Las mejores firmas madridistas del planeta

Buenos días. En octubre de 1989, Fernando Arrabal se puso el mundo por montera y nos regaló una de las mejores escenas de la historia de la televisión. El dramaturgo de oratoria torrencial vaticinó: «¡El milenarismo va a llegaaaaaaar!».

Arrabal: ¡Hablemos del milenarismo, cojones, ya! Estamos hablando del Apocalipsis y hablemos del milenarismo. ¡El milenarismo va a llegaaaar!

Contertulio: Siempre va a llegar.

Arrabal on fire: ¡Va a llegar! ¡Déjame hablar! ¡Deja hablar a la minoría silenciosa!

Interviene André Malby, una suerte de André el Gigante, pero más enfocado a las letras. Arrabal lo escucha sentado en la mesa.

André Malby: Lo siento, me voy a oponer con toda mi fuerza a los guruísmos. Porque, si se te deja, vas a montar una secta. Y, si tienes éxito, como todos los heréticos que llegan detrás del marketing, vas a fundamentar una religión.

Arrabal: Pero todos los españoles están a favor de mí, querido amigo.

Tras levantarse con un equilibrio un tanto peculiar, Arrabal besa a André.

En aquel momento, casi nadie sabía qué era el milenarismo, ni si vendría por la autovía o por la nacional, ni siquiera si era conveniente tener papel higiénico en casa cuando llegara.

Al final, el milenarismo no ha llegado. O, si ha llegado, no nos hemos enterado. Del mismo modo que no notamos el supuesto bienestar que nos traen los políticos de todos los colores cuando gobiernan.

Hoy, casi 37 años después, podemos afirmar que el laminarismo va a llegaaaaaaar.

Lamine Yamal: Mi gran partido va a llegaaaaaar.

Estamos convencidos de que Lamine no ha emitido estas declaraciones tras un incidente inopinado en el que se mezclaron por error medicamentos y chinchón, pero el laminarismo comparte con el milenarismo su naturaleza profética.

El laminarismo consiste precisamente en eso, en engalanar el altar antes de que se obre el milagro. No vaya a ser que luego el chico multiplique los panes, los peces, los goles o las chicas de imagen y haya que montar el pedestal aprisa y corriendo.

Luego, cuando llega la realidad, no hay problema: si es determinante, se confirma el vaticinio; si juega regular, está madurando; si juega mal, es joven y tiene que gestionar las emociones; si no aparece, está aprendiendo a aparecer; si aparece demasiado, el fútbol se le queda pequeño. La ventaja del laminarismo es que nunca pierde, como Parker Lewis.

La escena de Arrabal en el programa de Dragó hoy sería algo similar a:

Periodista del sistema: ¡Hablemos del laminarismo, cojones, ya! Estamos hablando del éxtasis y hablemos del laminarismo. ¡El laminarismo va a llegaaaar!

Aficionado crítico: Siempre va a llegar, sí…

Arrabal on fire: ¡Va a llegar! ¡Déjame hablar! ¡Deja hablar a la minoría silenciosa!

Aficionado crítico: La minoría silenciosa es la nueva mayoría ruidosa. Lo siento, me voy a oponer con toda mi fuerza a los guruísmos. Porque, si se te deja, vas a montar una secta. Y, si tienes éxito, como todos los heréticos que llegan detrás del marketing, vas a fundamentar una religión.

Lamine: Pero todos los españoles están a favor de mí, querido amigo.

Tras levantarse con un equilibrio un tanto peculiar, Tebas besa a Lamine.

Por supuesto, es una parodia. Cualquier parecido con la realidad es una faena, como el disclaimer de la última de Santiago Segura.

Lamine Yamal es un futbolista extraordinario. El problema es el laminarismo.

As viene con una primera plana peliculera, pero no la primera plana de Wilder, sino la de Unai Simón. Con todo respeto, no es lo mismo.

Además del asunto de la renovación de Tchouaméni, hay una frase de Unai cumbre: «Sobre Joan García se dijeron cosas que eran ciertas y otras que no lo eran». Algo así como que unos días llueve y otros no, aunque no te gusten los pimientos de Padrón.

Por aquí dejamos la portada de Sport, por si se os ocurre darle uso.

La foto del frontispicio de Marca nos gusta más: un imponente Teobaldo ataviado con uniforme y botas en tonos Calippo de Frigo.

Esta noche, Francia-Marruecos. Ocurra lo que ocurra —incluso si Argentina gana el duelo franco-marroquí—, es probable que en Francia acaben multitud de calles, coches y negocios destrozados. Quizá en eso consista el milenarismo previo al fin del mundo.

Pasad un buen día.

Me encuentro mustio y desolado ante el panorama futbolístico que ven mis ojos. Hastiado y cansado de la Mugrienta Liga Negreira, uno trata de buscar escapatorias para disfrutar del fútbol, como puede ser la Champions League, el Mundial de fútbol, o el solteros contra casados de las fiestas del pueblo. Lo que sea. Al final, uno comprueba con desazón que no hay donde poner los ojos sin topar con la corrupción más rampante.

Después de lo visto en Qatar2022, uno pensaba que lo había victo todo. El desarrollo de aquel Mundial fue un camino de rosas para Argentina y para que Messi no se retirara del fútbol sin su trofeo mundialista.

Pero henos aquí, en pleno 2026, redoblando la apuesta con un “sujétame el cubata” de manual.  Parece que a Infantino considera que lo justo sería que Messi tuviera un segundo mundial consecutivo, para que esta oda epopéyica sea contada por los siglos de los siglos. Ya en el primer partido de la albiceleste en este Mundial, se perdonó a Lionel una tarjeta roja palmaria que le hubiera privado  de dos goles en dicho partido y los dos del partido siguiente, donde en justicia habría estado sancionado. Vaya usted a saber si también le habría privado del primer puesto de grupo a su selección.

Hemos visto todo tipo de ayudas a Argentina en este mundial, ayudas tan descaradas que están dejando como anécdota sin importancia lo de Qatar 2022: penaltis cometidos por defensas argentinos que se van al limbo, penaltitos concedidos, infinidad de tarjetas obviadas a los argentinos, y cualquier toque leve sancionado como falta a los rivales, y no te quejes que tengo aquí este cartón amarillo, que si te pones muy tonto tengo otro rojo.

Después de ver cómo saboteaban a Cabo Verde en dieciseisavos de final, llegó el redoble de la apuesta contra Egipto. La FIFA ya va sin ningún tipo de reparo, a calzón quitado. Nombraron para el partido a todo un regimiento de árbitros franceses que hicieron saltar las alarmas en Argentina. Los de dicho país reclamaron por ello, sabedores como son de que poner a un compatriota de la selección a la que dieron el mangazo en la final de 2022 podía acarrear algún tipo de vendetta. Nada más lejos de la realidad. Letexier se comportó como lo que es habitualmente: un prepotente que trata con desprecio a los jugadores que considera indignos de dirigirse a él. Sus formas de matón de barrio al hablar con los egipcios fueron vergonzosas, pero las decisiones fueron aún peores. Pitó un penalti que provoca el propio atacante, que sabes de sobra que en el área argentina eso no se pita en la vida, para ver si empataban los gauchos. Hubo suerte y Messi lo tiró de pena. Pero no importaba. Había otras preparadas.

