Las mejores firmas madridistas del planeta

Que la España de Luis de la Fuente tenía hechuras de campeón del mundo se vio ya desde la primera eliminatoria contra Austria. Ha ido de menos a más en el Mundial de Norteamérica, como si fuera ya tradición que, para ganar la Copa del Mundo, los españoles hayan de empezar mal, con dudas y perdiendo o empatando con selecciones de chichinabo. Los dos últimos partidos de este larguísimo torneo han puesto de manifiesto la verdad de aquellas palabras de Luis Aragonés, en su discurso previo a la final de la Eurocopa del 2008: un discurso que ya pertenece al mito y tan ganador que no parece de una leyenda del Atlético de Madrid. Con razón, El Sabio de Hortaleza pasó antes por el Madrid. «Del subcampeón no se acuerda nadie. Somos mejores y como somos mejores, además les vamos a ganar».

España pasó por encima de la Francia hipervitaminada por el Sur Global y de la fraudulenta campeona Argentina, que no debió por cierto llegar hasta Nueva York. No recibió ningún gol de los equipos cuyos capitanes son los máximos goleadores históricos de los mundiales, lo que da una idea de la solidez defensiva de un equipo que se parapeta, como los grandes, detrás de la pelota. España jugó la final con una tranquilidad y una conciencia de la propia superioridad absolutamente madridistas: era como estar viendo al Madrid tricampeón de Zidane en el partido de Kiev contra el Liverpool. Es más, la forma en la que la selección española redujo a la argentina hasta los límites de la parodia me recordó a la segunda parte de la final de Cardiff. Es difícil recordar una superioridad semejante, o mejor dicho una inferioridad tan clara, en un partido de tal magnitud.

su Mundial es de antología. Tampoco recuerdo un fichaje tan, tan claro como éste: tiene todas las condiciones que el Madrid necesita, cubre todos los defectos de la plantilla desde que se fue Toni Kroos

Todo el fútbol español, la concepción española del fútbol, se encarnó en Rodri. Control del ritmo, no posesión de la pelota: dominio del tempo del partido y sobre todo, del espacio. Que los grandes campeonatos se ganan desde el centro del campo es una de las leyes de hierro del old game. El Madrid campeón siempre lo fue teniendo la pelota, sólo así se puede subir como una marea y encajonar al rival en su área, momento en el que siempre, por decantación natural, acaban sucediendo las cosas. Rodri es un diapasón, recibe en el huerto de los centrales como hacía Kroos, y a su silbatazo, como si fuera el cómitre de una galera, el resto avanza o retrocede. Su Mundial es de antología. Tampoco recuerdo un fichaje tan, tan claro como éste: tiene todas las condiciones que el Madrid necesita, cubre todos los defectos de la plantilla desde que se fue Toni Kroos. Es decir, desde que el equipo dejó de ganar. Llegaría envuelto por el halo de los campeones, y esto es importante porque en el Madrid el aura juega su papel en el destino de los jugadores. Rodri tiene tanto la edad justa como la experiencia sobrada. Veo a Valverde, a su lado, como un Fabián: un volante que le de verticalidad al juego que en él comienza. Además, parece como loco por venir. Florentino Pérez, que muchas veces ha estado atento a los vientos que soplan en los mundiales, no puede tener más a mano la adquisición de un futbolista que no sólo es un extraordinario centrocampista, sino que cambiaría el rumbo que lleva la dirección deportiva del Madrid desde la final de Londres en 2024.

En los últimos 18 años, la selección española de fútbol ha ganado tres Eurocopas y dos Mundiales. A eso habría que sumarle además una plata y un oro olímpicos seguidos, o sea dos finales consecutivas, la primera de las cuales dirigida por Luis de la Fuente. No es el tikitaka, es otra cosa. Es decir, en menos de una generación acumula más títulos que Francia en toda su Historia, una selección francesa cuyo éxito en 2018 inició lo que Carletto llamó el modelo de eneryía. El Madrid se hizo con los dos mejores prospects de ese modelo, Camavinga y luego Tchouameni, que funcionaron mientras quedaron vestigios del centrocampismo de los jerarcas. El modelo francés está totalmente desfasado. Supedita el entendimiento del juego al puro aplastamiento físico-técnico. El 0-2 con que España liquidó a Francia en las semifinales del Mundial es la metáfora de que acumular talento ofensivo salvaje en la delantera es inútil sin un cerebro que lo catalice. El Madrid mismo lleva dos años fracasando con tres futbolistas de ataque excepcionales. El modelo de la eneryía es además, ajeno a la propia cultura madridista: el famoso rock´n roll de Mourinho en su primera etapa contaba con Xabi Alonso de director de orquesta. Todos los Madrid campeones del siglo XXI tuvieron un mediocampista dominante en torno al cual todo giraba cual sistema solar. Redondo, Zidane, Xabi, Modric, Kroos…

Ya se puede hablar de modelo español, y su principal característica es la inteligencia competitiva. En este sentido y a tenor del rendimiento más reciente el Madrid cuenta, ahora mismo, con futbolistas netamente anticompetitivos. Esa es una de las razones por las que lleva dos temporadas muy lejos de los grandes títulos. Se lo dijo Cristiano Ronaldo a Rio Ferdinand en una entrevista: los españoles, así como todos los equipos que ganan muchas cosas, conocen siempre su papel dentro del sistema colectivo. Es un modelo orgánico, las piezas fluyen en torno a un eje que les da coherencia. El fútbol superior de Rodri debe ser el del Madrid y la dirección deportiva cometería un error muy grave, por reiterativo, si pone en marcha el segundo proyecto de Mourinho con el mismo agujero negro en el corazón mismo del engranaje.

 

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Buenos días, amigos. Como quizá ya sepáis a estas horas, la selección española se ha proclamado campeona de la Copa del Mundo por segunda vez en su historia, y lo ha hecho deslumbrando con su juego colectivo, al igual que hizo en Sudáfrica hace dieciséis años. La segunda estrella viene bordada con el mismo hilo de excelencia. Sirva como referencia del recibimiento planetario de esta realidad la portada de ayer de L’Equipe.

Sí, amigos. Reyes del juego. Así califican nuestros amigos franceses el desempeño de la selección de De La Fuente. En esta tribuna nos hemos metido con él, y solo resta emitir las correspondientes disculpas. La baja forma de Nico y Lamine, que fueron la base el triunfo en la Eurocopa, le agarró con el pie cambiado, pero tuvo los reflejos o la cintura de optar por un plan B fascinante: recuperar la España del toque de 2010.

En este sentido, os ofrecemos el artículo que ayer publicó nuestro editor, Jesús Bengoechea, en El Español.

 

Una de las formas más directas de ponderar la excelencia de la selección que acaba de alcanzar la gloria de la segunda estrella es mirar a su portero. Unai Simón solo ha encajado un gol en todo el torneo, un registro sin precedentes en una escuadra campeona. Leo que solo le han tirado doce veces a puerta en el transcurso del Mundial. Muchas me parecen. La sensación que queda en el aficionado es que, de haber tenido que estirar el brazo en algún momento, habrá sido para parar un taxi en Chattanooga. 

