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Toni Kroos, apropiación cultural

Toni Kroos, apropiación cultural

Escrito por: Antonio Valderrama8 junio, 2017
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La mañana en que el Madrid anunció el fichaje de Toni Kroos, yo me estaba tomando una granizada de limón en una plazoleta de Conil. Me sobrecogió el anuncio, que tenía algo de pronunciamiento oficial de la NASA: Toni Kroos jugará en el Real Madrid las próximas X temporadas. Cuando supe el precio se me congeló el cielo de la boca: 25 millones de euros, como si estuviera de rebajas. Venía Kroos de ganar la Copa del mundo con Alemania y aunque dos meses antes había asistido impávido a la exhibición de Modric, Alonso y Di María en el Allianz, Kroos encarnaba aquella soleada mañana de julio lo puritito teutónico: lo implacable, la fuerza ciega que nace en las entrañas de Germania, lo inexorable. Dejé fantasear la mente entonces e imaginé un equipo autómata vestido con una bata blanca y manipulando superordenadores colosales con el único propósito de reducir el fútbol a un sistema lógico cerrado y predecible; un Madrid de Toni Kroos sometiendo el juego a unas pautas replicables y superiores a todo orden conocido. Han pasado tres años y la final de Cardiff frente a la Juventus es lo más cerca que he estado de contemplar la Ciudad de Dios en la tierra.

Kroos representa un afán de exactitud fascinante, que abruma al aficionado medio madridista, acostumbrado a la anarquía de los genios ácratas. Es la idea, sumamente atractiva y también alocada, de la perfectibilidad perenne del fútbol. Verlo es contemplar el mecanismo preciso de un reloj hecho a mano por un viejito encorvado en un taller de Ginebra. Sus giros de cada recuerdan a los de Xabi, así como sus cambios de orientación por control remoto. Uno de los puntales que sustentan la diferencia de este Madrid con el resto es la cantidad de jugadores que hay en su plantilla que pueden batir líneas con un pase diagonal de cuarenta metros, hacia la zona de proyección de laterales y delanteros caídos en banda.

Cuando Kroos juega bien da la impresión de ser un geómetra persa del siglo XIII, de estos que se pasaban el día adivinando el orden cósmico de los planetas y la noche bebiendo vino y escribiendo poesía. Es una mezcla de erudición balompédica en movimiento y la gracilidad de una procesión de mariscales a caballo: conduce la pelota muy erguido, sin doblar nunca la espalda, y uno espera ya que un día salga al campo vestido de húsar. Luego tiene el cancherismo típico de los del Bayern, el rugido de Effenberg. No se achica con nadie, al contrario, sin la melosidad dramática latina.

Recibe, la suelta, tiene el siguiente pase ya en la mente antes incluso de recibirla, en pasillo justo que dejan los delanteros adversarios cuando presionan alto. Por 25 millones de euros Guardiola perdió una computadora como no hay otra ahora mismo en el mundo, y seguramente hoy, si pudiera, pagaría 75 por llevárselo a su City. La sociedad que mantiene en el Madrud con Modric y Casemiro ha resultado ser devastadora: en el año y medio que llevan jugando los tres juntos, han ganado dos Copas de Europa perdiendo tan sólo dos partidos cuyo resultado parcial era irrelevante.

Kroos procesa todo el juego, todo lo que pasa entre las cuatro esquinas del campo; sin la potencia en arrancada de Modric ni su velocidad atómica, ejerce la jefatura del puesto de mando que ha cambiado la Historia del Madrid. En eso también se parece a Xabi: como el vasco, Kroos se acula en la trinchera del 5, se mete entre los centrales y despliega el mapa del partido moviendo a sus compañeros como un general las fichas de la batalla. Su fusta es un pie derecho prodigioso, al que se le notan horas y horas de futsal y toques contra la pared en la niñez, rasgo este inherente al fútbol moderno que ya reveló cómo inexorable la España todocampeona de Aragonés y del Bosque.

Kroos es el jefe del puesto de mando que ha cambiado la Historia del Madrid

Kroos traía consigo también ese halo de prestigio severo que da venir del Bayern. Un cierto aire de soldado de fortuna, de mercenario de lujo que quería probarse a sí mismo en lo único más grande que hay por encima del Bayern para volver una vez completado el desafío. No ha habido muchos intercambios entre las dos némesis. Suelen ser casos extraños, como si hubiera un recelo instintivo. El instinto animal competitivo es casi el mismo, por eso, y porque es buenísimo, Kroos empezó a jugar aquí como si llevara toda la vida. De pronto ya parecía un canterano, tuiteando y arengando en Instagram como si Europa le soplara en el cogote al casticismo madrileñista. Su adaptación climática al Bernabéu y al Universo Real ha sido total, y es probablemente el triunfo más logrado del evangelio universalizador del florentinismo. Ha desmentido el cliché del alemán frío y de naturaleza distante desde el principio, y la transfiguración fue completa cuando abandonó el Millennium Park levantando a la grada madridista con un ademán wagneriano que recordó a Juanito.

La Juve estaba de rodillas entre otras cosas gracias a él y a otro de sus partidos de aniquilación, partidos prusianos que emocionarían a Federico el Grande. Su impacto a nivel histórico en la trayectoria del Real puede compararse ya con el de Fernando Redondo: 2 Copas de Europa y ciclo hegemónico, aunque el que está viviendo Kroos aparente un recorrido incluso mayor, dada la juventud del equipo y los años que todavía le quedan a los próceres Ramos y Criztiano. Sólo Modric está por encima tanto de Redondo como de Kroos, pero que en tres temporadas de blanco el alemán lleve 2 orejonas, 2 Mundialitos y una Liga tiene pinta de promesa lujuriosa del futuro. Culturalmente, su fusión en un equipo que ya contaba además con Isco, Marcelo, Carvajal o Benzema ha desequilibrado la tiranía de Messi en España y en Europa. Le pasa que como pertenece al linaje Bayern y es siervo del rey Madrid, no parece que se vaya a conformar con lo conseguido hasta ahora.