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Póker de ases

Póker de ases

Escrito por: Ramón Álvarez de Mon25 junio, 2015
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Tuvo que ser en territorio comanche donde el Madrid culminase su gesta. El broche de oro a una temporada histórica para toda la sección, ya que absolutamente todos los equipos de todas las categorías han acabado con pleno de títulos. Sin duda un éxito que escapa a la casualidad o el azar y que realza la gestión de una sección que ha colmado las expectativas más optimistas.

Lo cierto es que no era una temporada fácil de afrontar. Tras una temporada anterior con un final de lo más amargo y frustrante, el verano le hacía plantearse al club importantes decisiones que acometer. Algo importante había fallado para que un equipo que marchaba a ritmo de record y brindando un espectáculo inigualable, terminase la temporada perdiendo las finales de Euroliga y Liga. Sin duda, en esa maldita final de Milán se habían quedado la totalidad de fuerzas anímicas y físicas del equipo, y el derrumbe posterior ante el Barcelona en Liga fue inevitable.

La primera decisión de valor fue la de dar continuidad al proyecto de Laso, aunque sí se decidió complementarle con otros asistentes. Nadie mejor que el vitoriano sabía todo lo que había fallado en su programación. En su ambición de grandeza, había cargado en exceso al equipo a nivel físico al comienzo de temporada. El Madrid era un equipo que no racaneaba ni especulaba con el espectáculo. Ello derivaba en grandes minutadas de sus jugadores más sobresalientes. Las lesiones de Draper y Carroll agravaron este hecho al acortar la rotación de modo dramático.

Además, las rotaciones de Laso se habían hecho demasiado previsibles para el entrenador rival, que al contar con un guión ya escrito podía diseñar el suyo adaptándose al del Madrid. Las casualidades en el deporte de alta competición no existen y la madura reflexión de Laso y los dirigentes fue que había una nota común en las dos finales de Euroliga perdidas: la falta de dureza mental y física del equipo.

El comienzo del verano, como digo, fue muy duro. Mientras el Barcelona acometía buenos fichajes (Doellman y Satoranski), el Madrid veía como su perla (Mirotic) tomaba rumbo a Chicago en una salida distante de lo idílico. Pronto, demasiado pronto, muchos expertos empezaron a otorgar al Barcelona el papel de gran favorito a campeonar en las competiciones en disputa. Mientras el Madrid, coherente con su reflexión, empezaba a fichar a jugadores que le aportasen ese extra tan necesario en los momentos calientes: Ayón, Nocioni, Maciulis y Rivers. Todos ellos jugadores con un entendimiento soberbio del juego y una competitividad básica en todo ganador.

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El comienzo, con la conquista de la Supercopa, fue de lo más esperanzador. La victoria clarísima ante el Barcelona en la final daba buena muestra de ello. Sin embargo, el alto nivel exhibido quedaba en suspenso al ser una competición de verano y encontrar un rival que estaba en plena asignación de roles. No obstante, pronto se vislumbró un equipo formidable.

Ya era una cuestión del pasado el espectáculo sin reservas de la temporada anterior. Las victorias iban llegando al tran tran hasta que un bache de resultados en diciembre hizo que el puesto de Laso volviera a ser cuestionado. Pero solo un enfoque cortoplacista podía derivar en algún pesimismo con respecto al equipo. No era demasiado difícil observar que en muchos partidos el Madrid jugaba con el freno de mano puesto. El equipo no quería ser el rey del invierno, sino que anhelaba que su reinado floreciese en primavera. El rendimiento de los fichajes estaba siendo de lo más irregular, pero para quien los conociese no era para nada improbable que diesen lo mejor de sí mismos en las citas decisivas. Probablemente el punto de inflexión llegó tras una derrota en Málaga en la cual, paradójicamente, el equipo esbozó los primeros trazos de los que sería su segunda mitad de temporada.

Buena muestra de ello se dio en la Copa del Rey, en la que el Madrid se impuso con autoridad mostrando un nivel físico hasta ese momento desconocido. Los criticados fichajes empezaban a amortizar el coste político de su llegada. Tras una brillante Euroliga, el equipo afrontó una Final Four en la que toda la presión sería madridista. Está históricamente probado que disputar estos torneos en casa es un arma de doble filo. El camino no era fácil ya desde la semifinal: había que derrotar al viejo zorro de Obradovic. Así fue y casi sin pagar peaje. La final era contra otro reciente ogro -el Olympiacos- el mismo equipo que dos años antes había levantado una diferencia de diecisiete puntos a base de palos en defensa y acierto deshumanizado en ataque. El reto psicológico era de órdago, pero de nuevo un majestuoso Nocioni hizo buena su promesa de recalar en el club blanco para ganar la Euroliga. Tras veinte largos años, el Madrid volvía a ser el mejor equipo de Europa.

De ahí al final, todo fue una balsa de aceite con algún recoveco algo inesperado (semifinales ante el Valencia). La superioridad ante el Barcelona ha sido tan manifiesta que la sensación que ha dado es que al equipo se le quedaba pequeño el reto. Ese temor tenemos ahora los madridistas con la posible marcha de algún jugador a las Américas. Pero el éxito, aunque parezca un poco ñoño decirlo, no se ha logrado esta temporada. Fue bastante antes. Con la llegada de Laso, y pese a sus evidentes defectos en origen, ya prácticamente pulidos en su totalidad, la sección recuperó una identidad que resulta la envidia de todo club de baloncesto. Ver lleno el Palacio y con un ambiente de entusiamo generalizado ha dejado de ser extraordinario para tornarse en habitual. Lejos ya quedan los recuerdos del Saporta vacío y sin alma. Entonces el Madrid seguía siendo el club más laureado, pero no desprendía apenas grandeza. Nada que ver con lo de este año: algo mágico inundaba el Palacio en cada partido, para envidia del resto. No hay duda de que un club como el Madrid solo convive feliz con la victoria, pero el camino para aspirar a ella y conseguirla ya nos llenaba de orgullo a muchos de sus aficionados.

 

(Foto de altaspulsaciones.com)