España ha convertido en el mejor guardameta de la competición a un tipo que apenas ha tenido que intervenir. No solo eso: ha puesto en su mano la posibilidad de alcanzar unas estadísticas individuales históricas sin hacer mucho más que comparecer. Imaginemos que no conociéramos a Unai Simón. De acuerdo a lo atestiguado en esta Copa del Mundo, es imposible dictaminar si se trata de un buen o un mal portero. Ha levantado el trofeo después de emular partido tras partido a Mr. Cellophane, el personaje del musical Chicago en cuya presencia nadie repara nunca. Estoy convencido de que, de haberle necesitado su equipo, habría brillado, pero no se ha dado la ocasión. El hecho es que la selección retorna a España con el cetro del fútbol planetario y un cancerbero que ha jugado la totalidad de los minutos sin que apenas le hayan inquietado maestros del suspense como Cristiano, Mbappé o ayer mismo Messi. 

La explicación, por supuesto, tiene que ver con una zaga superlativa. La línea Porro-Cubarsí-Laporte-Cucurella ha rozado la perfección. Aún por encima de ello, está la expropiación de la pelota como máximo mecanismo defensivo. A veces toca reeditar las enseñanzas de Perogrullo para interiorizar su peso granítico: quien no huele el balón difícilmente va a poner a prueba a tu portero. España ha usado la posesión no ya como mecanismo para mandar en el partido, en la propia final sin ir más lejos, sino como método infalible para jibarizar al adversario táctica y anímicamente. 

No esperábamos esta obsesión por la tenencia. Los que otorgábamos pocas posibilidades a esta escuadra cometimos el error de recordar su versión Eurocopa 24. Aquel descomunal equipo concentraba su juego ofensivo en la brillantez de dos extremos: Lamine Yamal y Nico Williams. Al no llegar en buen momento ninguno de los dos, el favoritismo se diluía. 

Resultó que no los necesitaba en plenitud. Salvo por su interesante contribución en la prórroga contra Argentina, Williams se retira casi inédito. Casi lo mismo puede decirse de Lamine, futbolista a quien el marketing ha elevado a altares que, por lo visto en el torneo, le quedan grandes. Da igual. Ninguno de los dos hacía falta de verdad, y este era el secreto mejor guardado por De La Fuente, sabio que se aprestaba a darnos en las narices con una convincente reedición de la España de Sudáfrica cuando esperábamos la de la Eurocopa. Teníamos presente la selección de 2024, pero la gran mente pensante llevaba bajo la manga la España de 2010. 

Rodri, Olmo y Fabián se transfiguraron en una versión ligeramente más vertical de aquellos Busquets, Iniesta y Xavi. Tal fenómeno de ultratumba tuvo lugar por sorpresa, que es como hacen las cosas un técnico astuto y un médium competente. Si las dos estrellas que ya están fruncidas en la camiseta han de ser idénticas, procedía que la gloria de ahora, además de su valor intrínseco, sirviera también de homenaje a aquella. No lo vimos venir. Es posible que De La Fuente sea un genio. 

Por lo demás, la que ha sido de larguísimo la mejor selección del Mundial ha logrado evitar un latrocinio sin precedentes. Además de la escandalosa permisividad con la violencia de los de Scaloni, estuvo el gol oprobiosamente anulado a Nico Williams. La desfachatez de Infantino ha alcanzado cotas de descaro nunca vistas en este deporte, pero ni siquiera eso ha amilanado al combinado nacional, como lo llamaban los clásicos. El arbitraje tuvo tintes negreirescos. No sucedió nada que no veamos domingo tras domingo en la nefanda liga española, en un Madrid-Osasuna sin ir más lejos: dureza sin tiento e impunidad de la misma. Puede que solo haya habido un representante del Real en la lista de De La Fuente, pero a su rival en la final lo han aupado, artificialmente, usando el mismo patrón que en España beneficia al Barcelona desde 1990. Messi es el elemento común. El rosarino se queda sin su segundo Mundial pero con un gran reconocimiento del deporte que ha engrandecido. Sí no fuera por la contumacia con que el sistema le ha ayudado de manera proverbial, y con ambas camisetas, habría que coronarlo sin dudar como el mejor futbolista de la historia. 

En definitiva, un reflejo de la España de 2010 vuelve a conquistar el planeta. Así, España no es solo bicampeona, sino que logra la proeza a lomos de un estilo muy distinguible, como sucede con los grandes equipos mundialistas de la historia. La grandeza lo es sobre todo cuando remite a la grandeza de entonces, sea cual sea. La grandeza es más grandeza cuando es la grandeza de siempre. 

Enhorabuena a todos. 

 

Las portadas del día se desmelenan con la correspondiente euforia de las celebraciones. No es para menos. Los jugados y el cuerpo técnico desfilaron por las calles de Madrid en loor de multitudes, para concluir la celebración con una gran fiesta en Cibeles.

En clave madridista, aún hay que calibrar los efectos que este hito tendrá sobre el club por el cual La Galerna profesa tanto amor, y sobre el que escribimos todos los días. Los efectos sobre el Real Madrid del Mundial de Sudáfrica fueron nefastos a corto plazo: el club blanco fue demonizado como la némesis del “equipo de todos”. Los corruptos se sintieron respaldados por las mieles del éxito. A la larga, sin embargo, se pusieron los cimientos del Madrid de las 6 Champions en una década.

Hay una diferencia entre aquella situación y esta. Entonces, no estaba a tiro ninguno de los héroes de Sudáfrica. Ahora, es fichable el más destacado componente del equipo que ha obrado esta heroicidad. La contratación de Rodri se antoja estratégica en lo futbolístico y casi inevitable en lo sociológico. Votamos por ella, así como por la de otros componentes de la escuadra nacional. Laporte podría ser otra buena incorporación.

Entretanto, en lo que atañe al juego, abran paso a los reyes del mismo. Es de justicia reclamarlo.

Pasad un buen día.

Buenos días, amigos. El Mundial ha acabado y España es campeona del mundo.

La Galerna, lo hemos dicho muchas veces, es un medio de adscripción exclusivamente madridista. En rigor, a la línea editorial de esta publicación, el triunfo de la selección española de fútbol le es tan ajeno como el de Yunchan Lim en la edición de 2022 del Concurso Internacional de Piano Van Cliburn. Esta página que sujetáis virtualmente en vuestras manos nació y existe sólo para analizar, opinar y comentar esa realidad compleja, inmensa, legendaria, apasionante, gloriosa, a veces contradictoria y siempre dichosa, que llamamos Real Madrid. Nada más que eso. El Madrid es el sol alrededor del cual orbitamos y, del mismo modo que nada que concierne al Madrid nos es ajeno, todo lo demás nos es irrelevante. En definitiva, el Real Madrid es nuestra única razón de ser y el único norte que nos guía.

Ahora bien, sería estúpido ignorar que, a pesar de su vocación tan universal como la del propio Real Madrid (mutatis mutandi, y con la debida modestia), La Galerna es una publicación hecha en España, fundamentalmente por españoles. Tampoco sería razonable olvidar que, aun cuando La Galerna cuenta con fieles y generosos lectores en todos los puntos cardinales del globo terráqueo, la mayoría de su audiencia siente a España como propia o, al menos, como algo cercano. Y que gran parte de esa audiencia probablemente ayer por la noche celebró con satisfacción, júbilo, entusiasmo, euforia, paroxismo, clímax, delirio, o cualquiera otro de los infinitos grados de intensidad que admite ese sentimiento llamado felicidad, el triunfo de la selección española. Así que no es osado aventurar que hoy una parte nada desdeñable de nuestros lectores -de vosotros- nos lee bajo los dulces efluvios de una placentera resaca emocional.
Si es así, enhorabuena. Vuestra alegría es la nuestra.