En la segunda parte, Letexier pensó que había que elevar la apuesta para meter a Argentina en cuartos, que si no era un fracaso de Mundial, y contó con la inestimable ayudade su compatriota Brisard en el VAR. A los diez minutos de la reanudación pitó una falta inexistente a Salah en medio campo, que robó el balón limpiamente y se iba con ventaja sobre los defensores argentinos para un mano a mano con el Dibu. Pitó ipso facto la falta, no fuera a ser que aquello supusiera el segundo de los faraones. Después vino la jugada del partido: Egipto metió el gol más bonito del mundial, Hassan se dribló a media selección albiceleste en campo propio mientras progresaba por banda, y le dio el balón a Salah, quien asistió a Zico para marcar un golazo de bandera.

Messi se acercó al árbitro y le indicó que había falta en el otro extremo. La verdad es que cuando vi el gesto en directo no sabía de qué hablaba. Acto seguido los realizadores, cómplices necesarios de los latrocinios de Argentina en el mundial, mostraban la jugada, y Brisard llamaba a Letexier. “Por suerte podemos anularlo, vete para la pantalla que te lo monto”, debió pensar el francés. Nos enseñaron una imagen en la que es cierto que en la esquina del córner egipcio hay un contacto leve, no llega a ser el típico pisotón, y el jugador argentino pierde el balón, pero no es una jugada de peligro para Argentina en ese momento, que repliega y está en la zona de área egipcia. No es una jugada de VAR, no influye, no debería revisarse. Además, no es falta siquiera. Pero funcionó: anulado.

Aunque me lo esperaba, no daba crédito. No podían permitir que se fueran en el marcador. Pero Egipto no bajó los brazos, y con los mismos protagonistas de dicha jugada, replicaron otro gol a manos de Zico también. No me atrevía a celebrarlo, porque sabía que Brisard debía estar buscando imágenes de la pedida de mano del seleccionador egipcio para ver si podía anular el gol. No encontraron nada, y no tuvieron otro remedio que conceder el tanto. Hasta ese momento, habían podido irse a la calle uno o dos jugadores argentinos, y bien podían tener tres o cuatro goles en contra, con un arbitraje decente. A mí aquello me estaba recordando a la Mugrienta Liga Negreira. Era el típico y habitual arbitraje contra el Madrid, o el clásico a favor del Barça.

Hubo un momento Matrix en mi cabeza: pensé que el arquitecto se había equivocado al meter los parámetros de la MLN en el Mundial. Algo estaba fallando. Entonces Egipto se empezó a hacer pequeñito, y Argentina se hizo enorme, y empezaron a apretar. En un suspiro empataron a dos el encuentro. Y en el descuento llegó la guinda del pastel, el gol de la victoria. En el origen de la jugada hubo dos contactos de Argentina, uno por agarrón, y otro por un toque a Salah en el área de la albiceleste. A mí eso no me parecería penalti jamás en la vida, pero es que fue exactamente igual de inexistente que la falta pitada en el 0-2 anulado a Egipto. Entonces se avisó al árbitro, y aquí no se hizo. Qué negreiras cosas pasan en este deporte, oiga usted. El país de Gardel había vuelto a hacerlo, otro tango, en este caso tangazo a Egipto (tangazo viene de tango). Y a correr que son dos días.

.Ahora sabemos que han puesto a todo un equipo de árbitros argentinos, de campo y VAR, para el Francia Marruecos. Los argentinos te dicen que ellos han tenido a un equipo arbitral francés contra Egipto. Ya lo vimos, ya. Y ya vimos contra Paraguay como los hispanos pegaron como si no hubiera un mañana a los franceses sin consecuencias, y uno empieza a temerse lo peor para ese partido de cuartos, porque además Marruecos es un equipazo, y ahora querrán compensar a África después de dos robos antológicos contra Argentina.

Pues que queréis que os diga: para mí sería justicia divina, sería poesía del mismísimo dios, que en este país de aduladores de Messi en el que vivo, en el que tanta gente ve correctos los pagos del Barça a Negreira y los justifican, donde la mayoría de culés viven los títulos del 10 albiceleste como propios, la final fuera un Argentina contra España y que lo ganaran los protegidos de Infantino haciendo otro robo sideral. Sería el mejor homenaje para toda esta panda de blanqueadores de corrupción que tenemos en nuestro país, para que su adorado y querido Messi ganara otro mundial robándoselo a su querida selección culé, como me dice más de un seguidor del Barça sin ponerse colorado.

Para todos los culés que sacan pecho de que ganaron en 2010 un mundial con una España culé, como si el resto no contaran, y que ahora dicen que esta es nuevamente una selección culé y que Lamine va a hacerse dueño del mundo, el único resultado que mi cabeza admite como completamente justo es que Argentina robe la final a España, y que todos estos que me señalan por no sentir orgullo ni vibrar con la selección de la corrupta Federación Barcelonista de Fútbol salgan a las fuentes de nuestras ciudades a celebrar un nuevo mangazo de su dios Messi. Que lleven camisetas con fotos de éste, o de Tebas ,Louzán, Negreira, Laporta, Rubiales, o cualquiera del ecosistema que tenemos aquí. O de Infantino. De los responsables de que el fútbol haya muerto y que no se lo crea nadie, a menos que seas antimadridista o argentino, que entonces es posible que creas hasta en los Reyes Magos.

 

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Buenos días. El último Mundial de fútbol, celebrado en Catar hace cuatro años, deparó un campeón que casi todo el mundo vio condicionado por una serie de arbitrajes sospechosamente favorables. Ese campeón fue Argentina.

Ahora, en la presente Copa del Mundo, hay quien dice que la selección argentina vuelve a tener un trato de favor por parte de FIFA, y que dicho trato de favor se manifiesta en un diseño de cruces muy favorables hasta las semifinales. Hay quien, en cambio, asegura que ese trato de favor se plasma otra vez en una serie de arbitrajes muy favorables. No son teorías excluyentes, y todo apunta a que ambas tienen razón. Como por lo visto el deficiente juego argentino no les da para ganar con limpieza a gente tan modesta como Cabo Verde o Egipto, Infantino pone a disposición de su amigo Messi una cohorte de colegiados que son fieles lectores de Borges y devotos del asado.

La prensa patria, como era de esperar, en la enésima manifestación de untuosa pleitesía al geniecillo rosarino y sus compañeros, celebra la remontada ante los egipcios como si fuera cosa de épica. Podemos considerar que lo es, siempre y cuando aceptemos el postulado de la existencia de la épica de despacho. Pero para la prensa patria (siendo Cataluña y Argentina dichas patrias, se imprima donde se imprima) el milagro se produce únicamente en el campo, que es lo irritante. Que piensen eso realmente, o peor aún: que no lo piensen pero quieran que nosotros lo pensemos.

El único medio que se acerca, muy tímidamente, a referirse el penúltimo escándalo arbitral (solo hará falta esperar al próximo frente a Suiza) es As, y lo hace de manera oblicua, más bien cobardona, sin que el diario se atreva por sí mismo a pronunciarse editorialmente.

—Hassan, del árbitro: “No hubo juego limpio ni respeto”.

