Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
Zidane, Benzema y la rareza

Zidane, Benzema y la rareza

Escrito por: Mario De Las Heras30 abril, 2017
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

 

Llego al partido en el minuto quince y me dicen que apenas ha sucedido nada. Un palo de Mina como susto y un amago de Marcelo de fantasía. Ruido del Valencia, que siempre frente al Madrid hace estallar los petardos. La tarde es lluviosa, como vietnamita. Si vamos a suponer que el vietcong son los malos, el Valencia está escondido en esa selva húmeda mientras el Madrid aguanta la lluvia bajo sus impermeables blancos. Pero no es Vietnam sino el Bernabéu. Es casa, California, Arkansas, Nueva York, y algunos inquilinos gritan: "¡Yanquiii, yanquiii!". La tensión es constante. La realización sibilina muestra a Isco. Nada se mueve. Oigo a Raúl decir: "bueno", para animarse. Y luego otra vez: "bueno". Y otra vez y otra. Es otra gota más: la de la tortura. Menos mal que hoy está James. Del quince al veinte sólo está él. Valdano y Raúl parecen rezar el rosario juntos pero no precisamente para que gane el Madrid pues ahora ejercen de periodistas neutrales. La tercera vía del madridismo. Una neutralidad pasmosa.

James ha lanzado una falta con su pie izquierdo y el balón parece Superman volando alrededor de la tierra para salvar a Lois Lane. Está James enredando entre medias, pero eso no sería posible sin la presencia de Marcelo y de Carvajal, que ejercen de escálamos. Este Madrid rema, pero no podrían sostenerse los remos sin esos laterales clavados a la banda, esos laterales que echan jugadores por la borda mientras Cristiano los pasa por la quilla. Por debajo del salto del portugués hay tiburones y allí el valencianismo es devorado. El Madrid va rápido. El Valencia hace faltas. Luego sólo hablan de las de Casemiro, por supuesto. Como antaño de las de Pepe, ese asesino para el que se ofreció recompensa pública. Casi todo el mundo se creyó aquel bulo convenientemente condimentado del central madridista. Y los habrá que se creerán el bulo de Casemiro para el que no faltarán especias, incluso autóctonas. De la tierra.

Entre Marcelo y Carvajal el partido está suelto. Navega el Madrid pero por dentro los cachivaches se mueven de un lado a otro. Toni Lato tiene nombre de conserva de sopa de tomate que rueda sin control por el camarote, como Montoya. Valdano y Raúl no son comentaristas, son faltólogos, expertos en faltas. Las diseccionan como virtuosos. Pero nunca las que le hacen al Madrid. Quizá sea demasiado trabajo. El corte de pelo de Gil Manzano me resulta sospechoso, como para no tomármelo en serio. Quien no es sospechoso es Zidane, que no está del lado de la mayoría y eso es emocionante. Es emocionante ganar siguiendo tus convencimientos. Con tu rareza a cuestas. Qué bonita la rareza. Y cuánto sufrimiento conlleva.


Llega la amarilla de Casemiro, la amarilla de las amarillas de toda la vida última de Casemiro. Benzema también es raro, pero es una maravilla verle jugar con el balón como a Chaplin con el globo terrestre. A mí me encanta cuando habla el idioma que todos comprenden sin renunciar a su rareza. Casi lo consigue, pero su remate al palo sirve para la internada de Modric, cuando Gil Manzano pita un penalti por el que Valdano y Raúl guardan un respetuoso silencio. Lanza Cristiano y para Alves, ambos especialistas en el género. Luego Cristiano lleva consigo el ansia de batir al valencianista con varios disparos precipitados. El Madrid sigue saliendo. Por momentos el verdadero centro del campo es la banda de Marcelo, desde donde puede respirar y contraatacar el Madrid.

Sale al campo Asensio por James, que parece feliz. la defensa del Madrid se cierra como un cepo. Es una trampa para cazadores. La personalidad del joven Marco cada vez se siente antes. Sale Morata por Benzema e imagino que se retira a las profundidades del banquillo como se retiraría Baudelaire a las profundidades de su morada. Carvajal tiene un punto de lateral antiguo, como si jugara con cota de malla. Veo una patada al aire de Morata tras el robo de Casemiro y el pase de Cristiano. La frustración le vale instantes después una tarjeta amarilla que Raúl ve "totalmente clara". Sopla un viento malsano. Asensio pone un balón en el área tras el que Cristiano se golpea en el poste como una herradura en el juego de la herradura.

Llegan los idus de abril, que caen en trece, y de pronto Parejo marca la falta de su vida. Todo el madridismo, sabio, sapientísimo él, lo había predicho. ¿Y si fuera el fatalismo quien lo hubiera propiciado? Plutarco contó que un vidente advirtió a Julio César. Aquel día el emperador le dijo: "Los idus de marzo ya han llegado", a lo que el vidente respondió: "Sí, pero aún no han acabado". El Madrid no se acaba nunca, como decía Hemingway de París.

Quedaba Nacho para levantar el mazazo y el empuje de Carvajal y el brío de potrillo (imaginen cuando sea caballo) de Asensio. Era el preámbulo de la alegría de Marcelo, pesado y a la vez ligero, con su desborde inigualable hacia el interior, y la alegría del madridismo cuyo grito unánime debió de escucharse en lugares ignotos como Canaletas. Echaba chispas el Madrid y Madrid con el sombrero penúltimo de Marcelo, el farol de un artista. Y todavía Modric, el gran Modric, iba a contenerse en la recuperación, y Asensio con sus treinta años mentales. Imaginen cuando tenga cuarenta.