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El noveno presidente

El noveno presidente

Escrito por: Antonio Valderrama1 julio, 2015
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Cuando repaso la Historia del Madrid, sea con ánimo investigador, o por mero esparcimiento, procuro detenerme casi siempre en el trienio comprendido desde 1936 a 1939. Hay muy poca información acerca de los avatares por los que hubo de atravesar el club a lo largo de la Guerra Civil. Es complicado, presumo, reconstruir fidedignamente la trayectoria de una entidad deportiva en mitad de un enfrentamiento tan colosal como fue aquel, hace ya 80 años. Sobre todo, la levedad del foot-ball y su condición de sport marginal, puro entretenimiento de segunda clase en aquel tiempo comparado con los toros, el cine o el teatro, enrevesa la búsqueda de información contrastada acerca de cómo sobrevivió el Madrid Club de Fútbol a la lucha fratricida que rompió España y quiénes fueron los protagonistas de aquella epopeya agónica que durante mucho tiempo tuvo al club al borde de la desaparición. No obstante, buceando, algo se encuentra.

La primera noticia que tuve del coronel Antonio Ortega fue una entrada en el blog de culto por antonomasia del madridismo del siglo XXI, Madridistas ateos. En un pequeño post titulado “El equipo del gobierno”, leí: “-antonio ortega, militante comunista, coronel del ejército popular republicano. tras la guerra fue detenido y ajusticiado.” Todavía, las vivencias del Madrid durante la guerra eran para mí un pasaje desconocido. Por circunstancias posteriores, me vi buceando en Internet, empeñado en hilar un relato sólido y coherente del devenir madridista durante aquellos años. Partiendo siempre, naturalmente, de datos inconexos y fragmentados, aparecidos aquí o allí, en ésta o en aquella otra página, blog o noticia desperdigada. La historiografía tradicional de la que hice acopio desde la infancia y que habitaba la profundidad abisal de mi biblioteca desde hace casi veinte años, apenas mencionaba nada de esos años. La reciente Historia del Real Madrid contada por ABC simplemente salta desde el año 36 al ambiguo período definido como “Entre 1939 y 1956”; la trilogía editada por Marca llamada Museo Blanco: la Historia gráfica del mejor club del mundo, abrevia con un sucinto “Temporada 1938-1939: tras la tempestad, de nuevo el fútbol. La Guerra Civil había suspendido durante casi tres años las competiciones. El 14 de mayo de 1939 se inicia el único torneo que se disputa en España, ya que la Liga no se reanuda hasta la campaña siguiente.” La Historia Gráfica del Real Madrid, de AS, publicada en 1997, tiene el honor de ser mi primer tesoro documental madridista. En ella sólo se dice que “La guerra frena un gran Madrid: la guerra civil destroza un gran Real Madrid, que durante la República había ganado dos Ligas consecutivas. Se ficha a Lecue y al húngaro Kellemen.” ¿Quién era, entonces, aquel Antonio Ortega?

Antonio Ortega con las Milicias Antifascistas Vascas

El Madrid ha tenido desde 1902, según la web oficial del club, 16 presidentes. Sólo Adolfo Meléndez y Florentino Pérez repitieron mandato. Sin embargo, en la web no se hace referencia alguna ni a Juan José Vallejo, el representante del comité de la Federación Deportiva Obrera que incautó el Madrid en verano de 1936 relevando a Rafael Sánchez Guerra, ni a su inmediato sucesor, Antonio Ortega. El hecho es que en un momento indeterminado del año 1937, el coronel del Ejército Popular Antonio Ortega Gutiérrez, natural de Burgos, nacido en 1897, accedió a la presidencia del Madrid Club de Fútbol. En aquel momento, como he escrito ya en esta página, el Madrid Club de Fútbol sólo poseía nominalmente las modernísimas instalaciones del Estadio de Chamartín, de facto campo de entrenamiento y cuartel del Batallón Deportivo. Pablo Hernández Coronado, el secretarísimo, hombre fuerte del club y al que la institución debe probablemente la supervivencia en este período, y Carlos Alonso, son quienes sostienen la entidad. Ortega, teniente de carabineros al estallar la sublevación contra la República, gobierna San Sebastián en los primeros compases del enfrentamiento y llega a Madrid justo antes de que comience la histórica defensa de la capital: destaca ante Miaja y rápidamente asciende a la par que el partido en el que milita, el Comunista, ocupa la totalidad de los estamentos de poder del gobierno republicano. En este contexto, designado Director General de Seguridad (sucediendo a Wenceslao Carrillo) , el coronel Ortega es un oficial maduro de 40 años excelentemente posicionado dentro de la élite comunista que arropó la llegada al Gobierno del Presidente Negrín.

