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La gran belleza

La gran belleza

Escrito por: Mario De Las Heras16 octubre, 2016
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Benzema atrapa un balón que cae del cielo y lo envuelve en el regazo de sus empeines. Es un peregrino que vuelve entre dos defensas como entre las dos columnas de un templo. Allí le espera Kroos con las manos entrelazadas y ocultas bajo el hábito, que no es otro que el ser invisible e imprescindible. Un suspiro para que el alemán haga una pasada por la torre de control y Varane le tire el café encima al comandante. Hay ritmo y la gente se anima. Es la pista de baile de una boda. Bale taconea para Isco, que lanza a canasta con el pie, el alley oop, y Cristiano falla el mate. La música acaba de empezar y también la ira del rebaño contra un número uno. En todos los campos de España, incluso del mundo, uno puede apreciar desde su televisor el odio infrahumano de las bestias que se levantan de sus asientos ante la proximidad del ídolo. El gran éxito no de los cantares de gesta sino de los de ofensa. Y luego el silencio. El ruido es un ladrido, un gruñido antes de que Cristiano les haga agacharse y les despida con una caricia suave en el lomo.

Y nada pueden hacer ellos, ni nadie, si Benzema caza un balón revoltoso como con una patada alta de kárate y luego lo baja, ya dócil y amoroso. Benzema es una niña con coletas en una bicicleta rosa tintineante. Lleva un cazamariposas con el que atrapa pelotas y después las guarda en la cesta y canta canciones de princesas de camino al ocaso en cuyo fondo se recorta su figura en la que se pueden ver sobresalir dos coletas. Si uno ve eso y a Isco no tocar el balón sino enviarlo con el hierro cinco invariablemente a green sólo queda entregarse al loco vértigo de la montaña rusa en la que se ve a Marcelo continuar una jugada de espuela desde la línea de fondo, o comprobar cómo ha crecido en Madrid el niño Bale ante nuestros ojos orgullosos de padres.

Porque un gol de cuento es el que podía haber sido tras ese cabezazo bajo, adelantándose a la rotación de la tierra y jugándose el peinado de luchador de sumo. Ese peinado es tirante y magnífico e impresionante como el pelo azul de Isco que daría título a otro libro de relatos de García Márquez. No hay Ojos de perro azul sino Pelo de Isco azul para hacer otro el realismo mágico. Isco retiene la pelota y la lleva consigo como si le saliesen burbujas de los pies bajo los cuales Kovacic, con bata blanca, mezcla probetas con creciente verticalidad y soltura. Enfrente sólo está Joaquín, ese futbolista tremendo que es una lástima para los ojos porque prefirió ser siempre más gracioso que más futbolista. Pero hay que sumarse a la fantasía, que es donde Joaquín siempre ha querido estar. Otra lástima que siempre estuviese del otro lado.

Astaire Rogers

Benzema marca un gol, tras robo y pase de Kroos (invisible porque estaba como pegado a las cámaras), engañando a millones de espectadores, que esperan ver su centro a la boca del gol, con la parte interior del talón. Alguien tiene que poner cientos de microcámaras en esas botas para saber exactamente con qué parte de ellas le pega. Lo de Karim bien vale un estudio en verso de Golpeología podal, pero mientras alguien lo escribe, se puede ver el futuro donde son protagonistas Bale y Kovacic dentro de miles de años cuando ya no estén Cristiano y Modric. La iluminación del Villamarín, por terrenal, es inferior a la de los jugadores morados. Un disparo de Benzema deja una calabaza en el aire que empalma Marcelo de paseo por el campo con una pajita en los labios. Marcelo es una leyenda con sombrero de paja que provoca desequilibrios psíquicos a sus rivales, los cuales definitivamente enloquecen cuando Kovacic inicia un contraataque de cabeza para Pepe, que se marcha en taxi hacia la portería de Adán como Adam Clayton al final del videoclip de I still haven´t found...; luego otra vez Kovacic la cruza en carrera para Benzema que ve a Cristiano levantar la hierba por su izquierda, y éste a su vez ve a Pepe bajarse del taxi en algún garito del Soho de la otra banda y se la pasa, y el central portugués no la quiere y se la regala a Isco, que ha ido corriendo solo por el centro, despreocupado y observador como Thoreau por los bosques de Nueva Inglaterra para encontrarse con un sencillo gol construido como un amanecer.

Ya nada puede ser igual tras el descanso pero en parte se le parece. Sale Lucas Quinto y su efecto de tijera que no corta a pequeños apretones sino del tirón. Lucas Quinto son esas manos virtuosas de Art Attack, y Morata, que sustituye a Benzema, tiene crédito. Hace un control de espaldas perfecto con su envergadura ibrahimóvica y luego saca un pie de Fred Astaire con la defensa bética haciendo de Ginger Rogers para que la coja Cristiano como Forrest Gump saliéndose por el foso. Y la defensa despierta, afanosa, acosando al rival como hormigas al alacrán intruso. No se me olvida el gol de Isco, un tanto de rejoneador que marca y saluda con el sombrero cordobés en la mano, mientras todo el público, esta vez sin peros y sin ausencias, aplaude muy rápido y en blanco y negro, es curioso, como en el NO-DO.

Ha trabajado en Marca y colaborado en revistas como Jot Down o Leer, entre otras. Escribe columnas de actualidad en Frontera D. Sobre el Real Madrid ha publicado sus artículos en El Minuto 7, Madrid Sports, Meritocracia Blanca y ahora en La Galerna.