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El madridismo de la Bossa Nova

El madridismo de la Bossa Nova

Escrito por: Miro15 junio, 2019
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Los últimos años de la década de los ´50 trajeron novedades que iban a irrumpir y quedarse en nuestras vidas como recuerdos perennes en blanco y negro. Llegó la Copa de Europa, que tardó muy poco en convertirse en madridista y poco después en el mismo recorrido futbolístico, allá por los fríos estadios del Norte, la explosión de lágrimas de un imberbe adolescente, en brazos de sus compañeros, en el inicio de un palmarés aún inigualado y que le coronaría como O Rei.

Durante un par de décadas más, en aquellos polvorientos campos de tierra, pequeños soñadores proyectaban levantar orejonas, con pelotas de trapo, alineaciones elegidas echando a pies, balones pesados o mal inflados, jerséis que servían de postes, largueros y líneas imaginarias, rodilleras maternalmente cosidas, zapatos gorila... mientras leyendas en Blanco y Negro corrían por Chamartín al son de gargantas en pie, palmas, castañuelas y hasta taconeo, adornadas con bigotes astifinos, sombreros al viento y pañuelos para saludar goles inolvidables. En esa España aún en vías de alfabetización total, que salía de la posguerra, todavía aislada, y que luchaba por asomar su cabeza más allá de sus fronteras como fuera, surgieron grandes valores deportivos a través del Real Madrid.

Amén de otros núcleos urbanos, Madrid atraía a buscadores de los oficios más disponibles, los que fueren, que el medio rural enviaba en oleadas de interminables horas de coche-cama y autocares de época, para remitir algún ahorro en la cartilla y así ayudar a alimentar las bocas que en el pueblo quedaron. Y de repente, emerge el Campeonísimo, Embajador de España, no del régimen, como tanto se machaca sin conocimiento, sino el primer equipo español con total proyección internacional.

Loado y reverenciado Don Alfredo, Santamaría, el gordito Pancho Ferenc “Cañoncito Pum”, Marquitos, Pachín, Atienza, Don Francisco (que presta glorioso apodo a esta página) y demás, traían un poquito de luz y alegría a tantos y tantos humildes emigrados, fugados por hambre y tristeza, y llamados a reconstruir los países que quedaron a nuestro lado del Telón de Acero, junto a portugueses, calabreses y demás. Y como no, orgullo de toda España, incluso de los equipos rivales, que en aquella época aún no necesitaban ser enemigos por principio (principios negativos, son un mal principio, decían nuestros profesores) y que cuando perdían, daban la mano.

Al otro lado del Océano, aislados a su vez por la distancia y protegidos en su Bahía de Guanabara, también con sus dosis de hambre y de inmigración rural, otro país, Brasil, se adentraba en un inmenso plan de desarrollo iniciado por JK (no confundir con JFK), el Presidente Juscelino Kubitschek, que a la postre iba a llevar a la Cidade Maravilhosa a perder su privilegio de capitalidad y que poco a poco ha terminado por dejarla caer en una cierta decadencia… Pero eso ya son tiempos en color. Regresemos al blanco y negro… Al tiempo de los cinco años de gloria madridista del final de los cincuenta, unos pocos músicos- que luego fueron muchos - se lanzaron, como una suave avalancha cultural, tras las dulces notas, con un canto casi murmurado y unos nuevos contratiempos.

Unos venían de una formación clásica inmensa, Bach y Debussy se aunaban en el Maestro António Carlos “Tom” Jobim (que hoy da nombre al aeropuerto internacional de Rio de Janeiro), otros con una gran formación y agilidad guitarrística (por encima de otros instrumentos), poetas, cantoras y sambistas deseosos de simplificar la samba, pero sin llevarla al “chunda chunda”. Veteranos como Dorival, Newton Mendonça, Vinicius (el de toda la vida, “el blanco más negro de Brasil”, no confundir con el Jr que este año ha jugado en el Bernabéu) se juntaban “sin envidias ni rencores”, con noveles, blancos (João Gilberto) negros (Baden Powell) mulatos (casi todo músico o futbolista brasileiro que se precie), forjando a fuego lento canciones y ritmos que han pervivido en la memoria y siguen recordadas y contadas como aquellas míticas primeras Copas de Europa.

Al otro lado del Atlántico, mecido por la brisa de Copacabana, Botafogo, Leblon, Barra, Flamengo, Leme, en los años de dominación Mundial del Futbol de selecciones, por los inolvidables, Garrincha, Nilton Santos, Djalma Santos, Zagallo y Pelé (que vistió mucho de blanco… con el Santos), iba cociéndose a la luz de la luna, lentamente, cariñosamente, sensualmente y para quedarse, el nuevo ritmo, la Bossa Nova. Del mismo modo que en aquellos años de dominación mundial del futbol por clubes, el Real Madrid campeón no surgió de la nada o de acertados fichajes puntuales, sino de un lento trabajo diario, oculto, silencioso que culminaba año tras año con la Copa de Europa, que muchos de nosotros conocemos como la “nuestra”, el hogar donde nos sentimos más cómodos. Es Copa de Europa, “isto é muito natural…”, es Bossa Nova, “a triunfar en buena lid”

Los campeones como las músicas no crecen de la noche a la mañana, como alegan algunos listillos actuales, a golpe de talonario, sino que se tienen que ir formando, con su debido tiempo, para que no se desgasten ni se quemen, para pulir detalles, hasta llegar a lograr que las disonancias en las armonías suenen a natural, ya que en el pecho de aquellos ye-yés, “late callado… en el fondo del pecho, também bate um coração”. Construir un equipo, como dicen hoy.

Por tanto habrían de seguir más glorias paralelas trenzando suaves acordes con ruidosas palmas, la “flor en el culo” de D. Miguel Muñoz, acaso secretamente ungido y bendecido por Xangô, el viejo Omulú, Oxossi y los mayores orixás de ultramar, las logradas por el único equipo totalmente español en ganar la Copa de Europa apodado con nombre de nueva música casi revolucionaria, acaso desafinada, regates cortos de D. Amancio (Amaro Varela) como los afro-sambas, la carreras de D. Francisco como las Aguas de Março (“a promessa de vida no teu coração”), la serenidad de D. Ignacio Zoco en un “Samba de uma nota só”, Sanchís como “o pai Oxalá” (luego vendría el filho), el fiel orgullo del Dr. Pirri, “Doctor Sabe Tudo”, Antonio Betancor “a felicidade é como a pluma que o vento vai levando pelo ar” o el goleador Grosso, “sei que vou te amar”

Y entonces llegó el color…

Mediodía al sol plomizo en el estadio Azteca de la Ciudad de México. Todos los que lo pudimos ver, no podemos olvidar aquel cuarto gol… Félix, Brito, Piazza, Carlos Alberto, Clodoaldo, Everaldo, Jairzinho, Gerson, Pelé, Rivelino y Tostão, así, de carrerilla, y después… nunca samba volvió a ser igual. Abrieron el mítico disco de “La Fusa”, en el exilio de Mar del Plata, a coro Toquinho, Vinicius y Maria Creuza con una pequeña batucada para hacer rabiar al vecino del Sur… “A Copa do Mundo é nossa, com os brasileiros não há, não há quem possa”. Es curioso que esa canción dura exactamente los mismos segundos que aquel cuarto gol desde su primer pase hasta el disparo fulminante de Carlos Alberto que surgía desde fuera de la imagen de la tele.

Largos años pasarían pa