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Soldaditos de plomo

Soldaditos de plomo

Escrito por: Mario De Las Heras4 julio, 2016
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Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque... no, perdón que me he equivocado de cuento. Quería decir que Íker Casillas era el yerno que todas las madres de España deseaban. Al mismo tiempo, era ver pasar por delante a Vicente del Bosque y sonreír con admiración mujeres, hombres y niños por igual. Casillas era el príncipe de todos los cuentos y Del Bosque el señor de todas las prudencias.

Sucedió que llegó al Real Madrid, el palacio del príncipe Íker, un hombre muy malo: el nuevo visir José Mourinho, quien, después de una temporada feliz, empezó a conspirar contra el bello príncipe. Estalló una cruenta guerra intramuros y al final los partidarios de San Íker, como también era conocido el heroico príncipe inmaculado de los cancerberos, no sin horribles dificultades, lograron expulsar al malvado Mourinho.jesus-reprende-al-diablo

El antiguo visir madridista, el marqués Del Bosque, señor de la sensatez y de la cordura, que en aquellos tiempos convulsos de la casa blanca (previos al derrocamiento del infame portugués), era el virrey de la casa roja, puso todas sus huestes al servicio del malhadado príncipe, gracias a lo cual el noble Íker de todos los Santos y de todas las Casillas pudo sobrellevar el terrible trance de verse apartado de sus posesiones, acogido con tratamiento de rey en el palacio de don Vicente.castilloEl príncipe Casillas volvió después a su apacible vida en el Real Madrid sin renunciar a los placeres con los que le obsequiaba su amigo, el poderoso marqués. Hubo justas y torneos, y a pesar de que no resultó vencedor frente a imponentes y renovados y jóvenes arqueros, siguió disfrutando de su posición de merecido privilegio. Pero ocurrió que otra vez la desgracia se abatió sobre el desafortunado (tan afortunado en otros tiempos) príncipe, y luego de una pérfida decisión del consejo del reino, aunque él compareció ante el pueblo para afirmar que había llegado el momento de conocer el mundo, como Siddharta, tuvo que marcharse no sin antes encontrar un bonito lugar frente al mar donde empezar de nuevo.

Sus súbditos lloraron con la despedida, pero a él aún le quedaba la protección de don Vicente y la influencia de su selección española para seguir siendo el príncipe de todos los Santos, de todas las Casillas, de todos los Muses y de todas las Filtraciones. Del Bosque primero le confió la defensa de sus predios, buena parte de los cuales se perdieron en la dura batalla, en la debacle, de Brasil; y a pesar de ello, dos años después, en Francia, volvió a hacerse acompañar por él a la guerra, esta vez como ayudante de De Gea, el joven y nuevo principito del arco.

La  abultada derrota de Brasil volvió a producirse, esta vez en París, y el poder del gran virrey Del Bosque se vio seriamente mermado. De regreso a sus tierras, tras varios días de dudas, de zozobra entre el pueblo rojo (como eran conocidos los vasallos de don Vicente), el señor marqués decidió retirarse de la vida pública, no sin antes despedirse con una noticia de un impacto como no se había conocido desde que el patito feo se convirtió en cisne: se había despedido de todos sus valientes soldados menos del príncipe Casillas, que con él, dijo, se había portado "comme ci, comme ça".

Era el francés el idioma de los aristócratas rusos, y don Vicente, aristócrata español, quiso dejar el sello del mariscal Kutúzov, pero dejando en su lugar, ¡ay, la naturaleza!, el sello de los villanos. Ya no era sólo el malvado Mourinho quien conspiraba contra el príncipe Íker (nunca nadie reservó una punta de flecha tan retorcida como la que guardaba el señor de la bondad y de la discreción y de la mesura) sino también uno de los más fieles defensores de su virtud, que quedó para siempre, la de ambos, destapada.

Fue sin embargo, tan sólo unos días después, para sorpresa de todos y alborozo de sus fieles (las nubes se abrieron dejando penetrar los rayos del sol y se escuchó un rasgar eufórico de laúdes y un tronar bendito de timbales y trompetas), cuando la amistad entre ellos regresó por arte de magia, ¡las habichuelas mágicas!, y fueron vistos de nuevo juntos, con la sonrisa llena, en los dominios del marqués con tanta felicidad como la de Periquín y su madre (al final no me había equivocado tanto de cuento), quienes vivieron felices con aquella cajita robada al malvado gigante que al abrirse dejaba caer monedas de oro.del bosque iker hacen las paces