Las mejores firmas madridistas del planeta

Vidas ejemplares

Escrito por: Angel Faerna8 noviembre, 2015

Andaba yo en la duda de si escribir o no sobre Benzema, y a punto estaba de descartar la idea por la misma razón que al viejo Protágoras le daba pereza escribir sobre los dioses: “la vida es demasiado corta y el tema demasiado oscuro”. Oscuro y morboso, habría que añadir en este caso, lo que lo vuelve aún más inapropiado para el exigente paladar de La Galerna en general, de esta sección en particular y de la inmensa mayoría de ustedes, amigos lectores. Por lo demás, a las alturas del pasado viernes nuestros editores ya habían cumplido por dos veces (“Lo de Karim” y “Benzema y la confianza”) su desagradable misión de escarbar, con manos enguantadas y pinza en la nariz, en los primeros ecos del episodio entre la canallesca deportiva (dicho sea por esta vez con toda intención). Les hablo a ustedes desde ese remoto viernes, porque uno está muy ocupado y necesita dejar los deberes hechos por adelantado (vean, por cierto, cómo antepongo la devoción madridista a la obligación laboral), y estoy seguro de que en estos días los ecos habrán seguido rebotando entre “juntaletras amarillistas y sensacionalistas escupemicrófonos”, en la descripción —algo barroca para mi gusto— de nuestros sacrificados lectores de portadas; tan seguro como de que, como es norma en los ecos, repetirán ad nauseam lo ya dicho. Me disponía, pues, a buscar algo más elevado y menos redundante en lo que meditar desde esta selecta tribuna cuando reparo en que hoy (para mí sigue siendo el viernes pasado) El País ha echado su cuarto a espadas, o su leña al fuego, sobre el noticioso incidente. Digo “El País” porque, aunque se trata de un artículo firmado, no aparece en la sección de Deportes sino en la de Opinión, bajo un encabezado (“El Acento”) que viene a ser un apéndice algo más ligero de los sesudos editoriales del periódico y porque su firmante, Jesús Mota, funge precisamente de editorialista en nuestro primer diario nacional. La pieza en cuestión se titula Los paseos de Benzema por “el otro lado de la ley”, y su lectura es tan aleccionadora que me obliga a cambiar de planes. Hoy toca, pues, comentario de texto.

Empecemos, como no puede ser de otro modo, por la primera frase:

“Tal como lo han contado los medios, el caso Benzema (precisemos, el caso de un chantaje sexual al jugador francés Mathieu Valbuena) sucedió así”.

Sigue un sucinto resumen de los hechos del caso porque estamos en una sección seria del periódico más serio de España y al lector de Jesús Mota no hay que suponerle veleidades futboleras. Es lo que se llama un lector de cejas altas, tan altas como las mías al leer que “chantaje sexual” es una descripción “precisa” del asunto que tenemos entre manos. Parece que en esto El País no se separa un milímetro de los “juntaletras amarillistas etc.” que pusieron en circulación tal sintagma desde el primer momento. Uno siempre había pensado que un chantaje es sexual cuando es a cambio de sexo, y económico cuando es a cambio de dinero. Si resultara que es la índole del objeto que hace de prenda lo que sirve para tipificar el chantaje, y no la naturaleza de lo que se persigue con él, entonces tendríamos que quien amaga con quemarle la colección de sellos a su suegro para sacarle unos billetes estaría incurriendo en chantaje filatélico, o que el niño que amenaza a su hermana mayor con contar a papá y mamá que la ha pillado llegando a casa a cuatro patas sería reo de chantaje etílico. Despejado el equívoco, perdonen ahora lo obvio de la pregunta: ¿habría dado esta noticia la mitad de juego, y habría sido la mitad de verosímil, si se hubiera presentado a Benzema como sospechoso de participar en un vulgar “chantaje económico”? Ya lo avisaba Confucio, el primer paso en el camino de la sabiduría es la rectificación de los nombres, así que no puede decirse que el artículo empiece con buen pie.