Amén de una declarada simpatía por los colores madridistas, la elección de un destacado militar afín al Partido Comunista como presidente de uno de los clubes punteros de aquel sport en auge como era el fútbol, respondía a la estrategia definida por este partido de ocupar todas las posiciones sociales de relevancia dentro de la España republicana en el segundo año de la Guerra Civil. Sin embargo, desde uno y otro bando se alzaban voces, más o menos relevantes, que desdeñaban aquel divertimento pequeñoburgués del “balompié”: Jacinto Miquelarena escribía en Marca (en la España sublevada), en 1938, nada menos que “el fútbol era entonces una orgía de las más pequeñas pasiones regionales y de las más viles. Lo dije claramente. Casi todo el mundo era separatista -y grosero- frente a un match para el Campeonato de España. El bizcaitarrismo se daba tan bien en las gradas de San Mamés como en la tribuna de Chamartín. En la mayoría de los casos, el madridista era un bizcaitarra de Madrid; es decir, un localista, un retrasado mental”, al tiempo que subrayaba en el mismo artículo el que quizá fuera un factor de cierta importancia a la hora de conducir los pasos de un coronel del Ejército Popular, bragado, duro y con cierta fama siniesta, a la dirección del Madrid: “Yo advertí que el fútbol estaba haciendo política. Fabricaba incomprensiones, fabricaba odios y recelos y derivaba el camino de la juventud a fuerza de arrebatar su generosidad y de canalizarla hacia el clan, hacia la secta, hacia la órbita infinitamente pequeña del club.”

Ortega junto a Dolores Ibárruri, La Pasionaria, durante la Guerra Civil. (Cordon Press)

Es probable que a Antonio Ortega no le gustase el fútbol. En una entrevista al magacín Blanco y Negro, reconocía en 1938 que “no veía mucho futuro al balompié” pero pretendía que “el club merengue tuviera un estadio acorde a su señorío”. Este es el documento periodístico más valioso que he podido encontrar rastreando en la ciénaga global de Internet: firmado por “Derby”, el encabezamiento demuestra que si bien en 1937 los periodistas ya dejábanse llevar por el titular fácil -ese que hace gotear el colmillito, siempre al acecho de la menor de las simplezas-, todavía conservaban ese prurito cultureta tan inencontrable en nuestros días: “Ortega, un presidente manu militari”. En unas pocas preguntas, se nos desvela parte del espíritu de aquel hombre que, poco conocido hoy, fue uno de los culpables de la desaparición, tortura y asesinato de Andrés Nin, el célebre líder del POUM: escisión del PC que, para ponerles un poco en perspectiva, mantuvo por aquellas fechas una micro-guerra civil en Barcelona y al que desde Madrid se ordenó descabezar, aplastar y limpiar, bajo supervisión del legendario Alexander Orlov.

Antonio Ortega Gutiérrez fue, como pueden ver, un personaje interesante, cuanto menos. Por las mismas fechas en que andaba de lleno metido en el fregado de lo de Nin, declaraba a Blanco y Negro que “la nueva práctica del deporte, aplicada a la guerra, ha evitado en primer lugar, el preciosismo y la exhibición, y ha conseguido que los soldados, libres de antaños prejuicios, fortalezcan sus músculos, alimenten sus pulmones y posean una resistencia esencial hoy en cualquier clase de combate.” Palabras en las que, hilando por lo fino, se podría encontrar incluso el más remoto precedente del vertiginoso fútbol moderno, hipermusculoso y carente de ornamentación huera de fuerza. Leyendo la transcripción del diálogo con Ortega, uno observa la profunda concentración del militar en el entrenamiento y perfeccionamiento de los ciudadanos-soldados que defendían Madrid y la República: infiero que su papel como presidente del Madrid era tan testimonial como el rol marginal a que el Club, privado el año anterior de toda participación en Superregionales catalanes y valencianos, se veía abocado por la situación bélica. “El Madrid, y yo estimaré mucho que así sea, debe conseguir el mejor campo deportivo de España, el más importante estadio”, decía Ortega, anticipándose a lo que conseguiría décadas después Santiago Bernabéu: probando, si me permiten la observación acientífica, la naturaleza aventajada del ingenio de muchos de los hombres que han dirigido este club a lo largo de los tiempos. “Madrid, que ha ganado su capitalidad, debe tener todo aquello que poseen otras ciudades que han sido más frívolas con relación a la guerra. Todos, entonces, debemos ayudar al gran club, sin olvidarnos de otros de la misma región. Estos vendrán después, pero colaborando todos para la gran obra del mejor terreno deportivo de España, habremos hecho desaparecer antagonismos viejos.”. ¡Casi me pongo a canturrear eso de Madrid, Madrid, de lejos y de cerca, nos traes hasta aquí!

Exhibiciones militares en Chamartín

Ortega difería, eso sí, en la adivinanza del futuro: advertía que vendría un fútbol en el que “no se comerciará con las fichas ni con los «ases» y la juventud. En las mañanas de descanso practicará libremente su deporte; al aire libre, en maillot, fortaleciendo su organismo y acumulando reservas físicas para las nuevas jornadas de trabajo”. Visión ésta, absolutamente equivocada, influida por la aversión al mercantilismo tan propia del comunismo del que el coronel Ortega era feligrés. No en vano, ya en 1936, la profesionalización general del balompié era una tendencia irresistible que continuaría, en la década de los 40, hasta establecerse en los límites industriales del negocio actual.

Bajo la presidencia efímera de Ortega, apenas se jugaron partidos de exhibición. El trabajo constante de Hernández Coronado permitía organizar eventos deportivos, “Olimpiadas Militares”, amistosos para la beneficencia y un sinfín de actividades que sin duda tenían como objeto destacar la utilidad del Madrid como institución deportiva y social en la atmósfera perturbada de una ciudad en guerra. Es curiosa la anécdota de la Copa Trofeo, impulsada por Hernández Coronado como una competición que enfrentaba a las distintas brigadas del Ejército del Centro y cuya organización corría a cargo del Madrid. “El premio que se otorgará a los vencedores del Trofeo