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Fondo blanco, una crónica sentimental sobre el Real Madrid

Fondo blanco, una crónica sentimental sobre el Real Madrid

Escrito por: La Galerna15 octubre, 2021
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La Galerna ya es mecenas de «Fondo blanco, una crónica sentimental sobre el Real Madrid», libro de Juan Carlos Guerrero, colaborador habitual de la web. Hazte tú también y, además de reservar tu ejemplar, verás tu nombre en las páginas finales del libro junto al del resto de personas que han apoyado este proyecto.

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«Fondo blanco, una crónica sentimental sobre el Real Madrid» es la disección de una relaciónamorosa, la más duradera en la vida del autor. Juan Carlos Guerrero ni siquiera recuerda el inicio de todo:

“El Madrid es como mis padres: ya estaba ahí antes de cualquier cosa que pueda recordar”.

Si se pone a escarbar en la memoria, Juan Carlos encuentra un gol de chilena como uno de sus primeros recuerdos. Estamos a principios de 1994:

“Aquella temporada para olvidar tuvo dos momentos que se me quedaron grabados. Con seis años entendí que lo que veía en los dibujos de Oliver y Benji estaba basado en hechos reales porque José Luis Morales marcó un gol de chilena al Dépor en el Bernabéu. No fue tan espectacular, pero desde entonces llevo esperando a que alguien se atreva con la catapulta infernal. Aquel gol me pilló cenando en casa de mis vecinos un sábado por la noche e inauguró mi inútil capacidad para recordar dónde estaba yo en momentos importantes o intrascendentes de la historia del Madrid”.

El autor no solo quiere comprender el cuándo, sino también qué significa esa afición por el Real Madrid:

“Ser del Madrid, lo comprendes luego, es aguantar que te digan que no te pega y que eso es muy fácil porque siempre gana. Ser del Madrid supone caminar por la calle bajando la mirada y pidiendo disimuladamente perdón por el peso de la culpa de apoyar al ganador. (…) Aparte de soportar las acusaciones de arbitrajes favorables o los reproches por la buena gestión económica de las últimas décadas, el madridista vive con una presión constante ante la inminente llegada del apocalipsis. Dos derrotas consecutivas equivalen a varias portadas titulando “¡CRISIS!”. Cada año hay cuatro o cinco de estas. Algunas veces se abrazan unas a otras dando lugar a una crisis perenne que dura años y cinco entrenadores (Queiroz, Camacho, García Remón, Luxemburgo y López Caro para no ganar nada entre 2004 y 2006). Pero en otras ocasiones acaban con el Madrid levantando la Champions. Esto es una cosa que dicen mucho los aficionados rivales y tienen razón: el Madrid es el único equipo que, estando mal y sin merecerlo, es capaz de ser campeón de Europa. No se iban a equivocar en todo”.

«Fondo blanco» es un libro de primeras veces. Por ejemplo, de la primera vez que el niño que un día fuimos todos nos quisimos parecer a un jugador que vestía la camiseta blanca:

“Un mejor amigo deja de ser un mejor amigo cuando empiezas a compartir demasiadas cosas con él: que os guste la misma chica o que tengáis el mismo jugador favorito. A mí me pasó lo más grave: lo segundo. En los partidillos de los recreos nos pedíamos a los futbolistas que más nos gustaban, y Miguel y yo coincidíamos en que Míchel era nuestro preferido. Aquello estaba destinado a que perdiera yo cuando supe que Míchel venía de Miguel. Además, su padre le regaló un póster gigante del mítico 8 blanco que colgó en su habitación. ¿Quién podía competir contra eso?”.

Un libro que habla de la niñez tiene que ser nostálgico por obligación. Este no iba a ser menos:

“El sábado por la noche me iba a casa de mis abuelos maternos a ver el partido que daban en abierto, en lo que con el paso del tiempo ha quedado como uno de los recuerdos favoritos de mi infancia. Leí una vez un artículo de Manuel Jabois sobre Camilo Sesto, en el que contaba que la madre del cantante le decía que “la verdadera patria es la comida”. Si eso es así, mi bandera es rojiblanca, en honor a la longaniza con pan que me preparaba mi abuelo para cenar”.

“En mitad del camino de vuelta a Madrid comenzaban los partidos de las cinco de la tarde. “Papa, sube la radio”. Menuda paciencia tenían mis padres conmigo, cuando a ninguno les gustaba el fútbol, y hemos de reconocer que a todo aquel que no es futbolero se le pone dolor de cabeza escuchando los saltos de un campo a otro, entre tanto grito y tanto morse”.

Quien fue consciente del 20 de mayo de 1998 seguramente elegirá ese momento como el más importante de su trayectoria madridista:

“Cuando el gol de Pedja yo estaba a las puertas de cumplir 11 años, y en los días previos no dejaba de escuchar una y otra vez que el Madrid hacía 32 años que no ganaba la Copa de Europa: eso eran tres vidas mías. Lo viví en el sofá de mi casa y lo sentí como el acontecimiento histórico que realmente era. Al día siguiente, se calcula que un millón de personas salieron a recibir a los héroes de Ámsterdam”.

A Guerrero le marcó tanto ese momento que vuelve a él continuamente en busca del misterio que en ocasiones le quita el sueño:

“La culpa es algo más propio de los adultos que de los niños y a veces llega con carácter retroactivo. Lo que nunca me preocupó en directo me hace perder largos ratos ahora buceando en Youtube por si en alguna toma consigo ver que efectivamente Pessotto se quedó enganchado en el momento del disparo de Roberto Carlos y Mijatovic no está en fuera de juego. No sé por qué tengo esa necesidad de confirmar que el gol que cambió la historia moderna del Madrid fue legal. Da igual, no va a cambiar nada, la Juventus no va a exigir que le devolvamos el champán con el que brindaron los campeones porque no habían llevado el suyo. Nadie va a expropiar el trofeo, pero necesito sentir en mi interior que Mijatovic estaba en posición correcta”.