Disfrutad el momento. Solazaos en el regocijo. La victoria de la selección española en el Mundial ha sido merecida, justo e incontestable. Con las muchas y evidentes virtudes de su juego, y también con sus no menos evidentes carencias, la selección española ha sido, sin ninguna duda, el equipo que más méritos ha hecho para levantar la copa Jules Rimet. Así que bien está lo que bien acaba. Nosotros no vamos a imitar a cierto antiguo alcalde de Madrid y proclamar que el que no esté colocado, que se coloque, pero tampoco nos duelen prendas en animar a quien se sienta orgulloso a que se regocije en ese orgullo.

Desde una perspectiva madridista, a La Galerna el triunfo de la selección que representa a la RFEF le genera notables y evidentes recelos y reservas. Ya hemos explicado en sucesivos portanálisis a lo largo del Mundial el porqué de tales reticencias, y no es hoy el día de abundar en esas consideraciones. Incluso en el seno del consejo de redacción de La Galerna hay diferencias de opinión entre aquellos que no renuncian a alegrarse por el triunfo histórico de la selección, negándose a que la corrupción del fútbol español les prive de algo que sienten como propio, y aquellos que temen, no sin fundamento, que dicho triunfo no tardará en ser pervertido y utilizado para redoblar la propaganda antimadridista y, lo que es aún peor, para echar todavía más paladas de tierra -¿quizás las definitivas?- sobre el caso Negreira, sin duda el mayor escándalo de corrupción en la historia del deporte patrio.

En lo que sí hay unanimidad en nuestra redacción es en la alegría por constatar que la selección argentina no ha revalidado su título de campeona del mundo. Un triunfo argentino sí que habría dado carta de naturaleza, de manera indiscutible, a la corrupción de la FIFA: la manera, a veces descarada, en que los árbitros (los de silbato y los de las salas VAR, VER, VIR, VOR, VUR) empujaron y remolcaron a la albiceleste cuando ésta flaqueaba -sobre todo en octavos y en cuartos- no tiene precedentes en la historia de los Mundiales.

Como tampoco lo tiene la actitud de los jugadores argentinos durante la final, que no fue sino la culminación de su discurrir (es un decir) durante todo el Mundial. Más que un equipo profesional de jugadores de élite, el grupo de Scaloni se asemeja a una banda de delincuentes violentos, matones pendencieros más interesados en convertir el terreno de juego en tierra sometida al poder de su violencia que en el escenario de toda una final de la Copa del Mundo de fútbol. Ni jugaron al fútbol ni lo intentaron, ocupados como estaban en amedrentar y provocar a los jugadores españoles y en engañar al árbitro.

Ni el noble pueblo argentino -ejemplar su afición tras la derrota- ni la ilustre historia de su fútbol merecen estar representados por esta mesnada de facinerosos, nunca mejor retratada que en la abyecta y bochornosa escena de la agresión de Paredes a Eric García y a Gavi con el partido terminado, la cual ocupa desde ayer lugar preeminente en la historia universal de la infamia en el fútbol. Desde una perspectiva ética, e incluso estética, no cabe sino alegrarse de su derrota.

Os dejamos las portadas. Hoy no es día para comentarlas; es día sólo para disfrutarlas si eso es lo que os pide el cuerpo.

Sea como fuere, pasad un buen día.

 

No quiero que me pase, pero me es inevitable ver aparecer un árbitro y sentirme molesto. ¿Con todos? La mayoría. Así como hay clínicas para el dolor y demás, desconozco si las hay especializadas en esto. Si les suena...

Como saben, la final del Mundial tenía un gran protagonista en el ‘referee’, aquel tipo que expulsó a Camavinga en Múnich. No te iba a pitar penalti en contra por carga de Oyarzabal al central argentino en mediocampo, pero lo esperado sí lo hizo: permitió todo tipo de lindezas, o sea trompadas, del equipo patrocinado por Infantino. Tuvo una excusa, expulsó a Enzo Fernández por sacudir a Cubarsí en modo salvaje. Siempre tienen una coartada.

No pudieron evitar que España ganara, pero tenían más ganas de penaltis que los argentinos, una broma de finalista. Cuando antes del partido contaron que jugaban Montiel, ex del Sevilla, De Paul, ex de casi todo, y , Nico, el del Atleti, se me quitaron las dudas y vi reforzada mi opinión: sólo dos o tres jugadores de Scaloni, no más, quizá menos, podrían estar en la plantilla de Madrid, Bayer y tal.

Vi pues tranquilo el partido, nada que ver con el frío y demás incomodidades que pasamos en Johannesburgo. Salvo cataclismo, era imposible que Argentina metiera un gol. Y que Messi enhebrara una jugada. ¿Cómo iban a hacerlo sin la pelota? Si nos cuentan que España iba a deshacerse de Francia y Argentina sin despeinarse…. Pues eso. ¿Ha empeorado el fútbol de 2010 para acá? Sí, rotundamente.

Si ya en el Mundial de Clubes marginaron a nuestros árbitros (allí no fue ninguno), no estaría de más que el colectivo se planteara qué pasa y se pusiera manos a la obra

El caso fue que ciertas trompadas argentinas y muchas de las decisiones arbitrales me sonaban, y de pronto recordé: eso pasa en los partidos del Madrid como visitante cada dos por tres. En la Liga, me refiero. Y consecuencias no hay apenas. Las piernas de Vinícius, Bellingham o Mbappé no son aquellas de Sofía Loren, pero tienen su corazoncito, y son golpeadas a modo argentino entre el regocijo popular. Puesto que el Mundial terminó, la gran pesadilla está cada vez más cerca, y yo dudo de si seguiré nuestro campeonato o me conformaré con los ‘jailaigts’, los resúmenes para entendernos. El fútbol español me cansa mucho. Y eso, que acabó el Mundial donde acudimos con un solo representante piteril, Del Cerro, que ofició en un partido y en otro estuvo en el VAR. En ambas ocasiones, jugó la selección de Haití.

Si ya en el Mundial de Clubes nos marginaron (allí no fue ninguno), no estaría de más que el colectivo se planteara qué pasa y se pusiera manos a la obra. Qué pasa lo saben, gilis no son. Ninguno. Físicamente los Munuera, Alberola y cía no son menos que sus colegas que ha pitado el Mundial. Sus conocimientos de Reglamento y demás se dan como al soldado con el valor, por supuesto. En edad de merecer están.

¿Entonces? Una de dos. Una, lo que leí a un cachondo tras los primeros escándalos con Argentina: no llaman árbitros españoles pues los consideran poco corruptos.

Y otra que alguna razón debe haber que explique todo esto. Y no puede haber otra que el asunto Negreira, es por él que no se fían de nosotros y lo pagan nuestros árbitros. Los demás ahí están, tan contentitos celebrando el título.

