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La Galerna de los Faerna
Gran Hermano en Chamartín

Gran Hermano en Chamartín

Escrito por: José María Faerna11 septiembre, 2016

Un momento, ¿pero no éramos nosotros los que abríamos la cartera mientras otros picaban en la cantera con pico y barrena? Cualquier persona debidamente informada sabe bien que en Francia no hay nada que rascar en materia de autopistas, así que nada había que esperar respecto al fichaje de Pogba con el que la prensa nos calentó la cabeza en lo más tórrido del verano. Pero, hombre, Florentino, ¿no había por ahí alguna bicoca con hernia, uñero o herpes zóster por la que pagar una carretilla de millones? ¿Nadie sabía en Concha Espina que Ballotelli estaba sin equipo? Esto es lo que pasa cuando no hay director deportivo, carajo; se empieza fichando samuráis en Cardiff y acaba uno en la inobservancia del Día del Señor y disputándole el asiento en el autobús a las señoras embarazadas.

Semejante degradación se veía venir. Ya el año pasado apenas se movió un cesto, porque a Kovacic no le dolía nada y Casemiro ya era de la casa. Menos mal que Danilo tuvo el buen gusto de hacer una temporada floja y que llegó Benítez con la guillotina incorporada en el equipaje, si no a ver de qué diablos escribimos los plumillas hasta el minuto 93, es que no hay consideración. Yo veía pasar las semanas americanas y la camisa no me llegaba al cuerpo sin atisbar más novedad que la calva reluciente de Pintus, ese Hyde que, mientras Zinedine Jekyll sonríe beatífico, disfruta dejando sin resuello a veteranos y noveles como caballos sin posta.

El caso es que, inadvertidamente, la inquietud fue mudando con los días en una extraña placidez. Yo lo atribuyo a un trauma infantil, que siempre es un expediente socorrido. Durante el bachillerato (de los antiguos, de aquellos de seis años más COU), la F de Faerna resultó ser una letra fronteriza, de modo que los años impares me alistaban en el grupo A y los pares en el B. Mi comienzo de curso era siempre una añoranza de compañeros perdidos a los que solo vería ya en el recreo. También es verdad que esto contribuyó a ampliar mi círculo de amistades escolares, pero me quedó ahí un ansia irresuelta de estabilidad, una vaga conciencia de la vulnerabilidad temporal de los vínculos de grupo. De pronto, según pasaba la pretemporada, la idea de repetir plantilla me envolvía con una calidez en todo semejante a la piel del chéster de mi salón. La inquietud se desplazó entonces desde la ausencia de fichajes estelares a la torva amenaza de abandonos. James o Isco engrosando la nómina del Arsenal y la posibilidad de que llegáramos a echarlos tan poco de menos como al Fideo Di María y al Besugo Özil, a quienes tanto quisimos. Incluso la opción de ceder a Asensio, tan recién llegado y ya como de toda la vida. ¡Qué raras y puñeteras las hipotecas sentimentales del fútbol! Ante tanta turbación, la partida de Jesé hacia París casi parecía cosa de poco, esa pequeña punzada que uno está dispuesto a negociar a cambio de que nada cambie para que todo siga igual.

angel exterminador

Tengo la impresión de que no estoy solo en esto. A lo largo del verano el madridismo ha ido forjando una conciencia clara de que nada deseábamos más que seguir juntos con aquellos que recompensaron nuestra fe con la Undécima y con un final de liga que solo acabaremos olvidando porque no la ganamos, aduana imprescindible cuando se viste la blanca y radiante; ¡pero qué pocas ligas de las que no ganamos habremos disfrutado tanto! El sonido de la campana el 31 de agosto fue una bendición: por fin este curso no me iban a cambiar de grupo, el universo seguía en su sitio y pronto llegaría el frío y con él el abrigo de Zidane . Tan sobrado me veo que has