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El hombre al que quise odiar y no pude

El hombre al que quise odiar y no pude

Escrito por: Pedro Ampudia7 junio, 2020
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Hoy habrá menos flores frescas que otros años bajo los cuatro monolitos que escoltan la tumba de Drazen Petrovic en el Cementerio de Mirogoj. Faltarán las de las decenas de turistas que cada año aprovechan sus vacaciones en Croacia para acercarse a ese cementerio de Zagreb, convertido ya en una especie de Père Lachaise para los aficionados al baloncesto. No faltarán flores locales, ni en su tumba ni en las estatuas que se erigieron en su recuerdo en Zagreb y Sibenik. Quizás aparezcan también algunas a los pies de los numerosos murales que le recuerdan por toda Croacia. Como si fuera el Che en La Habana o Bobby Sands en Belfast. Hoy hace 27 años que el Mozart del Basket moría en un accidente de coche a pocos kilómetros de Múnich. La muerte le quitó todo lo que tenía y todo lo que habría podido tener. Pocos días más tarde, 100.000 personas acudieron a darle el último adiós. Hay una imagen que explica mejor que cualquier párrafo lo que significó aquel momento. Una mujer, de riguroso luto, tiene que ser sujetada por su hijo Aza para impedir que se lance a la fosa en la que acaban de depositar los restos de su hijo menor. A un lado de la tumba, Toni Kukoc y Dino Radja lloran amargamente.

Hay instantes de la vida que uno recuerda ya para siempre. Para mí, como aficionado al baloncesto, hay dos que recuerdo hoy como si siguiera instalado en aquellos momentos. El primero fue salir por primera vez por la bocana de acceso a uno de los fondos del Pabellón Huerta del Rey y que lo primero que vieran mis ojos fuera un contraataque dirigido por Carmelo Cabrera y finalizado por Nate Davis. El segundo fue aquel primer partido del Madrid frente a la Cibona en la liguilla de la Copa de Europa de 1985. Puede que hubiéramos oído hablar de un chaval que había despuntado en el Sibenka antes de fichar por el equipo de Zagreb, pero no le habíamos visto jugar. Me recuerdo en aquel salón de casa con la boca abierta durante todo el tiempo que duró el partido. No fueron sólo los 44 puntos, las asistencias y los robos sino también la capacidad para desquiciar a todos y cada uno de los jugadores del Real Madrid. Muchos años después, Reggie Miller decía sobre Petrovic, como elogio, que te podía insultar en cuatro idiomas. En 1985 le bastaba con uno. Como madridista irredento, yo debía haber odiado a aquel demonio con cara de niño. Quería odiar a aquel hijo de puta que nos pateaba el culo y, sin embargo, no podía. Aquella insolencia adolescente, aquel desparpajo al asaltar el palacio, me producía una fascinación de la que me resultaba imposible abstraerme, por mucho que yo fuera hijo del mismísimo rey. Aquel fue únicamente el primer capítulo de una rivalidad que sólo acabaría cuando Ramón Mendoza decidió que lo mejor que puedes hacer con un enemigo al que no puedes vencer es ficharlo.

Sin embargo, en aquellos años no era tan sencillo traer a España a un jugador yugoslavo y hubo que esperar dos años para que Drazen Petrovic se enfundara la blanca. Y, para muchos de los madridistas que sí habían conseguido odiarlo se cumplió aquello que dijera Arcadi Espada: “A cualquier tipo de la vida, por muy ruin y zafio que sea, le colocas la camiseta blanca y reluce, reluce y se hace de inmediato inocente”. Cuentan que cuando Drazen aterrizó en Madrid lo hizo conociendo la historia de las dos secciones del club mejor que muchos que llevaban en el Real Madrid muchos años. Fue solo una temporada, pero pasaron tantas cosas en ella que pareció un lustro. El Real Madrid de Petrovic ganó la Copa del Rey, ganó la Recopa y no ganó la Liga porque no le dejaron. Final de la Recopa en el mítico Pabellón de la Paz y de la Amistad del Pireo, nombre que no deja de ser gracioso atendiendo a lo que pasó después en la plantilla del Real Madrid. Drazen anotó 62 puntos frente al Snaidero de un Óscar Schmidt que “se quedó” en 44. Poco importa que Lolo Sainz haya declarado después que fue él el que, en el descanso, le pidió a Petrovic que se olvidara de asistir a sus compañeros y aglutinara toda la ofensiva del equipo. Para algunos Salieris de la plantilla y gran parte de la prensa, aquella formidable exhibición del Genio de Sibenik se convirtió en un motivo para atizarle.