Les convendría plantarse, creo. Ser ellos los que iniciaran la purga irremediable que necesita nuestro fútbol, Aunque solo sea por aquello de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

También hay otro camino. Seguir así y tirarse dos meses de vacaciones cuando lleguen los grandes torneos. Tampoco es mal plan…

 

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Buenos días tengáis, amigos. Hay cosas que solo pasan una vez en la vida, como el nacimiento, hacer el amor en un Simca 1000 o el pico de Rubiales, y hay otras que pasan muy de vez en cuando, cada dieciséis años, como que la selección de tu país juegue una final del Mundial. Es un acontecimiento tan especial que será la primera final del Mundial que viva una web tan longeva (y exitosa) como La Galerna.

(Nota del editor: tras recibir una llamada del Ministerio de Igualdad en la que nos advierten del machismo olvidadizo del párrafo de arranque, nos recuerdan que precisamente el mencionado pico de Rubiales sucedió en una final de un Mundial, así que nos vemos obligados a corregir la frase).

Repetimos: será la primera final del Mundial de fútbol masculino para La Galerna, puesto que este medio ya vivió una final del fútbol femenino, otra de baloncesto, la sub-17 de baloncesto femenino hoy mismo, tres de waterpolo y al menos dos de lanzamiento de hueso de aceituna, para que nadie sienta que no nos acordamos de ellos. Será un evento tan excepcional que La Galerna ha decidido tirar la casa por la ventana y hacer el mayor despliegue de medios de toda su historia para dar la palabra a los aficionados. Para ello hemos enviado a nuestros numerosos reporteros a que se pateen los barrios y realicen entrevistas a pie de calle a todos los aficionados que quieran expresarse libremente, que no se diga que La Galerna no aboga por la pluralidad.

Comenzamos por el centro de Madrid. Nuestro avezado reportero encuentra a un individuo cerca del Santiago Bernabéu, al que le enseñamos la portada del diario As:

“Pues claro que sí, ojalá la traigan. A mí me encanta esta selección, qué queréis que os diga, y soy seguidor del Real Madrid. Me alegro de que nuestro equipo haya fichado a Cucurella y ojalá se logre cerrar a Rodri, el Madrid necesita más españoles en el equipo porque, como se ha visto en el Mundial, los de aquí son los mejores”.

Otro aficionado pasa cerca y lo abordamos mientras se dispone a abrir una bolsa de pipas. Nuestro reportero le pregunta por los mejores jugadores de España en este Mundial: “mira, a mí Lamine no me está disgustando, me parece que lo intenta muchas veces, pero claro, siempre tiene a dos o tres tíos encima, y así no se puede. Ya podía Vini aprender de su actitud. Y Dani Olmo, un fuera de serie. Florentino tenía que haber ido a por él en lugar de ayudar a que el Barça lo inscribiera. Lo que no necesitamos son jugadores que estén a lo suyo, como Mbappé. Mira anoche, otros dos goles para ser Pichichi del Mundial, como aquí en LaLiga, ¿y qué, de qué nos sirve eso?”. Le preguntamos si se atreve a dar algún pronóstico y responde con una euforia nada comedida: “Esta noche campeonamos seguro, no veo otra”.

Por ahí pasa otro aficionado. Nos ve, insiste en que digamos que se hace llamar Luisma, agarra el micrófono a nuestro reportero y suelta: “A mí me es indiferente lo que pase. Me aburre esta selección. Mucho. Sí, su fútbol será muy bueno, pero aburre a las ovejas. Y desprecio a esta selección porque detrás de ella hay una institución corrupta como la Federación de Villar, Rubiales y Louzán, y esto no me hace menos español que, por ejemplo, Laporta, que va con la Roja a muerte”.

A su lado está un tipo que no quiere dar su nombre, así que solo diremos que empieza por E y acaba por “duardo”, que afirma: “pero contra la Federación hay que luchar de otro modo. La batalla cultural hay que darla desde el club, ir a por todas con el caso Negreira, como por fin se está haciendo ahora, no deseando que pierda la selección. Eso hace parecer a esos madridistas como frustrados envidiosos. Por otro lado, comparas a los jugadores españoles con estos tipejos patibularios de Argentina y es imposible no ir con España. ¡Imposible! Además, ves a Messi y sientes unas ganas irrefrenables de darle dos buenos tortazos”. Ante nuestra mirada de reproche, matiza: “Tortazos metafóricos, en forma de goles… o de codos sobre la nuca a lo Enzo”.

Intentamos salir de la discusión que acaban de comenzar ambos tipos sobre corruptelas y apenas nos desplazamos unas decenas de metros nos encontramos a un tipo con náuticos que pasea un pequeño perro. Al ser requerida su opinión, nos dice: “Yo solo veo el fútbol en clave madridista. Un España-Argentina es el peor escenario en clave madridista, un lose-lose, me asombra que algunos no lo vean. Parece que no estaban aquí en 2010 y no vieron el akelarre antimadridista en que se convirtió toda España tras ganar aquel Mundial. Todos los corruptos que se mueven alrededor del fútbol se sentirán legitimados. Si gana España, ¿alguien en su sano juicio piensa que le va a caer una sanción al Barça por haber corrompido durante décadas el campeonato? Y si gana Argentina, ¿de verdad alguien cree que la FIFA va a entrar a sancionar o retirar títulos en los que Messi fue parte fundamental?”.

Vemos que en el centro de Madrid hay opiniones encontradas, así que cambiamos de tercio y damos paso a nuestro reportero desplazado a otra zona de Madrid, en Coslada. Le enseñamos la portada del diario Marca y le preguntamos su opinión acerca de la misma y de la propia final:

—Un poco hortera, como casi siempre. “Una hermanita, una hermanita!” (pronuncia con voz de falsete). ¿Sabes lo más interesante de esta final? ¿Algo que te demuestra cómo el madridismo maneja toda la prensa? Pues que hay diez jugadores del Atleti, ¡diez, el que más del mundo!, y apenas se menciona. Que si Mbappé, que si Bellingham, que si fichan a Cucu o a Rodri, es increíble, ¡lo manejan todo! Y algo tan destacable como la proeza del Atleti se omite.

—Pero… ¿sobre la final tenía algo que decir? La presencia de la Roja en Nueva York es extraordinaria.

—Mira, no lo llames la Roja, eso es un invento para no decir España, córcholis (evidentemente el exabrupto ha sido sustituido en edición por este término). Por lo menos no se juega en un estadio construido por la empresa de Florentino Pérez, ¿vosotros sabéis si estará en el palco?

Ante la imposibilidad de sacar nada de interés sobre el partido, pasamos la conexión a nuestra amplia delegación en la capital condal.

Con una pinza en la nariz, compramos el Mundo Deportivo en un quiosco de la Gran Vía de Les Corts y se la mostramos a un tipo que se pasea por allí con la albiceleste puesta:

—¿Qué querés, gashego? ¿Mi opinión sobre la final? Naaaada, no tenés nada que hacer, el Dios del fútbol está de nuestro lado.

—Sí, pero la selección española ha desarrollado el mejor juego hasta la fecha, ¿no cree?

—No digás boludeces, al fútbol se juega con el corazón, con el sentimiento, dejándose las pelotas sobre el pasto, los españoles solo saben mareaaaarla, alargar la jugaaaada de manera innecesaria…

—¿Como un argentino dando una explicación, por ejemplo?

