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Sergio Ramos, el artista y la bestia

Sergio Ramos, el artista y la bestia

Escrito por: Mario De Las Heras25 junio, 2020
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¿Alguna vez han soñado con tener veinte años y una cabeza de cuarenta? Pues Sergio Ramos está a punto de conseguirlo. Yo lo vi anoche tras su gol de falta, compendio de la apoteosis ramosiana. Si el ramosianismo, como el milenarismo (entiéndase ramosianismo como doctrina o creencia de los ramosianos), ya había llegado con creces, este verano extraño de 2020 ha alcanzado su esplendor.

Que Sergio Ramos es un portento físico y técnico es un aspecto que se me olvida, sobre todo viéndolo tarde tras tarde “cortar y despejar” balones. Todos esos cabezazos que siguieron al gran cabezazo de Lisboa ya nos mostraron al mito, pero había más. Quién lo hubiera dicho. Aquello no era el culmen sino el principio del culmen ramosiano. Yo mismo no hubiera dicho nunca que en el de Camas había un artista y lo hay.

Y es un arte muy picassiano porque él lo observa todo, curioso y aplicado, a su alrededor, y se empapa de ello y lo asimila con la facilidad de un niño y luego lo expresa con su enorme talento. Y parece que acaba de empezar. Después de la pandemia hemos visto a un Ramos cristianizado. Ya lo habíamos visto beckhamizado, ahierrado, raulizado o casillizado.

Ahora Sergio sabe que puede jugar hasta los cuarenta con su cuerpo de veinte y su sangre infantil y todas las inspiraciones de su carrera juntas dando vueltas en su caletre y en el lienzo que pinta cada partido mientras nosotros lo vemos. No hay más que verle por fuera para saber que ahí dentro hay una musa constante que lo cambia hasta de piel, como si también fuera una serpiente.

Da la impresión de que Sergio Ramos puede ser lo que quiera. Los penaltis, el gol de llegador del otro día (habiéndose recorrido todo el campo previamente, para luego regresar por el mismo camino sin variar el ritmo, casi aumentándolo). Su preponderancia, su jefatura. Uno lo ve correr y parece un ciervo joven, más joven que cuando llegó sabiendo que acabaría siendo lo que es.

Ramos es de esos jugadores que saben lo que son y serán desde niños, como Cristiano, como Vinícius o como Take Kubo. Ayer vi a estos dos últimos con la emoción de un amanecer; al primero como un alba completa en un sol blanco y esplendoroso que nos despertó con los ojos muy abiertos; al segundo en el cosquilleo (de sol naciente) de que lo anterior volverá a suceder con esos mimbres, con esas pinceladas firmes de genio seguro de serlo.

Así era Sergio Ramos y hoy, quince años después, héroe y leyenda, campeón de campeones, él es mejor. Y quizá el mejor. Decía al principio que lo acabé de ver ayer tras su gol de falta, y no como si lo acabara de descubrir de repente, sino como si lo hubiese estado viendo durante todos estos años y todas esas maravillas hubieran explotado en una onda expansiva de colores, como si él fuera un arco iris, una piedra preciosa rodante, incluso.

Todo lo que quiera Sergio Ramos ser, lo puede ser. En la fotografía que encabeza este artículo, con la que también hemos amanecido los galernautas, yo lo he visto pintado. Esa figura, ese escorzo, ese hombre hermosamente retorcido impulsó un balón que despegó del suelo y voló precisamente al ras de la cordillera de las cabezas mallorquinistas para aterrizar precisamente en la escuadra de los sueños.

Ese disparo estaba en su mirada previa. Esos ojos ardían mientras pasaba la película del lanzamiento una y otra vez, vívida. Sergio lo había visto, como si pudiera verlo todo. Beckham y Zidane y Cristiano envueltos en Sergio Ramos. La escritura de Norman Mailer con todos los cuentos de Fitzgerald y de Hemingway y de Steinbeck filtrándose a través de la pluma, ¡del pie!, de un iluminado.

Y esos ojos eran como los de Benjamin Button, casi con toda una vida al revés por delante. Fue una iluminación, un destello. Así veo yo a Ramos ahora, en destellos, como si fuese explotando en pequeñas y brillantes explosiones todo lo aprehendido que expresa a través del talento, como a muletazos talavanteros. Del talento y de la furia, de la fuerza, del poderío absoluto que desprende la figura del capitán del Real Madrid. Tan criticado, tan alabado.

Todo eso, todo ese ruido, toda esa vida trepidante e incomprensible y sonora, era para llegar hasta aquí sosteniendo toda su carrera sobre la punta de sus zapatillas de ballet: el pelo pegado de bailarina, cruzando pantorrilla sobre pantorrilla, ladeando el empeine hasta su límite y haciendo contrapeso con el brazo extendido ante la mirada aterrada de la barrera humana que contempla la gran y letal belleza que quizá no acabe de derramarse nunca.

 

Fotografías Getty Images.