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Un hombre normal

Un hombre normal

Escrito por: Antonio Valderrama3 febrero, 2016
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Un hombre llega a su casa. Es de noche. Muy tarde. Sus hijos duermen. Su mujer, también. Él se quita la chaqueta, la cuelga en una percha, se sienta a la mesa de la cocina. Luz blanca y fría. Tan fría como la cena, tapada con papel albal. Dos hamburguesas de pollo. Sin pan. Hay que hacer dieta. Se levanta y abre la nevera: saca el ketchup, la mostaza, la salsa barbacoa. Que se joda la dieta. Se sirve una cerveza y mira fijamente la pared de enfrente, donde un plato de adobe labrado malamente luce una frase: Estuve en Villaconejos de Arriba y me acordé de ti.

—Lo que hay que hacer para vivir, rediós.

El hombre, pelo negro, ancho, barrigudo, cierta papada, sin barba, nariz quizá porcina, mira apesadumbrado el plato. Hay que pagar las facturas, se dice, a pesar de todo. Está cenando solo porque viene del quinto coño, de una peña: otro acto más, otra peña más. Estoy harto de hacer el primo, se dice. La gente ya no me tiene respeto, se repite. Salvo esa gente, claro. Los peñistas. Qué grande eres, Tomás, le dicen. Tomás, eres un fenómeno.

Tomás se sienta en un butacón. Abre el Mac. Lista de reproducción: música clásica aleatoria. Cierra los ojos. Por un momento, se deja llevar por los suaves compases. Olvida el griterío de la peña, las caras desencajadas, el olor a aceite y a jamón. Se sirve una copa de vino. Vino francés. Vino viejo. Le encanta Francia. Los Campos Elíseos, el Sena al atardecer, el Pont Neuf. Ah, qué lejos estaba París de aquellas peñas en las que tenía que pasar los fines de semana, embutido en una camiseta vieja con el 7 a la espalda y la publicidad de Zanussi remarcándole la lorza. Francia, Francia. Con lo que me den por llevar al Txistu a la próxima peña de Los Palillos del Zorzal que venga a la Champions, me escapo al Loira un fin de semana. Eso le hace recordar: tengo que tuitear. “Los gabachos nos tiran la fruta pero nosotros tenemos a Zizou. ¡Viva España, franchutes”. Cien retuits en un momento. Sonríe, sardónico. ¿Por qué tengo que vivir así? La respuesta está sobre la mesa del salón: facturas del teléfono, facturas de la tele por cable, facturas de la luz, facturas del gas, facturas del colegio de los niños. Mi mujer se ha gastado este mes 500 euros en un bolso de Loewe. Joder, joder. Tendré que seguir escribiendo. ¿Cuál era el tema de mañana? Ah, sí. Alfredo me ha pedido algo contra Florentino. Con tu estilo, Tomás. Campechano, franco y directo. Ponle algo de lágrima, sentimiento. Eso, eso. Un saludo, mostro.

Florentino, ¿es este nuestro Madrid? ¿Es este el Madrid que queremos? ¿Es el que dejaremos a nuestros hijos? Florentino, escúchame: con el corazón en la mano te lo pido, como madridista de quinta generación, cuyo tatarabuelo ya vendía turrón y piñonates en la calle Padre Damián los días de partido, te pido, que escuches a tu pueblo. ¡Florentino, escucha a tu pueblo! ¡Más españoles y menos de fuera! ¡Menos dinero y más cojones! ¡Menos giras por China y más Carranzas! No olvides el sentir de tu Madrid, de los madrileños, de tu gente. ¡Florentino, estamos perdiendo la esencia!".

El cursor parpadeaba. Era tarde. Mañana, domingo. Otro partido. Otra comida con peñas. No las soportaba. Su estómago, menos. Tanta grasa le estaba provocando una úlcera. Y sin embargo…¿en qué momento él, un joven que amaba el periodismo, que quería cambiar el mundo, que quería hacer literatura y desentrañar el demiurgo que mueve el destino del fútbol, se había convertido en lo que era? ¿Hasta cuándo, Tomás? Se decía, pensativo, triste. Lúgubre, incluso. Se sentía una Jezabel. Miró su estantería, repleta de libros clásicos, de filosofía. Amaba a Kant, pero la razón pura tendría que esperar. Además del artículo, debía tener algo preparado para un ciclo de conferencias que la Peña El Moro de España tenía previsto en primavera. Se comprometió a hablar de Raúl, el Gran Capitán: corazón madridista. Madre mía, Tomás, se dijo mientras apuró de un trago la copa de vino. Estaba cansado. Exhausto. Pero, pero. Hasta el final, vamos Tomás.

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Madridista de infantería. Practico el anarcomadridismo en mis horas de esparcimiento. Soy el central al que siempre mandan a rematar melones en los descuentos. En Twitter podrán encontrarme como @fantantonio

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