El tipo nos ha mirado mal, ha querido mostrar a nuestro reportero las estrellitas tatuadas sobre el escudo y otras tantas en un gemelo peludo que nos abstenemos de fotografiar y seguimos hacia Las Ramblas, donde nos juntamos con el otro miembro de la delegación de La Galerna en territorio hostil. El compañero viene de comprar el diario Sport y se está frotando los dedos con la misma cara de asco de quien acaba de limpiarse sus partes con el último cuadradito del papel higiénico y tras despachar algo suelto.

—Lo nunca visto. Es el triunfo planetario de la Masía —nos asalta un parroquiano con la camiseta del Barça y el nombre de Messi a la espalda—. Que todo el mundo vea cómo el más grande cede ahora el testigo a su sucesor natural.

—¿Negreira a Borbalán, quiere decir? ¿Closgómez a Prietoiglesias?

—Los que os tragáis el bulo Negreira no veis más allá, es una pena que no disfrutéis del éxito de nuestra cantera, muy por encima de vuestra cartera. La Masía triunfa en todo el mundo y gracias a ella vamos a ganar este Mundial, si Dios quiere, o sea, si Messi nos lo permite. Por cierto, ¿algo que decir de la locura que es la foto de Messi con Lamine de crío?

—¿Que Messi le esté dando un baño en este Mundial es la metáfora? Porque no pillo otro significado. En cuanto al peso de la Masía en la selección, de momento es menor, pero ya quisisteis apropiaros del Mundial 2010, tenemos muy claro que trataréis de hacer lo mismo si finalmente se consigue el título esta noche.

Devolvemos la conexión a nuestros estudios centrales. Habrá quien quiera que ganen los chicos de De la Fuente esta noche. Por el país, por sus hijos, sus padres, abuelos, amigos o por los que creen que une a una nación, incluso en territorios en los que no se ve una bandera española durante el resto del año. Por compartir esa alegría con los compañeros mañana o por disfrutar de algo tan histórico como un título mundial, cada uno tendrás sus razones. Otros, sin embargo, preferirán que nos atraquen, como dijo Sergio Yebra hace pocas semanas, porque “sería el mejor homenaje para toda esta panda de blanqueadores de corrupción” y porque nos permitiría carcajearnos de los comentarios de esos mismos periodistas que han mirado hacia otro lado durante décadas. Todas las posturas son lícitas y admisibles.

También habrá otros como este portanalista que opina que, por el bien del fútbol, de un deporte ya manchado de por sí, con la imagen por los suelos y para que no implosione de manera definitiva esta noche, es necesaria la victoria de la selección española. Justa y necesaria, para ser más precisos. ¡Vamos, España!

Se pueden imaginar el riesgo que estoy asumiendo al escribir estas líneas sumergido en el agua de la piscina de precognición de Minority Report. En mi perfil de X, ya aviso de que soy un ciudadano que ha visitado el futuro. A veces ejerzo este superpoder que me confiere la extraña anomalía de no poder desconectar mi cerebro mientras duermo. A veces veo cosas que pasan el día siguiente. Otras, son simples artefactos oníricos que nunca llegan a cobrar vida. La diferencia es imprecisa.

Empecemos por el conocido prevaricador Slavko Vincic, árbitro de la final del Mundial entre España y Argentina. Esloveno como Ceferin, acumula 50 partidos en UCL, incluyendo la final entre Real Madrid y Dortmund en 2024 y el infausto partido frente al Bayern de 2026, en el que expulsó a Camavinga por retener dos segundos el balón.

En Catar arbitró el partido inaugural en el que Arabia Saudí ganó a Argentina. Alta política Internacional. Podríamos decir incluso que es un diplomático, un hombre equilibrado y tranquilo, si no fuera porque en 2020 cayó en una redada en Bosnia en un local en el que se encontraron bastantes euros en efectivo, cocaína y armas, además de prostitutas. La Federación Eslovena enterró de inmediato el caso en cal viva, sentenciando que el bueno de Slavko sólo estaba "en el sitio inadecuado, en el momento inadecuado". Lo mismo que el domingo, vamos. Ejecutada su misión nos dirán que simplemente “pasaba por allí”.

En el VAR estarán Bastian Dankert (alemán) y Nicolás Gallo (colombiano). El perfil de ambos señala escándalos en penalties polémicos en Europa y Sudamérica. Nada que no podamos imaginar, pero sólo el colombiano ha sido relacionado con asuntos de corrupción privada y tráfico de influencias. ¿Quién no tiene un amigo juez acusado de corrupción? No seamos tiquismiquis...

Messi

Analicemos al rival. Un aguerrido conjunto de buenos futbolistas que sin embargo priorizan el juego sucio a la innegable calidad que se han empeñado en ocultar. A la manera de la escuela Bilardo-Simeone, modelo arquetípico de entrenador instigador del juego al límite, Scaloni ha conseguido encender e intensificar el espíritu patriótico de sus jugadores por encima de las ganas de jugar al fútbol. Saltarán al campo poseídos por el virus de Guerra Mundial Z, dispuestos a masticar hígados rivales como ritual previo a tratar de jugar la pelota.

El balón no le importará a Argentina hasta pasado el minuto 30. Los tobillos de Olmo, Oyarzábal, Lamine, Rodrigo y Fabián darán fe, siendo víctimas mudas de la tecnología de suelas y tacos de las botas de Nike, Puma y Adidas que calzan los argentinos, consentimiento arbitral mediante.

Scaloni sabe que tratar de jugar a España de tú a tú le asegura si no la derrota, tener reventados a los suyos en el minuto 60, corriendo como perros detrás de la pelota. Lo evitará por lo civil o por lo criminal. La táctica del partido será ir moliendo a palos a nuestros jugadores más talentosos, interrumpir y protestar todo, rodeando al árbitro en cada ocasión, mientras Olmo o Rodrigo se duelen sobre el césped. Guardiolismo puro. Nadie osará disputarle un balón dividido a Messi, que sale a tangana por falta.

Lamine lo tendrá en chino. Le tocará encarar siempre a dos rivales simultáneos que tratarán de pararlo en falta antes de que se pueda acercar al área. Si consigue zafarse, aparecerán un tercero y un cuarto. Fuera del área siempre será hombre al suelo. Dentro, es improbable que encuentre por dónde pasar la pelota frente al amontonamiento de piernas, todas buscando el sonido de la tibia española bajo tolerancia arbitral. Ni se les ocurra pensar en un penalti a favor, por claro que sea.

La verdad, podríamos hacer lo que nunca nos atrevimos en España. Sería un bonito homenaje al CTA, a Negreira y al Barcelona, retirar el equipo ante el primer síntoma de atraco en la final de un Mundial. Inédito. Irrepetible. El planeta, egipcios y suizos incluidos, nos lo agradecería. Sería prender la mecha de la revolución, de la desinfección tan necesaria del fútbol, llevándose por delante todo el entramado corrupto en medio de un bochorno mundial. Esta es la parte del sueño que nunca se me ha cumplido.

