Las mejores firmas madridistas del planeta
Inicio
Opinión
La Quinta y el Real Madrid

La Quinta y el Real Madrid

Escrito por: John Falstaff10 noviembre, 2016
VALORA ESTE ARTÍCULO
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas

En uno de mis últimos artículos para La Galerna hace ya algunos meses se me ocurrió deslizar alguna crítica hacia la Quinta del Buitre. Cargué un poco las tintas al hacerlo, e inmediatamente comprobé que había pisado un callo del madridismo, toda vez que la airada reacción de algunos lectores y tuiteros no se hizo esperar. Incluso mi admirado Ángel Faerna se lanzó a por mí con una expeditiva entrada a los tobillos en forma de comentario que me dejó la tibia temblando, lo que dio pie a un salado debate en el que yo trataba de zafarme de su marcaje con un torpe regate por aquí y una atropellada finta por allá, mientras Número 2 me perseguía inmisericorde por todo el campo con la insistencia y contundencia de un Benito y con la elegancia e inteligencia de un Varane. Casi nada. Todavía hay noches en que me despierto entre sudores fríos recordándolo.

Lo que aquello puso de manifiesto es que el vínculo afectivo de muchos madridistas con la Quinta va mucho más allá de los aspectos meramente futbolísticos, como explicó otro Faerna (José María) en un magnífico –valga el epíteto- elogio de esa generación publicado pocos días después. Inicialmente pensé en escribir una réplica a dicho escrito, pero pronto deseché la idea. No porque me faltasen argumentos para intentarlo, y ni siquiera porque me intimidase la perspectiva de un nuevo debate con un Faerna (por insensato que sea pensar en la victoria, ¿quién de ustedes declinaría la posibilidad de intercambiar unas bolas con Federer?). La verdadera razón por la que descarté la idea fue precisamente esa conexión afectiva que muchos madridistas y muchos galernautas tienen con la Quinta. Para gran parte del madridismo, la Quinta –a la que sería necio negar méritos notables- es casi como una parte de la familia, y eso son palabras mayores.

Hay, sin embargo, un aspecto que quedó pendiente en aquel debate y sobre el que me gustaría volver, puesto que es en realidad el que más me interesa de todo aquello. Me refiero a la influencia que la Quinta tuvo en la conformación de los gustos del madridismo contemporáneo, o al menos de buena parte de él. Una influencia que a mi modo de ver todavía perdura en nuestros días y que explica, siquiera parcialmente, el comportamiento a menudo sorprendente de la grada del Bernabéu.

Que la Quinta, como su propio nombre indica, representó un cambio generacional en el Real Madrid no lo discute nadie. La Quinta irrumpe en 1983, dos años más tarde de la intentona golpista de Tejero y uno después de la primera y abrumadora victoria electoral del PSOE. Es decir, cuando en España se echaba el cierre a la época apasionante pero turbulenta de la Transición y se fijaba la mirada en un futuro que por fin parecía luminoso bajo una democracia que acababa de aupar al poder a una generación que ya no provenía del franquismo. La sociedad estaba hambrienta de nuevos referentes, de nuevas figuras que tuviesen poco que ver con el pasado y que simbolizasen esa nueva etapa. Y buscaba tales referentes en todos los ámbitos, incluido el deporte. Fue precisamente la Quinta quien encarnó como nadie esas virtudes en el mundo del fútbol. De repente, los aficionados españoles vieron que nuestro fútbol podía dar a luz figuras de talla mundial, de jugadores respetados y valorados por los aficionados de todo el mundo. España dejaba de estar condenada a la furia, era posible un fútbol distinto del “a mí la pelota, Sabino, que los arrollo”.

