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Pentecostés

Pentecostés

Escrito por: John Falstaff4 junio, 2017
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Comenzó el partido y era como si todo empezara de nuevo. Real Madrid y Juventus. Un cartel digno de la final de la Copa de Europa. Dos grandes que se respetan, dos históricos mirándose a los ojos, dispuestos a la pelea que acabaría con uno de ellos sobre la lona. Historia, tradición, pasado, presente y futuro se daban cita en Cardiff. El fútbol inmortal volvía a nacer en un partido con tintes épicos, un partido no apto para pusilánimes, un partido que se llevaría el que tuviera más fortaleza mental, más hambre, aquél al que movieran ganas más irresistibles de ganar. Sobre el terreno de juego no comparecían dos escuadras de once hombres, sino toda la historia del fútbol preguntándose quién era el mejor, aquí y ahora. Un siglo largo de fútbol decantado, concentrado en noventa minutos a vida o muerte. Posiblemente el mejor espectáculo al que cualquier aficionado podría aspirar.

Era, por tanto, el escenario que más le gusta al Real Madrid: el de las grandes ocasiones. Y es que sólo el Real Madrid posee la capacidad asombrosa de convertir toda su gloriosa historia en presente, de tejerse con ella un traje taumatúrgico que le proporciona un halo de invulnerabilidad tan manifiesta que se vuelve casi tangible y se proyecta como una sombra amenazante sobre el rival. Un aura inviolable que provoca la zozobra en el adversario y la envidia impotente en el antimadridismo. Y de la misma manera que el Madrid convierte su historia inigualable en presente victorioso, ese presente se convierte a su vez en historia, en una historia que no deja de crecer porque nunca deja de hacerse presente. Ese es el ciclo dichoso, la grandeza inalcanzable del Madrid. Pasan los años, pasan las décadas, pasan las modas y pasan los rivales. Pero el Madrid siempre permanece porque siempre mantiene viva su leyenda a fuerza de renovarla.

Lo de ayer pasará a la historia de las grandes finales de la Copa de Europa como el día en que la grandeza del Real Madrid se hizo carne. Tras una primera parte vibrante, de intercambio de golpes, en la que cada equipo marcó un gol de bellísima factura, la segunda mitad fue el pentecostés del madridismo.  De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso que llenó el estadio, y a los jugadores del Madrid se les aparecieron como unas lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Tras el descanso -¿qué les dijo Zidane en el vestuario?- nuestros futbolistas salieron con la victoria marcada en la mirada, sabedores de que aquella Copa ya era suya.  Y así, la imponente Juventus, que había hecho una temporada portentosa y una muy buena primera parte, notó que se le encogía el ánimo y las piernas, comprendió lo imposible de su empresa y supo que había perdido el partido mucho antes de que Casemiro se atreviera a ensayar desde Bristol un disparo inconcebible.

Por eso, lo que experimentamos ayer, amigos galernautas, fue una calada larga y profunda del  madridismo más puro y más excelso. Una segunda parte antológica, no tanto por el juego en sí sino por la constatación de la distancia sideral que separa al Real Madrid, cuando es el Real Madrid, del resto de equipos. Ayer, mucho antes de que el marcador se desnivelara, la Juventus, y con la Juventus el mundo entero, supo que cualquier intento turinés de conquistar la victoria estaba destinado al fracaso, porque sus jugadores cayeron en la cuenta de que no se enfrentaban a un equipo de once hombres como ellos, sino a once titanes que venían montados sobre los lomos formidables de la grandeza legendaria del Real Madrid.

Hace un año, el día en que el Real Madrid conquistaba su undécima Copa de Europa, escribía en La Galerna un artículo que cerraba con estas palabras: " El año que viene tenemos una cita con la Duodécima. Que este madridismo renovado, este madridismo de siempre, nos señale el camino." Celebremos, madridistas todos, que así haya sido, y disfrutemos de la inmensa fortuna de ser partícipes de esta consagración continua de la grandeza que es el equipo de Zidane. De este equipo que desprende de forma cada vez más marcada el aroma imperecedero de los Di Stéfano, Gento y Puskas. Este Real Madrid, dirigido desde el banquillo por un ser inmortal y sonriente y  capitaneado en el campo por la ambición insaciable de un descomunal Cristiano Ronaldo, se ha colocado ya por méritos propios en lo más alto de la historia del club. Este equipo tiene la mirada puesta en el único horizonte posible: la gloria. Porque no hay otra manera de entender el madridismo.

 

En el prosaico mundo real me llaman Eduardo Ruiz, pero comprenderán ustedes que con ese nombre no se va a ninguna parte, así que sigan llamándome Falstaff si tienen a bien. Por lo demás, soy un hombre recto, cabal y circunspecto. O sea, un coñazo. Y ahora, si me disculpan, tengo otras cosas que hacer.