La cuestión no es lo que opine Hassan, amigos de As. La cuestión es lo que opine As. ¿Tiene As algo que decir sobre este nuevo latrocinio? ¿Podemos seguir confiando en vosotros como los únicos exponentes de cierta honestidad entre los cuatro jinetes del Apocalipsis cuyas portadas comentamos aquí día tras día?

Pasad un buen día.

Es difícil escapar del estado de shock cotidiano por la adulteración de los resultados que viene perpetrando la FIFA en el Mundial. Nos venderán el evento como un éxito comercial inigualable, con audiencias récord, con estadios llenos a 3000 euros la entrada, como espectáculo planetario. La fiesta del fútbol. El faraónico negocio es indiscutible, pero no incuestionable. Ya tenemos otro ídolo en nuestro bestiario de inmortales: el terrorista del silbato François Letexier. Un mandao.

Es inevitable pensar en el paralelismo con LaLiga. Tebas nos vende como éxito propio los crecientes ingresos generados en su mayor parte por el Real Madrid. Por eso encuentra justificado un salario astronómico por trabajar una semana cada cinco años, cuando negocia los derechos televisivos. Los clubes aguardan con paciencia ovina el maná del dinero generado por nuestro club y reciben con mansedumbre los millones prestados por el futuro, donde Tebas viajó para hipotecar los próximos 50 años del fútbol español.

Al igual que en LaLiga, estamos asistiendo a un espectáculo bochornoso en el Mundial. Los arbitrajes subordinan la equidad a la conveniencia del negocio, recreándose en la suerte de la prevaricación. Los árbitros ignoran sobre el césped acciones obscenas e inconvenientes para la FIFA mientras enfocan el microscopio del VAR sobre detalles irrelevantes que les permiten manipular los resultados. Los patrocinios seguirán fluyendo. ¿Se acuerdan de la cláusula de Rubi y de Geri según la cual cobrarían más por llevar a Barcelona y Real Madrid cada año a la Supercopa? Pues eso. El VAR rearbitra. Lo negaban. Los árbitros saben lo que quiere Infantino y se esfuerzan en complacerle. ¿Qué dirán esos contratos confidenciales sobre la continuidad de Messi y de Argentina en la competición?

Nos lo explicarán de mil maneras, como nos explican "el bulo Negreira" (tienen los huevos de llamarlo así). Nos contarán que el VAR vino para hacer el fútbol más justo, mientras presenciamos atónitos que se ha convertido en una herramienta para tomar decisiones delirantes bajo la apariencia de honestidad. El problema no es lo que vemos. Debatible. La cuestión es lo que se nos hurta. La realización televisiva editorializa. Construye el relato. Determina la épica del ganador y decide quién merece perder. Nunca veremos repeticiones de una agresion de Messi o de un penalti sobre un pobre egipcio. Treinta cámaras en un estadio del siglo XXI. Cero imágenes “inconvenientes”. Lo que no se ve, no existe. Conocemos el oficio.

Al igual que en LaLiga, estamos asistiendo a un espectáculo bochornoso en el Mundial. Los arbitrajes subordinan la equidad a la conveniencia del negocio, recreándose en la suerte de la prevaricación

Roures y Tebas fueron precursores. La ocultación de imágenes por parte de Mediapro, la realización sesgada de Óscar Lago y el advenimiento del primer VAR español marcó el camino. No podía ser de otra manera. Fue el Barcelona, con su conglomerado de corrupción política-mediática-deportiva. Siempre fueron adelantados a su tiempo en cuanto a la comisión de delitos se refiere. Pagaron a Negreira por neutralidad, pagaron a Unicef (léase Senes Erzik, léase comité de árbitros UEFA) por lo mismo. Tebas adjudicó el VAR, la realización televisiva a Roures (Mediapro) para manipular LaLiga, para triturar a sus enemigos (nosotros), para señalar la paja en el ojo ajeno y ocultar la viga en el propio. Y hasta que no haya una sanción, podemos afirmar que lo han conseguido. Van ganando.

Infantino está utilizando todos los intrumentos que el negocio del fútbol le ha puesto en las manos. Porque su objetivo principal no es el deporte, sino el dinero. Que los patrocinadores recuperen su monstruosa inversión en el evento y de paso le llenen sus bolsillos sin fondo. La polémica es un potente agente de monetización. A Infantino no le importa el escándalo. Reconocer que Donald Trump le llamó para cancelar una sanción justa le otorga el rango de líder global, de interlocutor válido de la persona más poderosa del planeta. El escándalo se asume. Ladran, luego cabalgamos. El espectador ve los anuncios. El que se indigna, a fin de cuentas, consume. Y paga.

No ha habido un partido de este Mundial en que la FIFA no haya sostenido a Argentina. Un equipo bien dirigido, con posibilidades de llegar lejos por calidad y por tradición, pero indolente durante los partidos, sabiéndose protegido por la organización y por el talento de su estrella

Y Messi, una vez más Messi, en el centro de la escena. Siempre Messi en su papel de niño bueno que consiguió superar todas las dificultades para convertirse en un adulto funcional. Y qué bien llora… Por eso no es censurable ayudarle a ganar. Es de justicia. Pobre Messi, con las malas cartas que le repartió la vida... A estas alturas de la película se ha convertido en el reclamo publicitario más rentable del mundo, la megaestrella, el producto de marketing más grande del fútbol. Podría haber nacido en cualquier lugar. En Irak, en Cabo Verde, como el otro monstruo cayó en Madeira. Pero el otro monstruo no es admirable, sólo genera envidia y aversión, porque no es un falso humilde. Messi cayó en Argentina, país corrupto y genéticamente predestinado a la superioridad dialéctica en cualquier discusión sobre fútbol. Para qué más.

No ha habido un partido de este Mundial en que la FIFA no haya sostenido a Argentina. Un equipo bien dirigido, con posibilidades de llegar lejos por calidad y por tradición, pero indolente durante los partidos, sabiéndose protegido por la organización y por el talento de su estrella. Talento indiscutible para el fútbol y para la trampa, consentida y premiada. Messi tiene muy trabajado históricamente cómo decirle al árbitro cuándo tiene que pitar. Suele dejarse caer en el lugar exacto desde el que quiere lanzar una falta. Ha entrenado durante años cómo agredir a un contrario pareciendo la víctima. En España triunfó. En Europa le salió regular.

En Copas del Mundo, Infantino consiente y el complejo empresarial del entretenimiento celebra a la Argentina de Messi, con el soporte de los sicarios del silbato. La FIFA es una organización capaz de vender un Mundial por dinero en 2015 y de conseguir silenciar las gravísimas condenas sobre Blatter y Platini con un “pelillos a la mar”. Tiene mucho mérito. No podemos negar el paralelismo con un fenómeno genuinamente español: Infantino también llegó a la presidencia de la FIFA “para acabar con la corrupción...” Y ahí le tienen. En la cima.

Diario antimundial (días 26, 27 y 28)

El mundial de Catar fue un escándalo continuo, antes y durante. En la organización y en lo deportivo. La infamia se fue administrando minuciosamente para que ganara quien tenía que ganar: uno de los dos equipos cuyas estrellas jugaban en el PSG, propiedad del fondo soberano Qatar Investment Authority (QIA). Para eso pagaron y para eso organizaron.

