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El Chacho se va, el chachismo permanece

El Chacho se va, el chachismo permanece

Escrito por: Pablo Rivas21 junio, 2024
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Cuando, hace apenas un puñado de semanas, un aro perverso de una cancha de Berlín se empeñaba en escupir de manera reiterada todos los malditos lanzamientos y la final de la Euroliga se nos iba por el sumidero, miles de madridistas nos hacíamos cruces, impotentes ante el televisor. En ese terrible trance, mi mirada lo buscó, implorante. La segunda mitad se había convertido en una cuesta abajo por la que nos estábamos despeñando y solo había un freno posible. El mismo que tantísimas veces nos había salvado de la derrota tras un partido mal encarado, cuando más calentaban las papas; el mismo que tantísimas veces me había salvado de la desidia tras un día de trabajo cochambroso y alienante. Arrodillado como un devoto, mis labios bisbisearon la enésima oración suplicante: “No soy digno de insistirte de nuevo, Chacho, pero una jugada tuya bastará para sanarme”. Sergio saltó a la pista con idéntico semblante a aquel con el que, cuarenta y ocho horas antes, había dado la puntilla al Olympiacos en la semifinal, pidió el balón… y falló sus tiros. En ese instante, algo dentro de mí supo que todo había acabado. Y no se refería a la final.

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Cuando era pequeño, me costaba muchísimo convencer a mis amigos de que jugásemos alguna vez al baloncesto en lugar de al omnímodo balompié. No obstante, en ocasiones se alineaban los astros y, bien porque los mayores hubiesen ocupado el espacio correspondiente a las porterías de fútbol, bien porque  mis cansinos requerimientos acabasen haciendo mella, se me concedía el deseo. Situados bajo la canasta, llegaba el momento de escoger el papel que iba a representar cada uno; se trataba de un artificio ridículo e infantil con el que pretendíamos adjudicar una leve pátina de épica a nuestras respectivas torpezas. Por aquel entonces la influencia de la NBA ya era enorme, y el grupo solía dividirse entre tradicionalistas y renovadores. Es decir, entre los que querían ser Michael Jordan y los que querían ser Kobe Bryant. Esporádicamente, algún despistado, acaso contagiado de chovinismo, pedía nombrarse como Gasol. Y luego estaba yo, el dueño de la pelota y que, por tanto, tenía el privilegio de elegir el primero. El que siempre, siempre, siempre, prefería ser el Chacho.

Cuando estaba en la universidad, había épocas mejores y peores. El retraso de la adolescencia en las sociedades desarrolladas ha convertido ese feliz período en el del apuntalamiento de la personalidad, una etapa que idealmente debiera suceder de forma previa. Sin embargo, la intolerable demora en mi propia madurez me permitió hacerla coincidir con la consolidación deportiva del Chacho. Regresado de una América ingrata, la irregularidad marcó sus inicios en el Madrid, y hubo quien incluso jugueteó con la opción de echarlo. Hasta que una tarde de mayo de 2012, espoleado por la bronca del entrenador ,que lo recuperó para la élite -glasolina noventa octanos; que Dios me perdone la simpleza- y escoltado por un yugoslavo -en el baloncesto siempre hay un yugoslavo rondando-, conquistó Vitoria y su hueco, desde entonces perenne mientras él quiso, en la plantilla merengue. Aquel verano, el Chacho y yo nos dejamos barba, y hasta hoy.

Cuando me preguntan los motivos de mi predilección por Sergio Rodríguez, mi primer impulso es dudar de la inteligencia de quien plantea la cuestión. Pero no es del todo justo: al fin y al cabo, uno tiene otros jugadores fetiche en este histórico Real Madrid. La respuesta rápida suele aludir a que, mientras que el encanto de Llull reside en su desbordante energía y en su explosividad, mientras que el atractivo de Rudy radica en su capacidad para reinventarse con inteligencia tras la agresión que se llevó su añorado físico -y en su doliente rictus de sacrificio al lanzarse a por un balón que se pierde-, mientras que la fascinación por Carroll se establecía en un acierto sobrehumano, maquinal -de IA, diríamos hoy-, mientras que la admiración que despertaba Felipe se construía por medio de la fricción y la pugna constante contra gigantes más poderosos, mientras que el entusiasmo que aviva el Facu apunta al nervio y al arrojo como complementos de un talento superlativo, lo del Chacho es otra cosa, algo que está por encima. Del mismo modo que él, a menudo, parecía levitar por encima de los partidos. Habrá quien hable de la opción de los estetas, del poder transformador de la belleza, de la creatividad. Tendrán razón, pero se trata de consideraciones demasiado obvias. Hay algo más.

