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Las consecuencias del amor

Las consecuencias del amor

Escrito por: Antonio Valderrama20 octubre, 2020
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La situación de Isco y Marcelo en el Real Madrid

En Las consecuencias del amor, una película interesante como todo lo que hace y poco conocida de Paolo Sorrentino, Toni Servillo interpreta a un extraño secundario de la mafia que como Prometeo, permanece encadenado ad infinitum en un extraño hotel suizo. Nadie sabe qué hace allí, ni quién es ni a qué se dedica. Nadie sabe qué espera, si es que espera algo. No habla, no interactúa con nadie, sólo mira abúlico la ventana de la cafetería, ignorando los requerimientos de la camarera, interpretada por la bellísima nieta de Ana Magnani. Sobre la película gravita un existencialismo prácticamente nihilista, una idea confusa acerca de la utilidad y del sentido de las cosas que pasan en ella. Me estoy acordando mucho de Titta di Girolamo, el personaje de Servillo, desde el pasado sábado. Veía a Isco correr por la banda izquierda, pasársela a Marcelo, ver cómo éste se la devolvía, intentaban ambos llegar a la línea de fondo, bajar a defender (es un decir) las contras del Cádiz, y me preguntaba lo mismo que al ver al protagonista de Las consecuencias del amor: ¿por qué? ¿Para qué? O como se interrogaba a sí mismo Montaigne: “no lo entiendo”·

Aunque la obsesión por los datos y la métrica es una de las pestes del fútbol moderno, a veces resultan imprescindibles para entender mejor las cosas. Hay un dato que lo dice todo, que es pura “evidencia científica”: Marcelo ha sido titular en 26 de los 54 partidos de Liga desde que regresara Zidane, de los cuales el equipo ha perdido ocho y ganado quince. De los otros 28 partidos de Liga dirigidos por Zidane desde marzo de 2019 y en los que Marcelo fue suplente, el Madrid ganó diecinueve y no perdió ninguno. Desde luego, con Mendy, en este estado de cosas, no tiene nada que hacer: uno parece un toro de Jandilla subiendo la cuesta de Santo Domingo de Pamplona cada vez que juega y el otro, el pobre Marcelo, rumia la desesperanza vital desintegrándose sobre la cal de la banda.

Mendy Marcelo

El caso de Isco es ligeramente diferente. Fue de la partida en casi todos los grandes encuentros de la temporada pasada, que fueron los que mejor jugó el Madrid, al menos en la Liga: los dos Clásicos, contra el Atlético, la Supercopa, frente al PSG en el Bernabéu… probablemente aquel fue el partido más eléctrico y vistoso del Madrid en la temporada, una noche en la que parpadeó una bestia nonata, abortada por las patadas de Meunier y cuyo recuerdo se diluye como lágrimas en la lluvia. Sin embargo, el Isco que se pudo ver el otro día contra el Cádiz era futbolista prejubilado: lento, pesado, reiterativo, fuera de forma, apático, sin ritmo y lo que parece más grave, sin ganas. Carne de meme, no en vano dejó unos cuantos, especialmente uno sangrante y muy doloroso para quienes lo hemos considerado toda la vida un futbolista de culto: en lo que pretendía ser una pausa desequilibrante llegando a la línea de fondo, su cuerpo giró como una peonza y la gravedad lo expulsó del paraíso del fútbol de élite empujándolo suavemente hacia atrás. Cayó de espaldas y se pudo sentir el remache de los clavos sobre su ataúd. Requiescat in pace quien fue un fantasista.

