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La Quinta. Primitivos del Madrid moderno

La Quinta. Primitivos del Madrid moderno

Escrito por: José María Faerna23 junio, 2016

Primero hay un tiempo en que los futbolistas son señores casi de la edad de tu padre; al menos así era cuando yo era niño y los padres solían ser más jóvenes que ahora, aunque tuvieran una facha más adulta e imponente (los padres y los futbolistas) de la que gastan en estos tiempos de eterno atuendo adolescente. Un día te das de bruces con la noticia de que, por ejemplo, Santillana se retira, y caes en la cuenta de que recuerdas perfectamente cuando el Madrid lo fichó del Racing, al tiempo que Aguilar y Corral. De pronto tú eres de la misma edad que los futbolistas y sabes que esos ratos en que te imaginas rematando a gol en el Bernabéu son definitivamente fantasías descabelladas. Ese es el momento clave en que el vínculo con tus héroes vestidos de blanco se tiñe de una complicidad que no habías tenido antes y que nunca volverás a sentir exactamente de la misma manera. No es solo proximidad generacional, es que ahora son depositarios de tus sueños de un modo literal, casi doloroso, porque delegas en ellos la realización de una fantasía que se acaba de revelar física y metafísicamente imposible para siempre jamás.

A mí ese momento me llegó con la Quinta del Buitre, mis contemporáneos generacionales, aquellos que cumplieron los veinte más o menos por las mismas fechas que yo. Se da el caso, además, de que esos años, a mediados de los ochenta, fue el tiempo en que yo iba al campo domingo tras domingo y miércoles tras miércoles sin faltar nunca. No habrá mejor candidato que el Buitre, mascarón de proa de la Quinta, a prolongación en el campo de las fantasías que se alimentan en el patio del colegio. Butragueño era un alien entre futbolistas profesionales, un Alf con cara de chico bueno al que le salían esas cosas inverosímiles que los paquetes infantiles imaginábamos en el patio mientras nos encabronábamos porque el equipo se afanaba en buscar opciones para no pasarnos la pelota. Como ya explicó aquí hace tiempo Número Tres, discutir sobre su jerarquía en la historia del fútbol o del madridismo es inútil: el Buitre no es mejor ni peor que nadie; es… otra cosa, un fenómeno singular, un jugador sin especiales habilidades técnicas ni sobresalientes cualidades físicas, un hipnotizador de defensas hirsutas, un tipo que se paraba en el área ante marcadores cargados de trienios que se le quedaban mirando con cara de bobo, un futbolista improbable del que solo se puede decir aquello legendario del periodista americano sobre Lola Flores, “ni canta ni baila pero no se la pierdan”.

Advierto todo esto para enseñar mis cartas y que nadie se llame a engaño. Si yo fuera neutral cuando se trata de gente que me hizo tan feliz semana tras semana sería un canalla. Tampoco son neutrales algunas tendencias del madridismo de hoy que exhiben respecto de la Quinta actitudes que van del desdén desmitificador –en el mejor de los casos– a la hostilidad abierta. “Era un equipo de cartón piedra, un ejército de niños bien que encandilaba a las mocitas madrileñas y se divertía con los equipos modestos que vestían calcetines blancos, pero que se desleía tembloroso cada vez que sospechaba que el rival podría llegar a romper alguna bonita nariz”, ha escrito aquí John Falstaff. A la Quinta le persigue ese estigma de equipo blandito en contraste con la furia enragé de los Pirri, Benito, Stielike y compañía. No hace falta recurrir al doctor Freud para detectar ahí un incómodo intento de alinear a aquel equipo con el menottismo, la ortodoxia doctrinal de periodistas hoy mandarines y entonces emergentes que los apadrinaron y, en definitiva, la infame estirpe tiquitaca del barcelonismo actual. Pero creo que además de mis personalísimos motivos –o de los de Número Dos y Número Tres, también devotos–, hay razones objetivas para sostener que las cosas no son del todo como a algunos les parecen.