En los últimos quince minutos de la primera parte, puede llegar nuestro gol. Un contragolpe, un regate afortunado. Necesitaremos una precisión y un acierto sobrenatural porque no será fácil acercarse a la meta rival cruzando un campo minado. Olmo nos puede levantar del asiento en un slalom hacia el área o tal vez en una falta desde la frontal, donde nos pitarán una de cada cuatro. Si vemos a Otamendi sobre el césped en algún moment,o solo será porque le encomienden la misión de sacar con los pies por delante a nuestro jugador más en forma. No descarto verlo de inicio. Una locura. Pero no lo descarto.

La segunda parte es una incógnita. Mientras se mantenga el cero a cero, la tónica será la misma, Argentina sólo mirará a portería pasada la hora de juego. Para ese momento les quedará menos energía, por lo que si De la Fuente lo aprecia, podemos empezar a tocar sufriendo menos patadas o empellones (llegarán tarde). Podremos lanzar alguna contra, podremos empezar a girarnos hacia el área Argentina y generar ocasiones filtrando el balón. Con una será suficiente.

Oyarzabal será el hombre. Nuestro gol llegará entre el 65 y el 75' y ahí empezará el fútbol. La desesperación le saldrá mal esta vez al rival y emergerá el talento de nuestros futbolistas, que secuestrarán la pelota. Tal vez sea el momento de Pedri, para arañar un minuto después de cada patada. Batirá récords: pasará más tiempo tumbado que de pie. Argentina tendrá dos o tres ocasiones claras que la defensa y Unai resolverán sin problemas. No hay victoria sin sufrimiento. Algún jugador argentino se irá a la caseta en los minutos finales a pesar de la benevolencia arbitral, y nosotros descorcharemos una botella de buen vino, un Malbec de Mendoza quizás, para estrenar nuestra recién ganada segunda estrella.

 

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Se dice a menudo que el fútbol es el último refugio de la pasión genuina. Incluso nuestro querido Jorge Valdano dijo: “El futbol es lo mas importante de las cosas menos importantes”, y el fútbol es lo que nos reúne en este portal; pero lo que estamos presenciando es su progresiva mutación hacia algo oscuro y artificial. Lo que antes era un deporte de hombres, de sudor y de jerarquías naturales se ha transformado en una suerte de droga sintética digital, una anestesia colectiva diseñada para embotar el sentido crítico de las masas. Estamos asistiendo a un funeral en directo: el del fútbol como deporte de valores. Lo que se nos vende como el Mundial 2026 no es más que una coreografía de intereses donde la pelota es lo de menos; un "pan y circo" de dimensiones globales.
El plan del señor calvo fue brillante en su perversidad. Llegó tras el FIFA Gate, prometiendo limpiar una institución que se desnudó como un nido de traficantes de influencias. Pero el cambio no fue de ética, sino de estrategia. Mientras la FIFA se "lavaba la cara", un protagonista argentino —aquel que por esos mismos días renunció a su selección acusando a la Conmebol de corrupción en favor de Brasil— se convertía en el eje gravitacional de un sistema que huele exactamente igual que el Negreirato. Corrupción hasta el tuétano.

La FIFA sí puede descender al Barcelona y retirarle títulos
No podemos separar ambos mundos. Mucho menos nosotros, madridistas. Mientras ese club de la esquina norte de España pagaba millonadas a un directivo del Comité Técnico de Árbitros durante- al menos- 17 años, sin dudas el mayor caso de corrupción deportiva de la historia, un jugador de ese club disparaba su carrera internacional mediante un ecosistema de ayudas perfectamente engrasado. Las estadisticas del palmarés de su selección pre y post Infantino son lapidarias. Se le crearon torneos hasta que los ganó, se metió forzadamente a su club en el primer mundial de clubes, porque sí. La inmundicia del 2022 ya se nos olvidó.

La sátira se vuelve realidad: el "índice corruptor" de Negreira, aquellas anotaciones a mano alzada que sumaban o restaban puntos a los árbitros para decidir quién ascendía (es decir, quién recibía cientos de miles de euros o quién se quedaba rezagado en su carrera) tiene su equivalente en el "índice amenazante" del mismo jugador argentino que vimos hace unos días, con la impunidad de quien sabe que el sistema no permite que se le lleve la contraria. Las casualidades, como en el caso español, se han acumulado hasta convertirse en causalidades.

Mientras ese club de la esquina norte de España pagaba millonadas a un directivo del Comité Técnico de Árbitros durante- al menos- 17 años, sin dudas el mayor caso de corrupción deportiva de la historia, un jugador de ese club disparaba su carrera internacional mediante un ecosistema de ayudas perfectamente engrasado

Y es aquí donde el madridista, con el colmillo retorcido por años de sufrir esta metodología, debe disparar sus preguntas al vacío, aquí es donde nos volvemos socráticos o mouriñísticos:

• ¿Por qué el polaco Marciniak le pita cuatro veces en tres mundiales a esa selección?

• ¿Por qué el árbitro del reciente duelo contra Inglaterra, es un colegiado de la MLS y tiene un historial de decisiones polémicas siempre favorables a ese equipo rosado donde juega el argentino?
• ¿Por qué, entre cientos de árbitros, el patrón de elección es tan... estadísticamente improbable?
• ¿Por qué esta selección jugó casi siempre de noche, evitando el desgastante sol abrasador del verano estadounidense, mientras el resto se cocía al mediodía, y cuando esta selección jugó temprano fue en estadios climatizados y techados?
• ¿Por qué recorrió menos kilómetros que nadie mientras sus rivales pasaban horas en aviones, aeropuertos y traslados?
• ¿Por qué el VAR, esa supuesta justicia absoluta, pareciera que tiene una cláusula de exclusión cuando se trata de ellos? También, en este caso, las estadísticas no mienten, como ya se ha hecho un slogan: “Dato mata relato”.
• ¿Por qué ahora un sorteo se convierte en un "sistema tipo tenis" para evitar cruces incómodos, rompiendo la aleatoriedad por decreto?
• ¿Por qué cada partido de esta selección termina en polémica, siempre con el mismo beneficiado? El mismo arbitraje sibilino, casi imperceptible (no para los madridistas, entrenados rigurosamente cada fin de semana en la exigente y Mugrienta Liga Negreira).
• ¿Por qué la FIFA no sanciona a esta selección luego de mostrar carteles alusivos a guerras y conflictos geopolíticos, acción que esta prohibida y sancionada?


• ¿Por qué esa selección se cansa de dar patadas, golpes, codazos, empujones y no solo no reciben tarjetas, sino que no pitan esas faltas?
• ¿Por qué los criterios para penaltis son tan distintos? ¿Por qué siempre favorecen al mismo?

Una de las respuestas a estas preguntas es el retorno de inversión. Si seguimos el rastro del dinero, el Mundial ya no es un torneo deportivo donde acuden las mejores selecciones del planeta para competir e intentar demostrar qué equipo es mejor. No. Ya se convirtió en una oportunidad de negocio, en una optimización financiera para quien quiera participar. Es un engranaje donde la marca deportiva global que viste tanto a la selección campeona como a la subcampeona (esa, la de las tres rayas), la cadena de hamburguesas (la de los arcos) que tiene como imagen al extremo derecho español, la marca de cerveza americana que patrocina el adulterado premio MVP y que tiene al argentino como imagen, igual a la reconocida marca de patatas fritas, dictan el destino de los partidos. Todo se mide en ratings y exposición digital. Todas estas marcas son socios globales y patrocinadores principales de la Copa del Mundo. Sus contratos tienen cláusulas variables de alcance; si el protagonista cae, la inversión pierde valor. Lo mejor que puede pasarle a estas marcas es que esas dos selecciones, justo esas dos, lleguen a la instancia final. Voilá.