El caso de Isco es ligeramente diferente. Fue de la partida en casi todos los grandes encuentros de la temporada pasada, que fueron los que mejor jugó el Madrid, al menos en la Liga

A veces, siguiendo las “evoluciones” (cuánta de aquella jerga periodística se echa en falta ante la invasión totalitaria del nuevo argot pseudoespecializado que domina por completo el lenguaje deportivo en España) por la banda de estos dos antaño ejes del equipo, parecía uno estar viendo un gag cómico, un sketch de Pantomima Full. Si todo en la vida nace y muere, el imperio de estos dos ilusionistas, que nació en Lisboa con el allegretto de la Séptima de Beethoven de fondo, está muriendo con la musiquilla de Benny Hill. Duele a la vista, como si uno asistiera al ultraje de una obra de arte, al derribo iconoclasta de la estatua de algún emperador. En Lisboa se pudo sentir una vibración cuando Ancelotti quitó del campo a Khedira y a Coentrao y los metió a los dos, juntos. Un aleteo de mariposa que terminó con un huracán tragándose al Atlético. De eso ya no queda nada, hubo un conato, un espejismo como digo, el día del PSG en el Bernabéu. Los anales recordarán aquel partido como el último día en la vida de un genio como Marcelo, que también acabó aquel partido lesionado aunque la Historia sólo recuerde la patada criminal al tobillo de Hazard. Pero esa noche, la última gran noche europea del Bernabéu de la que se va a cumplir pronto un año, se entrevió algo en esa parcela izquierda del ataque del Madrid, la zona donde históricamente ha habitado el duende en este equipo. Fue un chispazo que evocó al pasado, a los juegos infantiles entre Roberto Carlos y Zidane, al tetris entre Marcelo, Cristiano y Benzema, una conexión luminosa entre Marcelo, Isco y Hazard, que la desgracia no dejó cuajar. Sólo Isco logró “reinventarse”, en la terminología economicista actual. Sobre él pivotó ese “endofútbol” como lo bautizó Hughes en sus crónicas que tuvo días de esplendor a partir de entonces y condujo, mal que bien, al Madrid de Zidane hacia la victoria final en el campeonato.

Isco PSG

Todo esto, no obstante, es farfolla. El presente de Marcelo y de Isco es una cosa muy depresiva que no invita al optimismo. Llegados a este punto muchos hinchas, con lógica aprensión, qué es lo que Zidane espera de su continua confianza en ellos, pues está claro que físicamente, al menos, por el momento, no parecen futbolistas del Real Madrid. Se me ocurra que en este contexto de carestía, incertidumbre, entorno volátil y ausencia de reemplazos de confianza, Zidane haya decidido apurar al máximo los recursos puestos a su disposición. Parece claro que ni Isco, ni Marcelo, ni tampoco Nacho o Lucas son, a corto plazo, otra cosa que segundos o terceros platos, soluciones de compromiso y fondo de armario. Como tales el entrenador, fiel a su política de rotaciones y motivación continuas, recurre a ellos en las mesetas que separan momentos-valle de la temporada, como esta semana, en la que el equipo debuta en el difícil grupo europeo y viaja al Camp Nou.

El presente de Marcelo y de Isco es una cosa muy depresiva que no invita al optimismo

Esta razón tiene que ver con lo que Taleb, en su ensayo El Cisne Negro, llama “redundancia”. La naturaleza suele redundar en sus recursos, no optimizar. Por eso tenemos, dice el ensayista libanés, dos pulmones, dos riñones, dos ojos y dos oídos, aunque nos bastaría con uno de cada. Es la forma natural de “ser eficiente”, o sea, la capacidad de “disponer de alguien o de algo para conseguir un fin determinado”. La redundancia natural niega el axioma del menos es más: es mejor estar preparado para lo que venga, pues lo que está por venir es, por definición, desconocido. A la incertidumbre hay que llegar con las alforjas todo lo llenas que se pueda y no hay curso deportivo más incierto que el presente, segundo acto del fútbol en los tiempos del COVID. A falta de otra cosa, Zidane aprovecha las reservas grasas del enjuto cuerpo madridista, y a ver quién le discute al mejor entrenador de la Historia moderna del club que lo conocido, aunque viejo y gastado, no es mejor que los chavales del Castilla que están por co(no)cer.