En primer lugar hay razones estrictamente cronológicas. La querella de menottis y bilardos que opone de manera algo simple el jogo bonito al fútbol recio y sin contemplaciones es posterior –al menos en España– al despuntar de los Butragueño, Sanchís, Míchel, Martín Vázquez y compañía. Ese es un debate de los tiempos en que Valdano empieza a ejercer de entrenador y oráculo periodístico, y el curso de la Quinta coincide en su mayor y mejor parte con el Valdano jugador, que se alineó con todos ellos y cuyo perfil futbolístico cuadraba más en el trazo intenso de los delanteros esforzados y voluntariosos que en el de los violinistas bailarines.

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Pero es que también hay razones técnicas. Con la salvedad inclasificable del Buitre, la Quinta fue un grupo de jugadores de buen pie y alto voltaje técnico, pero su juego nunca se basó en esa absurda doctrina que se da por contenta si al final del partido has tenido el balón más que el contrario. Allí estaban Gordillo y sus galopadas uniformemente aceleradas en pos de las diagonales precisas que le trazaba Míchel con el balón y que no me dejarán por mentiroso. Allí estaban Hugo y su frenética percusión sobre el área contraria y aun sobre el defensa rival. El contrataque y la mirada vertical no estaban proscritos en aquel Madrid fulgurante. Sí, amigos, la Quinta no era solo la Quinta sino también su circunstancia, ¿o es que Chendo y Camacho jugaban con tutú en aquel equipo?

Dice Falstaff que a la Quinta los desnudó el Milan de Sacchi, aunque lo que en realidad hicieron fue arrollarlos. Para mí lo que nuestro Lagavulin quiso escribir es que los desenmascararon, pero no hubo tal. Lo único que quedó en evidencia aquella amarga noche de 1989 en San Siro es que los Gullit, Van Basten, Rijkaard, Baresi, Maldini, etc. estaban fuera del alcance de cualquier equipo del momento. El Madrid luchó con la fe marca de la casa hasta que les cayó el tercero de los cinco que se llevaron, pero no había nada que hacer contra un grupo de futbolistas que iba quince años por delante de su tiempo. Cuando al año siguiente el bombo los volvió a reunir en octavos, el Madrid plantó cara de nuevo sin complejos, pero la superioridad del Milan y la ayuda arbitral, que convirtió en penalti una falta de Buyo a Van Basten medio metro fuera del área, hicieron la tarea imposible. El destino de cualquiera que se atreviera con aquellos monstruos –sin duda el mejor equipo que yo haya visto en mi vida– estaba escrito.

La Quinta, como toda generación, tuvo su etapa de decadencia y sus integrantes no siempre la aceptaron de buen grado, pero ese es un pecado del que no se libra ni el mismísimo Di Stéfano. Cuando ellos llegaron, el fútbol español, acomplejado, flatulento y tuercebotas, penalizaba el talento. Si en un juvenil alumbraba un chaval que no le pegaba al balón con la pata de palo se le abría ficha de sospechoso. Los técnicos de entonces actuaban como aquel director que Jabois tuvo en Pontevedra, que se deprimía cada vez que un reportero aparecía por la redacción con una noticia. Quienes vimos nacer a la Quinta habíamos crecido acostumbrados a la mirada conmiserativa de nuestros mayores, que a cada mínimo destello que veíamos en nuestros jugadores nos devolvía el espejo mítico de los Di Stéfano, Puskas, Kopa y Del Sol que no habíamos alcanzado a ver. Con ellos tuvimos por primera vez la satisfacción de un presente por encima del inmediato pasado y la ilusión de que volver a las cumbres europeas que conocíamos solo de oídas podía dejar de ser una quimera. Las Copas de la Uefa de las remontadas parecían el prólogo de una hazaña que estuvo al alcance de la mano en el 88, cuando se malbarató la semifinal con el PSV. Luego vinieron los de Sacchi y se cerró la ventana. La de la Quinta es una historia agridulce porque nos permitió por primera vez en muchos años ver lo que había al otro lado, pero solo Sanchís llegaría a atravesarla con la Séptima. Fueron los precursores, como los primitivos italianos que en los siglos XIII y XIV alumbraron los primeros atisbos de volumen y perspectiva en frescos y tablas. Siempre habrá quien quiera ver en ellos el origen de blandas ortodoxias perpetradas por otros mucho después, allá cada uno. Yo siempre me quedaré con el placer estremecido de ver por primera vez los cráneos redondos de los frailes desafiando a la bárbara superficie plana de los muros de Asís.