Al igual que la UCI protegió a su héroe Lance Armstrong durante mucho tiempo, pues su gesta deportiva hizo multiplicar la venta de bicicletas en el mundo e hizo crecer el negocio del ciclismo, ahora la FIFA protege y mima al pibe que genera dinero, protagonista de una historia bonita, épica; y ante nuestros ojos van a pasarle el cetro al extremo español. Esto es así, quien no lo quiera ver allá el.

Mientras el balón rueda, hay una investigación del FBI que involucra a la Federación de ese país y la FIFA, por unos pagos de mas de 300 millones de dólares. Empresas de maletín, altas comisiones, poca transparencia. Tu cara me suena.

Todas estas marcas son socios globales y patrocinantes principales de la Copa del Mundo. Sus contratos tienen cláusulas variables de alcance; si el protagonista cae, la inversión pierde valor

El fútbol trasciende fronteras, generos, y razas. La FIFA tiene mas miembros que la ONU. Su poder es inconmesurable. La codicia y la ambición aterrizan en el fútbol como campo fértil para sus tretas. Tal como han hecho con la política, con el cine y la prensa. Entran, se alojan, tejen y cobran. Dejan todo podrido a su paso, se van con el bolsillo lleno.

Están matando al fútbol. Mi deporte favorito. Mi pasión. Mi lugar seguro.

Creo que Florentino, sabio y visionario como nadie, se dio cuenta hace tiempo de esta nefasta situación, intentó desde su ámbito crear un torneo élite, la Superliga, donde se enfrentarían los mejores (los de verdad) y cuya transmisión sería abierta en streaming, sin intermediarios, sin trafico de influencias, sin votos. Una propuesta transparente, para que el dinero generado se devuelva a los clubes participantes, quienes son los que verdaderamente gestionan el día a día del futbol mundial.

Así que no me importa quién gane hoy. Y, desde ya, no me importa quien gane el Mundial 2030.

Viendo redes sociales estos días, pareciera que nosotros, el pueblo, nos estamos debatiendo entre un futbol limpio y un oscuro negocio de entretenimiento: nos estamos debatiendo entre el Real Madrid y el resto.

 

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Hola, galernautas. Se acabará el Mundial y volveremos a la normalidad. Se acabará el MMI (Mugriento Mundial de Infantino), bien con un triunfo del combinado apoyado por el alopécico fifeño o del de la selección de la federación española.

Cualquier persona de bien, independientemente de su nivel de afecto por el combinado de Luis de la Fuente, lo apoyará, porque la victoria de Argentina sería el fin del fútbol. La proliferación y triunfo de los clubes estado o los sobornos a jefes arbitrales sin sanción son mojadas de dos palmos de acero toledano que deberían ser mortales de necesidad para este deporte, pero un segundo triunfo consecutivo del equipo del favorito del jerifalte suizo sería el hurgón definitivo.

Mientras se velan armas ante la final de mañana, esta noche se juega el partido que definirá el tercer y cuarto puesto de la clasificación mundialista, el partido que nadie quiere jugar. Inglaterra y Francia, una enemistad histórica, dos enemigos ancestrales de España cada uno por su lado, pero también rivales entre ellos. Su mera mención nos evoca a la vieja, aburguesada y decadente Europa, tan distinta a la de ahora, que es aún más vieja, aburguesada y decadente.

Pasemos a analizar los patrios frontispicios, que este portanálisis no se va a hacer solo.

Marca diseña una portada con sustancia pero con un aspecto bastante poco atrayente. Mucho texto, bastante cierto para variar. La foto que ilustra la perorata suspicaz de Laporte transmite tedio más que calma. Cómo lo harán en Marca que son capaces de equivocarse con una precisión suiza.

As, diario prisaico, hace otro ejercicio de previsibilidad y nos enseña a Rodri diciendo que es el partido de sus vidas. Poco que añadir salvo un gracias, Mr Obvious. Alguien malintencionado añadiría que esa frase quizá no siente muy bien en el club que le paga, pero el puntillismo lo recuperaremos el lunes.

Saltando a la prensa cataculé, Sport busca la broma escatológica con el seleccionador español, que parece instarnos a que le tiremos del dedo, con vaya a saber usted qué consecuencias. De la Fuente, por lo menos, "avisa". Todo un detalle, oiga, pero esperábamos una humorada bastante más sofisticada.

El diario del Conde de Godó, Grande de España, dedica su portada a Olmo. Que sea la hora de quien tenga que serlo, pero que sea de alguien vestido de color rojo. La pregunta que nos asalta es si el buen jugador del Barcelona es tan blanco como parece o si alguien  ha realizado montaje gráfico con apariencia de tebeo que no resulta lo más favorecedor. Quizá sea por forzar la semejanza con Iniesta, pero qué sabremos nosotros.

Pasad un excelente día, y preparaos para mañana.

Buenos días, amigos. Toda epopeya precisa de una subtrama llamativa o curiosa. La gesta del magnífico Campeonato del Mundo que está llevando a cabo España tiene la subtrama de un baño.

El domingo jugarán la final del Mundial España y Argentina, equipos que los medios probarcelonistas (valga la redundancia) reducen a Lamine y Messi, respectivamente. Reducir Argentina a Messi ya se las trae, siendo el fútbol como es un juego eminentemente colectivo. Reducir la selección española a Lamine es otra cosa ya. Es un ejercicio de falta de respeto a no menos de ocho o nueve jugadores de dicha selección que están siendo abrumadoramente superiores al extremo hispano-marroquí. Pero en fin. Cada uno es dueño de someterse a los rigores del marketing en la medida en que lo estime oportuno.

El caso es que el domingo juega Messi contra Lamine, y hace unos 18 años, como parte de la confección de un calendario benéfico, Messi fue fotografiado bañando a un bebé que con los años resultó ser el mismísimo Lamine Yamal. Y esa es la subtrama. Todo el mundo coincide en admirarse ante la asombrosa coincidencia, y quien más quien menos intenta aventurar en ella algún tipo de simbolismo o presagio. A nosotros, la verdad, pareciéndonos llamativa la casualidad de que el bebé deviniera Lamine, lo que de verdad nos deja ojipláticos es la foto en sí, o mejor dicho la foto como parte de la campaña. ¿Por qué tenía Messi que bañar a un bebé? ¿Lo hicieron con otros bebés otros compañeros? ¿A quién hay que aplaudir por una idea tan chocante? (El habla de nuestros tiempos diría “tan bizarra”, ignorante del falso amigo que en inglés significa “creepy” o “akward” y en español quiere decir valiente).

En serio. ¿A quién se le ocurrió, en los albores del siglo, a poner a los jugadores del Barça a bañar bebés y hacerles fotos? Y sobre todo, poniéndonos mourinhistas, como corresponde en la temporada del segundo advenimiento del de Setúbal: ¿por qué?

