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Flying lady

Flying lady

Escrito por: Fred Gwynne16 junio, 2015
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Que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, quise ser millonario. Ya, ya sé que lo de querer ser millonario no es nada original, pero puede que mis motivos para serlo sí lo sean. Yo quiero ser millonario por superstición. Bueno, para ser más exactos: yo quiero ser millonario porque ser supersticioso me cuesta mucho dinero.

He dejado de usar tantas camisetas, zapatillas o colonias a causa de las derrotas del Madrid (no quiero ni imaginar lo que tiene que ser supersticioso en otros equipos) que mi sueldo apenas alcanza para cumplir con mis ensalmos.

A mí lo que de verdad me gustaría ser es un millonario de esos que, cuando su equipo favorito encaja un gol, en lugar de ir corriendo al armario a coger su ajada camiseta de la suerte número dos (está claro que después de encajar ese gol, la número uno ha dejado de funcionar), cogiese la de Gucci, la rasgase con un afilado abrecartas de plata y la tirase por la ventana.

Un hombre, y más si es un aficionado del Real Madrid, tiene que aspirar a lo más alto. Debe aspirar a tener clase dentro del escalafón de los supersticiosos. A ser el Rockefeller de las hechicerías, el Onassis de las cábalas. Estoy harto de cambiar de colonia cada vez que pierdo un partido y no volver a usarla. Harto. Ser un supersticioso profesional exige un enorme desembolso. Aspiro a más, aspiro a bajar a mi garaje, sacar mi plateado Rolls, rociarlo de Clive Christian y pegarle fuego sin complejos. Quiero ver fundirse mi “Flying Lady” sin culpas, sin remordimientos, como si mi coche fuese un altar y esa preciosa figura un sacrificio para alejar las derrotas. Quiero ser millonario y dilapidar conjuros como otros despilfarran billetes.

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Llevo años siendo supersticioso. Creo que fui supersticioso antes que aficionado. Con eso se nace. A mí, en lugar de sacarme una foto de esas de pila bautismal y bebé sonriendo con una camisetita del Madrid, me sacaron una en la que se me ve cruzar los dedos mientras el cura me echa el agua bendita. Cuestión de prioridades.

Todos. Todos somos supersticiosos, y el que dice que no lo es, o miente, o miente por superstición. Hay tantas supersticiones como aficionados. Si en el mundo hay cuatrocientos millones de aficionados del Madrid está claro que hay cuatrocientos millones de supersticiones. Ese es el dato mínimo. Yo calculo que en un partido importante del Madrid se pueden mover unos quinientos millones de supersticiones. Es más, yo diría que en la Décima se movieron más de mil millones. Me he informado y he hecho mis cálculos. Ahí se batieron todos los records. Hasta el 92’48’’ el mundo entero fue una enorme superstición, cultivada durante doce largos y dolorosos años.

Es una carrera larga, dura y que exige un entrenamiento constante. Algunos nacemos con este don, pero hay otros que por mucho que lo intentan no son capaces de convertirse en uno de los nuestros. El supersticioso nace pero también se hace.

Incluso los que dicen que no son supersticiosos, lo son. Tengo un amigo que presumía de no ser supersticioso igual que Tony Soprano presumía de no tener depresiones. Se le veía en la cara, se le notaba a la legua que era un supersticioso de manual, que tenía la piscina llena de patos que iban a volar de un momento a otro. Con este tipo de personas lo único que hay que hacer es ser paciente. Ser paciente y estar atento. A mi amigo lo pillé un día cambiándose de calcetines quince minutos antes de terminar una final de la Supercopa. Había ido a ver el encuentro a su casa porque podía ir a ver el encuentro a su casa. Imagino que a estas alturas ya sabréis que hay casas y hay personas (el parentesco es lo de menos y aquí las razones sentimentales sobran) con las que no se puede ver determinados encuentros.

Estábamos empate a uno, Iturralde nos acababa de dejar con nueve, había que remontar el resultado adverso de la ida, y yo ya había terminado todos mis rituales: el de la camiseta, el de la colonia, el del pie derecho, el del izquierdo, el de los calzoncillos de la suerte y los siete inconfesables. Todos. Había terminado todos los rituales y estaba a punto de inventar alguno nuevo para la ocasión, cuando mi amigo se levantó sin decir nada y abandonó el salón. Le seguí, dejé el cronómetro corriendo sabiendo que aquella era mi última oportunidad, y fui detrás de él como si yo fuese John Wayne y él un vil comanche que hubiese raptado a mi blanca sobrina.

Abrí la puerta de su cuarto lentamente y allí estaba, sentado en la cama, con los pies desnudos y aquella mirada cómplice. Le faltó decir aquello de “cariño, no es lo que parece” pero no hizo falta. Ni siquiera tuve que desenfundar. Los dos sabíamos lo que sabíamos. Era suficiente para ganar aquel puñetero partido.

Ahora siempre que le veo le reprendo, con cariño pero con autoridad, como el padre que abronca a su hijo por estudiar a última hora y no haber hecho antes los deberes. Él me mira, baja la cabeza, y mientras mueve su pie derecho me enseña el calcetín dándome la razón.

Y hasta aquí hemos llegado. Hasta la nada. Hasta despedirnos de la ceja y llorar por un año blanquísimo. Está claro que esto merece medidas urgentes. Merece la superstición de las supersticiones. El “cum laude”, Ítaca y el paraíso, juntos y revueltos. Algún día tenía que intentarlo. Y ese día ha llegado. Estoy intentando, y digo intentando ya que todavía estoy en la fase mental del asunto y no he pasado a la práctica por falta de partidos, que mi superstición sea no tener supersticiones. Cruzo los dedos por conseguirlo.

Soy un hombre hecho a mí mismo. El problema es que me sobraron algunas piezas. SOL O CONTIGO. Persigo playas.