Número Uno

El mayor de los Faerna es historiador del arte y editor, ocupaciones con las que inauguró la inclinación de esta generación de la familia por las actividades elegantes y poco productivas. Para cargar la suerte, también practica el periodismo especialista en diseño y arquitectura. Su verdadera vocación es la de lateral derecho box to box, que dicen los británicos, pero solo la ejerce en sueños.

14 comentarios en: La Quinta. Primitivos del Madrid moderno

  1. Estoy de acuerdo en casi todo lo que comentas. Yo me hice madridista POR Hugo Sánchez, así que algo me toca.

    Yo no estoy de acuerdo en dos pensamientos que parecen ganar peso últimamente:

    1. El Madrid de la Quinta era un equipo tiquitaquesco. Para nada. Ese equipo era vertical, osado e inclasificable. Todavía hoy es difícil leer una alineación de aquel quinquenio mágico y saber exactamente como se desplegaba el equipo en el campo. Sanchís, Gordillo, incluso Míchel se movían por amplias zonas, partían de posiciones diferentes según el matiz que el entrenador (o ellos mismos, no vamos a engañarnos), quisiera darle al partido. Era un equipo muy "total".

    2. Una de las cosas que más aleja al Madrid de la Quinta del estigma del tiquitaca es precisamente su derrota contra el Milan. Es obvio que el equipo de Sacchi venía del futuro, y además de lejía nos trajo un saco de goles. Pero en parte fue gracias también al propio Madrid, un equipo que, con la presencia de Schuster en lugar de los más ordenados Gallego y Jankovic, casi se había caricaturizado y al que el pressing pleno de octanos de los rossoneri barrió como un tsunami en las costas tailandesas. Ese "negarse a contemporizar" es lo que aleja a la Quinta del tiquitaca, concepto muy romántico pero pervertido en pos de una posesión eterna y con los mismos efectos que un pañuelo empapado en cloroformo. Ese equipo tenía mucho más del Barça de Cruyff que del de Guardiola (o la España ganadora). Puro rock and roll que, inevitablemente, iba a provocar unos cuantos dolores de cabeza.

    La Quinta es el equipo más especial de la historia del Madrid. Y como ello debe ser juzgado.

  2. Excelente artículo. Yo también crecí con la quinta y a esas edades vives las cosas con una pasión especial. No hay que olvidar que veníamos de 5 años sin ligas y que la copa de la UEFA del 85 la habíamos celebrado como si fuera la séptima. El ambiente con la prensa no era como el de hoy y la aparición de la quinta fue recibida con alborozo. Todo era buen rollo.

    Pero ... al final, queridos, lo que queda es que fallaron en aquella semifinal maldita contra el PSV. Mendoza dijo aquello de que el Madrid era campeón moral de la copa de Europa (que recuerda aquella cosa de que el fútbol le debe algo a alguien, por cierto) y no ganaron la copa de Europa que llevaba el nombre de aquella generación. Nada que objetar a las posteriores derrotas contra el Milán, que era muy superior, pero el caso es que aquel año de 1987 perdieron su oportunidad y lo que pudo haber sido una generación legendaria pasó a ser sólo algo destacable, pero no sobresaliente. Porque en el Madrid no se es campeón moral de nada. Se es campeón o no y, por otro lado, ¿se puede ser alguien realmente importante en el Real Madrid si no has conquistado una copa de Europa?

  3. Fueron un gran equipo para andar por casa, pero cuando salieron fuera, fracasaron. Tuvieron más fama de la que merecían. Ve uno a