A la mitad de la afición ya no le parece mal pagarle a un jefe arbitral o que el VAR y las retransmisiones sean adjudicadas a un socio comercial de un club de LaLiga. Cómo les va a parecer mal que Infantino le regale otro título a Messi

Arabia Saudí organizará el mundial de 2034 en virtud de una votación transparente, que premiará su gran tradición futbolística y sus dotes de país comprometido con los derechos humanos, los valores del deporte y su experiencia como organizador de grandes eventos. El dinero infinito repartido con generosidad seguro que no ha tenido nada que ver.

Al margen de la sombra de corrupción inherente al fútbol por la tremenda cantidad de dinero que mueve (los millones atraen a la gentuza como la mierda a las moscas), hay una mala noticia: el mecanismo que estamos viendo en funcionamiento replica con exactitud el experimento de laboratorio del fútbol español. A la mitad de la afición ya no le parece mal pagarle a un jefe arbitral o que el VAR y las retransmisiones sean adjudicadas a un socio comercial de un club de LaLiga. Cómo les va a parecer mal que Infantino le regale otro título a Messi. Él desaparecerá otros cuatro años para disfrutar de su descomunal bonus de productividad por duplicar los ingresos de este ciclo mundialista. Y a otra cosa.

Me gustaría estar equivocado, pero una condena al Barcelona por el caso Negreira es condenar de algún modo a la FIFA y las prácticas del mimético "Método Infantino", que utiliza exactamente las mismas herramientas audiovisuales y arbitrales que nuestros paisanos corruptos, desde su poder absoluto sobre el fútbol. El Barcelona se compró el sistema por envidia, para emular la verdadera grandeza del eterno rival. En el fondo, fueron sólo el ladrón que robó un diamante para que su abuela pudiera ponerlo en la mesita de noche y contemplarlo cada día. Sus cómplices: LaLiga, el CTA, la RFEF y sus terminales políticas son como Infantino y su tinglado. Sólo lo hacen por dinero mientras el fútbol agoniza. Que Florentino nos ampare.

 

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Rodeado de una enfervorecida muchedumbre que celebraba la victoria de España en los octavos de final del Mundial, le hice un gesto silencioso al camarero para que me acercase la cuenta. Sin embargo, al contemplar su atribulado rictus, acuciado por un sinfín de peticiones, me resigné a un compás de espera y volví la mirada hacia la pantalla gigante donde se había retransmitido el encuentro.

De repente, me encontré con el primer plano de las lágrimas de Cristiano y sentí una punzada de congoja. Desde luego, no era la primera vez que servidor veía llorar a un futbolista: algo tan banal no hubiese captado mi atención ni un instante. Pero aquellas no eran únicamente las lágrimas por una eliminación mundialista: entendí que acaso se estaba retransmitiendo en directo una íntima toma de conciencia de que el tiempo, auténtico rival invicto, siempre acaba encontrando nuestros tobillos para morderlos.

Durante el partido me había resultado chocante ver a Cristiano deambular por el campo a varias velocidades por debajo de los demás. Caminaba por Dallas como un pistolero en un wéstern crepuscular, una especie de héroe antiguo que se afana en conservar el halo de su leyenda mientras el paisaje lo expulsa, inmisericordemente. Estaba allí y, al mismo tiempo, parecía fuera de sitio. Costaba reconocer en aquel delantero al otrora representante futbolístico de Aquiles. Aquel hombre que durante más de una década convirtió cada partido en una declaración de guerra aparecía reducido a una tentativa que, por improbable, ya ni siquiera inspiraba el miedo que concede el recuerdo. Su sola presencia había bastado durante años para alterar eliminatorias antes del pitido inicial, hasta el punto de dar la impresión de haber firmado un pacto para escapar del tiempo.

Nada más lejos de lo que se vio la otra noche. Ahora que la vuelta de Mourinho sirve de alimento para nuestra perpetua hambre de nostalgia, me parece inevitable recordar los comienzos de la relación entre Cristiano y el Madrid. Ronaldo abandonó el mejor equipo de Inglaterra -instalado en aquella época en su plenitud y que, por cierto, desde entonces no levanta cabeza- para desembarcar en una entidad blanca deprimida y acomplejada por saberse inferior al mayor rival de su historia. Cristiano no vino a administrar una herencia: acudió a participar de una reconstrucción compartida. Con sus dejes de divo, con sus gestos destemplados, con esa teatralidad que tantas burlas e infamias provocó y, por encima de todo, con un valor a prueba de los retos más complicados. Se partió tantas veces la cara por el Madrid como éxitos acabó regalándole. Cuando, tras hercúleos esfuerzos para hacer virar el timón del fútbol europeo, el viento empezó a soplar a favor y el club enlazó una Champions tras otra, él continuó siendo el mismo fanático de la victoria que había llegado años antes, dispuesto a recibir todos los golpes. Y trasladó esa fiebre competitiva a una selección históricamente modesta, elevándola también hasta conquistas que durante décadas parecieron patrimonio exclusivo de otros. Su partida del Madrid fue folclórica, casi operística. Entonces hubo quien la interpretó como un movimiento lógico. Hoy, con la perspectiva que concede el paso de los años, cuesta mucho no pensar que supuso un error para él. Suele considerarse un cliché aquello de que hace mucho frío al salir del Madrid, pero si exceptuamos los casos perversamente espoleados por la gasolina del resentimiento -Eto’o, Luis Enrique...-, comprobaremos que marcharse del Bernabéu puede parecer una liberación durante un instante, mas rara vez ofrece un escenario mejor. Hasta un fenómeno como Cristiano hubo de contemplar cómo su carrera descendía lentamente después de aquel precipitado adiós: Italia, Inglaterra, Arabia… Cada destino se hallaba un poco más lejos del centro del mundo. Desprenderse de la felicidad suele constituir una mala decisión, incluso cuando uno sospecha que el reloj empieza a correr demasiado deprisa. Al fin y al cabo, las últimas gotas también se beben. De hecho, son las que más añoras cuando vuelves a tener sed.De momentos cruciales y semanas trágicas

Según tengo entendido, Cristiano persigue ahora los mil goles, cifra menos estadística que símbolo. Da la impresión de erigirse como una nueva montaña inventada por la necesidad humana de seguir encontrando horizontes. Apuesto a que muy probablemente la coronará, pues nadie convirtió la obsesión en método con tanta disciplina como él. Pero sus lágrimas reflejan que su realidad está más allá de esos goles, y viene marcada por el dolor al comprobar que el fútbol empieza a dejar de necesitarte. Durante más de quince años, todos los partidos pasaban, de un modo u otro, por Cristiano Ronaldo, gravitando alrededor de su amenaza. En Dallas sucedió exactamente lo contrario: Portugal jugó largos tramos como si su capitán no estuviera. Ronaldo esperaba un balón que nunca llegaba mientras los demás corrían a una velocidad distinta y resolvían las urgencias pertinentes. La figura del siete se diluyó hasta convertirse en una presencia casi fantasmal. Peor que un mal partido: un partido ausente. El verdadero final de las leyendas consiste, antes que en perder títulos, en descubrir que el mundo continúa girando sin esperarlas. El relevo no pide permiso; simplemente, el protagonista entra en escena y nadie contiene ya la respiración. De manera simultánea el tiempo derrota las piernas y deshabita los escenarios.

aquellas no eran únicamente las lágrimas por una eliminación mundialista: entendí que acaso se estaba retransmitiendo en directo una íntima toma de conciencia de que el tiempo, auténtico rival invicto, siempre acaba encontrando nuestros tobillos para morderlos

Experimentar de manera cruda semejante certeza explica perfectamente la amargura que desemboca en unas lágrimas. No obstante, y sin ánimo de consuelos espurios, convendría señalar que hay figuras a quienes la decadencia no consigue arrebatarles la grandeza. A pesar de no intimidar ya, conservan la dignidad de los que un día obligaron al fútbol a cambiar de escala. Cristiano pertenece a esa estirpe de elegidos. Aquella que incluye a los héroes que, incluso derrotados por el tiempo, siguen venciendo al olvido. Cuando el camarero me trajo al fin la cuenta, eché un último vistazo a la pantalla. Cristiano ya no estaba llorando.

