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Elogio de Benítez

Elogio de Benítez

Escrito por: John Falstaff15 junio, 2015
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En este caluroso Junio que para el madridismo es el invierno de la decepción, cuando el cielo se ha encapotado y ha tomado un color panzaburro que invita más a la murria que al optimismo, y que resulta aún más amargo por contraste con el sol insolente y estelado de ahí al lado, a mí me surge, irreductible, la esperanza. Voy a tratar de explicar por qué, y para ello necesito ayudarme de un pequeño excurso a modo de reflexión previa. Espero que no se me impacienten; les prometo que el viaje por los benditos cerros jienenses será lo más breve y lo menos tedioso que me sea posible.

 

Decía Wilhelm Furtwängler que la música de Beethoven se eleva hacia el cielo, mientras que la de Mozart desciende de él. No seré yo quien contradiga al místico director nacido en Berlín (sí, amigos, Berlín también ha sido testigo de acontecimientos felices), pero he de reconocer que en cuestiones futbolísticas soy más beethoveniano que mozartiano. Prefiero el fútbol proteico al leve y filosófico; me inclino por el que se disputa con borceguíes manchados de barro y de hambre de triunfo frente al que se juega calzando los  coturnos alados de Mercurio, con sus dorados destellos; me emociona el fútbol de esfuerzo y pelea -el deporte como sublimación de la guerra- y me aburre el que parece jugarse con mallas y tutú. La gloria en el fútbol es hija del sudor y del valor, del espíritu indomable y de la sed de victoria, y quien busque arte jamás debería profanar el estadio de fútbol, que no es un templo sagrado porque el fútbol es mucho más que una religión. En el fútbol sobran siempre las liras y los versos de rapsoda; cuando se trata de fútbol, y que me perdone el padre Suances, el cielo se toma al asalto.

 

Yo no sé si el fútbol del Real Madrid asciende hacia el cielo o procede de él, pero sí sé lo que para mí es el Real Madrid. El Real Madrid es la pradera temblando bajo esa estampida de búfalos con los ojos inyectados en sangre que se llama Cristiano Ronaldo; es Bale dejando atrás a Bartra, al empujón que éste le propina, a sus propias dudas y a cinco años de frustraciones para galopar de forma inverosímil en el minuto no sé cuántos de la prórroga y marcar un gol legendario; es un melenudo chavalín de Santillana del Mar que olvida sus limitaciones para convertirse en icono madridista a fuerza de determinación y de fe en sí mismo; es Zidane sosteniendo la mirada a lo imposible en una final de Copa de Europa y deteniendo el tiempo para siempre en una volea eterna y viril que percute la historia al mismo tiempo que la red del Leverkusen. El Real Madrid -sírvanse ustedes del ejemplo que sientan más cercano a su corazón- es el espíritu insobornable de lucha, la búsqueda incansable de la victoria, la superación de cuantos obstáculos nos presenta la vida, la mirada desafiante al destino. La esencia del Real Madrid no está en las diez Copas de Europa ni en la sala de trofeos del Bernabéu; tales trofeos, formidables y prodigiosos como son, constituyen tan sólo el portentoso resultado de la fidelidad del Real Madrid a sus valores, a su naturaleza primera y última, a la que nos hace sentirnos orgullosos de nuestro madridismo.

 

Por todo eso -y abandonamos en este punto mis queridos olivares de Úbeda-, me siento esperanzado con el año que nos espera. No es sólo que el Real Madrid siempre se levanta, es que se advierte un cambio de rumbo que, esta vez sí, parece disponernos en la dirección correcta, y que se resume en la contratación de don Rafael Benítez para dirigir el banquillo y el vestuario -¡ah, el vestuario!- madridista. No se me escapa que la gran mayoría del madridismo ha recibido a Benítez con frialdad -cuando no con abierta hostilidad-, aunque sí lo hacen las razones de tal proceder: más allá de vagas referencias a su aspecto algo desaliñado o a la circunstancia de tratarse de un técnico "en decadencia", de existir razones de peso para oponerse a la llegada del madrileño a nuestro banquillo, yo no he conseguido averiguarlas. Así que, nadando probablemente contra corriente, me dispongo a echar mi cuarto a espadas en favor de Rafa Benítez (si han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, quizá no sea abusar demasiado de ella el pedirles que continúen unos párrafos más).