Fue fan de Míchel, de Pedja, pero para el autor no hubo ni habrá otro como Raúl:

“A mí el joven 7 no me maravillaba todavía como un par de años después, cuando se convirtió desde entonces en mi ídolo y en el mejor jugador de la historia del fútbol, lo discuto con quien haga falta. Empecé a sentir que yo podía marcar goles con el Madrid a través de las piernas de Raúl, y la cuenta, que arrancó con carácter retroactivo, se paró en abril de 2010 tras 323 goles. Ha sido el único jugador con el que he perdido la objetividad por completo, incapaz de reconocer su declive, y beligerante a la hora de enfrentarme a amigos y compañeros de instituto y universidad por no querer ver lo evidente, aunque algunos decidieron resumir la carrera de Raúl enfocando únicamente sus años tristes”.

No obstante, si se expone el filtro de la fría objetividad, reconoce que el mejor jugador que ha visto con la camiseta blanca es Cristiano Ronaldo:

“Para los que sufrimos de nostalgia, pensar que no volveremos a ver nada parecido al portugués, incluso sin haberlo valorado justamente en su momento y haciéndolo más ahora que todo acabó, como buen melancólico, me genera angustia porque uno siempre tiende a engañarse y a creer que lo mejor está por llegar. Pero supongo que llega un día en la vida en que uno desea tener menos años, que se ve de repente bajando el puerto, poniéndose papel de periódico en el pecho para no coger frío, porque el descenso es más veloz, pero también, a diferencia del ciclismo, más duro que la ascensión, porque en la vida perseguimos una cima y lo que no deseamos es llegar a meta”.

Guerrero realiza en el libro un honesto ejercicio de autocrítica, como cuando se sentía mal por la acumulación de Balones de Oro que hubo en el equipo a principios del siglo:

“La etapa de los galácticos me pilló siendo un adolescente demasiado permeable a las opiniones de los demás. Cuando digo los demás me refiero a los que no eran del Madrid, cuyos dedos acusadores por todo lo que gastaba el club en los mejores jugadores del mundo me obligaban vivir con la sensación de ser cómplice de los atracos de Florentino Pérez en todas las sucursales bancarias para poder pagar semejantes millonadas. O de eso me intentaban convencer, y yo me dejaba”.

En «Fondo blanco» aparecen multitud de reflexiones futbolísticas y vitales. Una de ellas tiene que ver con la pasión en la grada y con quién debe dar el primer paso:

“En ese momento, el señor que tenía detrás me cogió de la capucha del abrigo y me devolvió a mi asiento, a la vez que gritó: “¡Que no veo!”. Mi reacción fue reprocharle su pasividad ante una ocasión de peligro de su equipo y su falta de pasión. Yo era joven y entendía que había que animar al equipo sin condiciones desde el primer minuto. Con el paso de los años, uno se vuelve más exigente y se empieza a preguntar si vale la pena dar el primer paso, si no hay que esperar a que los jugadores se merezcan los aplausos y los gritos de aliento, si no deberían ser ellos, a lomos de los ceros que actúan de sufijos en sus nóminas, los encargados de llevar en volandas a los aficionados. Al final, todos nos acabamos convirtiendo en el señor que me puso en mi sitio”.

Ese niño que siempre estuvo ligado al Madrid desde antes de tener memoria acabó convirtiéndose en periodista deportivo y su pasión se enfrió en algunos aspectos. Hoy, que ya han transcurrido algunos años, muestra cierta envidia hacia quien abrazó el mourinhismo:

“A veces me pregunto cómo hubiese vivido yo el mourinhismo sin haberlo presenciado desde dentro de un medio de comunicación. Me dejé llevar por la primera sacudida, pero pronto me pareció que ese tren iba a descarrilar y el revolcón sería celebrado por todos los que iban dentro. Sabían a lo que iban y me produce cierta envidia quien recuerda aquellos años locos como una eterna fiesta universitaria, llena de euforia y resaca, con unas pintas que prefieres no volver a ver pero sí recordar. Hay fotos del pasado que es mejor ver con la memoria que con los ojos”.

Una de las mejores cosas que nos aporta el fútbol es que nos permite entablar relaciones con otras personas. Con los de nuestro equipo:

“Si los hinchas somos una especie de comerciales de nuestro equipo, a mí me corresponde la comisión pertinente por el madridismo de mi hermano Manuel. Somos muy diferentes en casi todo, pero siempre tendremos un punto en común: el Madrid”.

Pero también con los que defienden otros colores:

“Desde ese día, tan sensible como soy a las desgracias ajenas, me siento un deudor: no es el fútbol el que le debe una Champions al Atleti, sino yo. Deseé (y sido deseando) fuertemente que mi familia política pudiera celebrar una Copa de Europa. El “cuidado con lo que deseas” me vino a ver dos años después: otra final Madrid-Atleti. Tuve que sacar el contrato en ese momento para aclarar que había letra pequeña en mi petición: esa Champions no podía ser contra el Madrid”.

Guerrero acabó dejando el periodismo como actividad principal, lo cual le permitió recuperar la pasión que había menguado. Sigue escribiendo sobre el Madrid, es colaborador de La Galerna, y este libro es una declaración de amor hacia quien siempre le ha acompañado. Resérvalo ya y ayuda a que este proyecto sea una realidad.

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