No hace mucho, uno de aquellos compañeros de Petrovic declaraba en una entrevista que Drazen era un jugador “bastante limitado”. El jugador que le recordó a Danny Ainge a su ídolo Pete Maravich la primera vez que lo vió jugar. El chaval que le pareció “imparable” a Larry Bird. El hombre al que Reggie Miller considera el mejor tirador de todos los tiempos. El tipo al que Lebron no tiene duda en señalar como el mejor jugador europeo de la historia. El blanquito que era capaz de mirarle a los ojos a Michael Jordan sin apartar la vista. El que hizo que Clyde Drexler viera todos y cada uno de los partidos de los Nets de aquellas dos temporadas. “Un jugador extraordinario y un pionero”, en palabras de David Stern.

Pocos días después del entierro, un anciano croata se acercó a la madre de Petrovic y le dijo: “Usted trajo a Petrovic al mundo, pero ya no le pertenece, ahora nos pertenece a todos nosotros, los croatas”. A los croatas y, añadiría yo, a todos aquellos que quisimos odiarlo un día y no pudimos hacer otra cosa que amarlo.

9 comentarios en: El hombre al que quise odiar y no pude

  1. Ayer, estuve a punto de preguntar por el baloncesto en "La Galerna"...¡ Por fin !.

    Drazen Petrovic es uno de los mejores ejemplos de "hijoputismo" en el baloncesto. Ese proceder o estilo es muy importante. Según y como, te da o te quita victorias.

  2. Me has puesto el vello de punta. Me has emocionado muchísimo con tu homenaje a Petrovic.

    Yo no sé si llegué a odiarlo antes de que se vistiera de blanco, pero es muy posible porque nadie como él me provocó tanta rabia y frustración por su insultante y natural superioridad...

  3. Totalmente de acuerdo. También en mi caso, y pese al odio que le tenía, prevalecía mi fascinación por él. Y llegaba a tal extremo que, cuando se enfrentaba a cualquier equipo que no fuese el Madrid o la selección española, deseaba con todas mis fuerzas que ganase. Porque Drazen era mi ídolo, incluso cuando nos hacía la vida imposible. Ha sido la única vez que he sido capaz de admirar a alguien a quien odiaba tanto. Generalmente el sentimiento de odio mata cualquier atisbo de admiración que podamos sentir. Con Drazen, sin embargo, no me ocurría, lo cual habla a las claras de la magnitud deportiva del personaje.

    Si me lo permite el autor introduciré un pequeño matiz de corrección a tan excelso relato. La primera vez que el gran público español pudo ver las evoluciones de Drazen sobre una cancha fue en la semifinal de los JJOO de Los Ángeles'84, en el famoso partido que inmortalizaron Los Nikis en "El imperio contraataca". Embriagados por el éxito de los nuestros, y una discreta actuación personal de Drazen, quizá debida al año de parón forzoso por el servicio militar, borramos su participación en aquel partido del disco duro de nuestra memoria. Por eso, como bien se indica en el artículo, a efectos prácticos la puesta de largo de Petrovic para los aficionados españoles se produjo en el primer partido de la liguilla de la Copa de Europa 84/85, en el que la Cibona venció al Madrid en Zagreb.

    Con respecto al compañero del croata que se refería a este como un jugador limitado (sic) diré que no merece la pena añadir nada. El valor que concedía a la palabra de este exjugador ha quedado reducido a cenizas y, desde el día que supe de sus declaraciones, dejó de tener credibilidad para mí. No se puede ser más zoquete (o envidioso).

    1. Bien cierto lo del 84, aunque hay que reconocer que los Nikis se vinieron un poquito arriba, porque si no recuerdo mal nunca llegamos a ir a más de 12 puntos arriba. Gran éxito era no obstante, tanto que la final me defraudó bastante, con un equipo nacional demasiado entregado desde el principio y excesivamente satisfecho con la plata. Después ya empezó el odiar a nuestra bestia negra, hasta que conseguimos volverla blanca.

  4. Qué alegría me dio cuando leí en el Diario As, en 1986, que Petrovic fichaba por el Real Madrid ("y ahora van a por Oscar Schmidt", también ponía). Yo no tengo el recuerdo de haberle odiado ni cuando nos metía más de 40 puntos una vez sí y la otra también. En cuanto a los comentarios sobre la final de la Recopa en Atenas pues....... se ha hablado mucho de lo que pasó. Sobre aquello me quedo con las declaraciones de Lolo Sainz y de Johnny Rogers, me parecen las más acertadas e interesantes. A Fernando Romay no le hago mucho caso pues su memoria es bastante flojita y no me fío mucho de lo que dice. En cuanto a las declaraciones (sobre el asunto) de Biriukov, pues otro que tal baila: un tipo muy divertido y cachondo pero la memoria tampoco es su fuerte.
    Posdata que no viene mucho a cuento: de entre todos los componentes de la Cibona de aquella época el que siempre me pareció más pendenciero fue Sven Usic. A Arapovic directamente le 'fallaban' las luces (el típico tonto que hace reír y del que se ríen los amigos)

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Lo mejor del postpartido ha sido, sin duda, encontrarme con la crónica de @atorresrubio

Qué buena prosa si hubiere buen resultado.

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