 

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Si el último partido de la carrera de Modric fue el Portugal-Croacia del pasado viernes por la noche, no puede resultar más simbólico. El juego que él sublimó ya no existe, así que debe morir con su último aliento. El gol anulado a los croatas es el ejemplo perfecto del neo-fútbol, disciplina que avanza sin freno en la tarea de reemplazar el old game que nos enamoró de niños: un birlibirloque del data, una engañifa tan propia del cientifismo que se ha apoderado de las sociedades occidentales y con el que se da una pátina de irrefutable verdad a lo que no son más que las mentiras de siempre.

Se aíslan los hechos de su propia secuencia, ritmo, velocidad y contexto, de modo que aparenten significar algo por sí mismos, lo que no es sino una adulteración flagrante de la realidad con la que se altera, con visos de legitimidad, el resultado.

Así pitó Soto Grado

Y el resultado es la muerte de la emoción. La emoción, asesinada, se lleva con ella el significado profundo de un deporte antiguo que, despojado de la pasión y el sentimiento asociado a lo inmediato, se queda en nada. O peor: en un mero entertainment. Un nuevo fútbol del que este Mundial norteamericano se está constituyendo el paradigma. No en vano había de ser en los Estados Unidos de América donde la sustitución tuviera lugar.

La distorsión tecnológica es decisiva por sí misma. Los goles, ahora, ya no se pueden celebrar hasta cinco o diez minutos después, con suerte. Y eso, que es el colmo del anticlímax, ya está siendo rentabilizado por la publicidad, a tenor del último spot de Coca-Cola. El capitalismo, que lo aprovecha todo, amortiza tan bien las fantasías como los vicios y las debilidades: no podía ser sino en USA donde el fútbol se convirtiera en un baloncesto de facto, con cuatro tiempos separados por «pausas de hidratación» ignominiosas que sólo sirven para endilgar más anuncios a los telespectadores.

Los aficionados, que por supuesto ni pinchamos ni cortamos, aceptamos lo que nos echen. ¡Nos echaron un Mundial en invierno que paralizó todas las competiciones, para mayor gloria de unas petromonarquías teocráticas!

Los americanos nunca entendieron el fútbol porque no les gusta. El soccer les aburre. Van a las gradas a comer y a beber, como pasa con el baloncesto o el béisbol. Han programado otra SuperBowl para el descanso de la final, nada menos, con lo que la concentración y el tono mental y físico de los futbolistas se va a tomar por culo. ¿Y qué, se preguntarán ellos? Vamos a ver a una decrépita Madonna dando saltos en una tarima y a Infantino bien contento. La mentalidad useña nunca comprenderá la naturaleza bélica y religiosa de algo que para ellos sólo es un deporte, y soporífero.

no podía ser sino en USA donde el fútbol se convirtiera en un baloncesto de facto, con cuatro tiempos separados por «pausas de hidratación» ignominiosas que sólo sirven para endilgar más anuncios a los telespectadores

Estas pausas de hidratación, hermoso eufemismo que alude en realidad a la hidratación bancaria de la FIFA y los sponsors oficiales, conviene no olvidarlo, surgieron en la pandemia con la excusa de que la liga se retomaba en pleno julio. Entonces también empezaron a permitirse muchos más cambios de aquellos míticos tres con los que crecimos. De modo que ahora no hay sustituciones sino ventanas y los equipos, si hay prórroga, pueden acabar prácticamente con un once distinto del que alinearon al principio del partido.

De la última pandemia, como bien profetizó Houellebecq, no salimos mejores sino peores, mucho peores en todo.

Este nuevo tiempo no merece un Luka Modric. Las masas ya tienen a su disposición otros muchos opios

Es como si al fútbol que conocimos le hubieran dado la vuelta como a un calcetín. También influye el final de una generación única, inolvidable: Modric, Cristiano, Messi, titanes del gran canto del cisne. Las selecciones históricas, las que más copas del mundo tienen, Brasil, Italia y Alemania, llevan décadas de ridículo en ridículo. No es casualidad, el fútbol, como todo, ha virado, ha cambiado de rumbo, quizá lo haya perdido. El talento brasileño ya no crece en las calles de las favelas y, de hecho, parece que ni siquiera existe: sólo Vinicius permanece como el vestigio de lo que un día se entendió por la fantasía de los niños en las playas de Río, y los italianos llevan tres lustros seguidos de depresión, con su liga bajo mínimos y las canteras llenas de extranjeros mediocres.

España-Brasil. ¿Carvajal vs Vini? No. Mejor Porro

Se trata de un fin de siècle en todos los sentidos. Se ve jugar a Francia y la superioridad físico-técnica de su conjunto es apabullante. Y sin embargo su fútbol, tan dominante, es aburrido hasta decir basta. Vive Dios que no volveré a quejarme del horizontalismo de la escuela española, pues de alguna manera resulta una isla rebelde, tanto como el diapasón bajo y trotón de los argentinos. Francia suelta a su manada de búfalos y por donde pasan no crece la hierba pero, ¿y qué? Mbappé, cuya carrera mengua a lo Benjamin Button, va camino de su tercera final mundialista consecutiva e igualar a Pelé. Pero como Pelé, su trayectoria en el fútbol de clubes sigue siendo, a estas alturas, irrelevante en términos históricos: de momento la posteridad sólo tiene de él bonitos highlights en Mundiales, y eso en una época donde los Estados-nación sólo sobreviven en Iberoamérica y en Europa del Este. A lo mejor ahí radica su última trascendencia.

Gane quien gane, este Mundial consagra, más que el comienzo de una era, el fin de otra: la del siglo del fútbol, que en términos históricos ha durado casi dos centurias. Este nuevo tiempo no merece un Luka Modric. Las masas ya tienen a su disposición otros muchos opios.

 

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Buenos días, amigos galernautas. La selección federativa ganó ayer a Portugal (1-0, gol de Merino en el descuento) y está por tanto clasificada para cuartos de final del Mundial. España no jugó particularmente bien (fue un partido plúmbeo por ambas partes), pero no se puede decir que el resultado fuera injusto. El combinado de Luis de la Fuente dominó el partido ante una Portugal que ha decepcionado a lo largo de todo el torneo, también ayer. Se presentaban como el mejor centro del campo teórico de la competición, pero sus grandes estrellas de la zona ancha, incluido el nuevo fichaje madridista Bernardo Silva, han estado básicamente desaparecidos en combate.

