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Un club a una crisis pegado

Un club a una crisis pegado

Escrito por: Emil Sorel25 noviembre, 2015
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La vida es eso que pasa mientras el Madrid está en crisis y gana más títulos que nadie. Desde que tenemos uso de razón -las imágenes de antaño, en blanco y negro y que van a cámara rápida, parecen sacadas de un pasado feliz e irreal-, el club de Concha Espina es una institución a una crisis pegada. Es una maldición y una suerte a la vez que vertebra España y nuestras propias vidas.

Ocurre que, de un tiempo a esta parte, los títulos que compensaban ese relato aterrador basado en los socorridos el Madrid no juega a nada, el Madrid no da espectáculo (el término “espectáculo” definió la nomenclatura madridista noventera, pero se desterró a cambió de novedades retrofuturistas tipo “mediocentro defensivo”, “trivote” o “posesión”) se empiezan a espaciar más y más en el tiempo. Y si no es así, lo parece. El Madrid ha conseguido ser el ejemplo empírico de la relatividad de Einstein, de manera que parece que han pasado más años desde la Décima que desde la Séptima, por situar dos hitos alegres para el madridismo (que aun así no espantaron, claro está, a la crisis. Porque ¿y si a Mijatovic le hubieran anulado el gol por fuera de juego? ¿Y si el cabezazo de Ramos hubiera rebotado en el poste?).

De hecho, a veces no tengo claro si realmente ganamos la Décima. Menos mal que están esos youtubes de bodas interrumpidas por tipos vestidos de traje saltando y gritando. Me fío más de ellos que del palmarés oficial de la UEFA. El Real Madrid, el club que gana Copas de Europa vergonzantes.

Desde hace ¿25? ¿30 años? se nos viene contando que lo que define al Madrid es la victoria. Que aquí se gana y punto en boca. Si no te gusta, hazte del Barça. Pero no es cierto. En el retruécano final de nuestro desprecio a la realidad, nos autoimponemos retos porque nos acabó aburriendo aquello de ganar. Aquí hemos echado a Antic porque nos dio la gana. Capello se fue dos veces tras ganar sendas ligas. ¿Heynckes? Adiós muy buenas, amigo. La primera Copaduropa en 32 años, qué me estás contando. Del Bosque, jefe, su librillo está anticuado. Lo último fue necesitar un impulso después de que viniera un italiano bonachón que gustaba de comer jamón y llevarse a la buchaca finales de Champions.

Ser del Madrid es un deporte de riesgo. De un tiempo a esta parte es como un experimento sociológico, un Show de Truman planetario en el que, para animar a la audiencia, vemos a jugadores que nos cuentan que están tristes, que se van de fiesta tras un 4-0 porque están rodando una película, que son acusados de involucrarse en casos de chantaje en la banlieu de La Finca y que juegan 90 minutos frente a Andorra estando lesionados porque es fiesta nacional. Tipos que tras perder Champions, Liga y Copa, tras ser convertidos en capitanes, encuentran que lo más importante es pelear por su nuevo contrato. Por si acaso, se apuntan a clases de inglés (algo me dice que, si todavía estuviera abierta, la academia elegida hubiera sido Opening). Hasta tuvimos a un portero de titular que luego nos enteramos que había llevado al club a los tribunales. Si todo parece salir bien, como esas campanadas a medianoche de 2014 tras cuatro títulos y no sé cuántas victorias consecutivas, damos al botón de autodestrucción y empezamos de nuevo. Las comedias ligeras, para fans de Woody Allen. Esto es puro John Ford con guión, eso sí, de Rafael Azcona.

El desafío definitivo llegó el sábado 21 de noviembre de 2015. Unos días antes nos propusimos ganar a uno de los mejores equipos de Europa haciendo el peor partido que jamás jugara el club. Como lo conseguimos y ganamos al PSG, decidimos llevar la cosa al no va más: haríamos un partido todavía peor, nos inventaríamos un esquema 5-0-5 y nos haríamos marcajes individuales a nosotros mismos. El resultado fue un inolvidable 0-4 que, en cierto sentido, por puro nihilista, es más doloroso que aquellos 5-0 y 2-6.

Esta nueva corriente a lo Man on wire futbolero, que suma un elemento más al mítico ciclo kármico de Pepe Collins (la mayor aportación filosófica al madridismo de lo que llevamos de siglo), se lleva perpetuando con diferentes entrenadores, jugadores y presidentes. Está instalada en la médula espinal del Real Madrid y se antoja imposible de extirpar.

crisis

Resulta un esfuerzo condenado a la melancolía tratar de buscar una solución a este problema pero, por el puro sentido común que da la experiencia, hay cosas que parecen evidentes: no puede ser que todos los entrenadores sean malísimos. No es realista que los jugadores siempre acaben mal con todos los técnicos (excepto uno, Ancelotti, cuyo cese es quizá el único -¿el primero de muchos?- movimiento de rebeldía en contra de la dictadura del vestuario).

No es Benítez el técnico que más amigos suele dejar en sus vestuarios. Es más, parece tener un talento especial en llevarse mal con sus jugadores. ¿Y a mí qué? Aquí hay un nivel de análisis particular (¿Es Benítez el entrenador adecuado para el Madrid?) y otro global y más grave: ¿Deben decidir los jugadores la política y la gerencia diaria de la primera plantilla del club?

Si hay una desazón que nos dejó el clásico es que parece evidente que los jugadores o no entienden o no quieren entender al entrenador. Ambas opciones son gravísimas. Si al menos alguno de estos sopapos que nos llevamos cada vez más frecuentemente sirvieran para hacernos entender de una vez -directiva, cuerpo técnico, plantilla, afición- que es el club el que marca la pauta y que los demás solamente deberíamos acudir al JFKiano “no te preguntes qué puede hacer por ti el Real Madrid, sino qué puedes hacer tú por el Real Madrid”, casi que habrían merecido la pena estas goleadas. Quizá la culpa sea de Herrerín, que es el único que permanece impertérrito mientras todo pasa y todo queda.

En realidad, la crónica del clásico se resume en una frase que dijo Modric: “Cuando luchamos todos somos muy buenos pero otras veces no jugamos como un equipo. No es la primera vez que esto pasa”. Todo lo demás es palabrería.