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Colosales razones para ganar en confianza

Colosales razones para ganar en confianza

Escrito por: Antonio Escohotado14 abril, 2018
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Pillarme en el tren hizo que no pudiese ver el partido con la Juventus hasta muy poco antes de su tercer gol. Aunque luego vi un breve resumen de lo precedente, me quedé con la copla de que hasta esa cantada solo hubo un equipo sobre el terreno de juego, y no logré salir de dudas hasta volver esta noche, ilustrado de paso por medios de comunicación más parecidos en general a medios de indoctrinación, unos cuantos tan imparciales como en su día el Pravda (“La Verdad”) soviético.

Pero me equivocaba por completo imaginando que la Juventus dominó al Real, o siquiera tuvo más ocasiones. Con siete córneres por tres, el único plano donde los visitantes ganaron de manera meridiana fue en faltas -20 por 8- y proporción de acierto, porque metieron la mitad justa de sus lanzamientos, y el Madrid necesitó 19 para marcar una sola vez. Es diametralmente distinto estar negado de cara al gol que borrado del campo, y ver lo ocurrido me descubre un aspecto tan inédito de la cosa como el mérito de superar la eliminatoria, cuando ni el desempeño del guardameta ni el de los atacantes propios se acercó siquiera remotamente al de Buffon y Mandzucic.

En casos análogos lo humano es convertirse en un manojo de nervios, cada vez más atenazado ante la perspectiva de un nuevo gol que valdría doble, pues quedaba media hora y retroceder parecía tan inevitable como prudente, siquiera de manera momentánea. Pero ¿quién se echó atrás? La grandeza se mide por el coraje, y de coraje siguió tirando el Real hasta el penalti, cuando tras marrar minutos antes un remate de cabeza –de los que normalmente enchufa, o al menos dirige mucho mejor- Ronaldo no vaciló en asumir el lanzamiento, y combinando un temple de acero con la más exquisita pericia puso el balón donde nadie podría pararlo.

Lejos de salir tocados, él, sus compañeros y el no menos valiente Zidane están ahora a dos partidos de una final que ningún equipo ha manejado con eficacia pareja. Tampoco me cabe duda de que sus tres adversarios potenciales se estremecieron ante tamaña proeza -sin perjuicio de ponerse a estudiar las fragilidades recién exhibidas-, y hasta qué punto cabe considerarla casual, e incluso fraudulenta, acaban de matizarlo tanto editores como lectores de La Galerna con jugosos comentarios.

A ellos solo quiero añadir que la envidia es el más alto homenaje al alcance de ciertas almas, incapaces de apreciar sin ambivalencia. Así como al rico de espíritu le alegra el bien ajeno, al pobre le entristece eso mismo, y podría parecer que sale indemne de desear el mal cuando más bien se condena al desprecio interno y externo. Pero peor aún es depender indefinidamente de que la inquina prevalezca sobre la concordia, porque somos la más interdependiente de las especies, y quien se consienta el rencor como brújula pone su esperanza en que no ser equivalga a ser, algo tan vano como que llueva hacia arriba.

Afirmar siempre será más que negar, y oyendo por ejemplo a un tal J. Castaño decir que el Real estuvo “desaparecido y cobarde” sería frívolo ver en ello un prototipo del embuste flagrante. Como en los icebergs, que solo exhiben un noveno de su masa, las nueve décimas partes ocultas son un clamor de admiración no por silenciada menos imponente. Este caballero estaba a punto de gozar con el mal ajeno, y al topar con la frustración optó por lo más común en tales casos, que es proyectar como realidad el mero deseo. Pero la peña madridista se equivocaría reaccionando con indignación ante el manifiesto progreso de la malquerencia, que como cualquier otro fruto del ánimo rencoroso atestigua el progreso de la reverencia.

En otras palabras, la envidia es la única forma crónica del odio, que sin su apoyo tiende a diluirse como los arrebatos, aunque paga su deuda con el ser –entiéndase por tal lo positivo, la substancia en sus infinitas vertientes- siendo amor pervertido a fin de cuentas. Por supuesto, es el amor que mata por excelencia, fuente para empezar de todos los crímenes pasionales, y por eso en bastantes lenguas celos y envidia se nombran con el mismo término. Sin embargo, al envidiado siempre le corresponderá la posición del señorío, y al envidioso la posición de la servidumbre.