Una vez emprendida la marcha en dirección equivocada, todo extravío es esperable. El editorialista parece optar a continuación por analizar el caso a la luz más favorable posible para el acusado:

“Demos por descontada la presunción de inocencia y aceptemos la fenomenología del asunto (amigo que convence a Benzema para que participe en un hecho delictivo); incluso demos por (indebidamente) sentada la buena fe”.

benzema con francia

Esto es un poco confuso. “Dar por descontado” suele significar lo mismo que “dar por sentado”, pero no aquí, porque entonces no podríamos aceptar como parte de la “fenomenología del asunto” el que Benzema haya participado en un hecho delictivo; a no ser, eso sí, que participar en un hecho delictivo haciéndolo de buena fe comporte inocencia. No sé de leyes, pero suena razonable. Sin embargo, sé de lógica y en ese caso ya no suena razonable ni el “incluso” ni el “indebidamente”. Si no partimos del supuesto de la buena fe, la fenomenología del asunto tal como queda descrita implica necesariamente que no cabe la presunción de inocencia, en cuyo caso “darla por descontada” querría decir más bien “no tenerla en cuenta”, que es otra posible acepción. En fin, que no es fácil saber cuál es la hipótesis que nos propone el texto. Sea cual fuere, al autor se pregunta acto seguido:

¿No causa escalofríos la historia de un jugador de fútbol, adulto, sobrado de dinero, experto en conducir (y estrellar) automóviles a más velocidad que Fernando Alonso, que se deja enredar como intermediario bienintencionado de un chantaje?”

Dado que el autor no ofrece respuesta a su propia pregunta debemos entender que es retórica, un recurso estilístico eficaz únicamente cuando podemos apostar el cuello a que el lector estará de acuerdo con nosotros. Yo no lo apostaría, no porque una historia de chantaje no pueda resultar escalofriante sino porque no se acierta a ver en qué contribuye al eventual escalofrío el que el protagonista sea un futbolista adulto, e irredento infractor de tráfico, en vez de, pongamos, un contable senil sin carnet de conducir. En cuanto a que se trate de un millonario, es un dato que aleja la historia del género de terror y la aproxima, si acaso, al del esperpento. A pesar de todo, el autor insiste enigmáticamente en que esto “confiere al asunto un matiz tenebroso”. Gracias a dios, el enigma se resuelve en el siguiente párrafo:

“Sea cual sea el papel de Benzema en este turbio asunto [...], el estudioso agradecería disponer de un examen psicológico completo del jugador. El sujeto muestra escasa resistencia a refrenar sus deseos [...] y no aprende de los correctivos sociales que se le aplican [...]. Esta ausencia de respuesta a los condicionantes sociales requiere una terapia drástica”.

Ahora sí captamos el subtexto, ahora sí sentimos el escalofrío, pero me temo que no es el mismo que el articulista buscaba inducir en nosotros, que en su día interpretamos el mensaje de La naranja mecánica de un modo ligeramente distinto. Es lo que tiene la hermenéutica, que nunca sabes si la dichosa fusión de horizontes te va a salir por la culata. Pero nuestro editorialista pasa sin solución de continuidad de estudioso a terapeuta (admiremos al menos su polivalencia) y extiende inmediatamente la receta:

“Lo correcto hubiera sido prohibir que el jugador se vista de corto mientras no demuestre que ha olvidado su neurosis con el velocímetro”.

Disculpemos la confusión entre el condicional y el subjuntivo y fijémonos en el non sequitur: ¿dejar al jugador en la grada por sus malos hábitos de conducción habría evitado que más tarde se dejara enredar en chantajes? O dicho de otra manera: ¿una vez curada su neurosis con el velocímetro habría sanado también de su predisposición al chantaje? ¿Sólo al económico o, llegado el caso, también al sexual? Echamos aquí en falta una fundamentación algo más elaborada de esta curiosa teoría monocausal sobre los instintos delictivos múltiples de Benzema.