Ahí queda la foto, en todo caso, para la posteridad. Tanto en la portada de As como en la de Sport vemos al pequeño Lamine siendo enjabonado por un Lionel entonces imberbe. En ambas instantáneas, vemos el patito de goma inevitable en todo baño de espuma. Nos encantan esos patos de goma, aunque sean un elemento claramente demasiado británico para Messi. Podrán reivindicar las Malvinas, pero lo que nunca podrán quitar a los ingleses es el patito de goma del baño, cosa indisolublemente ligada a la cultura de la Pérfida Albión desde que P.G. Wodehouse zambullera uno en la bañera de su creación Bertie Wooster en la novela “Right ho, Jeeves” (1934). Los han echado del Mundial, se han reído en la cara de Pickford al marcarle un gol, han reivindicado las Malvinas impunemente (a pesar de que una reivindicación similar de Gibraltar resultó en una sanción para Rodri y Morata), han pisoteado la cruz de San Jorge y han soltado contra su Graciosa Majestad todas las putamadreadas que les han salido de la recalcada concha de la lora. Ahora parece que también quieren quedarse y probablemente mancillar el patito de goma.

Hasta ahí podíamos llegar.

Preguntado por su favorito en la final del domingo, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña, de manera que habría firmado el propio Wodehouse, ha deseado buena suerte a ambos contendientes, “especialmente a España”, han añadido.

La Galerna, a pesar de muchísimos pesares, y con la misma lejanía y pompa, podría decir algo parecido.

Os dejamos con las otras dos portadas. Pasad un buen día.

Olvídense de Rodri. Rodri no existe. O mejor dicho, lo de Rodri es una invención de esa cursilería infantiloide tan culé que asola nuestro fútbol, con el añadido de la inconfundible caspa que se adhiere a todo lo que pasa por ese club que ya no está a orillas del Manzanares pero sigue viviendo a orillas del Frente Atlético. Rodri, Gavi, Pedri. Nombres de niños antiguos, peinados con raya a un lado, flequillo lamido, jersey de ochos, pantalón corto, calcetines blancos y zapatos negros. Papel pintado en tonos ocres, crucifijo sobre la cama, ganchillo sobre la tele, alcanfor en el armario, mesa de formica y sofá de skay. El parte de Radio Nacional de España y los dos rombos, a la cama.

Llamar Rodri a Rodrigo Hernández es un intento de apropiárselo para la causa. De hacerlo uno de ellos. De usurparle su individualidad para sustituirla por su pertenencia a un colectivo. Casi como un producto más de la Masía, porque todo lo bueno que produce el fútbol español es directa o indirectamente manufactura de la Masía, aunque nunca haya puesto un pie en ella. El madridismo siente una repulsión natural, innata, hacia la idea de fichar a alguien con ese nombre. El Real Madrid es, siempre lo ha sido, un club de adultos, de hombres capaces de estar a la altura de su historia. Alguien llamado Rodri produce en el madridismo algo mucho peor que recelo: vergüenza ajena.

Por eso llamar Rodri a Rodrigo Hernández es una trampa. Quieren que no lo queramos. Lo infantilizan con el nombre, le restan grandeza so pretexto de dotarle de una cercanía -¿de una humiltat?- tan falsa como los informes de Negreira.

Rodrigo Hernández, sin embargo, jamás ha llevado ese Rodri a la espalda. A diferencia de los verdaderos productos de la estomagante y repolluda manufactura culé, Rodrigo siempre ha lucido un restallante “Rodrigo” sobre el dorsal. Rodrigo. Con sus tres sílabas y sus siete letras. Sin abreviaturas vergonzantes. Sin familiaridades impostadas. No es un detalle menor. Rodrigo Hernández nunca ha cedido a la tentación, jamás se ha prestado a amputar ese nombre adornado con la pátina de gestas legendarias. Rodrigo, con toda la historia de épica, grandeza y honor -polvo, sudor y hierro- que tal nombre encierra. Difícil encontrar un nombre con más claras resonancias madridistas en nuestra lengua.

Así que sí, olvídense de Rodri. El fichaje es Rodrigo. El mejor centrocampista del mundo antes de la lesión, y el mejor centrocampista del Mundial después de ella. El hombre que hace buenas todos las metáforas y lugares comunes con que normalmente se loa a los buenos reggistas: la brújula, el compás, el metrónomo, el mariscal de campo. Lo que ustedes quieran.

Los más puristas le afean la celebración del Balón de Oro y su burla de Vinícius, y lo elevan a categoría de pecado imperdonable. No seré yo quien defienda el proceder de Rodrigo en aquella ocasión. Fue un error, un error zafio; un rebuzno si quieren. ¿Pero de verdad eso le descalifica eternamente como madridista? ¿Repasamos las declaraciones de Figo cuando era jugador del Barcelona? ¿Quizás las de Schuster? ¿Estamos seguros de que no encontraríamos nada reprochable? ¿No correspondería, en su caso, al propio Vinícius decidir si aquello fue realmente tan imperdonable? No parece que fuera algo que no pudiera solucionarse con una breve charla entre los dos, si es que el gran Vinícius guarda a Rodrigo por aquello una fracción del rencor que muestran los guardianes de las esencias madridistas.

es el hombre que hace buenas todos las metáforas y lugares comunes con que normalmente se loa a los buenos reggistas: la brújula, el compás, el metrónomo, el mariscal de campo. Lo que ustedes quieran

Fuera de aquel desafortunado incidente, no se conoce de Rodrigo ninguna actuación particularmente reprobable. Ninguna declaración altisonante. Ninguna falta de respeto hacia el Real Madrid. Siempre ha sido un hombre discreto. No luce peinados extravagantes. No ha llenado su cuerpo de fealdad tatuada. No tiene pinta de patán, ni de gañán patibulario, ni de matón de tercera de un cártel del narcotráfico. No ha aparecido nunca vestido de lagarterana ni enfundado en un outfit grotesco, ni se le conoce querencia alguna por la falda-pantalón, los bolsones de Gucci, los tacones cercanos u otras mamarrachadas. Nunca ha mostrado costumbres estrafalarias, compañías torvas o novias recauchutadas.

Tampoco ofrece reproche alguno su comportamiento en el campo. Siempre cerebral, siempre calmado, siempre ajeno a polémicas. Echándose a la espalda el inmenso peso del Manchester City y de sus urgencias europeas. Liderando a la selección campeona de la Eurocopa y a la -por ahora- finalista del Mundial. Calmado. Cerebral. Jugando y haciendo jugar. Nada más. Y nada menos.

Sí, puede que ya tenga una edad. Sí, puede que su rodilla no sea como la de antes. Sí, puede que no le queden muchos años. Pero no hay un solo jugador en el mundo, hoy por hoy, que recuerde más a Kroos. A ese Kroos que el Real Madrid tanto ha echado en falta en los dos últimos años.

Así que olvídense de Rodri y olvídense de prejuicios absurdos. El fichaje es Rodrigo. Rodrigo ha nacido para jugar en el Real Madrid. No habría que chamartinizarlo porque ya vendría chamartinizado de casa. Sólo necesitaría sacudirse el polvo guardiolista y desprenderse de la casposa paja atlética. Nada que no pueda hacerse simplemente atravesando el umbral del vestuario madridista bajo la frase imperecedera de Di Stefano, y dejándose insuflar el hambre que transmite el escudo sobre el pecho.

 

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