En el Renacimiento, Baltasar Castiglione escribió un manual de las virtudes que debían caracterizar al perfecto habitual de la vida palaciega. En El cortesano  se subraya la importancia de comportarse con gracia, evitando tanto las groserías como las poses excesivamente afectadas. Se hace referencia a la sprezzatura, una condición que logra aparentar que todos los movimientos y actos se realizan sin esfuerzo. He ahí el hechizo engañoso del Chacho, un jugador que podría venir del Renacimiento, y no precisamente por una proporciones corporales vitruvianas. Una internada interrumpida, un paso atrás y canasta inverosímil. Un balón arrojado al aire más allá de los límites de lo tolerado en una bomba ortodoxa. Un alley oop idéntico al anulado inmediatamente antes . Una penetración y un pase a la esquina, con bote y por debajo de sus piernas y las del adversario. Se le atribuye el mayor número de regalos inesperados, pero es mentira. Él dio un paso más: los regalos dejaron de ser inesperados.

Cuando el Chacho se fue del Madrid -según se dejó entrever, no en excelentes términos-, yo me mudé de ciudad, también bastante a regañadientes. Las nuevas opciones y los nuevos comienzos están muy bien para los libros de autoayuda y para los sobres de azúcar, pero conviene desengañarse: los destinos manifiestos no existen y la vida no tiene mayor sentido que el que nosotros queramos construirle a posteriori. Por tanto, los puntos de inflexión y los finales suelen ser abruptos, repentinos y no conceden ninguna ventana abierta ni asideros. De ahí que haya que celebrar cuando se nos otorga la gracia de la enmienda. De ahí que sea imposible no emocionarse con el último baile exitoso que se brindaron el Chacho y el Madrid, con un guion tan perfecto que parece mentira: una temporada con un rendimiento muy discreto, sin piernas ni pulmones, de repente redimida por una erupción volcánica en las eliminatorias cruciales. Y otra Copa de Europa, posiblemente la mejor. Piti Hurtado le puso música de Springsteen y no pudo acertar más: no se puede encender el fuego sin una chispa; la chispa que evitó que siguiéramos bailando en la oscuridad.

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Cuando el Chacho se jubiló, me dio su última asistencia. La posibilidad de afrontar una adultez -y una posterior vejez- desde una posición superior a la de los arrogantes venideros. La de alguien que sí lo vio jugar.     

 

Getty Images

2 comentarios en: El Chacho se va, el chachismo permanece

  1. Un gran jugador que estiró mucho el chicle de la NBA y que podría haber jugado más años en el Madrid, ahora sólo queda Llull por retirarse y así ya se empieza la próxima temporada con renovación total, que es inevitable y mejor hacerlo de una vez.

  2. Genial como siempre el artículo de baloncesto es tito por Pablo Rivas. Doblemente gracias, porque ayer recordaba el doble alley oop pero no en que partido fue.

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Tweets La Galerna

🎂Cumple 33 años el hombre que le enseñó a Bellingham lo que significaba «chilena», el hombre tranquilo que no flaqueará jamás ante un penalti decisivo, el gran @Lucasvazquez91

¡Felicidades!

Lamine Yamal es muy joven.

Enormemente joven.

¿Y?

#portanálisis

👉👉👉 https://www.lagalerna.com/lamine-yamal-es-muy-joven-y/

En el hecho de que @AthosDumasE llame a la que muchos llaman "Selección Nacional" la "selección de la @rfef" encontraréis pistas de por qué no la apoya.

La explicación completa, aquí

👇👇👇

Tal día como hoy, pero de 1962, Amancio rubricaba su contrato como jugador del Real Madrid.

@albertocosin no estaba allí, pero te va a hacer sentir que tú sí estabas.

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