Este acontecimiento, el pase a cuartos de la llamada Roja, a La Galerna ni le va ni le viene. Somos un medio desacomplejadamente madridista sin otras adscripciones. Nuestros lectores son madridistas y por lo demás, en lo que a nosotros respecta, están legitimados para sentir por la selección cariño o fobia, con todos los grises posibles entre medias. Lo mismo es válido para la Iglesia católica, Cristopher Nolan, Taylor Swift o la tortilla de patatas con cebolla. Nuestros lectores son del Madrid, y todo lo demás es accesorio. Tan respetable nos parece amar al equipo federativo como detestarlo, en el entendido de que estaremos unidos en el madridismo cuando toque apoyar a la institución que tan felices nos ha hecho.

Las primeras planas del día exudan júbilo por la clasificación nacional (o estatal, como dirían algunos componentes del propio equipo para evitar resquemores en sus lugares de procedencia), y a nosotros nos parece perfecto. Hoy es San Fermín, razón por la cual Merino gritó vivas al santo al anotar el tanto decisivo. Este portanalista tiene un amigo que se llama Fermín, y cuando va por la capital navarra el 7 de julio le invitan a calimocho a trueque de mostrar el DNI. Son privilegios que hay quien tiene en la vida. Le sucede lo mismo, por ejemplo, a Lamine Yamal, que simplemente enseñando el DNI ya conduce a todos a la conclusión de que jugó muy bien. Ayer, por ejemplo, no hizo ni el huevo, pero ya andan los próceres del panenkismo salivando allá por donde pasa. Comoquiera que fue el último partido de Cristiano, trascendente ocasión, hay quien se ha flipado más allá de lo concebible y lo ha nombrado su heredero. Con este chico vivimos un delirio que nunca antes se había dado en la historia del balompié: un jugador con excelente potencial que probablemente se verá arruinado por el triunfo artificial de la idea de que ya ha desarrollado dicho potencial.

Tan descomunal es el hype que disfruta el chaval que nos extraña que Merino, al marcar su gol, no gritara, en lugar de “¡Viva San Fermín!”, ¡Viva San Lamine!, poseído por el propio hype, el orgullo patrio (?) y el ritmo racatanga, todo por el mismo precio.

Pero ved, ved a qué niveles ha llegado la hipérbole en el afán nacional de canonizar al muchacho.

Cristiano, precisamente, y salvo milagro de lo epigenético, dijo ayer adiós a su selección tras una trayectoria de récord: seis mundiales, marcando en todos ellos. Se apresta el final de la carrera de uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos, si no el mejor, y Sport le despide así: 

Donde no hay clase no puede ni debe buscarse, amigos, y Cristiano tiene más de eso (de clase) en una uña del pie izquierdo que en toda la sede de Sport, con su aluminosis ética incluida.

Pasad un buen día.

Buenos días, amigos. George Gershwin fue uno de los grandes talentos musicales del siglo XX. Ya de muy niño era capaz de tocar al piano -instrumento que aprendió a dominar de forma autodidacta- las melodías populares de entonces. Siendo un adolescente, el autor de Rhapsody in blue se ganaba la vida tocando en salones de baile, clubes nocturnos, casas de lenocinio (conocidas, no sin razón en aquellos felices días en que todavía nadie había concebido ese maligno invento llamado gimnasio, como sporting houses) y demás locales de costumbres remilgadas y moral puritana. Muy pronto se convirtió en un músico enormemente popular, condición que no le abandonaría el resto de su vida.

Gershwin, sin embargo y a pesar de su extraordinario éxito, nunca pudo desprenderse de cierto complejo derivado de su falta de formación académica. Aunque tomó clases particulares, jamás pisó un conservatorio. Por eso, ya adulto, acaudalado y en el apogeo de su fama, le escribió en cierta ocasión a Ravel pidiéndole que le diera clases de orquestación. La respuesta del músico vascofrancés llegó rápida, escueta y lúcida: “¿para qué demonios quiere ser usted un Ravel de segunda pudiendo ser un Gershwin de primera?”.

Viene este excursus a cuento de la eliminación de la selección brasileña que se produjo ayer a manos de Noruega (o a pies y cabeza de Haaland, para ser más precisos). Para los que amamos el fútbol y amamos Brasil, contemplar la alegría, la creatividad, la imaginación, el incontenible talento brasileño aprisionados bajo la losa de un equipo de obreros de línea de montaje, de soldados prusianos tan ayunos de destreza, fantasía y chispa como de fe en sus posibilidades, fue un verdadero dolor. El problema no es de ahora, el problema viene de mucho antes. Alguien, hace ya demasiadas décadas, debió de pensar que para volver a ganar mundiales, la pentacampeona debía dejar de ser un Brasil de primera para convertirse en una Alemania de tercera, y así les va (nos va). Ni el bueno de Ancelotti ha podido recuperar la magia brasileira, asesinada por años de rigor táctico, disciplina militar y emasculación de la alegría. Ayer, sólo Vinícius parecía un jugador brasileiro.

El pueblo de Brasil no merece esto. Ese pueblo brasileño, tan espontáneo, tan hospitalario, tan tierno y tan desesperante y, sobre todo, tan amante del futebol. Los brasileiros han nacido para jugar al fútbol descalzos o calzando havaianas. Brasil es agua de coco y fútbol en la playa y el guiño dulzón de la caipirinha y un puesto de bananas en la carretera, la alegría africana con su puntito de saudade portuguesa, la belleza sucia y caótica del Pelourinho en la vieja Salvador de Bahía. Brasil es el hoy que jamás piensa en mañana, las curvas promíscuas del bunda apenas enmarcado por el tanga, el colorido rebosante de la bahiana y el ritmo embriagador del samba. Por eso el fútbol brasileño es alegría o no es; por eso todos los intentos de contenerlo en el corsé del rigor táctico alemán y de la disciplina militar son un sindiós destinado al fracaso. Brasil es un arara que muere cuando lo enjaulan. Ojalá algún día se den cuenta las autoridades que rigen su fútbol. O que hablen con el As para que les monte una ouija con Ravel.

En fin, amigos, perdonadnos este pequeño desahogo nostálgico. La Galerna es una publicación madridista, pero son días de fútbol de selecciones, y la actualidad madridista está en standby. Todo lo acapara el Mundial, y un Mundial sin Brasil es menos Mundial. O, si preferís, y en términos tal vez más exactos, un Mundial sin Brasil siendo Brasil es todavía más interminable.

En todo caso, como el dios del fútbol aprieta pero no ahoga, esta pasada madrugada aquellos de vosotros que os quedasteis a ver el encuentro entre mexicanos e ingleses, bien por insomnio, bien porque habías discutido con la pareja, bien porque os apasiona un México-Inglaterra y no os lo perderíais por nada del mundo, pudisteis disfrutar de un partido de fútbol digno de un Mundial. Y si Vinícius fue ayer el único jugador de Brasil digno de la camiseta que vestía, Jude Bellingham fue el artífice de la victoria de los Three Lions. Dos goles en dos minutos. Vini (pun intended), vidi, vici. El Real Madrid es tan luminoso que sus rayos escapan por cada rendija que deja abierta la plúmbea mazmorra informativa mundialista.

