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Isco: la hora de la redención

Isco: la hora de la redención

Escrito por: Antonio Valderrama24 noviembre, 2016
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Decía yo aquí en esta misma tribuna, hace unos días, que Isco estaba “cautivo y desarmado por una extraña melancolía”. Ocurrió cuando se lesionó Toni Kroos e intentaba discernir, presa de infinitas inquietudes, de qué manera habría de resolverse el gran problema de su orfandad en el mediocampo madridista ante las etapas de montaña que se avecinaban. La primera fue el sábado pasado en el Vicente Calderón y allí jugó Isco en el vértice del ataque del Real: en él confluían los desmarques de Ronaldo y Bale, las aperturas de Carvajal y Marcelo y las transiciones desde Kovacic y Modic. Su partido fue espléndido; desde que tocó el primer balón, apenas unos segundos después del pitazo, lo vi ligero, flamígero, la bola transitaba mansa por sus pies, dúctil, maleable como la plastilina y él aparecía ubicuo por todos los intersticios del juego de su equipo, por todas las junturas, engrasándolas y girando el picaporte de las puertas adecuadas. No me cupo duda, el poeta no tenía saudade.

isco

A mí me pasa con Isco lo que a Camarón con Curro Romero, que con verle un quite me sobra. No obstante, en sus últimas titularidades esta temporada, sobre todo durante la racha de los empates de septiembre, Alarcón se mostraba rozagante, moroso con la pelota: sus críticos más duros, antibelmontistas, dicen que soba mucho la pelota, que la requiebra demasiado, pecado de todos los enamorados. Y es verdad que en esos partidos espesos, donde el Madrid no fluía, Isco, aculado detrás de Modric y Kroos, lejos de la pista de baile de los tres cuartos de cancha, cansaba la vista hasta de sus cantaores flamencos exhibiendo una intrascendencia que hacía llorar a los pájaros del Retiro.

En el Calderón, obligado por la baja de Kroos, sin Casemiro, Zidane pensó que el sitio de Isco estaba en la mediapunta, aparentemente liberado de la sujeción táctica al rombo central. Sucede con el fútbol moderno que ya es difícil decir de qué juega realmente fulanito o menganito: en esta especie de juego total de nuestros días, donde la intensidad física determina casi siempre el resultado final, los jugadores, más allá del portero y la defensa, deben hacer de todo y estar en todas partes. Isco nació al fútbol como mediapunta clásico en el Málaga, pero desde el comienzo de su carrera en el Madrid ha necesitado ser más cosas. Interior zurdo con Ancelotti en su primer año, volante derecho en el segundo, a veces hasta 5 esporádico, otras exiliado en alguna de las bandas, incluso se ha visto en la papeleta -tan poco agradecida desde aquel hallazgo de Del Bosque- de ser un falso nueve.

Tantos cambios amenazan la estabilidad emocional de un jugador, qué duda cabe, sobre todo la de uno que no es imprescindible en el once. Isco, como reseñó Manuel Jabois en su crónica del derby, es un lujo. Así se lo representa el madridista medio, y no sólo: para Zidane fue su jugador número 12 al final de la temporada pasada. Pero el sábado volvió a su zona de caza favorita, con el deber de correr tras la búsqueda del espacio ofreciendo siempre una referencia de pase y ruptura para los dos velociraptores de arriba. Fue entonces para el Atlético la gota de agua fría que cae en el cuello un día de invierno y se desliza, jodida e inevitable, por el espinazo; la corriente de aire que perturba la calidez del hogar. Recordó los mejores momentos de Özil en el Camp Nou, en lo más crudo de la dominación guardiolista, cuando Mourinho utilizó al alemán para desactivar la ventaja técnica del Barcelona infiltrando un ladrón de la posesión, un virus, un troyano, en el núcleo duro de su fútbol pasivo. Isco parecía más delgado, con su conducción arrabalera, sus giros de fútbol sala, su tobillo gomoso capaz de hackear todo el sistema operativo del entramado defensivo más logrado del fútbol europeo, el de Simeone.

Entraba y salía, al estilo de los contrabandistas en el Estrecho, del mar patrullado por Godín. Eso aniquiló al Atlético, incapaz de controlar a un tipo atrevido que batía líneas aguantando una décima más de lo normal y soltándola una milésima antes de lo necesario: o se le hacía falta o la pelota alcanzaba el pasto virgen donde esperaban los depredadores Bale o Ronaldo. Isco es la solución, parece, del dilema Kroos. Ahora surge otro dilema: Bale, y su largo invierno hospitalario, que obligará a Zidane a recuperar a James del fondo del armario, o darle el alta a Casemiro. En todo caso, Francisco Román Alarcón tiene el trapío de los buenos que quieren volver a poner a la plaza en pie. Es una gran noticia.

Madridista de infantería. Practi