El artículo concluye con una reconvención al Real Madrid y a Florentino Pérez por no haber “prestado demasiada atención al prontuario infractor de Karim, que es tan largo como el de John Dillinger aunque no sea tan destructivo”, y preguntándose —de nuevo retóricamente— si “se limitarán a canturrear el estribillo presunción de inocencia + dejar que la ley cumpla con su cometido”. Bueno, por fin encontramos un despropósito en el texto que, cuando menos, nos permite acabar con alguna idea que llevarnos a casa para repasar. El editorialista, arrastrado presumiblemente por la inercia de tener que bregar a diario con casos de políticos imputados en delitos, ha pensado que también los jugadores de fútbol están sometidos a la misma exigencia de ofrecer una imagen personal intachable, y por tanto de apartarse o ser apartados de sus funciones desde el instante en que alguna sospecha recae sobre ellos y hasta que su inocencia resplandezca de nuevo. Ha pensado, en suma, que no hay la menor diferencia entre ser una figura pública y tener una responsabilidad pública. No sé a ustedes, pero a mí me preocupa que un editorialista de El País no sea capaz de distinguir las dos cosas, y no tanto porque le lleve a juzgar a un futbolista como si fuera un político, lo cual no pasaría de risible si no fuera por el daño que hace, sino porque puede acabar llevándole a juzgar a los políticos como si fueran futbolistas, fenómeno este de la “espectacularización de la política” que está a la orden del día y del que los buenos periódicos deberían protegernos.

La responsabilidad pública descansa sobre la confianza ciudadana, y la confianza es algo mucho más frágil que la inocencia, la cual requiere de hechos judicialmente constatados para destruirse. Por eso, cuando un político invoca su derecho a la presunción de inocencia está canturreando el estribillo equivocado; pero cuando lo invoca un ciudadano, sea o no figura pública, lo que recita son los sacrosantos principios del Estado de derecho que a todo periodista, sea o no editorialista, deberían por lo menos sonarle. Y a todo esto, ¿por qué y desde cuándo tienen que ser precisamente los futbolistas ejemplos de santidad moral y cívica? Quiero decir, más que otras figuras igualmente públicas como los actores, los directores de cine, las modelos, los músicos de rock, novelistas, poetas y otras gentes de mal vivir entre los que siempre abundaron bebedores, suicidas, antisociales, perezosos, adictos al sexo, tipos de escasa higiene o con opiniones políticas francamente objetables, y hasta algún que otro mal conductor? Debe de tratarse de una costumbre reciente esta de educar a nuestros jóvenes usando el devocionario de las Vidas de Futbolistas Ilustres a modo de nuevo Diógenes Laercio, porque no logro recordar ninguna filípica de mi padre en la que salieran a relucir los nombres de Amancio, Di Stéfano o Gento. Sí recuerdo, en cambio, a grandes futbolistas díscolos, algunos tan grandes y tan díscolos como George Best, a quien sospecho que hoy algunos savonarolas le retirarían el Balón de Oro si no fuera porque el whisky se lo llevó definitivamente hace un par de años.

Por lo demás, como ciudadano pido que la justicia sea diligente y ecuánime con Benzema. Como madridista, espero que sea inocente para seguir disfrutando de su maravillosa inteligencia como delantero, que es la única que hay que “medirle” a la hora de alinearlo o no. Y como lector cada vez más residual de El País, exijo un poquito más de nivel.

Número 2

Ángel, el segundo de los Faerna, es profesor de universidad. Procura enseñar Filosofía sin hacer más daño del inevitable. Su especialidad, si acaso, es la epistemología y el pensamiento clásico norteamericano, extravagancia que compensa con una desmedida afición por los buenos arroces.

4 comentarios en: Vidas ejemplares

  1. No nos confundamos, cualquier artículo de El País sobre el Real Madrid está buscando minar la autonomía de Florentino Pérez. El grupo PRISA sigue añorando los buenos y felices viejos años en los que entraba y mangoneaba libremente por el Bernabeu. Que Benzema sea un fichaje, casi personal, de FP le hace un mecanismo aún más eficaz de ataque.

    En cuanto al artículo es el clásico, muy de la casa, finalista. La conclusión está redactada desde el principio; el autor solo tiene que buscar las premisas que le lleven, inexorablemente, a la conclusión predeterminada que no es otra que FP no tiene criterio y mantiene a un peligroso chico de "gueto" (eso no lo dirán nunca, es políticamente incorrecto) por sus caprichos presidencialistas.

    La forma de justificar esto se salta todas las reglas jurídicas de presunción de inocencia y del "in rubio pro reo", pero nada que desvíe de la conclusión ya escrita aparecerá en el artículo.

    Nada nuevo.