta de Piqué minutos después de que Neymar hiciera el suyo en Francia. Uno marcó para el equipo al que más odia y el otro lo hizo con la elástica del PSG y el tweet de "se queda" en la memoria. El verano comprimido en una noche. A Piqué le empieza a perseguir el karma y él no parece tener velocidad suficiente como para esquivarlo. De hecho, fue incapaz de superar el palo del autogol. Su segunda mitad resultó dantesca. Pocos tweets escribirá sobre ella. Y pocos, también, sobre el árbitro, que ayudó lo que pudo y más para intentar evitar el desastre.

Luis Suárez no vio amarilla por hacer lo mismo que Van Persie. Notó el uruguayo que había barra libre y se tiró encima de ella cuando Keylor Navas salió a tapar el hueco. Bengoetxea señaló los once metros con presteza y alivio. Al fin podía meter al Barcelona en el partido. Messi marcó, pero esta vez no hubo celebración extravagante. El rosarino, en el fondo, sabía que la noche no pintaba bien pese al empujón del de siempre. El Real Madrid, quizá acostumbrado al atraco cada vez que pisa ese estadio, decidió no amedrentarse y fue a por un Barcelona tibio y predecible. Entraron Cristiano y Asensio para darle al equipo lo que no supieron Benzema y Bale.

Luis Suárez no vio amarilla por hacer lo mismo que Van Persie

El portugués encaró a Piqué, mandó su cadera a una mesa de póker y envió el balón a la escuadra con Ter Stegen mirando como el que sabe que nunca podrá bajar la luna. Cristiano se quitó la camiseta y se la enseñó al Camp Nou. Ahí tenía Messi su replica. No era en un Clásico liguero que no cambiaba nada, era en una final. Minutos después, el 'siete' cayó en una pugna con Umtiti y vio la segunda amarilla porque el colegiado entendió que con lo de Suárez no era suficiente. Explotó el madridismo y se llenó de ira el propio Madrid, que se juró a sí mismo que no iba a dejar escapar la victoria. Y así fue. Asensio, en un contragolpe delicioso, hizo claudicar al cuartofinalista de la última Champions League con un zapatazo que entró como el primer amor. 1-3 y silencio sepulcral en muchos rincones de la Real Federación Española de Fútbol.

Lo intentó el Barcelona, lo intentó el árbitro, lo intentaron los estamentos, pero el Real Madrid bailó sobre la tumba y lo celebró en comisaría. A rematarlo en el Bernabéu.