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De Rafa Benítez podría glosar muchas virtudes, pero me centraré sólo en las más importantes. No mencionaré, por tanto, la simpatía que despierta en mí su nombre, prosaico y de barriada; un tipo llamado Benítez nos remite a la autenticidad de Orcasitas o Malasaña y nos aleja del glamour -ese impostor, que diría Xavi Hernández- de la Via Dante milanesa. Tampoco haré referencia al apego que me producen su oronda figura y esa cara sonrosada y algo abotargada, que probablemente nos hablan del sabio gusto por los placeres de la vida (di taverna in taverna, quel tuo naso ardentissimo mi serve da lanterna), si bien he de confesar que en esto puedo pecar de parcialidad: si observan mi retrato que aparece un poco más abajo, repararán que Benítez bien podría ser mi hermano menor, o incluso mi hijo. No, no abundaré en ninguna de estas cualidades pues, con ser importantes, palidecen frente a las que me interesa destacar.

 

La primera y más importante es que Benítez, a lo largo de toda su carrera, jamás ha prometido que sus equipos jugarán bien al fútbol. Denme ustedes un entrenador que prometa un fútbol bonito y huiré de él como de la peste, por cursi y por perdedor. Prometer el buen juego es anunciar el desastre. Por otra parte, yo nunca he sabido en qué consiste eso de jugar bien al fútbol. Para mí (me remito a mi profesión de fe futbolística unos párrafos más arriba), jugar bien equivale a ganar, y perder es sinónimo de jugar mal, y creo que la historia del Real Madrid corrobora que mi punto de vista no es muy diferente de lo que siempre ha sido -utilicemos el palabro- la filosofía del club. Alejandro Magno fue temido y admirado por haber conquistado media Europa, no por la belleza táctica con la que disponía sus tropas en el campo de batalla. Del mismo modo, cuando uno se pasea por la sala de trofeos madridista no piensa en si tal o cual trofeo se ganó con un fútbol más o menos bonito (lo de juego bonito es algo que debería quedar confinado para siempre en las fronteras de Brasil), sino en el legítimo orgullo de saber que su equipo fue el mejor. No hay belleza mayor que la victoria. No hay belleza más allá de la victoria.

 

Además, Benítez ha demostrado que construye equipos competitivos, muy trabajados tácticamente, correosos y difíciles de ganar. Sé que a mucha gente la expresión difícil de ganar le produce urticaria, por tratarse de un concepto defensivo que se identifica con un fútbol retrógrado y reaccionario. Yo entiendo que la coincidencia en el tiempo de la Quinta del Buitre con el dream team  de Cruyff, verdaderos anni horribiles del madridismo, produjo tantas víctimas en el fútbol como la LOGSE en la educación, y que aún estamos padeciendo sus desastrosas consecuencias, como cualquiera que eche un vistazo a la grada del Bernabéu un día de partido puede acreditar. Pero la verdad es la verdad y, aunque a algunos les suene a herejía, los equipos ganadores se construyen comenzando por la defensa, del mismo modo que la elegancia empieza por los zapatos. El fútbol, mientras no se demuestre lo contrario, consiste en marcar más goles que el rival, de donde cabe deducir con escaso riesgo de violentar las reglas de la lógica, que si uno consigue que no le marquen ningún gol tiene media tarea completada. Se trata de una verdad tan incontestable como frecuentemente preterida, pero yo no la olvido y Benítez tampoco; con eso me basta.

La última virtud de Benítez que desgranaré, por no hacer este artículo todavía más farragoso, es su personalidad. Lo que nuestro vestuario necesita no es un pacificador -¡qué gran error, Florentino!- sino un domador. Un domador experimentado y armado de látigo y de rifle de caza para abatir las piezas que se nieguen a pasar por los aros de la disciplina y el mérito. Un domador con el rostro surcado de cicatrices y con la mirada más fiera que la de los animales a su cargo. Un domador que le tenga más aversión a las ruedas de prensa -¡ay, esas lágrimas!- que a la sangre en la jaula. Un domador que levante adhesiones inquebrantables de quienes estén dispuestos a sumarse al proyecto con su trabajo y sudor, y el odio más africano (de tierras de Eto’o, mismamente) de quienes prefieran seguir entregados a la molicie, al capricho y al masajeo del periogolfismo. Un domador que ponga las cosas -y las bestias- en su sitio. No diré que Benítez se ajuste milimétricamente a este perfil, pero es un gran paso adelante en la dirección correcta.

Así que, señores, tengo esperanzas de que tras el invierno salga el sol. Miro a Benítez y veo a once jabatos vestidos de blanco haciendo la guerra y no el amor. Miro a Benítez y me parece adivinar el orgullo inconfundible del madridismo en el brillo de sus ojos pequeños y vivarachos. Miro a Benítez y veo a un outsider tomando –para nosotros- el cielo y la gloria al asalto.

¿Increíble? Bueno, cada vez que oigo las burlas a Benítez entre el madridismo pata negra me viene a la cabeza la frase que repite Benedict Cumberbatch en The imitiation game: a veces, la gente que nadie imagina hace cosas que nadie sería capaz de imaginar. Sobre todo si les dejan trabajar. ¿Les suena el nombre de Luis Enrique?