Por lo demás, hoy juega España. Las portadas del día dividen su espacio entre el España-Portugal de esta noche y los dos chicharros de Haaland que mandaron a Brasil al cuarto de pensar. Viendo las portadas, sin embargo, diríase que quien esta noche se enfrenta a la selección lusa no es el combinado español, sino Lamine Yamal. Nos presentan a Lamine al modo del Fígaro rossiniano, y largo al factotum della Roja: Lamine por aquí, Lamine por allá, Lamine por arriba, Lamine por abajo. As habla nada menos que de final anticipada, lo cual, dejando chauvinismos y patrioterismos rancios a un lado, se nos antoja pelín atrevido y acaso no del todo respetuoso con selecciones como la francesa, la argentina, la propia inglesa, la marroquí o la mismísima noruega, que está cogiendo tales hechuras de equipo revelación, que vaya usted a saber.

Y hasta aquí hemos llegado en este tortuoso portanálisis mundialista. Suerte esta noche a los que os sentís concernidos por las andanzas de la Roja, y paracetamol 500 mg a los demás.

Pasad un buen día.

 

Se cumplen 30 años de la llegada al Real Madrid del portugués Carlos Secretario. El lateral fue uno de los refuerzos en aquel gran mercado de fichajes del conjunto blanco en el verano de 1996. Se incorporaba al proyecto de Fabio Capello junto a otros nombres relevantes como Suker, Mijatovic, Roberto Carlos y Seedorf. Secretario no sería el primer portugués en jugar con la camiseta blanca, porque el delantero del filial Zeferino lo había hecho unos meses antes, pero sí sería el primero en hacerlo en encuentros oficiales.

Nacido el 12 de mayo de 1970 en São João da Madeira, comenzó jugando en los juveniles del Sanjoanense. De allí pasó al Sporting y un año más tarde a las categorías inferiores del Porto. Su debut en la élite fue en el Gil Vicente y tras una campaña se marchó al Peñafiel. Llegó al Porto en 1993, después de dos experiencias en el Famalicão y el Braga. Fue internacional en 35 ocasiones con la selección portuguesa. Secretario era un jugador polivalente que podía actuar en cualquier puesto de la banda derecha, tanto en el centro del campo como en la defensa. Con el paso de los años se acabó estableciendo como lateral. El portugués era veloz, ofensivo, impetuoso, disciplinado, con buen sentido de la colocación para actuar en misiones defensivas, polivalente para actuar en cualquiera de las dos bandas, con recursos cuando tiene el balón en los pies y preciso en sus envíos al área.

Se cumplen 30 años de la llegada al Real Madrid del portugués Carlos Secretario

La Euro del 96 celebrada en Inglaterra fue fundamental para la llegada de Secretario al Real Madrid. El nuevo entrenador merengue, Fabio Capello, pidió un lateral derecho porque Chendo era ya veterano y Quique Sánchez Flores no le convencía del todo para el costado de la defensa. El portugués, que empezó como suplente, cuajó un interesante torneo a las órdenes de António Oliveira y llamó la atención de varios clubes europeos. Secretario, en los dos primeros encuentros de la fase de grupos contra Dinamarca y Turquía, fue suplente de Paulinho Santos hasta que este recibió una sanción por acumulación de amarillas. En la última jornada, en el gran triunfo contra Croacia por 0-3, salió de titular, imprimió experiencia y carácter a la defensa y, además, asistió a Figo en el primer tanto. Su buen rendimiento le valió jugar de inicio en cuartos de final ante la República Checa. El conjunto portugués cayó con un tanto de Poborsky, pero el lateral del Porto, según las crónicas, estuvo omnipresente con sus subidas por la banda y su duelo con Smicer.

Los blancos iban a disputarse con el Barça el fichaje porque al entrenador inglés recién aterrizado en la Ciudad Condal, Bobby Robson, y a su segundo, José Mourinho, que conocía a su compatriota, les encajaba en su nuevo proyecto. A finales del mes de junio de 1996, El Mundo Deportivo publicaba que Secretario estaba en la lista de deseos blaugrana. En una comparecencia pública con periodistas, el presidente José Luis Núñez dijo que “no está en la agenda, pero hay que hacer amigos”. Sin embargo, unos días después, el mismo medio insistía en que “Secretario, comodín del Oporto, sube enteros. A Robson le gusta porque puede actuar de lateral y de centrocampista por los dos lados”. El medio catalán lo vio cerca del conjunto culé hasta que el Real Madrid en una operación relámpago y en pocas horas se lo arrebató y confirmó el fichaje.

Fue el 5 de julio cuando el vicepresidente blanco, Ignacio Silva, comunicó que el equipo merengue había llegado a un acuerdo con el Porto por su traspaso. El coste se iba a los 250 millones de pesetas, que era lo que marcaba su cláusula de rescisión. El tesorero, Juan Onieva, y el secretario, Ramón Martínez, cerraron la operación tras reunirse en Lisboa con el representante del jugador Manuel Barbosa. El máximo mandatario blanco, Lorenzo Sanz, explicó que “era un jugador que nos había pedido Capello y estaba muy hablado, así que cuando surgieron problemas con Karembeu retomamos el asunto y fichamos a Secretario”. Sanz calificó de “ilusionante” la contratación del internacional portugués.

El fichaje cayó como una bomba en Can Barça y, según publicó El Mundo Deportivo, fue toda una sorpresa porque “parecía cerca del Barça, apareció el Madrid y lo fichó por cinco temporadas (con una cláusula de 2000 millones)”. Ni su amigo y nuevo culé, el portero Vitor Baia, pudo frenarle. El Mundo Deportivo contaba que “hasta Vitor Baia hizo un intento por convencerle. Mientras ultimaba su incorporación al Barça, el pasado jueves, el portero utilizó su teléfono móvil para llamar a Secretario y recomendarle el azulgrana: ‘Yo ya he arreglado, ahora ven tú’, pero se encontró con una réplica sorprendente: ‘Yo ya soy del Real Madrid’”. En la capital no estaban sorprendidos e Ignacio Silva declaró que “nosotros lo habíamos pensado hace bastante tiempo. No sé si el Barcelona u otros tenía interés en Secretario. Solo sé que a todos los que estamos fichando los querían otros”.

El diario AS con el periodista Joaquín Maroto desplazado a Vilamoura consiguió hablar con el lateral nada más hacerse oficial su fichaje. Secretario confirmó que el Madrid “ha sido el más rápido. El Barcelona se lo pensó, habla mucho y hace poco. Pero el Madrid no esperó más tiempo; lo hizo rápido y todo se aclaró enseguida. No me arrepiento de no haber fichado por el Barcelona. Mi agente me lo comunicó el jueves. Cuando me lo dijo, no me lo creía”. Bobby Robson le había dirigido en el Porto y pidió su fichaje a Núñez, a lo que Secretario respondía que “Robson es mi amigo, pero quizá ahora deje de serlo. Es quien más ha confiado en mí porque me hizo titular en el Porto. Pese a la rivalidad seguiremos manteniendo la amistad”. Por último, respecto al gran equipo que estaba montando el Madrid declaró que “ha apostado fuerte y eso me gusta. El Real Madrid ha construido el equipo más fuerte de Europa. Me alegro de jugar con gente como Suker que ha hecho una gran Eurocopa. Será además la oportunidad de compartir experiencia con otros grandes como son Mijatovic o Seedorf en una plantilla competente”. El lateral también habló con Marca para afirmar que “es el día más feliz de mi vida. Ahora tengo que ser humilde y trabajar para hacerme con un puesto en el equipo, porque ser titular no va a ser fácil”.