Varias circunstancias coadyuvaron a ello. La primera, ya se ha dicho, es que la Quinta eclosionó en el momento histórico oportuno. La segunda, que estaba compuesta por jugadores perfectamente equiparables, por formación y cultura, a cualquier joven universitario de la época, y de hecho varios de sus miembros compaginaban los éxitos deportivos con la universidad; el tópico del futbolista español, esforzado pero tarugo, parecía saltar por los aires. La tercera circunstancia es que todos sus miembros sin excepción atesoraban una calidad técnica extraordinaria, una clase colectiva como probablemente ninguna generación anterior del fútbol español había tenido. Y finalmente, como guinda del apetitoso pastel, todos procedían de la cantera. La perfección absoluta.

Emilio Butragueño (Foto Blog Historias del Real Madrid)

La concurrencia de todo ello desembocó en un aluvión de simpatía y popularidad en favor de la Quinta, y en la recuperación de un orgullo en el madridismo que llevaba entonces algún tiempo enmohecido. El madridismo se entregó complacido al brillo de estos futbolistas que estaban destinados a devolver los días de gloria al club. Aquellas remontadas históricas en la Copa de la UEFA parecían confirmar que esta generación estaba llamada a las mayores gestas, y la alegre fanfarria con que toda la prensa deportiva ensalzaba sin descanso sus virtudes y callaba sus defectos no hacía sino alimentar el entusiasmo. El madridismo acabó por entregarse sin reservas a esa generación que representó un auténtico baño de luz.

Sin embargo, dos circunstancias se cruzaron en el camino: la decepción de aquella famosa semifinal contra el PSV Eindhoven y la irrupción imparable del Milan de Sacchi, el mejor equipo de fútbol que han visto los ojos de este desafinado observador. Ante esas adversidades, los jugadores de la Quinta se vieron ante una disyuntiva: apretar los dientes y redoblar esfuerzos, o darse por vencidos y desertar de la batalla. Y acabaron haciendo lo que era más conforme con su naturaleza: rehuir la pelea.

Porque los jugadores de la Quinta jugaban, si no con displicencia, sí con cierta distancia emocional a pesar de su indudable madridismo. Era el suyo un juego más cerebral que físico, y se diría que su ideal era conseguir la victoria y acabar el partido con el uniforme impecablemente limpio y hasta planchado. Mientras estuvieron arropados por los líderes bravos de la vieja guardia, su calidad contribuyó notabilísimamente a las remontadas históricas de la Copa de la UEFA. Cuando el transcurso del tiempo retiró a los primeros y les colocó a ellos como líderes de la plantilla, continuaron cosechando éxitos domésticos a causa de su enorme calidad y de estar acompañados de extraordinarios competidores como Hugo Sánchez, Valdano o Gordillo. Sin embargo, se hizo patente de forma cada vez más acusada que el suyo era un fútbol muy plástico y eficaz cuando las cosas venían de frente, pero poco efectivo cuando se trataba de revertir situaciones difíciles. Dicho de otro modo: cuando llegó la hora de la verdad, la Quinta demostró una falta de auténtico liderazgo, disimulada bajo un fútbol de alta escuela pero en cierto modo aburguesado y con tendencia al manierismo.

Hugo Sánchez (Foto La Vanguardia)

La afición y la prensa no quisieron ver esa falta de liderazgo ni ese narcisismo aristocrático que se hacían cada vez más evidentes, sino que siguieron apoyándolo y elogiándolo de tal modo que acabó por establecerse un cierto dogmatismo en cuya virtud la calidad técnica era el baremo fundamental -casi el único- por el que se podía calibrar la valía de un futbolista para el Real Madrid, de modo que quien sobresalía en ese particular apartado quedaba eximido de tareas tan bajas o tan proletarias como trabajar o mostrar compromiso. Virtudes tan intrínsecamente unidas al verdadero liderazgo -y tan indisolublemente unidas al Real Madrid hasta entonces- como garra, esfuerzo, pundonor, amor propio, orgullo o sacrificio eran consciente o inconscientemente preteridos, cuando no abiertamente despreciados como atributos propios de mediocres, de medianías sospechosas que debían suplir con sudor la falta de mejores dotes para practicar el fútbol. El público del Bernabéu se olvidó de los atributos históricos del club, y comenzó a juzgar a sus futbolistas casi exclusivame