Las mejores firmas madridistas del planeta

Sin receta

Escrito por: José María Faerna6 agosto, 2015

Tal como yo lo recuerdo, en el fútbol de mi infancia el entrenador estaba apenas un escalón por encima del árbitro, nadie le daba mayor importancia salvo para vituperarlo. Mi padre era un especialista, y los Faerna crecimos viéndole poner a parir a Miguel Muñoz: él era el responsable de todos los males del equipo, que generalmente se traducían en desesperante juego horizontal, pachorra defensiva y alergia del personal a tirar a puerta, así fuera desde la media luna del área propia. Faltaban casi veinte años para el estreno de Oliver y Benji, pero el ideal futbolístico del padre de los Faerna, que siempre tuvo una veta visionaria, anticipaba el modelo.

Muñoz era parte del paisaje a principios de los setenta. No estoy seguro de que el mocerío madridista de hogaño tenga del todo claro quién era aquel caballero sonriente, quedón y aplomado que concitaba las iras paternas. Fue jugador del Real Madrid entre 1948 y 1958 y entrenó al equipo desde el 59 hasta el 74. Eso significa que es el único que comparte con Paco Gento, nuestro santo patrón, el record mareante de haber participado en las seis copas de Europa de la edad heroica, de las que alzó tres como capitán e impulsó otras tres desde el banquillo. Si hablamos de ligas, que los niños sumen cuatro de corto a las nueve –nueve, voto al chápiro, habéis oído bien– que se agenció como entrenador del Madrid. Ni los números del eterno Ferguson, veintisiete años en el banquillo del United, le hacen sombra, que si bien ganó más premiers –aunque su promedio es más bajo– se quedó en dos tristes champions. Muñoz era parte del paisaje, sí, al modo en que lo pueda ser un seto que da sombra fresca y no molesta. Ni los comentaristas televisivos se pasaban el partido haciéndole la vivisección a sus dibujos y alineaciones ni las crónicas deportivas de la prensa de entonces se ocupaban apenas de lo que maquinaba ni él mismo se daba pisto. “¿Algo en cartera, míster?”, inquiría la canallesca en las ruedas de prensa antes del partido cuando fue seleccionador, allá por los ochenta. “Poca cosa, unos veinte durillos”, respondía tocándose el monedero.