Diez días después de oficializarse su fichaje se produjo la presentación en el Santiago Bernabéu, el 17 de julio. La revisión médica, que consistió en un electrocardiograma, un ecocardiograma, un estudio detallado del aparato locomotor y una analítica completa, la superó sin problemas. El doctor Del Corral declaró que “el estado de salud de Secretario es perfecto”. Luego, tuvo el acto en la sala de prensa del Santiago Bernabéu junto al presidente Lorenzo Sanz. El portugués manifestó que “el Real Madrid presentó la oferta de una forma diferente, más correcta que los demás, y pusieron las cosas claras. Es uno de los clubes más grandes del mundo y yo no podía rechazarlo”. Después de la presentación fue a comer al Asador Donostiarra con miembros de la junta directiva blanca y el presidente Sanz para, más tarde, dedicarse a buscar alojamiento en Madrid acompañado de su representante Manuel Barbosa. En un día muy ajetreado, por la tarde tomó un vuelo de regreso a Portugal para volver a España en un par de días y esperar a incorporarse a los entrenamientos del equipo.

Capello le dio la oportunidad al comienzo de curso al lateral de demostrar su valía en el equipo porque, en el día a día y los entrenamientos, mostraba un gran nivel. Sin embargo, a medida que pasaban los partidos, la paciencia del italiano se agotó, ya que Secretario no cumplía las expectativas y cometía errores frecuentes. Actuaciones muy flojas o una expulsión en Oviedo marcaron su futuro en el equipo blanco. Capello llegó a echar mano del veterano Chendo y pidió a Lorenzo Sanz un nuevo fichaje para esa demarcación: su compatriota Panucci. La segunda parte del curso, Secretario era un habitual del banquillo o incluso de la grada. Capello solo le utilizó para algún partido de Copa de las primeras rondas eliminatorias o media parte en un duelo liguero ante el Hércules. De todos los estelares fichajes del verano anterior fue la gran decepción del curso madridista, en parte por no superar la presión de jugar en el Madrid y también porque su entrenador, Fabio Capello, no le ayudó lo suficiente ni le dio apoyo moral en ningún momento.

Tras conquistar la Liga, el técnico transalpino se marchó de la entidad y a Secretario le quedaban cuatro años de contrato con los blancos. El lateral comenzó la pretemporada a las órdenes del alemán Jupp Heynckes, pero se encontraba en la lista de transferibles para salir del equipo. Disputó una decena de encuentros amistosos y al no conseguir un nuevo club antes del cierre del mercado se quedó los primeros meses del curso en el cuadro blanco. Su papel era residual y solo fue convocado para un partido oficial de Liga contra el Salamanca. Finalmente, en octubre, el Porto volvió a llamar a su puerta y, según publicó el periódico A Bola, el lateral visitó las instalaciones del equipo portugués para pasar el reconocimiento médico, se comprometió a un contrato de cuatro años y salió del Real Madrid tras un acuerdo para la rescisión de su contrato en el mes de noviembre. Con una Liga y una Supercopa de España cerró su periplo como madridista.

En el Porto se mantuvo seis campañas más sumando a su palmarés cuatro Ligas, una Copa de la UEFA y la Champions League del año 2004. Ese mismo verano se marchó al Maia para poner fin a su carrera un año más tarde. Después se pasó a los banquillos y ha tenido experiencias tanto en su país como en Francia. Entre otros clubes ha dirigido al Maia, Aroura, Cesarense y el Créteil. En agosto de 2022 sufrió un derrame cerebral del que se pudo recuperar felizmente en unos meses.

Respecto a su etapa madridista, le siguen preguntando en entrevistas y, en una de ellas, en el medio portugués Tribuna Expreso, declaró que “me equivoqué en firmar con el Real Madrid. Quizá hubiera sido mejor para mi carrera haber ido al FC Barcelona, porque tenía allí el apoyo de mis compañeros, pero ya estaba firmando por el Madrid y no podía rechazarlo. Las cosas en Real Madrid no terminaron saliendo bien”.

 

Fotografías archivo Alberto Cosín

Desde mi puesto de vigilancia madridista de la playa aletargante del Mundial, traigo una buena noticia: fuera de España, el porcentaje de periodistas deportivos capaces de hacer ridículos históricos es quizá ya tan alto como en la piel de toro.

Sí, de acuerdo, puede que me haya pasado. El porcentaje quizá no sea tan elevado, pero vamos, el caso es que hay muchos periodistas incapaces de caminar y mascar chicle al mismo tiempo no solo en territorio nacional, sino también fuera del mismo. Los tabloides británicos, sin ir más lejos, abundan en especímenes que unen a su proverbial estulticia futbolística una inclinación desaforada por dejarla patente en todo momento y circunstancia.

 

El autor de esta perla es Craig Hope, jefe de deportes del Daily Mail, y las actuaciones de Jude Bellingham en el presente Mundial (en particular su doblete de ayer, que condujo a Inglaterra a batir a México y plantarse en cuartos) están convirtiendo este texto en una joya imperecedera, un hito en la nutrida historia de pelotudeces periodeportivas, a la altura de las mejores memeces de plumillas patrios, como aquel “Peluka Modric, 40 millones para tapar vergüenzas” o aquel otro “no cambiaría a Modric por De Las Cuevas”. Pero atención: se trata de una perla susceptible de multiplicar exponencialmente su alcance a medida que, a lo largo de las eliminatorias que quede, Inglaterra siga pasando rondas y Jude Bellingham siga deslumbrando junto a su inseparable Harry Kane.

Hay que ser un berzotas de proporciones siderales para pedir a Tuchel, antes de que este confeccionara la lista del Mundial, que dejara fuera de la misma al jugador más completo de cuantos están en activo habiendo nacido en dicha isla, con permiso del propio Kane. Por el mismo precio Jude ayer, en un marco tan imponente como el Estadio Azteca de la capital mexicana, se ciscó amigablemente tanto en Craig Hope como en el aficionado, no menos cimbel, que se pasó el partido tratando de descentrarle desde la grada con un rayo láser. Son intentos insignificantes de perturbar la vida de los elegidos por parte de la mediocridad.

Jude estuvo imparable. En el primer gol, se lanzó en plancha para rematar de cabeza un servicio impecable de Saka. En el segundo, encauzó en boca de gol un pase de su amigo Harry, culminando así una jugada que él mismo había iniciado, pasándosela al 9 del Bayern.

Inglaterra está en cuartos, y lo está porque los que saben (en este caso Tuchel, cuya lista tampoco nos gustaba a nosotros al principio, tal vez porque todos tenemos un Craig Hope o un Maldini conspirando en la parte desnortada de nuestro cerebro) decidieron hacer caso omiso de los que no.

 

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