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Míchel también se parecía a Larry Bird

Míchel también se parecía a Larry Bird

Escrito por: Mario De Las Heras23 marzo, 2020
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Hoy en las confesiones de Marca recuerdan algunos momentos destacados de la carrera del colombiano Carlos Valderrama. Muchos seguro que recordarán de él su talento innato o su melena rubia, por ejemplo, pero casi nadie ha olvidado el episodio que le unió a Míchel para siempre.

Fue en un córner a favor del Valladolid. Yo era un adolescente que copiaba en el campo a Butragueño y fuera de él a su compañero de quinta. Valderrama, flamante fichaje del equipo pucelano, jugaba andando. Como torpe. Era un poco como Larry Bird con permanente. Recibía el balón y no se movía o lo hacía muy despacio, como si no pudiera correr, por medio de movimientos y regates pasmosos por su lenta vistosidad. Había un poco de Curro y de De Paula ahí. Un Curro y un De Paula ya mayores. Esos pasitos cortos y desmañados. Pero le salían. Valderrama jugaba a su ritmo y a veces, no siempre, conseguía contagiar al rival.

Por allí estaba Prosinecki. Este también se parecía a Larry Bird de espaldas, pero sin permanente. El caso es que Carlos le dijo a Robert tras una jugada que le iba a tocar los huevos, así. Y lo oyó Míchel. Menudo era en el campo. Míchel también se parecía a Larry Bird. No en el pelo sino en el trash talk. Míchel era bueno en muchas cosas y en eso también. Un trash talker de primera. Después de escuchar a Valderrama decirle aquello a su compañero, el madrileño le dijo al colombiano: “Él no, pero yo a ti sí”. Nadie podía esperarse que aquello no era una metáfora.

En ese córner en el Bernabéu, los jugadores de ambos equipos tomaban posiciones dentro del área madridista antes del lanzamiento de esquina. Valderrama apenas se movía con las manos en la cintura. Míchel se colocó por delante de él, primero, y luego a su altura. Volvió a adelantarse y miró hacia atrás desde su posición. Miró arriba y luego abajo para calcular la distancia. Hizo un ensayo de movimiento, como un golfista antes de ejecutar un putt, y lo tocó. En realidad, fue un tiro de aproximación. No debió tocarle como le había advertido. Fue una avanzadilla. A Valderrama le salió un interrogante enorme de su peinado de sombrilla del Caribe.

Míchel se alejó, entonces. Como desapareciendo, en una táctica perfecta. Simplemente había señalado el objetivo. Luego se acercó otra vez, caminando hacia atrás. Sin necesidad de volver a mirar, ya sabía perfectamente donde estaba el centro de Valderrama, que no podía pensar en el ataque del tiburón. El tiburón siempre vuelve. Y esta vez con absoluta precisión. Míchel, mano como cabeza de avestruz al revés, picoteó en la zona cero del blanquivioleta cuya cadera experimentó un espasmo de sorpresa como el de Rockefeller, el muñeco de José Luis Moreno.

Se pudo ver cómo, en esta ocasión, el madridista profundizó en el objetivo, pero aún no era suficiente sino una segunda aproximación antes de la tercera y definitiva. No le dio tiempo al colombiano a reaccionar. Fue como cuando en la oscuridad del cine, mientras mirabas la pantalla, tratabas de encontrar algo a tu lado. Míchel ya sabía dónde estaba lo que buscaba. Aún no se había repuesto la cintura de Valderrama de la segunda sacudida cuando, todavía con el estupor en el semblante y en la postura, el avestruz volvió y contrapesó ambas gónadas, de abajo arriba, calibrando su volumen y hasta su textura, para que Míchel, caballero madridista, cumpliera su promesa.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.

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