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Raúl: fe inquebrantable

Raúl: fe inquebrantable

Escrito por: Ramón Álvarez de Mon16 octubre, 2015
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Dieciocho de enero de 1997, estadio Vicente Calderón. El Madrid está empatando a uno contra el vigente campeón de liga, pero la expulsión de Mijatovic tiene a los madridistas muy mermados. Tanto que en esos últimos minutos el objetivo es mantener un valioso empate. Pero hay en el terreno de juego un jugador que nunca se conforma. Redondo recibe el balón en la aproximación más clara desde que el Madrid está en inferioridad numérica, pero en un intento de pase picado se lo deja muy atrás al siete blanco. De nuevo todos creen que la oportunidad ha desaparecido menos él, que en un doble quiebro a López se desembaraza del central y casi sin ángulo bate a Molina haciendo el segundo gol en el minuto ochenta y dos. Quien les escribe, quizá condicionado por los doce años que tenía entonces, recuerda este momento como uno de los más emocionantes, a nivel futbolístico, de su vida. Ese gol probablemente define lo que ha sido Raúl: por encima de todo, que ya es mucho decir, fe.

Uno recuerda perfectamente todo lo que rodeó al debut de Raúl. Tengo todavía en la retina el partido amistoso que posibilitó que mi padre y yo descubriéramos a ese diamante en ciernes. Lo cierto es que en ese momento, pese a la ilusión que nos había causado, no contábamos con su presencia inmediata en el equipo en partido oficial. Fue el viernes de esa semana, en el que mi padre me fue a recoger al colegio, cuando me dijo acompañando un guiño de ojo: "Valdano ha convocado a Raúl".

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De su debut en La Romareda mucho se ha escrito: las ocasiones provocadas y falladas (algunas con estrépito), las asistencias dadas, la derrota del equipo, etc. Pero lo que más me llama la atención fue ese grito de rabia del que la prensa se hizo eco: "Este argentino no tiene huevos de volver a ponerme". La reproducción no es literal, pero casi. Sin embargo Valdano, en su mejor contribución al Real Madrid que se conoce, sí le puso, y posibilitó que ese chaval de diecisiete años, con algo de insolencia posiblemente impregnada de su vivencia en el humilde barrio Colonia Marconi, empezase el camino que le convertiría en una leyenda del madridismo y que constituiría el perfecto relevo -emocional y deportivo- al Buitre, cuya figura ya menguaba.

Los dieciséis años de Raúl en la primera plantilla del Madrid le sirvieron para atesorar un palmarés envidiable. Entre los años 1998 y 2002, el club blanco conquistó tres Copas de Europa. Este ciclo triunfante podría dejar la idea de que se hizo con una base sólida de plantilla que sufrió pocas variaciones. Sin embargo, muy pocos fueron los jugadores comunes a atres grandes gestas: Raúl fue uno de ellos. Raúl era pegamento para unos jugadores que iban y venían pero siempre le veían a él ahí, presente. De sus carreras en busca de balones imposibles se solía decir que eran algo tribuneras, pero tenían una virtud poco ponderada: encender al público y a unos compañeros que no podían tener la desvergüenza de quedarse parados cuando su capitán, con galones más que merecidos, era capaz de vaciarse como el último canterano ascendido desde el Castilla.

En los Madrís de entreguerras Raúl fue un jugador que sobresalió por su talento, pero tuvo la inteligencia y la humildad de saberse adaptar cuando llegaron jugadores que le superaban técnicamente. Por eso fue posible ver a Raúl alterando su posición al servicio del equipo. Nunca fue un jugador muy rápido, pero cuando fue perdiendo su limitado reprís supo convertirse en otro tipo de jugador mucho más astuto, con juego de espaldas y puro oportunismo. Un eterno incordio para los defensas más avezados.

Soy de los que pensó en su momento, y pienso aún hoy, que a Raúl le pudo sobrar algún año en el Real Madrid. El desgaste de tantas temporadas hizo necesariamente mella en un jugador que nunca economizó esfuerzos. Sin embargo, la memoria suele ser selectiva y escoge aquellos innumerables momentos en los que Raúl hizo aún más grande al Real Madrid. Su último gol en La Romareda (el 324 de su trayectoria en el Madrid), fue el conocido como "gol del cojo", y sirvió como perfecto epílogo a una trayectoria trufada de éxitos, orgullo y dignidad.

La mala suerte y algunas decisiones técnicas discutibles le apartaron de la selección cuando ésta alcanzó su ciclo triunfal, pero eso no impide que Raúl se merezca, con creces, formar parte de ese selecto elenco de jugadores de época. Un jugador de Balón de Oro, aunque incomprensiblemente éste no engalane su vitrina de títulos. Se retira una leyenda cuya figura como jugador estará siempre ligada al madridismo. Veremos si nos encontramos en los albores de un entrenador también de ensueño para el club blanco.

 

 

Asesor fiscal autónomo. Soy socio de La Galerna y colaboro en Radio Marca. @Ramon_AlvarezMM